Hace cuarenta años…

(Entrada fija)

En 1978 entré al grupo denominado Escatología en la Ciudad de México (a la derecha: la cornucopia es el logo oficial de Escatología). En esta bitácora estaré hablando sobre las enseñanzas del fundador, William Walter. Iniciaré mi crítica con una breve serie que remeda el título que Walter escogió para el primer curso de Escatología, “Pláticas Francas”:

1) La secta a la que caí

2) El deshonesto Walter

3) La muerte de los escatólogos

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Published in: on abril 18, 2018 at 5:21 pm  Dejar un comentario  

Lo más importante

Respecto a recuperar la cordura una vez que uno entra a Escatología, lo que dije en la previa entrada—una crítica devastadora de los alegatos sobrenaturales que aparecen en los evangelios—es probablemente el tema más importante de todos.

Recuerdo una de mis primeras visitas al despacho de Juan, cuando se encontraba aún cerca del Parque Hundido de la Colonia del Valle. Una de las primeras cosas que me dijo, muy animoso, es que Escatología “¡Es la gran cosa!”, y añadió:

—Se basa en las enseñanzas de Jesús de Nazaret.

Es difícil olvidar ese día, que debió haber ocurrido a finales de 1978. El sentir que me transmitió Juan radiaba certeza de que Escatología era la ciencia misma de la vida; y que Jesús de Nazaret la había enseñado (aunque había que interpretar sus palabras de manera completamente ajena a como lo hace la religión).

Aún ahora, después de cuarenta años, recuerdo que salí por alguna razón a las afueras del edificio en una especie de parquecito, acaso después de la cita. No recuerdo por qué estaba ahí, sólo que caminaba meditabundo y que el sabor psíquico de la mañana sosegaba mi alma en ese muy peculiar lugar…

Fue así como ingresé a la secta, pero las palabras de Pablo en su epístola a los Corintios caen como miel sobre hojuelas sobre lo que quiero decir.

Published in: on mayo 8, 2018 at 10:41 pm  Dejar un comentario  

Vida de Jesús

Walter escribió una vida de Jesús, The sweetest story ever told, publicada en 1916 y sólo traducida al castellano recientemente como La historia más dulce jamás contada por la sede de Escatología en Estados Unidos. Al momento de escribir, el libro traducido puede comprarse vía la página web de Escatología, donde puede leerse:

Este libro incluye, en forma narrativa sencilla, el descubrimiento de la concepción mental o espiritual; el nacimiento e infancia de Jesús, el significado subyacente de la enseñanza que dio a sus doce discípulos; y finalmente, su crucifixión y resurrección con lo que demostró, prueba absoluta, que hay un “más allá”,

¡Seguro que sí!

y que la vida no depende del cuerpo (como creen quienes han aceptado los conceptos materiales de la vida). El Sr. Walter cita referencias y da su interpretación práctica de aquellos escritos antiguos. El modo en que todo esto es presentado en este libro prueba la sensatez de todo lo que se declara.

Leí el original en inglés. De los libros de Walter que poseo, The sweetest story ever told es el único firmado en 1981 por mí. El mismo Mario me dijo, en una de las ocasiones en que fui a verlo a Cuernavaca: “Son libros para niños” al mencionar la lista de libros que aparecen al final de los folletos Platicas Francas. Comencé a leer el original en inglés de la vida de Jesús según Walter en 1997 y, efectivamente, me pareció tan infantil que interrumpí la lectura. No lo terminé sino hasta el jueves pasado, a fin de escribir una reseña para publicarla aquí.

En primer lugar, todo conocedor del Nuevo Testamento sabe que las miles de “Vidas de Jesús” que se han escrito reflejan más la mente del autor que la del Jesús histórico: personaje incognoscible porque ni siquiera está claro que haya existido un Jesús que el Pilatos histórico juzgó. Y aún suponiendo que haya existido, lo que nos venden los evangelios es una kerygma (proclamación de fe): un mensaje para que creamos, no una biografía real.

Abordemos la vida de Jesús para infantes mentales que escribió Walter. Aclaro que esta expresión, “infantes mentales”, se la escuché muchas veces a los Del Río al referirse a los no escatólogos. Pues bien, La historia más dulce jamás contada es un cuento de hadas. ¡Justo lo que la niña Coco necesitaba antes de irse a la meme! No miento. Cuando The sweetest story ever told no estaba traducida, Juan y Coco me dijeron que aquél le traducía a su esposa, en palabra hablada, cada uno de los veintitrés capítulos del libro antes de acostarse, noche tras noche.

Pero para ser justo con los Del Río debo decir que yo también era un infante mental. Me tragué todo lo que Walter decía sobre la vida de Jesús. Pero en los años noventa, ya en mis treintas, dejé la infancia mental atrás.

El año en que leí hasta el capítulo 12 de la vida de Jesús según Walter había sido el año en que descubrí, en Houston, Leaps of faith de Nicholas Humphrey: libro que contenía un pasaje que me explicaría por qué solía creer en poderes paranormales. Todo había sido un introyecto que mi padre me inculcó: un malware parental que tenía en la mente, por así decirlo, y que había que desprogramar. No voy a expandirme en este tema autobiográfico porque está más que explicado en la sección final de Hojas susurrantes. Vayamos mejor a lo que dijo Walter en su vida de Jesús (los números de página se referirán al original en inglés).

El libro abre con una “interpretación metafísica” (término de los escatólogos) sobre cómo los ancianos padres de Juan el Bautista lograron concebir, de viejitos, a su hijo Juan. Básicamente, Walter pone a Zacarías y a su esposa Isabel como si fueran una suerte de estudiantes de una Ciencia Cristiana alrededor del primer siglo de nuestra era; pareja a quienes les llegó la luz de que concebir a un hijo, ya tan viejitos, era una cuestión mental más que del reloj biológico de Isabel.

En el segundo capítulo Walter va más allá. Si bien los muy viejitos Zacarías e Isabel concibieron al Bautista por medios normales, nos dice Walter que el redescubrimiento de la ciencia de la vida de la pareja llegó a oídos de la prima de Isabel, María; y ésta llevaría el hallazgo a sus últimas consecuencias: ¡concebir a un hijo sin necesidad de un hombre!

En la página 50 lo que dice Walter es el colmo de la inverosimilitud. Pone a los humildes pastores de la Palestina del primero siglo, aquellos que supuestamente presenciarían la Natividad, como entendidos en metafísica. Asimismo, Walter interpreta al arcángel Gabriel como la luz que se hizo en la mente de María en sentido de entender que toda concepción es, en última instancia, mental.

En uno de los siguientes capítulos vemos que María le ruega a José que no vaya a creer que está embarazada porque tuvo relaciones ilícitas con otro hombre. Ya podemos imaginar qué haría un escatólogo contemporáneo si su mujer le dijera que está embarazada pero que no se preocupe: ¡el embarazo fue puramente mental y que no le ha sido infiel…!

Me es embarazoso que yo creyera este tipo de cosas cuando cursaba Escatología. A propósito, en un capítulo posterior Walter comete el mismo error de los cristianos: decir que Isaías profetizó que una virgen tendría un hijo, el mesías, cuando los estudiosos del Antiguo Testamento en el hebreo original saben que jamás Isaías usó la palabra “virgen” sino “doncella” (las Biblias cristianas son tramposas en este asunto). Obviamente, Walter no sólo era un ignorante respecto a los estudios que se le estaban haciendo al Nuevo Testamento; tampoco sabía de los estudios que se le hacían al Antiguo.

En el capítulo 6 Walter usa, como bibliografía para aplicarle su interpretación metafísica, al llamado evangelio de Tomás y unos textos antenicenos cuya fuente no especifica (confiérase lo que dije en mi previa entrada sobre los susodichos “antenicenos” de los que tanto hablaba Walter). Pone a Isabel hablando como un filósofo griego cuando ya podemos imaginar el grado de cultura que los semitas de ese entonces tenían en Judea.

Asimismo, llama la atención que Walter se haya creído la narrativa de los llamados evangelios apócrifos como historia real. Téngase en cuenta que, para escépticos como yo, tanto los evangelios canónicos como los apócrifos son ficción literaria—ambos—; y si acaso hay un residuo histórico en alguno de ellos, es casi imposible detectarlo debido al carácter de kerygma de los textos, incluyendo los hechos de los apóstoles, las epístolas que aparecen después de los evangelios y el apocalipsis final.

Si el evangelio canónico de Juan, escrito alrededor del año 100 de nuestra era, es considerado poco fiable para ponderar qué pudo haber dicho el Jesús histórico—en tanto que es el más tardío—, figurémonos qué “históricas” habrán sido las historias de evangelios aún posteriores: los llamados apócrifos. Por cierto, cuando estudiaba al Nuevo Testamento compré un libro de la colección Ediciones de Autores Cristianos que recoge todos los apócrifos descubiertos hasta la fecha de esa publicación. Aún poseo el libro en mi biblioteca y recuerdo que, cuando lo leía, me parecían ridículas e inverosímiles esas nuevas historias de la Sagrada Familia.

Por ejemplo, en uno de los apócrifos tardíos se intenta demostrar la virginidad de María de la manera más cruda posible. Se cuenta que una partera escéptica de su virginidad “metió el dedo en la naturaleza”, es decir, en la vagina de María ¡y se cercioró de que era virgen después del parto! Son historias para gente en extremo ignorante: aquellos semitas y gentiles mezclados con semitas que pululaban en las afueras del decadente Imperio Romano. Y de esas historias pueriles se nutre nuestro Walter para demostrar la “concepción mental” de Jesús…

Por ejemplo, en las páginas 60s Walter pone como algo sucedido en la biografía real de Jesús lo que un evangelio apócrifo tardío dice: ¡que el niño Jesús transformó palomas de barro en palomas reales! ¡Hasta las hizo volar al cielo abierto! ¿En qué mundo vivía yo cuando firmé la copia que tengo de la vida de Jesús según Walter (una vez más, la tragedia que me llevó a esa locura crédula la cuento en mis Hojas susurrantes)?

Hasta la página 77 de su libro Walter se basa en las más risibles historias de los apócrifos tardíos, cuentos de hadas para niños chiquitos, como si lo narrado en esos pasajes reflejara información real sobre la vida del niño Jesús. Pero Walter no sólo era ignorante en exegesis moderna. También lo era del judaísmo. En la página 68 por ejemplo pone a un vecino judío de Isabel hablando del “castigo eterno”. Esto sugiere que Walter ignoraba que los judíos no creen en el infierno tal y como lo visualizan los cristianos.

El capítulo 7 está dedicado a Juan el Bautista. Como dije, Walter pone a los padres del Bautista como si su ideología fuera una calca de la ideología de las personas que estaban saliéndose de la iglesia Ciencia Cristiana para estudiar con Walter. En el siguiente capítulo Walter cae en el mismo error de los cristianos. Los exegetas modernos piensan que, si algunos fragmentos de la narrativa neotestamentaria fueron históricos, Jesús habría sido probablemente discípulo de Juan al inicio de su carrera—en vez de la historia que leemos en los evangelios que ponen a la figura de Juan siempre por debajo de la de Jesús.

En la página 81 Walter interpreta la historia de Nataniel diciendo que Jesús tenía el don de lo que los parasicólogos llaman clarividencia o proyección astral: Jesús sabía que Nataniel había estado por la higuera porque lo había “visto” extra-sensorialmente.

En la página 83 Walter pone a Jesús haciendo el milagro de la trasmutación del agua en vino. Esto es, un Jesús realizador de lo que, ahora, los parasicólogos llaman super-psicocinesis. En la siguiente página Walter pone a su Jesús diciendo que el Templo de Jerusalén no es un mercado sino “un lugar construido especialmente para enseñar la verdad del Ser”, ¡enseñar la ciencia de la vida, la Escatología!

En las páginas 84s Walter dice la tontería que ha dicho en sus otros escritos: que si Jesús no quiso hablar claro y todo lo reveló en código, fue por temor de que los malpensados usaran el poder mental para el mal.

En La historia más dulce jamás contada Walter al menos cita algunas de sus fuentes. A partir del capítulo en que Jesús inicia su ministerio público, es curioso notar que Walter se basa en el evangelio de Juan en detrimento de los sinópticos. Para aquellos versados en los estudios modernos del Nuevo Testamento, el evangelio de Juan es considerado el menos fiable por haber sido escrito algunos decenios después de los evangelios sinópticos.

En mi biblioteca personal, por ejemplo, tengo una copia de los evangelios con letras en negritas (palabras atribuidas por el evangelista a Jesús pero que no son de Jesús), letras en gris (palabras que probablemente no sean del Jesús histórico), letras en rosa (palabras que podrían haber sido del Jesús histórico), y letras en rojo (palabras que, según los autores, probablemente fueron del Jesús histórico). El libro fue publicado por el Jesus Seminar, un conjunto de exegetas profesionales en los evangelios. Es interesante que el libro pone al evangelio de Juan casi todo en letra negra y gris. Es decir, el consenso de los exegetas es que lo que dice el cuarto evangelista fueron palabras atribuidas a Jesús, salidas de la pluma del evangelista o de quien sea; no del Jesús histórico.

Juan escribió su evangelio, el que ingenuamente más usó Walter en su vida de Jesús, unos setenta años después de la crucifixión. Además, Juan evangelista no es Juan apóstol: dato que ya se conocía en tiempos de Walter pero que la gente religiosa no se entera por ignorante. Así, en el capítulo 9, Walter usa al evangelio de Juan (4:1-43) y pone a Jesús hablando con la samaritana, quien se percata de que Jesús tiene poderes de percepción extra-sensorial, por lo que le llama “profeta”.

En el capítulo 10 Walter escribe que, con sus poderes psicocinéticos, Jesús sana a un viejo tullido que había estado enfermo por treinta años, y en el siguiente capitulo pone a Jesús con poderes super-psicocinéticos al multiplicar los panes. Por supuesto, el rollo que echa Walter en ese capítulo, interpretando “Padre” como mente causativa, nada tiene que ver con lo que realmente dice el texto del evangelista: es pura proyección de Walter.

En mi segunda plática franca dije que Walter era deshonesto porque escribió que les exigiría a sus estudiantes volverse invisibles cuando él no realizó semejante hazaña pública. Eso lo escribió en el libro de texto de Escatología, publicado en 1929. Pero ya desde 1916, en la página 135 de su vida de Jesús, Walter interpreta un pasaje de los evangelios diciendo que Jesús se hizo invisible para protegerse de sus enemigos, y vuelve a decir lo mismo en la 144.

El relato de la resurrección de Lázaro no aparece en los sinópticos, sólo en el cuarto evangelio. En la página 146 Walter interpreta, como precognición, los versículos sobre los planes de Jesús de visitar la casa de Lázaro después de la muerte de este último. Luego resucitó a su amigo Lázaro gracias a los poderes que, según Walter, todo escatólogo desarrollado podría llegar a tener.

Termina Walter su libro con capítulos sobre la última clase escatológica que Jesús impartió a los apóstoles; su crucifixión, resurrección y transición consciente a un plano más elevado (que en el Nuevo Testamento se describe como la Ascensión a los cielos).

En la página final del libro Walter nos dice que la vida de Jesús “es la historia más dulce del mundo jamás contada al llamado hombre mortal”. Pero Walter murió el 2 de marzo de 1941 como un mortal común y corriente… En el resto de esta reseña le contestaré no sólo a Walter, sino a lo que alega el párrafo que recogí hasta arriba de esta entrada, el de la Fundación de Escatología que vende el libro al público.
 

La resurrección de Jesús

El cristiano o escatólogo común no tiene la más remota idea de los estudios que se le han hecho a las narrativas de lo que ellos llaman la Resurrección y las apariciones del Pentecostés—investigaciones realizadas por aquellos que se han tomado la molestia de aprender griego antiguo para hacer un examen minucioso del Nuevo Testamento. La manera como la crítica secular ve a todas estas historias evangélicas es complicada, pero la resumiré aquí de la manera más didáctica que me sea posible.

Los textos más antiguos del Nuevo Testamento, como una de las epístolas paulinas a los Corintios, reflejan mejor la teología del cristianismo original que los textos tardíos. Por lo mismo, es importante notar que Pablo no menciona la tumba vacía ni la ascensión de Jesús. La crítica moderna dice que, si su epístola a los Corintios habrá sido escrita por los años 60 de nuestra era, en ese decenio aún no se habían desarrollado esas leyendas.

De los evangelistas, Marcos es el más antiguo y Juan el más tardío. (Las iglesias cristianas aquí vuelven a meter el desorden pues nos ponen en sus Biblias al evangelio de Mateo antes de Marcos). Como Mateo y Lucas calcaron un montón de versículos del evangelio de Marcos al armar sus propios evangelios, estos tres evangelistas se conocen como los sinópticos para distinguirlos del cuarto evangelio. Tómese esto muy en cuenta para detectar cómo los escritores del Nuevo Testamento fueron “embetunando el pastel” a lo largo del primer siglo. A las escuetas visiones que Pablo tuvo, recogidas en sus primeras epístolas unas tres décadas después de la crucifixión, en los años 60, los evangelistas sinópticos fueron añadiéndole cada vez leyendas más grandiosas en las siguientes décadas y, en el caso de Juan ya en los albores del segundo siglo de nuestra era, cristologías más sofisticadas.

Decíamos que los textos más antiguos del pésimamente ordenado Nuevo Testamento en la Biblia tradicional son algunas de las epístolas de Pablo, quien, si bien menciona al “Cristo resucitado”, lo hace dentro de su densa e impenetrable teología. La cuestión de Pablo es muy importante. A diferencia de los apóstoles jamás conoció a Jesús en carne y hueso; únicamente alegó que oyó su voz en una rara visión que tuvo en ruta a Damasco. Y es este sujeto que nunca conoció a Jesús el primerísimo en hablar del “Cristo resucitado” en un Nuevo Testamento ordenado cronológicamente.

A diferencia de Pablo el evangelio de Marcos, quien escribió después de Pablo, sí menciona la tumba vacía; pero no las apariciones de Jesús.[1]

Mateo y Juan, quienes escribieron después de Marcos, sí mencionan al Jesús resucitado hablando con sus discípulos; pero no la Ascensión a los cielos.

Es Lucas quien ya lo menciona todo, aunque no desarrolla la cristología a niveles tan acabadamente teológicos como los de un Juan evangelista.

Otra de las cosas que, tanto los cristianos incultos como los escatólogos ignoran, es que Lucas escribió su Evangelio y Hechos de los Apóstoles como un solo libro. La manera como las iglesias tanto Católica como protestantes separan el libro de Lucas es artificiosa. Y fue precisamente Lucas quien popularizó la idea de la Ascensión de Jesús: obvia leyenda tardía en tanto que, de haber sido histórica, tan hollywoodense hazaña habría sido narrada no sólo por Pablo; sino por los otros escritores de epístolas del Nuevo Testamento, y por Mateo y Juan evangelista (y no hablemos del otro Juan: Juan de Patmos, el autor del Apocalipsis).

En pocas palabras, la narrativa neotestamentaria de la Resurrección es una pía leyenda: ficción literaria que, en capas, se fue desarrollando a lo largo del primer siglo de nuestra era. Quien conoce la cronología de cuando fueron escritos los libros y epistolario del Nuevo Testamento, y lee los textos en ese orden—en vez del orden que aparece en las Biblias para el consumo masivo—, puede comenzar a percatarse de la evolución del mito. En última instancia, no hay razón válida para suponer que lo que se cuenta en el Nuevo Testamento sobre la resurrección y apariciones de Jesús haya sido histórico.

Tardé años en orientarme en la mejor literatura sobre la Biblia, incluyendo todo lo milagroso que se alega sobre Jesús. El interesado, si sabe inglés, podría consultar estas síntesis de mis estudios (las letras en café son ligas a los artículos).

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NOTA:

[1] A la narrativa desnuda del texto de Marcos original en griego (que termina en Marcos 16:8) la iglesia interpolaría los versículos que, en las Biblias comunes, vemos al final de ese evangelio; pero los exegetas detectaron ese truco desde hace mucho.

“Un niño los guiará”

Quisiera profundizar en lo dicho sobre Isaías. Inspirándose en ese versículo, Walter dice que unos de los “padres antenicenos” escribieron El libro del pastor. Es una de las enseñanzas de Escatología que muchos encontramos fascinante, aunque actualmente no creo que los órganos del cuerpo representen “facultades de la mente”. Qué mejor que citar lo que Walter mismo dice en el capítulo 16, “La diagnosis metafísica” de Notas Primarias, el tercer curso de Escatología:

Pablo dijo en sustancia, que se puede ver—entender—al creador invisible, Dios, mente o la Vida por las cosas que se hacen, o que aparecen. Puesto que esto es verdad, en esta forma se puede determinar el sentido espiritual o el significado mental que representan las cosas que vemos, siempre y cuando se puedan interpretar.

Jesús dijo en sustancia, “que nadie en ningún momento ha visto a Dios”—es decir, Dios, la Mente, es una sustancia invisible—, “sino que el hijo de Dios lo manifiesta”—sino que el hijo o vástago, es decir el pensamiento, se vuelve visible como la imagen o el efecto de la Mente, Dios—; y esta imagen manifiesta—demuestra, por y a través del efecto visible, lo que es la Causa invisible.

Por lo tanto, se puede saber de Dios o de la causa que no aparece, por leer la forma o el efecto que aparece; ésta es la forma verdadera de leer la mente.

Como dije en la entrada de Isaías, esto suena al idealismo clásico alemán, escuela metafísica representada por Schelling y Hegel. Respectivamente, Hegel y Schelling murieron 38 y 15 años antes de que naciera Walter. La diferencia es que estos filósofos escribieron en prosa oscurísima, pero quien tenga a su disposición, digamos, los volúmenes de la Enciclopedia Británica, podrá verificar que Walter no fue el primero en idear este tipo de cosas. Aunque tiene decenios que no leo a Hegel, ahora me viene a la mente uno de los subcapítulos en La fenomenología del espíritu en que Hegel habla precisamente de la significación metafísica de los órganos.

Pero volvamos a la prosa sencilla de Walter:

De este punto de vista, y después de muchos años de búsqueda cuidadosa, escribí el capítulo sobre la diagnosis metafísica que incluí en mi libro La hoz. ¿Qué significa la diagnosis metafísica? Sencillamente esto: Que cuando un individuo te viene a ver y te cuenta sus dolencias y problemas, puedes interpretar de ellos qué clase de mente tiene y qué pensamientos ha estado pensando.

En la misma manera, cuando se puede interpretar la cara del individuo, se tiene todo su carácter expuesto a la vista. Para ilustrar: Cuando se ve un reloj para saber la hora, sólo se ve la carátula. No se tiene que consultar los engranes o el funcionamiento interior. En la misma forma, no se tiene que ver dentro del cuerpo para ver la naturaleza y calidad del carácter que está ante nosotros, sino que sólo se necesita consultar la cara.

Sin embargo, cuando el reloj anda mal, se ve dentro del reloj; es igual con el cuerpo. Si el cuerpo aparentemente anda mal, se puede ver de la imagen lo que está mal; es decir, se descubre qué clase de pensamiento está equivocado en la mentalidad y que se tiene que corregir; sin embargo, para leer el carácter sólo se necesita interpretar la cara.

Tengo aquí una pintura que se llama “Paz, o un niño los guiará”. Esta pintura se elaboró de una descripción que se encuentra en una antigua hoja manuscrita del Libro del pastor de los padres antenicenos.

Walter no pone una nota bibliográfica específica: casa editora, número de página, etcétera, de dónde sacó la descripción de esa estampa. Ahora que me encuentro estudiando una enciclopedia sobre los siniestros orígenes del cristianismo, literalmente con miles de notas bibliográficas, veo que por los “padres antenicenos” que hablaba Walter existe una verdadera selva de literatura.

Uno de los problemas con las sectas es que muchas veces no mencionan las fuentes de donde sacaron cierta información: los textos mismos del gurú se consideran la fuente. Pero un lector crítico de Escatología necesitaría la referencia bibliográfica exacta para saber si Walter interpretó o no correctamente un texto previo al Concilio de Nicea, de donde proviene la expresión padres antenicenos. Continúa Walter:

Estos animales y el niño representan las siete virtudes del Alma o de la mentalidad. El retrato mismo es una descripción vívida que representa la jornada del sentido del Alma, del pensar malo como sus resultados destructivos a la armonía que resulta del pensar correcto; o como lo vemos perceptiblemente, del nacimiento a la llamada muerte.

Estas siete virtudes o facultades del Alma se representan en los llamados órganos del cuerpo. Entendido correctamente, el cuerpo del Alma es el cuerpo o aquello que representa al entendimiento, y el entendimiento no es sino la inteligencia o la Mente organizada o colectiva. El cuerpo organizado es la imagen o forma mental directa de la Mente organizada o el entendimiento, aunque erróneamente se le llame materia.

Si el entendimiento del individuo es defectuoso, y erróneamente cree que posee un cuerpo material, la incorporación que expresa se tiene que conformar a este entendimiento erróneo; por lo tanto, se tiene que corregir este entendimiento erróneo acerca de sí mismo y de la vida para ganar el entendimiento correcto de la vida, y el verdadero hombre mental[1] o incorporación se expresará.

Para leer el carácter con sólo ver la cara, se tiene que saber lo que representan en el reino mental los diferentes animales en el retrato:

1. El oso: representa fuerza; poder; el corazón es el órgano corporal que corresponde.

2. El zorro: representa inspiración, sabiduría; el pulmón es el órgano que corresponde.

3. El león: representa la razón, valor; el raciocinio verdadero nos da valor para hacer cualquier cosa; el estómago es el órgano corporal que corresponde.

4. El cordero: pureza, inocencia; la Verdad; los riñones son los órganos que corresponden.

5. La vaca: paciencia; el hígado es el órgano que corresponde.

6. La llama: persistencia; Amor: se representa en el estado corporal como la sangre.

7. El niño: entendimiento; la combinación de todas las virtudes; se representa en el estado corporal como el cerebro.

El leopardo en el fondo es la creencia humana durmiendo. Las ruinas abandonadas son el elemento porcuno muerto. El cabrito y la calavera señalan el tiempo entre la cuna y la tumba, o el intervalo de tiempo que se emplea en este plano. El hombre en el fondo meditando u orando está trabajando mentalmente, es decir, efectuando un tratamiento. El ángel tenuemente pintado arriba del hombre representa su pensamiento correcto.

Para leer el carácter por la cara, empieza por ver a tu sujeto justamente en los ojos. En seguida, cubre la parte inferior de la cara de los diferentes animales y observa cuidadosamente los ojos. Cuando estás seguro que encontraste los ojos que se asemejan más a los ojos del sujeto, nota las características que se le dan al animal en la explicación; ésta es la característica principal del sujeto. Luego observa la boca y otras facciones y compáralas con el retrato; porque estas facciones pueden modificar o reafirmar las características que observaste primero.[2]

Cuando Juan del Río cortó con Mario por lo sano, y comenzó a escribir sus propios libros de texto, también cortó casi todo lo relacionado con la Biblia y los primeros textos del cristianismo. Redujo sus enseñanzas a las desnudas leyes y principios fundamentales de Escatología: algo que, al parecer, molestó mucho a Coco.

Uno podría pensar que, con tan brava jugada, Juan había cortado toda cola religiosa de lo que llamaba la Ciencia de la Vida. Pero no es así. A Juan le gustó tanto el capítulo citado arriba, el cual claramente tiene raíces de teólogos cristianos (en el caso de que El libro del pastor haya sido escrito antes del Concilio de Nicea), que lo recicló en su primer libro, El pensamiento del bien.

Decía arriba que un lector crítico de Walter lo primero que haría sería indagar qué autor, entre los montones de padres antenicenos, escribió tal libro; qué editorial lo publicó, y en qué página el “padre” se refiere a la descripción de La paz. La imagen que Escatología entrega a los alumnos, reproducida arriba, es obviamente moderna. ¿Dónde está la descripción original? Los padres antenicenos, que florecieron antes del concilio de 325 CE, no dibujaban así. Si bien en una nota a pié de página Juan se refiere a las Notas primarias como fuente del contenido de su capítulo, no se tomó la molestia de buscar, hallar y citar el texto anteniceno—si es que existe—antes de tragarse la interpretación metafísica de Walter.

Pero mi propósito no es hacer una exégesis antenicena sino describir lo que creen los escatólogos. Por lo mismo, citaré lo que escribió Juan, en tanto que complementa lo citado arriba de Walter. En el capítulo “La paz” Juan escribió:

Otros elementos son unas ruinas que significan la importancia o solidez del efecto, en ruinas, abandonada. Aparece también un cerdo muerto, que sería el egoísmo vencido o superado.

El niño, en primer término, como figura central del cuadro, es el entendimiento; con una rama de palma en la mano derecha, que simboliza la armonía, y apoyando su brazo izquierdo sobre la cabeza de la vaca, que es la paciencia. Así, el entendimiento, al frente, es lo más importante, la síntesis, el objetivo final, con la fuerza que le confieren la armonía y la paciencia; y respaldado, o protegido, por las seis virtudes. [3]

Luego Juan explica que en un individuo común predominan dos virtudes.

A modo de ilustración quisiera confesar que, por mi rostro juvenil de los años ochenta, a mí me dijo Jaime Hall, el hermano de Coco, que yo tenía la llama y el zorro (“Eres una llamita” me dijo una vez). También me dijo que Juan tenía el león y el cordero. Pero Jaime se lamentaba de que él tenía “tres garras”: oso, león y zorro; y que anhelaba tener, en su rostro, al menos “una pezuña” (es decir, vaca, llama o cordero) para compensar su carácter. Esto que me dijo Jaime podrá ser breve, pero da una idea de cómo razonan los escatólogos.

Juan termina su capítulo con las palabras:

El cuadro completo deja atrás la creencia (leopardo dormido), el egoísmo (cerdo muerto) y las ruinas (inversión de causa-efecto). Y con los seis animales juntos y en armonía, un niño (entendimiento) te guiará.[4]

Todo esto parecía muy bello cuando cursaba Escatología. ¡Quién me fuera a decir que eran mis maestros, incluyendo Jaime, quienes estaban invirtiendo causa-efecto al creerle a Walter!

Si tanto Juan como Jaime se hubieran dejado tratar por la medicina convencional, probablemente habrían vivido más años. He hablado del cáncer que mató a Juan pero no mucho del infarto que mató a Jaime. El caso es que, cuando lo iban a operar del corazón, rehusó la operación y, ya tiempo después de muerto, Ricardo mismo me dijo que podría haberse salvado si se hubiera operado. De hecho, el hermano de Coco murió más joven que Juan, y que Coco misma.

Más que una bonita estampa para niños guíe nuestros destinos, yo diría que, de cuando en cuando, hay que hacerse chequeos médicos…
 
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NOTAS:

[1] Recuérdese que para Walter las palabras Padre e Hijo, tan repetidas en el evangelio de Juan, significan Mente y Cuerpo.

[2] William W. Walter, Notas Primarias (1929), páginas 145-149, traducción al castellano de 1975 de Mario Estrada, edición privada para los alumnos de Escatología.

[3] Juan del Río Huidobro, El pensamiento del bien (Edamex, 1983), páginas 137-140.

[4] Ibídem, página 141.

“Sánate a ti misma”

Hay veces que una sola anécdota retrata un drama humano a la perfección, como aquellas pinturas de los grandes maestros que captan mejor el alma de un sujeto que una fotografía casual. Quisiera contar una de esas anécdotas que retratan la falsedad de la Escatología.

Tanto para los escatólogos como para el hombre común, lo primario es la salud. La diferencia es que, como nos dijo alguna vez Coco en clase una vez que Juan estaba indispuesto: “Si se te presenta un problema es que puedes resolverlo”. Por ejemplo, si te da una enfermedad mortal, puedes curarte.

Recuérdese que, para los escatólogos, cada individuo es “el árbitro de su propio destino”. Coco, por ejemplo, anuncia su aplicación mental con eslóganes como que el ochenta por ciento de nuestros problemas los creamos nosotros; y el restante veinte por ciento, los imaginamos. ¡El individuo es cien por ciento responsable de todo lo que le sucede!: salud o enfermedad, pobreza o riqueza e incluso seguridad o inseguridad en un México cada vez más inseguro. Sopésese un momento esto último. Como ya hemos dicho, para los escatólogos, si el individuo está en armonía psíquica ¡nadie podrá asaltarlo en la calle!

Cuando creía fervientemente en el dogma “Fuera de mente—fuera de experiencia” le expliqué una vez a mi prima hermana la significación de aquel pasaje en que Pilatos le pide a Jesús que conteste sus preguntas; que no se daba cuenta de que su vida estaba en manos del procurador romano. Jesús le contesta que Pilato no podría hacerle nada, según le dije a mi prima, “A menos que te sea concedido desde lo Alto”, es decir, que Pilato no tenía poder de crucificarlo a menos de que la Mente Maestra Jesús, como le llamaba de Walter, lo concediera (“Fuera de mente—fuera de experiencia”).

Y Jesús lo concedió, según nos dice Walter, a fin de realizar, ante sus estudiantes (los apóstoles), la máxima hazaña pública de su carrera de escatólogo: la resurrección y eventual transición consciente.

Ahora bien: Se supone que, quienes toman los cursos avanzados de Escatología, aunque no sean capaces de tales hazañas al menos pueden controlar sus enfermedades. En los años ochenta, ya sin tomar cursos pero aún creyendo sus dogmas, continuaba visitando a Juan en su despacho en Avenida Coyoacán. A veces lo veía con otros alumnos. Otras veces, solo. Fue en una de esas últimas visitas en que presencié algo.

Una antigua alumna de Juan le habló por teléfono. Juan tuvo que suspender nuestra plática para dialogar con ella. No escuchaba lo que la mujer decía, cuyo nombre, que Juan pronunciaba, no recuerdo; pero sí lo que Juan decía desde este lado de la bocina.

Por lo que Juan respondía, la mujer parecía desesperada. Una enfermedad la aquejaba y no podía curarse. Juan se la pasó diciéndole que cómo era posible, que ella ya estaba muy avanzada en Escatología; que no debía estar así. Su tono no era empático. Era como aquellos consejos no pedidos que nos caen gordos porque quien nos aconseja no entiende de qué estamos hablando. En pocas palabras, fue un menosprecio, ¡y ya podemos imaginar cuántas antiguas alumnas de Juan le habrán hablado con quejas similares…!

Menciono la anécdota porque aunque Juan fue, con mucho, la persona más culta y razonable que conocí entre los escatólogos, a la hora de la verdad—la Escatología no sirve—despreciaba nuestros testimonios. A mí también me sucedió eso y no sólo con Juan, pero no en un contexto de enfermedad. (Ningún escatólogo podría haberme ayudado en tanto que, para hacerlo, tendría que haber pensado fuera de su paradigma.)

Lo que me movió a contar la anécdota del telefonazo es que a Juan le llegaría el día de la justicia cuando él mismo se enfermó de algo incurable. No pudo sanarse a sí mismo como reza el tútulo de uno de sus libros que, amablemente, me obsequió. Cuando me enteré de cómo sufrió, y por años con el cáncer, mi mente voló a mi memoria de su menosprecio a la alumna enferma…

Published in: on mayo 2, 2018 at 10:40 pm  Dejar un comentario  

Pendejadas de Jaime López

Cuando en 1980 veía que no estaba progresando en las clases de Juan, fui a hablar con Mario a Cuernavaca y me canalizó con otro maestro, Jaime López, pero éste impartía clases en Puebla. Jaime era considerado “muy entendedor” de la Escatología en los círculos de la primera generación de maestros.

Como vimos en mi entrada anterior, la loca de Genevieve había recortado esta foto de Jaime López (aquí borrosa porque no tengo el original) para colgársela, si bien recuerdo lo que me contaron, en su pecho. En privado, en Puebla, Jaime López interpretó la locura de Gen como cordura: que la directora de Escatología sentía atracción hacia los entendedores, hacia gente que transpiraba armonía.

Esto de la “armonía” era la manera como Jaime López entendía la Escatología. Hacía especial hincapié en lo que los escatólogos llaman “inclinaciones de carácter”, digamos, los malos humores. Tanto insistió en ello que conjeturé que, de chico, había sido víctima de malos tratos; y que todo ese rollo en pos de la armonía psíquica, que creyó haber hallado en la secta de Walter, no era sino reacción ante lo padecido en su temprana juventud.

Jaime López no era, en modo alguno, un sujeto más inteligente que Juan: todo lo contrario. Se creía todo lo que decía Walter, y jamás le oí una crítica hacia el fundador de la secta. Unos ejemplos lo ilustrarán.

Como hemos dicho, en Escatología cada objeto del universo tiene una significación metafísica. El sol es la Causa y la luna el Efecto. Las estrellas son “los innumerables pensamientos de la conciencia individual” y la lluvia es la objetivación física de “los pensamientos nuevos”, etcétera. Los escatólogos suponen que Moisés interpretó algunos de estos objetos, y ya vimos en la entrada sobre un pasaje del libro de Isaías que incluso los animales representan cualidades de la Mente.

Pues bien: en una clase Juan nos dijo que, según Walter, las razas humanas también tenían un significado: la raza blanca significa la razón; la negra la armonía; los pieles rojas el valor y orientales como los chinos y los japoneses, la paciencia. No sólo eso: el ojo azul significa que el sujeto capta muy rápido su bien pero así de rápido lo deja ir; quienes tienen los ojos oscuros tardan mucho en ver su bien, pero una vez que lo ven ya no lo sueltan y que lo mejor era un color de ojo café verdoso: el justo medio entre los dos extremos. Juan se exasperó, en una clase con nosotros, respecto a semejantes interpretaciones raciales. Nos dijo en clase, en tono muy vehemente, que él también podía hacer ese tipo de asociaciones.

Jaime López era lo opuesto. Todo se lo tragaba, al grado tal de decirme aquella locura, recogida en mi tercera Plática Franca, de que lo que veíamos en el mundo externo no sugería tridimensionalidad sino que podían ser las imágenes de la Mente.

Juan sabía inglés y, por ende, podía leer a Walter en su lengua original. Jaime López no podía. Ahora que he roto completamente no sólo con Escatología sino con las mentiras igualitarias de nuestra época, me percato de que el coeficiente intelectual del criollo Juan era superior al coeficiente no sólo de Jaime López, sino de “las viejas pendejas” como una vez se refirió Juan de la mesa directiva de Escatología. Ahora veo cosas que, cuando iba los sábados a Puebla a tomar clase con Jaime López, no veía en lo absoluto. Comparado con Juan y conmigo, la escasa inteligencia de Jaime se traducía en verdaderas pendejadas que nos decía en clase.

Recordemos que, para los escatólogos, el mundo no es material sino mental (meras “imágenes” de la mente me llegó una vez a decir el maestro poblano). Una ocasión en clase, mientras Jaime López ilustraba estas ideas con ejemplos concretos, me hizo la pregunta retórica:

—¿Cuánto pesa la Tierra?

Si tradujera su pregunta al lenguaje de la física, sería más correcto decir cuál es la masa del planeta Tierra. Semántica aparte, le respondí:

—¡No sé!

Jaime López le hizo la misma pregunta a David, mi compañero de clase: el único varón además de mí. David contestó triunfante:

—¡Nada!

Jaime López aprobó el dislate de David como la respuesta correcta. Y nos informó que, si la Tierra pesara algo, se iría abajo, hasta al fondo del universo haciendo mímica con su mano…

Tratar de refutar la ignorancia de Jaime López, el maestro “tan entendedor” de la Escatología que me tomaba la molestia de abandonar a Juan que estaba a unas cuantas cuadras, para irme los sábados a la ciudad de Puebla, es inútil. ¡Cualquier chamaco que haya cruzado por la escuela sabe que en el universo no hay arriba y abajo! Pero tan enciclopédica ignorancia puede rastrearse a Walter mismo y a sus caprichosas interpretaciones. ¡No parecía saber Walter (“el sol es causa; la luna, el efecto”) que las estrellas eran otros soles, y que satélites como la luna los hay por billones!

Juan era un hombre culto. Jaime López no sólo padecía de una patética ignorancia en cosas elementales. Era un dogmático ortodoxo. Incluso su alumno estrella, David, hijo de una judía poblana por cierto, de regreso de una de las clases se mostró escéptico respecto a una de estas “interpretaciones metafísicas”.

Para los escatólogos, una cantidad de enfermedades tienen una significación muy específica, en tanto que cada órgano es la objetivación de una cualidad de la mentalidad individual. El corazón por ejemplo representa el sentimiento constante de vida; la sangre los pensamientos amorosos; el hígado la paciencia; los pulmones la inspiración y exhalación constante de ideas; los intestinos, deshacerse de los pensamientos viejos, etcétera. Por consiguiente, hay enfermedades que pueden interpretarse conociendo la significación metafísica de cada órgano, así como la “inclinación equivocada del carácter o disposición” del paciente: la manera como está “usando mal una facultad” específica de la mente.

En una de las clases, Jaime López nos dijo que la epilepsia se debía “a la masturbación excesiva”. De regreso en carretera de Puebla a la Ciudad de México en el coche de David, le pregunté qué le había parecido esta última interpretación. David era médico, y me respondió que era un disparate, algo “muy jalado” de los pelos. Luego, mientras manejaba, contextualizó la epilepsia de acuerdo a sus conocimientos médicos.

Jaime López jamás habría sido capaz de rechazar, con tal vehemencia, una doctrina de Walter. Y para colmo de males, a diferencia de Juan se guardaba los secretos de la interpretación walteriana sobre el mundo empírico. Mucho recalcó, por ejemplo, que había tardado años en interpretar bien lo que significaban las nubes. Y en otra ocasión, también en Puebla, nos contó que recientemente le habían enseñado (presumiblemente su maestro Mario) qué significaba el color negro. Jaime no quiso decirnos qué significaba en la interpretación escatológica. En la capital, Juan, en cambio, nos había dicho que el azul significaba la pureza; el blanco la honestidad; el verde la armonía…

Como los maestros de Escatología más cercanos a mí ya murieron—Juan, Coco y el hermano de ésta última—me pregunto qué habrá pasado con Jaime. Si vive, debe estar a mediados de sus setentas. La última vez que supe de él, por terceros, hará una docena de años, seguía creyendo en las doctrinas de Walter.

Published in: on mayo 1, 2018 at 7:44 pm  Dejar un comentario  

La loca de la Gen

Recuerdo cuando, en una clase a los alumnos de Juan, Mario nos enseñó una fotografía de Genevieve Lucus Rader y nos dijo orgulloso: “Ésta es mi maestra”.

Es una lástima que los escatólogos sean tan herméticos respecto a la documentación más elemental sobre quienes crearon su organización. No existe una sola biografía, ni siquiera con el imprimatur de la secta, de su fundador: William Walter. Y mucho menos información de quienes han sido sus directores desde que Walter murió.

Prácticamente no hay nada sustancial que pueda encontrarse sobre Genevieve L. Rader en internet. Así que no podré mostrar una sola foto de esta americana que, alguna vez nos dijeron cuando tomaba cursos de Escatología, había salido como doble en Lo que el viento se llevó en una escena en que el director no quiso arriesgar a la estrella, Vivien Leigh. También nos dijeron que tomó unas clases con Walter mismo.

Los dogmas de las sectas suelen enloquecer no sólo a los gurús que las originan, sino a los directores. Sobre Genevieve por ejemplo, los maestros de Escatología contaban increíbles anécdotas. Por ejemplo, que tosía muy feo ni más ni menos que en la clase para maestros graduados: algo inconcebible en un escatólogo avanzado, pero a Gen le gustaba el cigarro.

También “le gusta la verga” me dijo en alguna ocasión el amigo Jaime Hall, en tanto que la anciana Gen había visitado Cuernavaca en México con un galán norteamericano.

Además, en el mero curso de maestros graduados en California, Estados Unidos, la anciana Gen había estado cotejando al maestro mexicano Jaime López, e incluso hizo la locura de recortar (¿en óvalo o en corazón?) el rostro de López que aparece arriba, hasta la derecha, en esta foto. Gen desinhibidamente ostentaba el recortado rostro de López en el curso más avanzado de escatólogos, al cual van también los graduados mexicanos (incluyendo López) cada dos años. Eso habrá sucedido alrededor de 1980. No puedo precisar la fecha con exactitud porque ya no tengo contacto con ninguno de los maestros.

Pero lo que me contaban a inicios de los años ochenta era muy jocoso. López estaba en sus treintas. La conducta de Gen con López, a quien le llevaba decenios, llamaba mucho la atención precisamente porque, como directora de Escatología, todos los ojos de los maestros estaban puestos en ella. Aún me llegan las palabras de Juan y Coco de que, no acababa Gen de terminar la clase de maestros graduados ¡y caminó en dirección a López con su foto recortada a la vista de todos!

Como he dicho en este blog, poseo entre mis documentos el texto más preciado de Gen: sus preguntas y respuestas que usan los maestros para La hoz afilada, el libro de texto de Escatología. Hay mucho material allí de donde podría criticar los dogmas de la secta, pero en esta entrada me limito a mencionar el ridículo que hizo la viejita cuando, al visitar México (creo que fue en 1981), seguía persiguiendo al casado López, algo que nunca le gustó a su esposa, también escatóloga.

En esos tiempos no había celulares. ¡Cómo quisiera que alguien le hubiera sacado película para enlazar ahora un clip de YouTube, mostrando a la directora americana en pos del mexicano López…!

Published in: on abril 30, 2018 at 11:09 pm  Comments (2)  

Sinvergüenza Mario

Ya que en la entrada anterior cité la carta con la que Juan enfrentó a Mario en 1981, me parece justo citar unas palabras de Mario casi treinta años después. Descubrí sus palabras gracias a los diffs de la Wikipedia en castellano (en los diffs pueden leerse las ediciones suprimidas por otro editor). En el artículo sobre “Escatología: movimiento religioso” en Wikipedia, aparentemente Mario escribió:

Enero 28, 2010

Soy el Ing. Mario Estrada Elizondo de Cuernavaca, Morelos, México, quien en los sesentas del siglo pasado introdujo por primera vez en México la Ciencia de Escatología según el Método Walter de 1929.

Desde ese entonces hasta la fecha he impartido clases en México a miles de estudiantes y puesto que la información que aparece en su página de “Escatología en México” es imprecisa y carece de datos básicos respecto al desarrollo […] de esta Ciencia en este país, pienso [que es] importante narrar en forma directa y verdadera lo que realmente pasó.

Por ejemplo, Juan del Río y su esposa Raquel (Coco) y sus hijos, su hermana Tere y su esposo el Dr. Urdapilleta, su hermana mayor, todos, fueron enseñados por mí y después de seis años les impartí el Curso de Maestros Graduados en Santa Mónica, California, USA en 1977 (tengo fotos de ellos conmigo en la Clase).

Originalmente Juan del Río estudiaba y enseñaba el sistema Silva Mind Control (Control Mental Silva) pero cuando entró a estudiar conmigo prometió dejar ese sistema pero secretamente seguía con él y mientras asistía a un congreso de Control Mental en Chicago, Illinois, se enfermó y estuvo a punto de la muerte hasta que Coco fue por él y me lo trajo a Cuernavaca suplicando que lo ayudara y en tres días lo reestablecí. Lo que aparece en su libro de Aplicación Mental es una copia burda, imprecisa y grotesca de lo que yo les enseñé y de las notas que apuntaron durante las clases conmigo.

Señalo estos ejemplos con el fin de que vean que conozco y puedo ayudarlos a dejar un registro verdadero del desarrollo de la Escatología del Sr. William W. Walter en México. También yo enseñé y sané a Bertha Celis quien ahora se ostenta como la Directora en México.

Desde que lo conocí Juan ya se había alejado, definitivamente, del Método Silva, pero Mario tenía razón en algo: los libros de Aplicación Mental que Juan publicó después de romper con Mario son una bazofia; y contrastan con la misiva clara, sucinta y razonable de Juan que reproduje en mi entrada anterior: la que leyó en público.

No obstante, es cierto que Mario había sido un sinvergüenza. Había engañado a la mesa directiva de escatólogos en Estados Unidos en tanto que no les informó que él acaparaba las clases de los cursos avanzados. Una de las anécdotas más chuscas que me contó Juan es que, cuando iban a Santa Mónica al curso de los maestros graduados, a fin de que no se juntaran los escatólogos mexicanos con los escatólogos gringos, Mario rentaba una camioneta y “nos paseaba a todos como borregos”. Más que adultos graduados parecía parvulario con Mario como chofer y tutor, y al parecer el nerviosismo de Mario se debía a su temor de que descubrieran que sólo él impartía los cursos avanzados en México.

Era algo tan cómico que, en uno de los últimos viajes, uno de los maestros mexicanos se rebeló y le dijo a Mario que él iba a estar haciendo turismo por su propia cuenta. Mario se había convertido en un líder a pesar de las palabras de Walter: “Un metafísico verdadero nunca es un líder, sino siempre es un guía verdadero. Un líder ordena. Un guía sugiere o señala el camino, dándole a cada individuo libre albedrío para seguir el camino que se le señala o cualquier otro”.

Pero Walter también era sumamente deshonesto, como vimos en nuestra segunda plática franca. Volvamos, pues, al año de 1981: el año en que Juan se rebeló por medio de leerle la misiva a Mario en público.

Cuando, poco después, fue el grupo a Estados Unidos al curso bianual, la directora Genevieve Lucus Rader les echó un cubetazo de agua fría a los maestros mexicanos. Se puso ciento por ciento a favor de Mario en un espectáculo grotesco en que Mario mismo traducía lo que decía “Gen” a los mexicanos, como le llamaba a su maestra de Escatología. En ese mismo viaje del 81 Juan había querido hablar con un tal Mike, de la mesa directiva, para que intercediera en aquello de remover la restricción de impartir clases a los estudiantes mexicanos (tema de mi previa entrada). A pesar de que lo invitó a desayunar, no tardó Juan en percatarse, como me dijo al regresar a México, de que Mike era “un achichincle” de Gen.

Yo ya me había salido de las clases formales con Juan para aquel entonces, aunque seguía visitando a la familia Del Río. Llegué a escuchar en esa casa cosas muy duras sobre el terrateniente Mario. Por ejemplo, que era “tan mafioso como su papá” según un testimonio de un residente en Cuernavaca, y muchas otras jugosas anécdotas.

Dado que Juan no fue vindicado en sus derechos y que Gen se puso, tontamente, de parte de su protegido Mario, el cisma entre los Del Río y Escatología era inevitable. ¡Pero la década siguiente ocurrió un cisma mucho mayor! Ya con Genevieve muerta, quién sabe qué habrá pasado con la mesa directiva de Pacific Palisades en California. El caso es que Mario rompió con ellos. Como para los años noventa ya no me llevaba con ningún escatólogo de los que había conocido en la previa década, no cuento con información directa. Pero en el artículo de Wikipedia mencionado arriba, un editor escribió, en una nota de enero de 2010:

En la década de los noventa el movimiento de Mario Estrada Elizondo sufre su más grande fractura. La versión oficial de su organización alega que Escatología empezó a tener cambios que alteraban el plan original de Walter, y que para mantener la fidelidad de las enseñanzas, era necesario romper todo contacto con la organización en Estados Unidos. Mario Estrada Elizondo organizó su propia fundación.

Sus críticos alegan que, los constantes problemas [yo diría más bien el carácter] de Estrada Elizondo, además de un afán de control sobre la escuela de Escatología en México, lo inclinaron al cisma. Esta separación causa que sus más destacados estudiantes abandonen a Estrada Elizondo y continúen con la fundación original estadounidense, quedando como representante en México hasta la fecha Bertha Celis.

En la actualidad, el grupo de Estrada Elizondo organiza su “Curso de Maestros Graduados” cada año, mientras que los escatólogos vinculados a Estados Unidos sólo lo organizan cada dos años.

Ayer de este día que escribo releí el capítulo “Revelación y profecía” de las “Preguntas y respuestas” para los alumnos que escribió Genevieve para The sharp sickle, que Mario prefería traducir como “La hoz aguzada” en vez de “La hoz afilada”.

Me impresionó mucho que, a lo largo del capítulo, Gen repudiara reiteradamente lo que enseñan las iglesias cristianas.

Walter y Genevieve interpretaron el último libro de la Biblia como una fuerte profecía, de Juan de Patmos, que erróneamente Walter y sus discípulos identifican con Juan Apóstol.[1] En el capítulo culminante del libro culminante de Escatología, la fuerte profecía que Walter pone en boca del autor del Apocalipsis es que las iglesias cristianas desaparecerán para hacerle lugar a la ciencia que redescubrieron Eddy y Walter. Ya antes de que una copia fotostática de los textos de Genevieve sobre La hoz aguzada cayeran en mi poder, Juan me había dicho que en el Apocalipsis se predecía el fin de la Iglesia.

Me llamó la atención el anticristianismo del capítulo culminante del libro de texto de Escatología porque, al releer el comentario de Gen ayer, no pude apartar de mi mente el funeral de Mario hace cuatro años.

El caso es que Mario Estrada fue despedido de este mundo en una fastuosa misa católica, ni más ni menos en la catedral de Cuernavaca ¡y el nicho que albergó sus cenizas lucía una cruz!
 
______

NOTA:

[1] Los escatólogos son gente muy ignorante acerca de la exegesis moderna que se la ha hecho al Nuevo Testamento. Sobre Juan de Patmos véase lo que dice mi blog en inglés (por ejemplo, acá).

La misiva de Juan

La siguiente carta, leída por Juan en Cuernavaca en una de las clases enfrente de los otros maestros y Mario, iniciaría una serie de eventos que causó un cisma en la Escatología de México, como veremos en la próxima entrada. Aquí me limito a citarla.
 
Marzo 16, 1981

Ing. Mario Estrada
Cuernavaca, Mor.

Querido Mario:

Tengo entendido que has dado instrucciones para que los maestros graduados de Escatología de la primera generación mexicana sigamos enviando a nuestros alumnos que terminan La Hoz para que continúen los estudios en Cuernavaca contigo.

Pero lo primero que quiero comunicarte es el profundo respeto, admiración y cariño que siento por ti como mi maestro y amigo. Reconozco tu extraordinario entendimiento y la magnifica labor desarrollada por ti con tanto esfuerzo y amor para fundar y enseñar la Escatología en México, que ya está proporcionando tan buenos frutos. Mi profundo agradecimiento a ti por todo ello es muy auténtico.

Pero considero que la medida de seguir restringiendo la enseñanza a los maestros mexicanos no es adecuada, porque ya no es necesaria, retrasa el desarrollo del maestro y sobre todo porque no se apega al Plan Walter de enseñanza.

El Plan Walter prescribe, según entiendo, que los maestros graduados a partir de la segunda vez que asisten a la Clase de Maestros Graduados adquieren tácitamente el derecho y asignación de enseñar todos los cursos de clase según el Plan Walter y no establece que se limite su actividad a enseñar sólo hasta La Hoz y después enviar sus alumnos a su antiguo maestro para terminar la enseñanza; ya que esto no es el Plan Walter y convertiría al maestro graduado en un “Estudiante Autorizado” permanente, que deja de apegarse a la Ley de la Progresión.

Si bien hasta ahora se aceptó la situación, un tanto anómala, por ser diferente al Plan Walter, de enviar nuestros estudiantes que terminaban La Hoz para continuar los estudios contigo en Cuernavaca, fue por una razón específica que todos consideramos válida en esa época en que la primera generación de maestros mexicanos se estaba integrando; pero dicha época ya concluyó hace bastante tiempo, pues habrá que señalar que en breve estaremos asistiendo a nuestra tercera Clase de Maestros Graduados, es decir, que estamos a cuatro años de nuestra graduación oficial como Maestros de Escatología, Plan Walter; y que la enseñanza a cargo de los maestros graduados en México, desde hace seis años, ya está perfectamente establecida con muy buenos resultados, desde que recibimos nuestro primer permiso, restringido, para enseñar en Septiembre 1º de 1975, y dicho permiso oficialmente dejó de ser restringido desde Diciembre 1º de 1977 para ser normal, pleno o completo; así pues, la razón para limitar o restringir el campo de la enseñanza para el maestro graduado mexicano, dejó de existir. Ya no hay ningún motivo válido para que la restricción continúe, sobre todo, si se considera que los maestros mexicanos ya están adecuadamente preparados a través de seis años de enseñar activamente y que dicha restricción retraza el desarrollo del maestro, desarrollo que desea y al que tiene derecho.

Yo creo que apartarse del Plan Walter, en cualquiera forma que sea, es contra el interés de todos los involucrados y de la Escatología en México, sobre todo si dicha acción no es obligada por muy buenas e indiscutibles razones. Me imagino que el revés que tuvo la enseñanza de la Escatología, en el pasado, en Australia, seguramente se debió a que se apartaron del Plan Walter; ya que los reveses similares parciales que hubo en los Estados Unidos también se debieron a la misma causa, como fue el caso de algunos maestros que llevaban estudiantes a La Hoz Afilada en unos cuantos meses de estudio. Así pues, la garantía de buenos resultados es el estricto apego, en todo, al Plan Walter.

Por otra parte, la misma improcedencia o falta de fundamento válido para la restricción de la enseñanza para los maestros mexicanos, aplica también al hecho de que los exámenes de los cursos no los haga el propio maestro que los imparte; ya que esto ha dado lugar a que los alumnos pregunten por qué tienen que ir a Cuernavaca a ser examinados por un maestro distinto al suyo propio; asimismo, los alumnos que terminen La Hoz no entienden por qué tienen que continuar los cursos con un maestro diferente al que ellos escogieron y con el que están completamente satisfechos. Con esto, pueden pensar (de hecho, algunos lo han manifestado así) que su maestro realmente no es un maestro completo, o que está insuficientemente preparado o calificado para impartir la enseñanza completa, y esto seguramente no le hace bien a nadie y ciertamente no es necesario en forma alguna.

Por todo ello, con todo respeto y cariño, reitero mi deseo de ejercer mi derecho, como maestro graduado de Escatología, Plan Walter, de enseñar todos los cursos y de examinar a mis propios estudiantes, según lo establece el mencionado Plan Walter.

Recibe mi cariño, admiración y agradecimiento.

[rúbrica]

Juan del Río Huidobro

Published in: on abril 25, 2018 at 6:34 pm  Dejar un comentario  

La transición consciente

En mi tercera plática franca hablé un poco más de lo que, para el escatólogo, es la prueba máxima según las enseñanzas de Walter: realizar lo que ellos llaman “la transición consciente”. Hablé de la Ascensión de Jesús, pero me faltaron importantes detalles por especificar.

Walter tiene un par de libros, The Unknown God, en que, paso a paso, interpreta metafísicamente un montón versículos de los cuatro evangelios. Recordemos que, para los escatólogos, las enseñanzas de Jesús y los profetas fueron escritas en lenguaje velado, y que sólo ellos poseen la clave para descifrar las escrituras sagradas. Ahora bien, los evangelios canónicos incluyen dos breves descripciones de la Ascensión de Jesús en Lucas 24, 50-53 y Marcos 16, 19. Una descripción más detallada de la Ascensión corporal de Jesús se da en Hechos 1, 9-11.

Una de las razones que me movieron, en mis pláticas francas, a hablar de los poderes paranormales que supuestamente el escatólogo es capaz de desarrollar, es la “promesa completa y marcada deficiencia” que ve el estudiante honesto de Escatología, por citar una frase de la Sra. Eddy, en uno de los folletos del primer curso del Método Walter. El hecho es que en tal “método” jamás el maestro le hace una muestra a los alumnos de tales poderes; en mi opinión, por el simple hecho de que los poderes paranormales (1) probablemente no existen, y por ende, (2) ningún escatólogo ha sido capaz de desarrollarlos.

“Por su frutos los conoceréis” dijo Walter mismo incontables veces. Si usamos este parámetro, los estudiantes de Escatología de la vieja guardia podrían haberle pedido que hiciera una demostración pública, el gran fruto para conocer a Walter. Recuerdo que Ricardo una vez me dijo, creo que enfrente de unos de sus familiares, que Jesús y Walter habían sido quienes más habían entendido la Ciencia de la Vida en la historia. Si Jesús fue capaz de ascender a los cielos—transitar “al siguiente plano de la existencia” según la jerga de los escatólogos—, ¿por qué no haberle pedido a Walter la misma hazaña final?

Recuerdo algo que sucedió en el departamento de unos estudiantes de Coco del Río en la Colonia del Valle. No toda la familia estudiaba Escatología, pero una de las que estudiaba me dijo: “Puedes llevarte el cuerpo si quieres” refiriéndose a la transición consciente. (Pensemos en la pintura, La ascensión de Jesús al cielo representada por John Singleton Copley, 1775: Jesús no nos dejó su cuerpo después de irse al otro mundo.) Otro familiar, un varón que no tomaba clases, simplemente sonrió en son de escepticismo.

La excusa que escuché de Juan del Río es que Walter había decidido no llevarse su cuerpo cuando hizo la transición consciente a efecto de legarle sus bienes a la escuela de Escatología que había creado. Esto es, legalmente tenía que haber un cadáver. Seguramente eso es un mito, en tanto que la organización cayó, al parecer, en el caos inmediatamente después de su inesperada muerte el 2 de marzo de 1941 hasta que Genevieve Rader, quien había estudiado con Walter, mudó la Escatología de Illinois a California.

Imaginemos lo que haríamos si fuéramos un Walter que hubiera llegado al “entendimiento completo”: otra frase de los escatólogos. Surgen las preguntas más obvias: Si estaba preocupado por las finanzas que dejaba, ¿por qué no donó sus bienes a una fundación antes de una transición a la Jesús? ¿Por qué tuvo que dejarnos su cuerpo inerte cuando, muy bien, pudo haber hecho el mayor espectáculo paranormal de la historia desde la Ascensión del primer siglo de nuestra era? A fin de cuentas, llevarse el cuerpo para aquellos que, según los escatólogos, lograron hacer la transición consciente—Enoch, Elías y Jesús—había sido la norma. ¿Por qué, en tiempos modernos, Walter, el primer entendedor cabal desde Jesús, rompió la norma de los antiguos maestros?

Porque Walter nunca tuvo esos poderes.

Y lo que se dice en la Biblia es ficción literaria.

Isaías 11:6

“El lobo morará con el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito; el becerro, el leoncillo y el animal doméstico andarán juntos, y un niño los conducirá”.

Hace poco me encontré esta imagen, “Peace” dice a pié de página en la estampa original, que no veía desde que cursaba Escatología. Creo que la vi por primera vez en casa de los Del Río y Ricardo me la explicó. Aunque entregaban la estampa a los alumnos en la clase de Notas primarias mientras yo estaba en un curso anterior, asimilé la interpretación “metafísica” que enseñaban en Escatología.

Para los escatólogos, que creen que cada objeto del mundo físico tiene un equivalente en el reino de lo mental, el oso representaba la fuerza, y decían que la cualidad de la fuerza estaba encarnada en el oso; el león la valentía; el zorro la sabiduría; la llama el amor; la vaca la paciencia; el cordero la pureza; y el niño, el séptimo de la lista, el entendimiento: la acumulación de todas las mencionadas virtudes.

Detrás estaba el leopardo dormido, cuyas manchas representaban “los innumerables puntos de vista equivocados de la creencia humana”.

De manera similar a como Schelling y Hegel, los filósofos del idealismo clásico alemán, veían los objetos, para los escatólogos éstas no son meras analogías. Realmente creen que cada objeto del mundo empírico representa—es objetivación de—una cualidad de la Mente.

Published in: on abril 21, 2018 at 12:42 pm  Dejar un comentario