Hace cuarenta años…

(Entrada fija)

En 1978 entré al grupo denominado Escatología en la Ciudad de México. En esta bitácora estaré denunciando los dogmas de esa secta que tanto afectó mi vida. Iniciaré mi crítica con una serie que remeda el título que William Walter escogió para el primer curso de Escatología, Pláticas francas. Mi primera plática aparece en mi libro autobiográfico.

La fotografía del margen es de Juan del Río (1923-2001), el primer maestro del Método Walter que tuve en México.

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Published in: on abril 18, 2018 at 5:21 pm  Dejar un comentario  

Plática franca #2


El deshonesto Walter

A todo aquél que esté por caer a Escatología u otra secta le sugeriría que considere esta prueba de tornasol para distinguir la falsa ciencia de la verdadera.

Los científicos demuestran la realidad de sus ciencias a la vista de todos: electricidad, ingeniería, computación, medicina, aeronáutica, petroquímica, mecánica automotriz y muchas más. Los seudocientíficos no pueden hacerlo. El hecho de que ningún escatólogo se ha mantenido joven, o al menos más sano que la norma, debiera ser motivo suficiente para no buscar en ese camino nuestra salvación.

La revista de la Asociación Médica Americana del 22 de septiembre de 1989 registró los decesos de miles de seguidores de Eddy junto a un grupo de control. Si la Ciencia Cristiana de Eddy fuera una verdadera ciencia, uno esperaría que sus seguidores fueran más longevos que los del grupo de control. Pero la revista médica reveló algo muy distinto:

Entre los científicos cristianos la proporción de muertes de cáncer duplicó el promedio nacional, y el seis por ciento de ellos murió de causas consideradas prevenibles por los doctores. En promedio, quienes no eran científicos cristianos vivieron cuatro años más que los científicos cristianos en el caso de las mujeres, y dos más en el caso de los hombres.[1]

Así que los seguidores de Eddy mueren más jóvenes por cáncer que el americano promedio debido a su renuencia de acudir al doctor. Si se hicieran los mismos estudios a los seguidores de Walter, quienes también son renuentes de ir al médico porque “la creencia en la enfermedad enferma”, apostaría a que el estudio arrojaría cifras muy similares.

Juan del Río se enfermó precisamente porque, a pesar de haberse hecho rico con el montón estudiantes de Escatología que tuvo, omitió hacerse chequeos médicos; y cuando tuvo síntomas el cáncer ya estaba muy avanzado. En el caso de la muerte de su mujer, quien heredó su escatológico negocio y murió en abril de 2018, los sitios de Aplicación Mental no dicen media palabra de qué murió. (Desde el cisma de los años ochenta en un conflicto con Mario Estrada, la familia Del Río le cambió el nombre de Escatología a su secta por uno menos pretencioso: Aplicación Mental.)

Debo decir que la mejor clase que jamás recibí sobre la Ley de la importunidad me la dio Juan del Río en privado. Su exposición fue más clara y didáctica que los mismísimos capítulos de La hoz afilada en que se le enseña al estudiante cómo “orar”. Veinte años después, cuando le detectaron el cáncer, Juan tuvo una ventana de oportunidad de más de cuatro años para orar con importunidad y vencer la enfermedad. Pero fracasó. Y fracasó por el simple hecho de que el cáncer no tiene una etiología “mental” ni se cura con “pensamientos de salud” o “erradicando todo odio” como predicó Walter.

Mi segundo maestro, Jaime López, fue más lejos que Juan respecto al dilema de ir o no al médico. Cierta vez hizo un comentario crítico sobre la familia Del Río porque practicaban la vacunación profiláctica (Juan había sido médico antes de entrar a la secta). En su estudio de Puebla, López me dijo que no vacunaba a sus hijos, y que lo habían decepcionado Juan y Coco por hacerlo. Jaime López finalizó su comentario diciéndome que él se manejaba en la vida “como lo dice Walter”.

Es importante señalar que, cinco años después de la muerte de Juan, Coco impartía clases a 400 alumnos de Escatología. (Prefiero continuar usando el nombre oficial que usa la sede en Estados Unidos que el que sigue usando, al momento de escribir, la familia Del Río.) La horrenda agonía de su marido no le hizo cuestionar a Coco (o a sus centenares de alumnas) el dogma de que la enfermedad es curable por medios mentales. El creyente en una secta, religión o seudociencia rara vez madura al enfrentar lo que los sicólogos llaman disonancia cognitiva.

En mis veintes desconocía el estudio de la Asociación Médica Americana. Creía que la vejez y muerte de los maestros se debía a que carecían del entendimiento que tuvieron Jesús y los centenarios del Antiguo Testamento. Como dije en mi primera plática franca, jamás se me ocurrió que las “leyes” de Escatología simplemente no existían, que eran una gran fantasía. No se me ocurrió porque no podía concebir la inexistencia de lo paranormal: una idea que mi padre me había inculcado de niño con sus bellas historias sobre los milagros de Jesús. Si bien había abandonado al cristianismo, erróneamente creía que la existencia de la percepción extrasensorial y la psicocinesis, en las que tácitamente se basan los sistemas de Eddy y Walter, había sido demostrada científicamente por parasicólogos.
 

Mi diario privado de 1997:

Ayer leí dos capítulos de La hoz afilada en inglés después de años de no leerla. Y pasó algo importante. El caso es que por vez primera dudo de la honestidad de Walter. ¿Recuerdas ese artículo de la revista Skeptical Inquirer donde anoté cómo debí haber reaccionado ante el alegato de la Ley de la importunidad?:

Gurú: “No tomes mi palabra por sentado. Tú mismo puedes aprender a desarrollar la psicokinesis”.

Escéptico: “¡Magnífico, me encantaría! Pero antes de usar mi tiempo en intentarlo quisiera hacer una pequeña indagación de consumidor. ¿Que me dice usted de una demostración?”

Este es el quid. Ni Walter ni Genevieve o Robert Durling [2] pudieron producir un efecto psicocinético como lo que dice Walter en la página 219 de su libro de texto: que con su puro pensamiento afectó pedazos de acero, hule, piedra, madera y arcilla. Mi actitud actual sería exigir la demostración (“antes de usar mi tiempo…”) o no intentar cumplir las interminables horas que exige la supuesta Ley de la importunidad. Es en este punto donde he cambiado. Quien lee ahora La hoz afilada es otro: un escéptico.

Y es una golosina lo que dice Walter en la página 207: “Investiga los resultados [¡énfasis en el original!] de quienes escoges como maestros y no te extraviarás”.

¡Mira quién habla—si él mismo murió súbitamente!

Y ve esta otra: “Que la señora Eddy no descubrió toda la verdad es evidente porque ya no está con nosotros”, escribió Walter en el libro más atesorado por los escatólogos. ¡Otra gema, pues nada hay más fatal para la credibilidad de Escatología que Walter muriera aún más joven que ella!

(Al final del capítulo “Conclusión” de La hoz afilada anoté con tinta roja a pié de página:) “OK, Walter o maestros contemporáneos de Escatología, se los pido sin burla alguna: Denme una lección a la Yoda levitando la nave frente a Luke como en la película El imperio contraataca, y mañana reiniciaré humildemente el estudio del primer folleto de Pláticas Francas…”
 

Walter: un timador

Salvo algunas correcciones, eso fue lo que escribí en mi diario de septiembre de 1997. El folleto referido en la última línea es la primera clase para principiantes de Escatología.

Vale mencionar que en su época hubo quienes consideraban a Walter un timador. Florence Stranahan, una de sus más fieles discípulas, escribió en el folleto Messages on Christian Science series I: “Escribes que la Sra. __ dice que el Sr. Walter es un engañabobos… que usa una treta para hacer dinero”.

Stranahan dudaba de que la acusación de la señora cuyo nombre omite fuera cierta. Pero Oliver Roberts de La Fontaine, hombre rico de la Wells Fargo & Co. en California, escribió en The great understander que Walter le cobró $10,000 dólares por un curso para iniciados. Eso es lo que en ese entonces costaba una mansión; y me recuerda que, en la actualidad, los magnates de la Cienciología cobran cantidades fabulosas a sus fieles en los cursos avanzados de su secta.

En su libro Oliver confesó que al oír semejante cifra albergó momentáneamente el pensamiento de que Walter lo había estado cazando con cursos previos para que, una vez convencido, sacarle un dineral. De hecho, algunos pasajes del libro de texto de Escatología denotan una gran falta de integridad del gurú de los escatólogos. En La hoz afilada Walter escribió lo siguiente al referirse a cómo pasar a la siguiente vida sin experimentar la muerte (la famosa “transición consciente” de los escatólogos):

Existen dos etapas positivas en el desarrollo que preceden a la transición conciente, las cuales deben entenderse y demostrarse del todo antes de que la tercera etapa de la transición consciente sea entendida y demostrada. Por lo tanto, cuando cualquiera de mis estudiantes me demuestre que entiende las primeras dos etapas, con gusto le enseñaré la ley que gobierna la tercera. La primera etapa es la demostración de invisibilidad. Jesús podía hacerlo a voluntad, como declaran las escrituras. El segundo estado es la transfiguración…[3]

¿Realmente creía Walter eso? En sus palabras (“cuando cualquiera de mis estudiantes me demuestre que entiende las primeras dos etapas…”) se da por sentado que, si Walter le pedía al alumno semejante demostración, él mismo podía volverse invisible y transfigurarse.

Hace años solía pensar que a Walter simplemente se le había aflojado un tornillo. Ahora comienzo a verlo bajo tonos aún más oscuros. Si Walter no se hacía invisible era moralmente peor que un chiflado: un charlatán. La diferencia entre chiflado y charlatán es que el chiflado se cree sus mitos, mientras que el charlatán engaña conscientemente. Martin Gardner distingue entre uno y el otro en su libro La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso. El chiflado sería un Velikowski, quien creía en su lunática astronomía; el charlatán sería un Uri Geller, quien nos engañaba con trucos de ilusionismo.

Así que ¿realmente creía Walter lo que le pedía a sus alumnos? Como dije, en tal demanda no sólo estaba implícito que él, Walter, se había hecho invisible sino que también se había transfigurado como Jesús. Pero es un hecho comprobado que Walter jamás demostró que podía hacerse invisible ante los hombres de ciencia en las universidades y laboratorios de su país. De haberlo hecho habría revolucionado al mundo.

Actualmente no creo que Walter se hiciera invisible. Y eso sólo puede significar una cosa: que Walter le mintió a sus alumnos y lectores al implicar, con la cita de arriba, que él podía lograr semejante hazaña. Esto parecerá muy brusco a los escatólogos, dado que Walter había terminado La hoz diciendo que, ante todo, uno tenía que ser sincero consigo mismo. Pero es un hecho consabido que entre gurús y fieles este tipo de autoengaño es harto frecuente.

Si bien es imposible probar un negativo—como por ejemplo que Walter no se hacía invisible—, es importante dar una breve clase de lo que es la ciencia verdadera.

Hay dos preceptos centrales para los escépticos.

El primero es: Afirmaciones extraordinarias requieren de evidencia extraordinaria. Por ejemplo, que Walter no sólo hubiera demostrado públicamente su invisibilidad sino que los escatólogos avanzados lo hicieran hoy día. Pero en sus clases Walter ni siquiera se tomó la molestia de realizar una prueba ordinaria, como mover un lápiz con la mente—la misma falta de su mentora, Mary Baker Eddy.

El otro precepto es: La carga de la prueba recae sobre quien propone la afirmación extraordinaria. Se ha observado que en las seudociencias se invierte la carga de la prueba, como un maestro que le exige al estudiante que se haga invisible ¡sin que él mismo, el maestro, le haya dado antes una demostración de invisibilidad!

Vamos a suponer por un instante que Walter podía hacerse invisible. ¿Por qué no hizo demostraciones públicas? ¿Para ocultar su fórmula secreta de la importunidad sobre estos poderes a los mal pensados? ¡No me hagas reír! Imaginemos qué absurdo sería que Edison, cuando acababa de inventar el foco, no se lo quisiera enseñar a nadie sino que se guardara a sí mismo su máximo descubrimiento. Imaginemos que pusiera este requisito a sus estudiantes: que ellos, no el inventor, le demostraran a Edison cómo crear luz en una bombilla al vacío ¡antes de dejarlos entrar al laboratorio para que vieran el foco encendido de su maestro!

Ponderando lo que dice La hoz afilada con sano escepticismo, el veredicto sobre Walter parece insoslayable: muy bien pudo haberse comportado como un engañabobos, tal como escribió aquella conocida de Stranahan citada arriba.

 
_________________

NOTAS:

[1] Martin Gardner, The healing revelations of Mary Baker Eddy (Prometheus Books, 1993), pág. 217.

[2] El finado Robert Durling fue el único escatólogo vivo a quien la organización le permitió vender un libro introductorio de Escatología a través de la organización misma, Out of confusion (los folletos de Florence también los vende la organización, pero ésta ya había fallecido).

[3] El original en inglés:

There are two positive stages of unfoldment which precede conscious transition; and these must be fully understood and demonstrated before the third state or conscious transition can be understood and demonstrated. Therefore, whenever any student of mine will prove to me through demonstration that he or she understands these first two stages, I will gladly give them the law governing the third stage.

The first stage is the demonstration of invisibility. Jesus could accomplish this at will, as is stated in the Scripture. The second stage is the transfiguration…

Páginas 544-545 de las fotostáticas que le saqué a la misma copia de The sharp sickle que estaba en la biblioteca personal de Juan del Río.

Coco del Río (1934-2018)

Los maestros Juan y Coco

La vida nos hace travesuras. Hoy que escribo esta entrada es 18 de abril de 2018, justo el día en que subí a esta bitácora mi primera entrada sobre Escatología: la plática franca con el número 1. Cuál sería mi sorpresa: una vez subida esa entrada, por internet me entero de que el martes pasado murió Coco del Río, la esposa de Juan del Río.

Pero la mayor sorpresa me la llevé cuando recordé que precisamente la semana pasada de este día que escribo había estado usando un buscador en internet con las palabras “raquel del rio aplicacion mental obituario” para saber si aún vivía. Revisé el historial para saber cuándo había hecho la búsqueda y… ¡la hice precisamente el día 10 de abril, cuando murió!

El historial no miente. De las 212 páginas que abrí ese día, 25 fueron sobre Escatología o los escatólogos, algo que sólo hago en raras ocasiones. Primero, según dice el registro de mi buscador Safari, entré a muchas páginas buscando información sobre Walter y su Escatología; incluyendo al finado Juan. Finalmente tecleé el nombre de su esposa con las palabras que cité arriba. Quería saber si seguía con vida y, como los sitios que abrí no me informaron nada ese 10 de abril, supuse que Coco aún vivía. Ahora, el 18 de abril, me percato que no fue sino hasta el 11 del mes cuando Gayosso publicó su obituario:

Sra. Raquel Emilia Hall y Huidobro de Azua
– Coco Del Río –

Edad: 83 años
Se despide en:
Agencia Félix Cuevas
Sala: 1
Ciudad de México

Destino Final:
Crematorio Gayosso Félix Cuevas
Fecha de Salida: 11/04/2018
Hora: 03:00 PM

¿Cómo puedo explicar lo sucedido, una coincidencia? Es probable, pues esa no fue la primera vez en mi vida que busqué información sobre mis antiguos maestros en internet, a veces preguntándome si Coco aún vivía, o si continuaba impartiendo clases.

Acaso algunos escatólogos me dirían que no fue coincidencia, sino una intuición paranormal de mi parte que refuta mi escepticismo sobre las doctrinas paranormales de su secta. Si esto fuera así ¿cómo explicar que cuando mi hermana murió, encerrada en su departamento, a nadie de la familia nos llegó un flashazo telepático? Tuvo que colarse agua de se cocina al departamento de abajo para que nos percatáramos, más de un día después de su muerte.

No obstante, tan gran coincidencia me mueve a subir este obituario de Raquel (“Coco”) del Río. Prefiero llamaré así, como la conocí, que el nombre de soltera que la funeraria Gayosso usó en la esquela de arriba.

Published in: on abril 18, 2018 at 11:56 pm  Comments (1)  

Plática franca #1

Nota: El texto de abajo está sacado del libro final de
Hojas susurrantes (disponible vía Amazon: aquí):

 

La secta a la que caí

Desde la pérdida del hogar de mis recuerdos vagué por el mundo sin reposo en diversos países, casas de huéspedes, vueltas a la casa de mi abuela y aún de arrimado con familias ajenas. Me convertí en un fantasma, en un alma en pena comparado con quien había sido en mi niñez y primera adolescencia. Jamás pude volver a mi vocación original de cineasta, hacerme de una profesión, mantener un trabajo estable o tener una sola pareja siquiera.

No extraña, pues, que a finales del año en que fui despojado de mi hogar, en estado de extrema ofuscación haya caído a una secta. Aunque creía que me salvaría, la secta acabó de destruir mis esperanzas de adaptación social. La fatídica mudanza había devenido en una larga noche en el mundo del dogma. Las vivencias en la casa maldita, en la que como dije de un solo golpe fui despojado de mi patrimonio psíquico, son de un grisáceo plomizo tan hórrido que evocarlas detalladamente me sabe a autodestructivo. En lugar de narrar esa etapa kafkaiana, recogeré información sobre el fundador de la secta en la que caí.

Desde sus inicios han surgido varios despertares evangélicos en Estados Unidos. Llama la atención que el mismo padre de la autora de La cabaña del tío Tom creyera que la religión sería el cemento que construiría la nueva nación. Es historia conocida que algunos americanos crearon vastos imperios religiosos. A pesar de que la fecha del fin del mundo predicho por su profeta no se cumplió, los seguidores de William Miller (1782-1849) crearían la iglesia adventista del séptimo día. Y no hablemos de Joseph Smith (1805-1844) y sus mormones que colonizaron virtualmente el territorio de Utah.

Más nos concierne Mary Baker Eddy (1821-1910): de la que uno de mis maestros de Escatología me dijo, en privado, que en carácter me parecía enormemente a ella. Esta niña sensible de Nueva Hampshire había sufrido de una minusvalidante enfermedad psicosomática en su juventud, una somatización de los abusos que (supongo) le habían infligido en la infancia. Sus biógrafos cuentan que la vida de Mary fue una eterna lucha contra una neurosis de la que jamás se curó. Los médicos decimonónicos que la atendieron eran tan torpes como los siquiatras del presente: abordaron su problema familiar por medio de tratamientos físicos. Es comprensible que desde entonces Mary se haya resentido contra la medicina convencional. El trastorno psíquico era profundo: después de casarse y enviudar, Mary tuvo una vida naufragante hasta que halló refugió en la figura paternal de Phineas Quimby, uno de los curanderos americanos que florecieron en los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo diecinueve. Quimby creía en el poder de la sugestión para tratar las enfermedades y el encuentro con Mary Baker fue crucial. En lugar de usar métodos físicos, Quimby se interesó en la persona de Mary y, sin proponérselo, le ayudó a transfigurar el severo calvinismo de su padre en un cristianismo más benigno y sin infierno alguno. El buen doctor había llegado a usar a usar la expresión “ciencia cristiana” para sus enseñanzas, término que Mary Baker se apropiaría para nombrar a la iglesia que formó.

Sin darle crédito a Quimby como el mentor de sus ideas, y con garrafales faltas de ortografía y sintaxis, en 1875 Mary Baker publicó la primera edición de su manual de texto Ciencia y salud con llave a las escrituras sagradas. Al año siguiente formó una sociedad con algunos de sus seguidores. En 1877 se casó con Asa Gilbert Eddy y dos años más tarde Mary Baker Eddy fundó oficialmente una iglesia, que en 1890 ya contaba con cuatro mil seguidores. A partir de entonces la iglesia prosperó exponencialmente. En 1895 la señora Eddy construyó un templo frente al Parque Central de Nueva York, y para 1906 otro inmenso templo en Boston, la mayor edificación en esa ciudad, cuando Eddy ya contaba con ochenta y cinco años. Stefan Zweig escribió:

En veinte años hace de una maraña metafísica toda una terapéutica nueva. Una ciencia profesada por millones de adeptos y dotada de universidades, periódicos, maestros y tratados; levanta templos de gigantescas cúpulas, crea un sanedrín de sacerdotes y predicadores, y recoge para sí una fortuna particular de tres millones de dólares […].

Desde Isabel de Inglaterra y Catalina de Rusia, ninguna mujer consiguió triunfo semejante sobre el mundo, ninguna alcanzó a ver sobre la tierra un monumento a su gobierno como Mary Baker Eddy.[1]

Los seguidores eran legión. Surgieron cientos de curanderos inspirados en sus enseñanzas e incontables sectas con diversos nombres a lo largo de Estados Unidos: fueran facciones por apóstatas o por aquellos que habían sido expulsados de la iglesia. Uno de éstos fue un tal William Wilfred Walter (1869-1941).

Comenzando como peluquero, Will Walter tuvo que ganarse la vida desde los diecisiete años en Aurora, Illinois, después de haber huido de la casa de sus padres. Se casó a los veintiuno con Bárbara Stenger. La pareja había tenido, al parecer, un hijo desde su más tierna adolescencia: un minusválido, una verdadera calamidad para los Walter. En una secta la información fiable sobre el fundador es apenas asequible. Nunca me dijeron qué clase de minusvalidez padecía el niño; si era congénita, o si alguna vez se curó. De las pocas cosas demasiado humanas que en una ocasión se le escapó al director de Escatología en México es que, a los veintisiete, Will Walter consiguió empleo de agente comprador en un gran almacén: trabajo del que no pudo emanciparse el resto de su vida.

Walter se encontraba muy deprimido e inició contacto con la Ciencia Cristiana a raíz de una tuberculosis que padeció. Ignoraba que la remisión espontánea no es rara en casos de tuberculosis pulmonar, por lo que quedó convencido de que una practicante de la iglesia lo había curado por medios puramente psíquicos. Desde entonces fue un devoto seguidor de la iglesia y llegó a ser primer lector. (Aunque no hay clérigos en la Ciencia Cristiana, para un visitante el primer lector puede parecer lo equivalente al pastor protestante.)

En 1912 Walter se distanció de la iglesia a causa de su revolucionaria idea de Dios. O quizá lo excomulgaron: la información que poseo es contradictoria. Sea como fuere, Walter aceptó el título de “El Método Walter de la Ciencia Cristiana” con el que sus seguidores distinguían a su incipiente organización de la iglesia matriz; recibió correspondencia de algunos científicos cristianos decepcionados, y aseveró haber sanado enfermedades por medios psíquicos. En 1917 impartió su primera clase en su casa, pero sólo hasta 1928 cambió el nombre de su organización a “Escatología”.[2] Con la excepción del abandono del teísmo, Escatología compartía casi todas las doctrinas de la Ciencia Cristiana, como la creencia que para los entendedores avanzados es posible curar toda enfermedad e incluso no envejecer y permanecer siglos en este mundo. No obstante, tanto Eddy como Walter morirían a edades comunes de morir: Eddy a los ochenta y nueve años y Walter a los setenta y dos.

A partir del inesperado deceso de Walter por un ataque cardiaco en su casa de invierno en Florida, la información que poseo es, una vez más, contradictoria. Algunos dicen que el movimiento se desbandó; otros, como en un texto de la organización, que la investidura pasó de Bárbara, la esposa de Walter, a Genevieve Rader. Lo cierto es que en los años sesenta la organización se mudó a California, donde florecen todo tipo de movimientos religiosos de la nueva era.

En 1973 Mario Estrada Elizondo (1929-2014), conocido terrateniente en el estado de Morelos que había estudiado con Rader en Los Ángeles, llevó las doctrinas de Walter a Cuernavaca en México. Estrada fue el maestro de Juan del Río, a quien conocí en 1977 a través de su hijo Ricardo cuando me refugiaba en el parque donde jugaba ajedrez. Ahora bien: 1977 había sido precisamente el año en que mis padres se confabularon con el médico para atormentarme con drogas, que mi madre me ponía en las comidas. Aún recuerdo el momento específico que marcó el inicio de mi conversión en un autobús en el que viajaba con Alberto y Ricardo del Río. Sufriendo por la mentada acatisia, en mis intentos de salvarme mudé mi previo escepticismo al pensamiento mágico que me vendían los hermanos del Río.

Si bien los científicos cristianos no son muy devotos del teísmo, Walter concibió la deidad más o menos como el new age posterior. Tanto él como Eddy se habían inspirado en el movimiento llamado Pensamiento Nuevo.

Walter llegó a creer que cada individuo es Dios: algo así como democratizar para la humanidad lo declarado sobre Jesucristo en los primeros concilios cristianos, la famosa fórmula Vere homo, vere Deus. En La hoz Walter nos confiesa cómo libró terribles batallas consigo mismo para deshacerse del teísmo que le enseñaron de pequeño: una agonía que me retrotrae la crisis religiosa que padecí en la recámara de mi abuela. La cosmovisión que salvó a Walter de sus agonías teológicas fue la apoteosis de él mismo y de la humanidad.

Concibió a Jesús de Nazaret—figura que, como a mí, le habían inculcado sus católicos padres—como el individuo que mejor ha entendido la “Ciencia de la Vida”, Escatología. Según Walter, Jesús, el hombre que mejor ha entendido esta ciencia, era un hombre como cualquier otro. Potencialmente todos podemos desarrollar la percepción extrasensorial—como Jesús le había adivinado el pensamiento a la samaritana—, y la psicokinesis, el dominio sobre el mundo material—como Jesús había sanado a los enfermos o caminado sobre las aguas. La “Mente Maestra Jesús”, nos dice Walter, aprendió esos poderes gracias a una larga tradición hebrea de entendedores de la ciencia de la vida, registrada en la Biblia aunque de forma velada para ocultar la fórmula del poder mental a los malpensados. En La hoz afilada Walter escribió:

Los llamados prodigios realizados por Moisés fueron hechos a través de su propio entendimiento del poder mental, y por consiguiente no eran milagros sino el producto de fenómenos mentales producidos por métodos conocidos. Con el mismo grado de entendimiento podrían ser reproducidos, otra vez, en nuestros tiempos. El hecho es que prodigios más grandes están siendo producidos por los estudiantes de la Mente.[3]

Como no sólo Jesús sino cada ser humano es Dios encarnado, Walter dedujo que los tiempos en que la humanidad tome conciencia de su divinidad, y por ende de sus potenciales poderes, llegarán cuando sus estudiantes entiendan cabalmente—como lo hicieron Jesús y Walter—la ciencia de la vida. Cuando esto suceda las consecuencias serán escatológicas. En La hoz, título que como su otro gran libro de texto, La hoz afilada, está sacado de un pasaje del Apocalipsis, Walter nos dice: “Luego de la publicación de este libro vendrá el entendimiento de la aplicación del poder mental”, cosa que devendrá en el fin de la Era.[4]

Todas estas grandilocuentes, aunque megalomaníacas ideas de Walter y sus seguidores, contagiaron al adolescente vapuleado que fui. Pero para entender a fondo mi extravío ulterior no tengo más remedio que entrar, en detalle, al tema del arte de desarrollar el poderío mental tal como lo enseñaba Walter.
 

La ley de la importunidad

En Escatología hay unas “leyes” que mi maestro Juan del Río me enseñó a mí y a mis compañeras de grupo desde la primera clase formal, que recibimos en diciembre de 1978, las cuales llegué a interpretar de manera muy práctica.

La primera, la Ley de causa-efecto, nos señala que dada nuestra naturaleza divina podemos crear ex nihilo aquello que deseamos.

La segunda, la Ley de la proporción, nos revela qué cualidad debe tener nuestro pensamiento para que sea causal: debe ser un sentir absoluto en la realidad objetiva de nuestro deseo. Walter interpretó que eso fue lo que quiso decir Jesús: “Cualquier cosa que desees cree que la posees—Walter puso enorme énfasis en esta fe—y la tendrás” (Marcos 11:24). La ilustración que nos puso del Río fue la de una balanza de dos platillos. Cuando un platillo de la balanza acumula el 51 por ciento de pensamientos de nuestro sentir positivo (“¡cree que la posees!”) el brazo se inclina hacia un lado y la manifestación del deseo es automática (el lado del platillo opuesto representaría las “apariencias” y carestía “engañosa” en nuestras vidas, por usar el lenguaje de los escatólogos). De ahí el nombre de “proporción” para esta ley. Pero el verdadero problema empieza aquí. Si poseemos la habilidad de causar (la primera ley) y conocemos la cualidad que debe tener nuestro pensamiento para que sea causal—una convicción profunda (la segunda ley)—¿cómo llegamos a tal convicción?

La tercera ley, la Ley de la importunidad, nos lo revela. Según los escatólogos importunidad significa “orar insistente y persistentemente hasta que la mente ceda”, es decir, hasta que la suma de pensamientos genere un sentir positivo sin duda alguna. Walter también dedujo esto de las enseñanzas de Jesús: la parábola del hombre que tiene un invitado a medianoche y le pide unos panes a su vecino, quien le contesta que ya están todos acostados pero que, a causa de su importunidad, se levantará a dárselos (Lucas 11:5-13). La idea se repite en la metáfora de la viuda que con gran persistencia importuna a un juez rogándole justicia, parábola cuya moraleja es que “hay que orar siempre y no desfallecer” (Lucas 18:1-8). Walter interpretó la oración de estos versículos no como una súplica a un Dios personal, sino como la práctica mental del escatólogo avanzado. La vía para llegar al estado de convicción profunda (“¡cree que la posees!”) es un ejercicio mental repetitivo y molesto, una importuna oración con uno mismo que culmina con el sentir de convicción. Siguiendo la analogía de la balanza, a través de la importuna repetición de pensamientos la mente acumula el 51 por ciento necesario en el platillo “correcto” para que el brazo de la balanza se incline a nuestro favor, es decir, genere el sentir de convicción.[5]

Para ilustrar cómo un entendido en Escatología utilizaría estas tres leyes supongamos que ha perdido una mano en un accidente y desea volver a tenerla. Según la primera ley puede hacerlo porque es Dios: su pensamiento es causal y puede crear de la nada. Según la segunda ley, para lograrlo tiene que sentir que ya la posee.

Ahora bien, para generar un sentir que contradice todas las apariencias hay que “orar”, nos dice la tercera ley, hay que decirse a uno mismo que la mano existe con inexorable importunidad hasta lograr la convicción. La manera de hacerlo es irse a un lugar a solas, quizá tapando el muñón donde debiera estar la mano para que las apariencias no disturben al orador, y repetir una línea de pensamiento como “Mi mano existe y sé que está aquí” con tanto sentir como uno pueda generar. Con el tiempo, alegan los escatólogos, gracias a la importunidad devendrá un estado mental en que el orador creerá realmente que posee su mano. Eso significaría cumplir la segunda ley, y por ende, en el mundo objetivo aparecerá su nueva mano. Eso sí: se les dice a los estudiantes que para lograr semejante hazaña debe comenzarse por objetivos mucho menores, como curarse un catarro o una úlcera nerviosa. Los modestos logros servirán de plataforma para desarrollar una fe invencible en la propia habilidad de causar; fe que, retroalimentada de logro en logro, nos permitirá resolver problemas cada vez mayores, como eventualmente la reexpresión de un miembro perdido.
 

Disonancia cognitiva

En esencia esa es la fórmula de cómo desarrollar la psicokinesis según Walter: un poder que, como ya he señalado, cuando una cantidad considerable de “entendedores” lo desarrollen llegará “el fin de la Era”.

Hace ya más de un cuarto de siglo, cuando creía fervientemente en el apocalipsis de Walter, me imaginaba que si los maestros de Escatología se enfermaban, envejecían y morían como cualquier otro mortal era porque no aplicaban bien las enseñanzas; creía que eran individuos mediocres y sin ambición alguna. La razón principal por la que rompí con Juan del Río y con mi segundo maestro, Jaime López, fue porque no había visto resultado sustancial alguno no sólo en mi vida, sino en la de ellos.

Del Río, nacido en 1923 (y que padecería una horrible agonía por un cáncer que lo mató en 2001), era un señor que, cuando estudiaba con él en 1979 y 1980, aparentaba su edad. Cierta ocasión un estudiante de nuevo ingreso le preguntó si conocía al menos un solo escatólogo que no envejeciera. Del Río se quedó pensando y respondió en negativo. “¡Entonces la Escatología aún no plancha (las arrugas)!”, exclamó el estudiante. Yo me hacía idénticos cuestionamientos. ¿Dónde estaban los centenarios que habrían por necesidad que existir una vez que Eddy y Walter redescubrieron la ciencia de la vida que originalmente habían usado entendedores como Matusalén y los otros centenarios bíblicos? En teoría la meta primaria del escatólogo sería lograr un control mínimamente decoroso, por medios psíquicos, del propio cuerpo. Eddy misma había enseñado que su ciencia podía impedir los estragos de la vejez, por lo que muchos científicos cristianos pensaron que no moriría.

Lo que veía contradecía escandalosamente lo prometido por Walter, quien dedicó dos capítulos al tema de cómo vencer a la vejez en La hoz afilada, el libro principal de Escatología. Walter escribió:

La juventud, siendo una sensación de juventud, puede ser conscientemente continuada o mantenida con todo su vigor, energía y buenas emociones. Que esto no es una mera teoría puede establecerse por la longevidad de los personajes de la Biblia, quienes entendieron este hecho.[6]

Los escatólogos se tragan entera esta afirmación. En uno de sus folletos, Florence Stranahan, una de las discípulas más allegadas a Walter, escribió: “Dices que tu cabello está prematuramente gris. La edad nada tiene que ver con eso: es tu propio pensamiento”.

Que los escatólogos realmente se creen poseedores de la piedra filosofal o elixir de la eterna juventud se advierte además en el comentario de Genevieve Rader, la sucesora de Walter, sobre esos dos capítulos de La hoz afilada: comentario que se les lee a los estudiantes avanzados.[7] Pero Rader, quien dirigiera Escatología hasta 1981, al igual que Eddy, Stranahan y Walter envejeció (y más tarde murió). Así que los grandes maestros envejecían y morían como cualquier mortal. Eso no me alarmaba porque también yo me tragué las racionalizaciones de los escatólogos: que Eddy, Stranahan y Rader no habían entendido del todo la ciencia de la vida, y que Walter hizo la “transición” al otro mundo en 1941 porque así lo quiso.

Creer en estas ingeniosas racionalizaciones me permitió continuar con mis estudios de Escatología. Durante mi primer año en la secta innumerables veces intenté cumplir la tortuosa Ley de la importunidad, pero me era imposible culminarla. Me sentía un imbécil repitiendo como loro tanta línea—digamos: “¡Pronto aparecerá mi alma gemela en mi vida!”—sin resultado alguno, y nunca logré las maratónicas sesiones de horas al hilo e incluso días que, según del Río, Walter había realizado. Tenía entonces veintiún años y quería convertirme en un virtuoso de la oración—la importunidad—a fin de manifestar mis jóvenes deseos.

Pero jamás se me ocurrió dudar de la existencia de tales poderes. No se me ocurrió pensar que la falla no se encontraba en mí, o que otros escatólogos podrían haber tenido dificultades similares en la praxis de la importunidad. No osaba pensar que ellos habían cumplido con la susodicha Ley sin resultado alguno, y mucho menos me atrevía a pensar que las historias de las maratónicas sesiones de Walter eran exageraciones.

Creo que fue el señor Jaime Hall, mi más cercano amigo escatólogo (que moriría en diciembre de 1996 por un fulminante paro cardiaco), quien me dijo que Walter había orado días; que necesitaba dinero y que un antiguo alumno le envió un cheque por correo: milagro que atribuyó a su maratón de importunidad. Jamás se me ocurrió cuestionar ese milagro o los atribuidos a Jesús. No concebía que lo que cuentan los evangelios podía no haber sido histórico sino que fuera ficción literaria, o que la interpretación “metafísica” de Eddy y Walter sobre la narrativa neotestamentaria fuera una patraña. Usando la metáfora de una tarotista discípula de Jung, un arduo sendero bajo la severísima mirada de una luna tendría que cruzar para que cuestionara la historicidad de esos relatos.

Ahora que, gracias a mis lecturas de Paul Kurtz, Martin Gardner, Ray Hyman, James Alcock, Robert Sheaffer, Nicholas Humphrey, Morton Smith, Randel Helms y otros he abandonado toda fe tanto en lo paranormal como en los milagros de Jesús, veo cuestiones elementales que en su momento no vi.

Si Escatología fuera una ciencia y si sus leyes fueran tan reales como la ley de la gravedad o la de la termodinámica, es más que elemental que habría atestiguado hartas demostraciones de tales leyes de parte de mis maestros. (Vale decir que, en una conversación de 1980 con mi padre, le llamé “Yoda: mi maestro espiritual” a Jaime López, con quien tomaba clases en la ciudad de Puebla, en referencia a la película El imperio contraataca.) La gravedad no requiere demostrarse: la vemos todos los días. Pero ni yo ni ningún otro estudiante de Escatología había visto no se diga un Matusalén que reexpresara miembros perdidos, o un Yoda levitando una pequeña nave como la de Luke Skywalker, sino ni siquiera un logro paranormal relativamente modesto como mover un pequeño objeto por medio de la mente. Pero estoy hablando con la voz de mi cordura recobrada y ya cuando, después de haberme pasado la mayor parte de mi vida en una noche encantada, arribé a las lejanas torres de la carta de La Luna.
 

Posdata de 2018

A la izquierda, el doctor Juan del Río Huidobro cuando ya le habían detectado el cáncer que lo mataría. Nótese la diferencia de la expresión en su rostro con la fotografía a color que escogí para ponerla hasta arriba de este blog, tomada en tiempos en que Juan gozaba de plena salud.

No puedo imaginar la horrorosa agonía que mi antiguo maestro habrá sufrido cuando, al tratar de usar la Ley de la Importunidad para sanar a lo largo de los años en que se desarrolló su cáncer, se estrelló con el muro de la realidad. A diferencia del canceroso común, debió haber sido una agonía doble, tanto física como mental. ¿Cuál habrá sido peor: las penas de la enfermedad o la prolongada confusión de por qué su persistente aplicación de la susodicha Ley no producía beneficio alguno?

Quisiera rematar mi primera “plática franca” con unas palabras que Martin Gardner escribió sobre los adeptos de la Ciencia Cristiana: “Obviamente la mayor tragedia que puede sucederle a [los escatólogos] ocurre cuando mueren de una enfermedad curable por haber pospuesto consultar a un médico. Una forma más sutil de tragedia aflige a los creyentes que, por no haberse sanado por medio de la fe, suponen que el defecto está en ellos mismos” (mi énfasis).

_________________

NOTAS:

[1] Stefan Zweig, La curación por el espíritu (Colección Austral, 1965), págs. 13 & 110s.

[2] Tanto las doctrinas de Eddy como las de Walter aparecen en publicaciones que las respectivas organizaciones venden al publico general. Escatología se anuncia aquí, donde es posible solicitar algunos textos de Walter incluso electrónicamente. Parte de la información biográfica la obtuve del panfleto Additional background information and a brief summary of the writings of William W. Walter (Eschatology Foundation, 1977). Los libros y folletos de Escatología mencionados en estas notas han sido publicados por esa organización.

[3] William Walter, The sharp sickle (1928), págs. 484s.

[4] La hoz, traducción de Mario Estrada (1974), págs. 313s (La hoz y La hoz afilada son dos distintos libros de Walter).

[5] Walter usó la expresión “Ley de la importunidad” en The unknown God, Vol. II, (1922), pág. 123, libro que alegadamente es “la interpretación metafísica”, versículo por versículo, de los evangelios; y explica la importunidad en Notas de la clase primaria, traducción de Mario Estrada (1975), págs. 105s.

[6] The sharp sickle (op. cit.), págs. 278s.

[7] Genevieve Rader, The sharp sickle questions: Eschatology (1962), págs. 256-284.

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Published in: on abril 18, 2018 at 1:43 am  Dejar un comentario  

Neutralised

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Suicidal nationalists

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William Gayley Simpson

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The Pearl of Brabant

Painting of the day:

Dieric Bouts
The Pearl of Brabant
(detail) ~ 1468
Alte Pinakothek of Munich

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Still rooted in Americanism

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Published in: on enero 31, 2017 at 11:10 pm  Comments (12)