Capítulo 8. Conclusión: ¿A dónde va el judaísmo y Occidente?

Tanto las razones como el escogido orden de capítulos–comenzando por el final–que me mueven a traducir la trilogía del profesor Kevin B. MacDonald aparecen en mi primera entrada.


Una conclusión de este libro es que los judíos han jugado un decisivo papel en desarrollar movimientos intelectuales y políticos muy influyentes para servir sus intereses en las sociedades occidentales contemporáneas. Pero estos movimientos son sólo una parte de la historia. El caso es que ha habido un crecimiento enorme del poder judío y su influencia en las sociedades occidentales en general, y en particular en Estados Unidos.

Ginsberg (1993) señala que el estatus económico judío y su influencia cultural han crecido dramáticamente en los Estados Unidos desde 1960. Shapiro (1992, 116) señala que los judíos están sobrerrepresentados al menos por un factor de nueve en los índices de riqueza, pero que este es un cálculo conservador en tanto que gran parte de la riqueza judía se encuentra en bienes raíces, la cual es difícil de determinar y fácil de esconder. Si bien constituyen aproximadamente el 2.4 por ciento de la población de Estados Unidos, los judíos representan la mitad del ciento más alto de ejecutivos en Wall Street, y como el 40 por ciento de las admisiones a las universidades de la Ivy League. Lipset y Raab (1995) señalan que los judíos contribuyen entre un cuarto y un tercio de los montos en todas las contribuciones políticas en los Estados Unidos, incluyendo la mitad de las contribuciones al Partido Demócrata y una cuarta parte al Republicano.

El mensaje general del libro de Goldberg (1996) Jewish Power: Inside the American Jewish Establishment es que el judaísmo americano está bien organizado y magníficamente financiado. Ha logrado mucho poder, y ha sido exitoso en cumplir sus intereses. Existe un sólido consenso en rubros específicos, especialmente sobre Israel y en la asistencia social de judíos del extranjero, inmigración y políticas hacia los refugiados, separación estado-iglesia, derecho al aborto, y libertades civiles (pág. 5). De hecho, y a pesar de muchas discrepancias, el consenso sobre estos rubros entre las organizaciones de activistas judíos y los movimientos intelectuales judíos reseñados aquí es sorprendente. Cambios masivos en la política pública sobre estos rubros, comenzando con la contrarrevolución cultural de los años sesenta coincide con el período en que el poder e influencia judía en los Estados Unidos incrementaron.

Desde los años cincuenta estudios empíricos de la jerarquía étnica en Estados Unidos han rastreado cambios en los recursos económicos de los grupos étnicos (p. ej., Alba & Moore 1982; Lerner, Nagai & Rothman 1996). Estos estudios frecuentemente han enfatizado la sobrerrepresentación de blancos protestantes en las jerarquías corporativas y en lo militar, pero han fallado en tomar en consideración las diferencias grupales. Salter (1998b) provee una evaluación basada en la influencia judía relativa a afroamericanos y euroamericanos gentiles en base al modelo de Blalock (1967, 1989) de poder grupal como una función de recursos multiplicado por la movilización. Resulta que los judíos están mucho más movilizados que las otras dos poblaciones étnicas (aunque uno duda en denominar como “grupo” a los euroamericanos gentiles).

Por ejemplo, mientras que las organizaciones específicamente étnicas dedicadas a los intereses de euroamericanos gentiles son esencialmente grupos políticos marginales, Salter señala que el Comité Público de Asuntos Americanos-Israelíes [AIPAC por sus siglas en inglés] estuvo ranquedo en segundo lugar de los 120 grupos de presión más poderosos según el cálculo de los miembros del Congreso y quienes profesionalmente hacen cabildeo, sin que otra organización étnica estuviera ranqueada en las primeras 25. Lo que es más, AIPAC es uno de los pocos grupos de presión que se sustenta fuertemente en contribuciones de campañas para ganar aliados. Como se indicó anteriormente, los judíos contribuyen entre un tercio y la mitad de todo el dinero de campañas en las elecciones federales, las donaciones motivadas por “Israel y la más amplia agenda judía” (Goldberg 1996, 275). Por lo mismo, los judíos están sobrerrepresentados en las contribuciones de campañas por un factor de cuando menos 13 respecto a su porcentaje en la población, y están sobrerrepresentados por un factor de aproximadamente 6.5 si ajustamos la cifra por sus ingresos, en general más altos.

Las donaciones internacionales judías son aún mayores. Por ejemplo, en los años veinte, antes de la explosión que devino después de la Segunda Guerra Mundial de judíos donando a Israel, los judíos americanos podrían llegar a dar 24 veces más per capita en ayuda a los judíos fuera del país que lo que hacían los irlandeses americanos para ayudar a Irlanda en su lucha de independencia de la Gran Bretaña. Y eso que este fue el período en que la filantropía étnica de los irlandeses llegaba a su cumbre (Carroll 1978).

La disparidad ha llegado a ser mucho mayor desde la Segunda Guerra Mundial. Salter ha adoptado un cálculo preliminar conservador sobre la movilización étnica judía como cuatro veces la de los gentiles, en base a comparaciones per capita de donaciones a causas étnicas no religiosas. En la ecuación de Blalock, la influencia es afectada no sólo por la movilización sino también por los recursos del grupo. Salter calcula que el control judío es aproximadamente el 26 por ciento de los “recursos cibernéticos” de los Estados Unidos, es decir, los recursos medidos por su representación en áreas claves como el gobierno, los medios de comunicación, las finanzas, las universidades, las corporaciones y la industria del entretenimiento.

Este nivel promedio de control de recursos sociales se refleja tanto en áreas de alta representación judía (> 40 por ciento) como los medios, las altas finanzas, los abogados, la elite intelectual y la industria del entretenimiento), como en áreas de baja representación judía (≤ 10 por ciento), como la elite corporativa, los líderes militares y religiosos y los legisladores. El cálculo genérico es comparable al realizado por Lerner y otros (1996, 20), quienes se basaron en información recopilada en los años setenta y ochenta. Lerner y otros llegaron al cálculo de un 23 por ciento de toda la representación judía en las elites americanas. Los resultados son paralelos también a los niveles de sobrerrepresentación judía en otras sociedades, como en la Alemania de inicios del siglo XX, donde los judíos constituían aproximadamente el uno por ciento de la población y controlaban como el 20 por ciento de la economía (Mosse 1987, 1989), además de su influencia en los medios y en la producción de la cultura (Deak 1968, 28; Laqueur 1974, 73).

La sustitución de los valores de estos recursos y la movilización en la ecuación de Blalock conduce a un cálculo de influencia judía sobre políticas étnicas—inmigración, políticas raciales, política exterior—aproximadamente de 3 a 1 respecto a la influencia de los euroamericanos gentiles. Los resultados son altamente robustos en cuanto al peso e importancia de las diferentes fuentes. Sólo una evaluación “neomarxista extremista” de las fuentes (es decir, una que sólo tome en cuenta la elite corporativa, la rama legislativa del gobierno, la elite militar y los ingresos grupales en total) colocaría a la influencia judía a la par de la gentil en euroamericanos.

Como se señaló anteriormente, existe un amplio consenso judío sobre Israel y la asistencia social de la judería extranjera; inmigración y política de refugiados; separación estado-iglesia, derecho al aborto y libertades civiles. Esto significa que la influencia judía y los intereses judíos dominan estas cuestiones: algo muy compatible con lo que dijimos sobre la influencia judía en la política migratoria en el capítulo 7, así como el hecho de que todas estas áreas hayan repercutido enormemente en la política pública de acuerdo con los intereses judíos. Esto también coincide con el surgimiento de la influencia judía en los Estados Unidos. Salter calcula que la movilización judía podría conceptualizarse como varias veces mayor que la de euroamericanos gentiles, como se ilustra en la historia del papel judío en la política migratoria.

Todas las organizaciones de judíos estuvieron intensamente involucradas en la batalla sobre la restricción de la inmigración por un período que duró todo un siglo, a pesar de lo que, originalmente, les debió haber parecido estruendosos fracasos. Tal esfuerzo continúa en nuestra época. Como dijimos en el capítulo 7, la oposición a la inmigración masiva de todos los principales grupos raciales y étnicos europeos, así como la relativa apatía de otros grupos—incluso los italo- y polaco-americanos que pudieran haber apoyado la migración de su gente—fueron características prominentes en la historia de la política migratoria.

Sin duda, este “surgimiento de los judíos”, por usar la frase de Albert Lindemann (1997), ha tenido importantes efectos en las sociedades occidentales contemporáneas. Un tema central del capítulo anterior es que un alto nivel de inmigración a Occidente va de la mano con el interés judío en desarrollar sociedades no homogéneas; sociedades cultural y étnicamente plurales. Es de interés considerar las posibles consecuencias de semejante política a largo plazo. En años recientes ha habido, cada vez más, un mayor rechazo entre los intelectuales y los activistas de minorías étnicas a la idea de una sociedad basada en un “crisol de razas” en base a la asimilación de grupos étnicos (véase, por ejemplo, Schlesinger 1992).

Las diferencias culturales y étnicas son enfatizadas en estos escritos, y la asimilación y la homogenización étnicas son vistas en términos negativos. El tono de estos escritos es reminiscente de las posturas de los intelectuales judíos de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, quienes rechazaban los efectos asimilacionistas del judaísmo reformado a favor del sionismo, o de un retorno a formas culturales más extremas de separatismo, como el judaísmo conservador u ortodoxo.

El movimiento hacia el separatismo étnico es de considerable interés desde el punto de vista evolutivo. Tanto la competencia entre grupos como monitorear a los grupos externos ha sido una característica de las interacciones judío-gentiles no sólo en Occidente sino en las sociedades musulmanas, y hay demasiados casos en otras partes del mundo de competencia y conflicto entre grupos como para mencionarlos. Históricamente, el separatismo étnico visto desde la perspectiva de la historia del judaísmo ha sido una fuerza divisoria dentro de las sociedades. En varias ocasiones ha desatado enormes odios y desconfianza dentro de la sociedad: guerras étnicas, expulsiones, pogromos e intentos de genocidio. Lo que es más, hay poca razón para suponer que el futuro será diferente. En nuestros tiempos hay conflictos étnicos en todo continente, y es claro que el establecimiento de Israel no ha terminado el conflicto étnico de los judíos que regresan de la diáspora.

Por cierto, mi crítica sobre las investigaciones del contacto entre grupos más o menos impermeables en sociedades históricas fuertemente sugiere una regla general: que la competencia y el monitoreo entre grupos internos y externos es la norma. Estos resultados son altamente consistentes con la investigación psicológica de los procesos sobre la identidad social estudiados en SAID (cap. 1).

Desde una perspectiva evolucionista, estos resultados confirman la expectativa de que el propio interés étnico es ciertamente importante en los asuntos humanos y que, naturalmente, lo étnico es una fuente común de identidad grupal en el mundo contemporáneo. La gente parece estar consciente de la membresía grupal y tiene una tendencia general a devaluar y competir con grupos ajenos. Los individuos están, a la vez, bien conscientes de su relativa estancia grupal en términos de control de recursos y éxito reproductivo. También están dispuestos a tomar medidas extraordinarias para lograr y retener poder económico y político en defensa de estos imperativos del grupo.

Dada la suposición del separatismo étnico es instructivo pensar sobre circunstancias que, desde la perspectiva evolucionista, minimizan conflictos entre grupos. Teóricos del pluralismo cultural como Horace Kallen (1924) imaginan un mundo donde los diferentes grupos étnicos mantienen su identidad distintiva en un contexto de entera igualdad política y oportunidad económica. Desde una perspectiva evolucionista (o incluso desde el sentido común), la dificultad con este escenario es que no se explica qué resultaría de la competencia por los recursos y del éxito reproductivo en la sociedad. Por cierto, los resultados de los conflictos étnicos eran aparentes en tiempos de Kallen, aunque “Kallen apartó la mirada del conflicto que giraba a su alrededor, a fin de idear un ideal donde la diversidad y la armonía coexistieran” (Higham 1984, 209).

En las mejores circunstancias uno podría imaginar que grupos étnicos separados se involucrarían en una absoluta reciprocidad uno con el otro, de manera que no habría diferencias en términos de explotación económica de un grupo sobre el otro.

Lo que es más, no habría diferencias o ninguna medida de éxito en la sociedad, incluyendo membresía a clases sociales, roles económicos (p. ej., productor versus consumidor; acreedor versus deudor; jefe versus obrero) o fertilidad entre los grupos étnicos separados. Todos los grupos tendrían aproximadamente los mismos números e igual poder político; o si hubiera suficientes números, existirían suministros para asegurar que las minorías retendrían la misma proporción equitativa en términos de los marcadores sociales y del éxito reproductivo. Tales condiciones minimizarían la hostilidad entre los grupos porque atribuir el propio estatus a las acciones de otros grupos sería difícil.

Dada la existencia del separatismo étnico, sin embargo, es interés de cada grupo promover sus intereses a costa de otros. Si todo fuera igual, un grupo étnico dado estaría mejor si asegurara de que los otros tuvieran menos recursos, un estatus social más bajo, una tasa de fertilidad menor y proporcionalmente menos poder político que el propio. El hipotético estado de igualdad implica, por lo tanto, relaciones de poder establecidas en donde cada lado estuviera constantemente verificando si el otro está o no engañando; cada lado constantemente buscaría maneras de, en la medida de lo posible, tomar ventaja; cada lado estaría dispuesto a negociar sólo por temor a las represalias, o a cooperar sólo si se le fuerza a hacerlo (por ejemplo, bajo la presencia de una amenaza externa). Claramente, no podría esperarse cooperación alguna que involucrara un verdadero altruismo hacia el otro grupo.

Así, la situación ideal de absoluta igualdad en el control de recursos y en el éxito reproductivo requeriría ciertamente de una gran cantidad de vigilancia, e indudablemente estaría caracterizado por una gran cantidad de sospechas mutuas.

En el mundo real, sin embargo, incluso esta triste idea sería altamente improbable de llevar a cabo. Los grupos étnicos difieren en talentos y habilidades; difieren en números, fertilidad y en cuanto a cómo alientan a los padres a prácticas conducentes a adquisición de recursos; también difieren en los recursos mantenidos en un momento dado, así como en el poder político. La igualdad, o la igualdad proporcional, sería extremadamente difícil de obtener o mantener después de que se hubiera logrado sin extraordinarios niveles de supervisión, y sin extremadamente intensos controles sociales para cumplir las cuotas étnicas en la acumulación de riqueza, admisión a las universidades, acceso a empleos de alto estatus, etcétera.

Debido a que los grupos étnicos tienen diferentes talentos y habilidades y diversas formas de puericultura, los variables criterios para obtener y mantener un empleo requerirían de que éste dependiera de la membresía a un grupo en particular. Lo que es más, obtener paridad entre judíos y otros grupos étnicos entrañaría altos niveles de discriminación en contra de judíos individuales, sea en universidades o en acceso a empleos, e incluso conllevaría a cobrar altos impuestos a los judíos para contrarrestar sus riquezas, en tanto que los judíos se encuentran ampliamente sobrerrepresentados entre los ricos y los exitosos en Estados Unidos.

Ese sería el caso si los judíos fueran distinguidos como un grupo étnico separado de los gentiles americanos. Por cierto, la evolución final de muchos intelectuales neoyorquinos desde su etapa estalinista ha sido metamorfosearse en neoconservadores: quienes han sido elocuentes oponentes a la acción afirmativa y a los mecanismos de cuotas para la distribución de recursos. (Sachar [1992, 818ss] menciona que Daniel Bell, Sidney Hook,Irving Howe, Irving Kristol, Nathan Glazer, Charles Krauthammer, Norman Podhoretz y Earl Raab se opusieron a la acción afirmativa.) Las organizaciones judías incluyendo a la ADL, el Comité AJC y el Congreso AJC [por sus siglas en inglés] han llegado a posiciones similares (Sachar 1992, 818ss).

En el mundo real, por lo tanto, esfuerzos extraordinarios tendrían que tomarse para lograr ese estado de equilibrio étnico estable entre poderes y recursos. Es interesante que la ideología de la coexistencia judeo-gentil haya incluido a veces la idea de que los diversos grupos étnicos desarrollen un similar perfil ocupacional y que, implícitamente, controlen recursos en proporción a sus números. En la Francia medieval, por ejemplo, los decretos de Luis IX de 1254 prohibieron a los judíos involucrarse en préstamos e intereses y se les alentó a vivir de labor manual o comercio (véase Richard 1992, 162). El sueño asimilacionista alemán del siglo XIX era que el perfil ocupacional de los judíos después de la emancipación reflejaría el de los gentiles: una “expectativa utópica compartida tanto por muchos judíos como no judíos” (Katz 1986, 67). Se hicieron esfuerzos para que disminuyera el porcentaje de judíos involucrados en el comercio y se incrementase en la agricultura y artesanía. Sin embargo, el resultado de la emancipación fue que los judíos quedaron ampliamente sobrerrepresentados entre la elite económica y cultural, y esa sobrerrepresentación fue una característica crítica en el antisemitismo de 1870 a 1933 (véase SAID, cap. 5).

Similarmente, en los años veinte, cuando los Estados Unidos intentaban enfrentarse a la competencia judía en las prestigiosas universidades privadas, se propusieron planes en que cada grupo étnico recibiera un porcentaje de asignaciones y registros en Harvard que reflejaran el porcentaje de los grupos raciales y nacionales del país (Sachar 1992, 329). Políticas similares—generalmente denunciadas por las organizaciones judías—se desarrollaron en el mismo período a lo largo de Europa Central (Hagen 1996). Tales políticas ciertamente reflejan la importancia de la etnicidad en los asuntos humanos, aunque  los niveles de tensión social tendieran a ser crónicamente altos.

Lo que es más, existen grandes posibilidades de guerras raciales incluso cuando la paridad se ha logrado a través de intensos controles sociales. Como se señaló arriba, siempre está en los intereses de un grupo étnico obtener hegemonía sobre otros. Si uno adopta el modelo del pluralismo cultural con todo y su libre competencia por los recursos y éxito reproductivo, las diferencias entre estos grupos es inevitable, y desde la perspectiva evolucionista existe una fuerte predilección a que tales diferencias resulten en animosidad entre los grupos perdedores.

Después de la emancipación judía se dio una poderosa tendencia hacia la movilidad ascendente de los judíos en Occidente, incluyendo una gran sobrerrepresentación en las profesiones así como en los negocios, la política y la cultura.

Concomitantemente hubo brotes de antisemitismo que se originaron entre los grupos que se sintieron dejados atrás en la competencia por los recursos, o que sintieron que la cultura así creada no satisfacía sus intereses. Si la historia del judaísmo nos dice algo, es que la autoimpuesta separación étnica tiende a la competencia de recursos en base a la membresía del grupo, y a los consecuentes odios, expulsiones y persecuciones. Suponiendo que las diferencias étnicas en talentos y habilidades existan, la suposición de que el separatismo étnico podría volverse estable sin animosidad requiere de un equilibrio del poder mantenido con intensos controles sociales, tal como se describe arriba, a menos que a algunos grupos no les importe que están perdiendo la competencia.

Considero esta última posibilidad como improbable a largo plazo. Que a un grupo étnico no le importara su propio eclipse y dominio es algo que ciertamente un evolucionista no espera, así como tampoco lo espera quien aboga por la justicia social, sea cual sea su ideología.

Sin embargo, este es, de hecho, la moralidad implícita en la crítica de varios historiadores sobre la conducta de los españoles hacia los judíos y los marranos en tiempos de la Inquisición y la expulsión de ambos; por ejemplo, en los escritos de Benzion Netanyahu (1995), quien a veces parece abiertamente despreciativo de la inhabilidad española de competir con los nuevos cristianos sin recurrir a violencias inquisitoriales. Desde esta perspectiva, los españoles debieron haber aceptado tanto su inferioridad como ser dominados económica, social y políticamente por otro grupo étnico. Es difícil que semejante “moralidad” apele al grupo que está perdiendo la competencia, cosa que no nos sorprende desde una perspectiva evolucionista. Goldwin Smith (1894/1972, 261) dijo algo similar hace un siglo:

Una comunidad tiene derecho a defender su territorio y su integridad nacional en contra del invasor, sea su arma la espada o la ejecución. En los territorios de las repúblicas italianas, los judíos, hasta donde podemos ver, compraron las tierras y se dedicaron a granjear como quisieron. Pero antes se habían dedicado del todo al comercio. Durante la caída del imperio eran los mayores traficantes de esclavos, comprando cautivos a los invasores bárbaros y probablemente actuando, al mismo tiempo, como lo hacen los corredores de bolsa con los despojos. Entraron a Inglaterra en el tren del conquistador normando. Indudablemente, hubo una lucha perpetua entre sus oficios y la fuerza bruta de las poblaciones feudales. Pero ¿qué moral prerrogativa tienen los oficios sobre la fuerza?

Arnold White les dice a los rusos que, si dejaran que la inteligencia judía tuviera rienda suelta, pronto cubrirían todos los altos puestos de poder en exclusión a los nativos, que ahora los tienen. Los filósofos les piden a los rusos que se acaten y que incluso se regocijen de tal situación: filósofos a quienes probablemente no les entusiasmaría la copa si se la encomendaran a sus labios.

La ley de la evolución, se dice, prescribe la sobrevivencia del más fuerte, a lo que el rústico ruso puede responder que si su fuerza le gana a la inteligencia del judío, entonces el mejor adaptado sobrevivirá y la ley quedará cumplida. Fue la fuerza más que la inteligencia lo que, en el campo Zama, decidió que fuera el latino, no el semita, quien gobernara el mundo antiguo y moldeara el mundo moderno.

Irónicamente, muchos intelectuales que rechazaron en su totalidad el pensamiento evolucionista, así como cualquier imputación de que el interés genético pudiera ser importante en los asuntos humanos, también favorecieron políticas que son, a fin de cuentas, etnocéntricas. Condenaron los intereses etnocéntricos de otros grupos: especialmente los que indicaban que la gente derivada de Europa en los Estados Unidos desarrollaba una estrategia grupal cohesiva, así como altos niveles de etnocentrismo como reacción a los intereses de otros grupos. La ideología del separatismo étnico del grupo minoritario y la legitimación implícita de la competencia de grupos por los recursos, así como la idea más moderna de que la membresía al grupo étnico debe ser un criterio de adquisición de recursos, debe verse como lo que es: anteproyectos de estrategias evolutivas de grupo. La historia de los judíos ha de verse, pues, como un comentario más bien trágico del resultado de tales estrategias de grupo.

La importancia de la competencia en base a grupos no puede exagerarse. Creo que es altamente improbable que las sociedades occidentales basadas en el individualismo y en la democracia puedan sobrevivir mucho al sistema que legitimiza la competencia entre grupos impermeables donde la membresía grupal se determina por la etnia. La discusión en SAID (capítulos 3-5) sugiere fuertemente que, en última instancia, las estrategias de grupo son confrontadas por estrategias de otro grupo, y que las sociedades se organizan alrededor de grupos cohesivos y mutuamente excluyentes. Lo que es más, el reciente movimiento multicultural puede verse como una tendencia a un sistema cuya forma es profundamente no occidental: una organización que ha sido mucho más típica de las sociedades segmentarias del Medio Oriente, centradas alrededor de homogéneos grupos separados. Sin embargo, a diferencia del ideal multicultural, en estas sociedades existen pronunciadas relaciones de dominio y subordinación.

Mientras que la democracia aparece ser bastante extraña a tales sociedades segmentarias, las sociedades occidentales, tan distintas entre las sociedades estratificadas del mundo, han desarrollado instituciones políticas republicanas e individualismo democrático. Lo que es más, ejemplos mayúsculos de colectivismo occidental como el Nacional Socialismo alemán y el catolicismo ibérico durante el período de la Inquisición, han sido caracterizados por el antisemitismo intenso.

Existe pues la posibilidad significativa de que es improbable que las sociedades individualistas sobrevivan la competencia intragrupal, la cual ha llegado a ser cada vez más común e intelectualmente respetable en los Estados Unidos. Creo que en este país nos conducimos a una vereda volátil: una vereda que conduce a la guerra étnica y al desarrollo de enclaves colectivistas, autoritarios y racialistas. Aunque las creencias y la conducta etnocéntrica se ven como moral e intelectualmente legítimas sólo en las minorías étnicas de Estados Unidos, la teoría presentada en SAID indica que el desarrollo de un mayor etnocentrismo entre la gente derivada de Europa puede ser el resultado de las tendencias presentes.

Una manera de analizar a la Escuela de Frankfurt y al sicoanálisis es que han intentado con cierto éxito erigir, en la terminología de Paul Gottfried (1998) y Christopher Lasch (1991), un “estado terapéutico” que patologiza al etnocentrismo de la gente derivada de Europa, así como sus intentos de retener dominio cultural y demográfico. Sin embargo, el etnocentrismo de parte de quienes derivan de Europa, que son mayoría en los Estados Unidos, es un producto entendible del escenario social y político cada vez más estructurado en cuanto a grupo. Esto se debe precisamente a que los mecanismos psicológicos desarrollados en los humanos parecen funcionar al hacer que la membresía a grupos internos y externos sea más saliente en situaciones de la competencia de recursos (véase SAID, cap. 1).

El esfuerzo por superar estas inclinaciones, por lo tanto, requiere la aplicación, en las sociedades occidentales, de una masiva intervención “terapéutica” en la que las manifestaciones de etnocentrismo mayoritario se combatan en varios niveles, pero sobre todo mediante la promoción de la ideología de que esas manifestaciones son una indicación de sicopatología y un motivo de ostracismo, vergüenza e intervención siquiátrica y terapéutica. Uno puede esperar que como los conflictos étnicos seguirán aumentando en los Estados Unidos, se harán cada vez intentos más desesperados para apoyar a la ideología multiculturalista con sofisticadas teorías sobre la sicopatología del grupo etnocéntrico mayoritario, así como recurriendo a controles policíacos sobre el pensamiento y conductas disidentes.

Supongo que una razón importante de que algunos grupos no judíos y étnicos adopten el multiculturalismo es que no son capaces de competir con éxito en un ámbito tanto económico como culturalmente individualista. Como resultado, el multiculturalismo rápidamente se ha identificado con la idea de que cada grupo debiera recibir una medida proporcional del éxito económico y cultural. Como se indicó anteriormente, la situación resultante puede oponerse a los intereses judíos. Debido a su alta inteligencia y capacidad de adquisición de recursos, los judíos no se benefician de las políticas de discriminación positiva y otros privilegios defendidos por los grupos minoritarios con baja condición social.

Los judíos por lo tanto entran en conflicto con otros grupos étnicos minoritarios que utilizan el multiculturalismo para sus propósitos. (Sin embargo, debido a su ventaja competitiva con la gente blanca derivada de Europa–grupo en el cual actualmente se les clasifica–, los judíos pueden percibirse a sí mismos como beneficiarios de las políticas diseñadas para diluir el poder del grupo de origen europeo en el supuesto de que no sufrirán ningún efecto apreciable. De hecho, a pesar de la oposición oficial a las preferencias de un grupo basado en las organizaciones judías, los judíos votaron en las urnas a favor de una medida anti-discriminación positiva en California en porcentajes mucho menores que lo hicieron otros grupos de origen europeo.)

Aunque la ideología multiculturalista fue inventada por los intelectuales judíos para racionalizar la continuación del separatismo y del etnocentrismo del grupo minoritario en el estado moderno occidental, varias instancias recientes del multiculturalismo pueden llegar a producir un monstruo con consecuencias negativas para el judaísmo. Irving Louis Horowitz (1993, 89) toma nota de la aparición del antisemitismo en el ámbito académico de la sociología ya que estos departamentos cada vez más los componen individuos que están comprometidos con las agendas políticas y étnicas, y que ven el dominio judío en sociología en términos negativos. Hay una fuerte corriente antisemita que emana de algunos ideólogos multiculturalistas, especialmente de ideólogos afrocéntricos (Alexander, 1992, y Cohen 1998, 45), quienes encuentran que “el multiculturalismo es a menudo identificado en la actualidad con un segmento de la izquierda que tiene, por decirlo claramente, un problema judío”.

Recientemente, la Nación del Islam, liderada por Louis Farrakhan, ha adoptado una abierta retórica antisemita. El afrocentrismo se asocia a menudo con las ideologías racistas, tales como los de Molefi Asante (1987), en donde la etnicidad es vista como la base moral de la propia identidad y la autoestima, en la que existe un nexo entre la etnicidad y la cultura. Los ideales occidentales de objetividad, universalismo, individualismo, racionalidad y el método científico son rechazados por su origen étnico. Asante acepta una ingenua teoría racista en que los africanos, “las personas el sol”, son vistos como superiores a los europeos, “la gente de hielo”.

Estos movimientos reflejan ideologías judías similares que racionalizan una fuerte preocupación por la etnia judía e intentan producir sentimientos de superioridad étnica dentro del grupo. Estas ideologías han sido comunes a lo largo de la historia intelectual judía, y las más permanentes se incorporan a la idea del pueblo elegido y al concepto de la “luz de las naciones”. SAID (cap. 7) reseña evidencia que indica que los historiadores e intelectuales judíos, comenzando en el mundo antiguo, han tratado de mostrar que las influencias culturales gentiles han tenido antecedentes judíos o incluso que varios filósofos gentiles y artistas fueron en realidad judíos. Esta tradición se ha llevado a cabo recientemente por dos judíos sefarditas, Martin Bernal (1987) en Black Athena y José Faur (1992) en In the Shadow of History: Jews and Conversos at the Dawn of Modernity.

De hecho, puede haber una tendencia general desde la Ilustración en la que intelectuales judíos han estado en la vanguardia de los movimientos políticos seculares, tales como el movimiento de la diversidad cultural y el pluralismo, cuya intención es servir a los intereses judíos así como atraer a los segmentos gentiles de la población. Asimismo, es visible una tendencia que hace que con el tiempo estos movimientos se fraccionen, resultando en antisemitismo dentro del segmento de la misma población gentil a la que la ideología pretendía seducir, y entonces los judíos abandonan estos movimientos y tratan de defender sus intereses por otros medios.

Así, como se ha señalado, los judíos han desempeñado un papel destacado en la políticos de izquierda en este siglo.

También hemos visto que, como resultado del antisemitismo entre los gentiles de izquierda en los gobiernos comunistas, con el tiempo los judíos abandonaron la izquierda o desarrollaron su propia marca de izquierdismo en la que el universalismo era compatible con la primacía e identidad judía, y sus intereses. Gore Vidal (1986) es un destacado ejemplo de un intelectual de izquierda gentil que ha sido muy crítico del papel de los judíos neoconservadores al facilitar la acumulación militar de EE.UU. en la década de los ochenta, y el aliarse con las fuerzas políticas conservadoras para ayudar a Israel: cargos interpretados como antisemitas debido a la implicación de que los judíos americanos ponen los intereses de Israel por encima de los intereses estadounidenses (Podhoretz, 1986). Vidal también sugiere que el neoconservadurismo es motivado por el deseo de los judíos de una alianza con las élites gentiles como defensa frente a posibles movimientos antisemitas en tiempos de crisis económica.

De hecho, el miedo al antisemitismo de la izquierda ha sido el principal impulso para la fundación del movimiento neoconservador (ver Gottfried 1993, 80): el punto de descanso final de muchos de los intelectuales de Nueva York, cuya evolución intelectual y política se discutió en el capítulo 6. Como señaló Gottfried, el efecto acumulativo del neoconservadurismo y su actual hegemonía sobre el movimiento político conservador en los Estados Unidos—logrado en parte por su gran influencia en los medios de comunicación y en las fundaciones—ha sido cambiar el movimiento conservador hacia el centro y, en efecto, definir los límites de la legitimidad conservadora. Es evidente que estos límites de legitimidad conservadora se definen por si entran en conflicto con los intereses específicamente judíos en una política de inmigración mínimamente restrictiva; el apoyo a Israel, una democracia global, la oposición a las cuotas y a la discriminación positiva, y así sucesivamente.

Sin embargo, como se indica en el libro de William F. Buckley (1992) In Search of Anti-Semitism [En busca del antisemitismo], la alianza entre paleoconservadores gentiles y judíos neoconservadores en Estados Unidos es frágil, con varias acusaciones de antisemitismo hacia los paleoconservadores. Gran parte de la dificultad deriva de la tensión entre las tendencias nacionalistas de un segmento importante del conservadurismo americano (según al menos algunos conservadores gentiles), de que el neoconservadurismo judío es esencialmente un dispositivo para la consecución de los estrechos intereses sectarios judíos, particularmente respecto a Israel, la separación iglesia-estado y la discriminación positiva. Por otra parte, el compromiso de los neoconservadores en muchos aspectos de la agenda social conservadora es, a lo más, tibia (Gottfried, 1993). Lo más relevante es que los neoconservadores buscan lo que esencialmente es una agenda étnica en materia de inmigración, mientras que se oponen a los intereses etnocéntricos de la paleoconservadores en cuanto a retener su hegemonía étnica.

La agenda étnica del neoconservadurismo también puede verse en la promoción de la idea de que Estados Unidos debería seguir una política exterior altamente intervencionista destinada a la democracia global y a los intereses de Israel, en lugar de apuntar a los intereses nacionales específicos de los Estados Unidos (Gottfried 1993 ). El neoconservadurismo también ha conllevado a una influencia judía en el movimiento conservador estadounidense al contrarrestar la fuerte tendencia judía de apoyar a candidatos políticos liberales y de izquierda. Los intereses étnicos judíos se cumplen mejor al influir, en los dos grandes partidos, el consenso sobre temas judíos, y, como se indicó anteriormente, el neoconservadurismo ha servido para definir los límites de la legitimidad conservadora de una manera que se ajuste a los intereses judíos.

Al desarrollarse el antisemitismo, los judíos comenzaron a abandonar los mismos movimientos a los que, originalmente, ellos habían administrado un impulso intelectual. Este fenómeno también puede ocurrir en el caso de la multiculturalidad. De hecho, muchos de los opositores más prominentes de la multiculturalidad son los neoconservadores judíos, y organizaciones como la Asociación Nacional de Académicos (NAS por sus siglas en inglés), que tienen una composición judía. (La NAS es una organización de académicos que se opone a algunos de los excesos más notorios del feminismo y el multiculturalismo en la universidad.) Bien puede ser el caso, por lo tanto, que el intento judío de establecer vínculos con las ideologías políticas seculares que atraigan a los gentiles está condenado a largo plazo. Ginsberg (1993, 224ss) básicamente dice esto cuando señala que hay una creciente evidencia antisemita entre los liberales estadounidenses, los conservadores y los radicales populistas.

El caso de la multiculturalidad es especialmente problemático como estrategia judía. En este caso podría decirse, coloquialmente, que los judíos no pueden oír misa y andar en procesión.

Los judíos a menudo se encuentran atrapados entre la afirmación ferviente de la Ilustración y la crítica de la misma. Muchos judíos creen que sustituir el ideal ilustrado del universalismo por una política de una “multicultura” diversa y fragmentada constituiría una amenaza para ellos. Al mismo tiempo, reconocen los peligros de una “monocultura” homogénea para la particularidad judía… [Los judíos] buscan pues rescatar las virtudes de la Ilustración a partir de los fragmentos de sus fracasos, y salvar una visión integradora del multiculturalismo donde la fragmentación y la división reinan en la actualidad (Biale, Galchinsky, y Heschel 1998, 7).

Es poco probable que las sociedades multiculturales con su consiguiente fragmentación y la tensión étnica crónica cumplan las necesidades de los judíos a largo plazo, incluso si los judíos finalmente socavan el dominio demográfico y cultural de los pueblos de origen europeo en tierras en las que han sido dominantes.

Esto a su vez sugiere una fricción fundamental e irresoluble entre el judaísmo y el prototipo de la estructura política y social occidental. Ciertamente, la larga historia del antisemitismo en las sociedades occidentales y su recurrencia de tiempo en tiempo después de períodos de latencia lo sugiere. La incompatibilidad del judaísmo y la cultura occidental también se puede ver en la tendencia individualista de la cultura occidental en romper la cohesión del grupo judío. Como Arthur Ruppin (1934, 339) señaló, a principios de siglo todas las manifestaciones modernas del judaísmo, de la neo-ortodoxia al sionismo, son respuestas a los efectos corrosivos de la Ilustración en el judaísmo: un conjunto de estructuras defensivas erigidas en contra de “la influencia destructiva de la civilización europea”.

Y en el plano teórico, hay una razón muy clara para suponer que el individualismo occidental es incompatible con una lucha por los recursos basada en un grupo, lo cual ha sido la consecuencia de la aparición de un judaísmo poderoso en las sociedades occidentales (ver SAID, capítulos 3-5). Un aspecto de esta fricción fue bien expresada por Alan Ryan (1994, 11), en su discusión sobre la “contradicción latente” en Richard Herrnstein y Charles Murray, los autores del controvertido libro The Bell Curve. Según Ryan: “Herrnstein básicamente quiere un mundo en el que los niños judíos inteligentes o su equivalente salgan de sus orígenes humildes y terminan dirigiendo Goldman Sachs o el departamento de física de Harvard; mientras que Murray ama a los estados centrales de Estados Unidos, en donde creció: un mundo en que al mecánico local no le importaba dos centavos si era o no más brillante que el profesor de matemáticas local. El problema es que el primer mundo socava el segundo, mientras que los beneficiarios de los primeros sienten claustrofobia por el segundo” [176].

La estructura social, cuya aceptación aquí es atribuida a Murray, aspira a una sociedad moderadamente individualista: una sociedad que no sólo es meritocrática y jerárquica, sino también cohesiva y cultural y étnicamente homogénea. Es una sociedad de armonía entre las clases sociales y con los controles sociales sobre el individualismo extremo de la élite.

Ha habido una fuerte tendencia occidental para desarrollar esas sociedades, empezando por lo menos en la Edad Media, pero también está presente, creo, en la civilización romana clásica de la República. El ideal de armonía jerárquica es fundamental para el programa social de la Iglesia Católica a partir del Imperio Romano tardío, y alcanzó su apogeo en la Alta Edad Media (MacDonald, 1995c; SAID, capítulo 5.). Este ideal se manifiesta también en una poderosa corriente de la historia intelectual alemana a partir de Herder en el siglo XVIII. Una característica muy central de este prototipo de armonía jerárquica occidental ha sido la imposición social de la monogamia como una forma de nivelación reproductiva que inhibe la asociación entre la riqueza y el éxito reproductivo. Desde una perspectiva evolutiva, las sociedades occidentales logran su cohesión debido a que las relaciones sociales jerárquicas están significativamente divorciadas de las consecuencias reproductivas.

Ahora ese mundo está amenazado desde arriba por la dominación de una élite individualista, la cual no siente compromiso alguno hacia las personas de baja condición que puedan tener menor capacidad intelectual, talento o recursos financieros. Nuestro mundo está amenazado desde adentro por el desarrollo de una sociedad constituida por un conjunto de divisiones étnicas compitiendo crónicamente con grupos altamente impermeables, como el judaísmo: un mundo que, en la actualidad, los defensores del multiculturalismo lo ven como modelo para la sociedad. Y se encuentra amenazada desde abajo por una clase baja cada vez mayor de personas con los atributos descritos por Herrnstein y Murray: intelectualmente incompetentes e insuficientemente conscientes para mantenerse en la mayoría de los tipos de trabajos; irresponsables e incompetentes como padres que tienden a requerir de asistencia pública; propensos a conductas criminales, trastornos siquiátricos y abuso de sustancias, y con tendencias a un rápido crecimiento demográfico. Estas personas son incapaces de contribuir económica, social o culturalmente a la sociedad de finales del siglo XX, o incluso a una civilización humana caracterizada por un alto grado de reciprocidad, voluntarismo y democracia.

Teniendo en cuenta que la existencia del judaísmo implica que la sociedad va a estar compuesta de grupos más o menos impermeables, la condena neoconservadora del multiculturalismo debe verse como carente de consistencia intelectual. La receta neoconservadora de la sociedad abarca un tipo en particular de multiculturalidad en que el conjunto social será culturalmente fragmentado y atomizado. Estos atributos sociales no sólo permiten la movilidad ascendente del judío, sino que son incompatibles con el desarrollo de grupos antisemitas cohesivos en caso de los gentiles. También son incompatibles con los derechos grupales y programas de acción afirmativa que, necesariamente, discriminarían a los judíos. Como Horowitz (1993, 86) señaló: “Los altos niveles de fragmentación cultural, junto con las opciones religiosas tienden a encontrar formas relativamente benignas de antisemitismo, junto con una condición judía estable. La supuesta inteligencia judía surge en condiciones plurales, y tal inteligencia fácilmente se disuelve con igual rapidez en condiciones de igualdad política monista o totalitaria”.

Los neoconservadores judíos están dispuestos a aceptar una sociedad radicalmente individualista en la que se espera que los judíos sean dominantes económica, política y culturalmente mientras mantengan la mínima lealtad a las clases sociales más bajas, desproporcionadamente gentiles. Es probable que una sociedad así resulte en extremas presiones sociales cuando las clases medias bajas se colocan en condiciones económicas y políticas cada vez más precarias. Como en el caso de la actividad intelectual de la Escuela de Frankfurt, la receta neoconservadora judía para la sociedad en su conjunto se opone radicalmente a estrategias del propio grupo. El judaísmo tradicional, y en considerable medida el judaísmo contemporáneo, obtuvieron su fuerza no sólo por su élite intelectual y empresarial, sino también por la lealtad inquebrantable de los trabajadores judíos de menor talento que ellos patrocinaban. Y hay que subrayar aquí que, históricamente, a diferencia de la explotación por parte de las elites individualistas, los movimientos populares que han tratado de restaurar el prototipo occidental de armonía jerárquica a menudo han tenido intensos matices antisemitas.

Por otra parte, en gran medida la font et origo de las políticas sociales y cambios culturales que han dado lugar a la peligrosa situación que actualmente se desarrolla en los Estados Unidos han sido los movimientos dominados por los intelectuales y políticos judíos que se describen en este volumen. He tratado de documentar el papel de los movimientos, sobre todo el movimiento político de intelectuales de izquierda en la década de los sesenta que sometieron la cultura occidental a una crítica radical. El legado de este movimiento cultural ha tomado el liderazgo en el movimiento multiculturalista al racionalizar las políticas sociales que amplían la presencia demográfica y cultural de los pueblos no europeos en las sociedades occidentales.

Desde el punto de vista de los críticos de izquierda, el ideal occidental de la armonía jerárquica y la asimilación se percibe como un ideal irracional, romántico y místico. El civismo occidental no es más que una fina capa adhesiva de una realidad de explotación y conflicto, “una gran ecclesia super cloacum” (Cuddihy 1974, 142). Es interesante a este respecto que una hebra de la teoría sociológica a partir de Marx ha sido hacer hincapié en los conflictos entre las clases sociales, en lugar de la armonía social. Por ejemplo, Irving Louis Horowitz (1993, 75) señala que uno de los resultados de la influencia masiva de los intelectuales judíos en la sociología norteamericana al inicio de los años treinta fue que “el sentido de los Estados Unidos como una experiencia de mutuo acuerdo dio paso a un sentido de ver en Estados Unidos a una serie de definiciones en conflicto”, incluyendo una mayor preocupación por la etnicidad en general.

Históricamente, esta concepción de los conflictos en la estructura social ha sido por lo general combinado con la idea de que la inevitable lucha entre las clases sociales sólo puede remediarse mediante la nivelación completa de los resultados económicos y sociales. Este objetivo final sólo puede lograrse mediante la adopción de una perspectiva ambientalista radical sobre el origen de las diferencias individuales en el éxito económico y otros logros culturales, y culpando a los entornos desiguales por las deficiencias individuales. Debido a que este ecologismo radical carece de fundamento científico, las políticas sociales basadas en esta ideología tienden a resultar en altos niveles de conflicto social, así como en un aumento en la incompetencia intelectual y patología social. Desde una perspectiva evolutiva, el prototipo de organización social occidental basada en la armonía jerárquica y un individualismo debilitado es inherentemente inestable, situación que sin duda contribuye a la naturaleza intensamente dinámica de la historia occidental.

Se ha señalado a menudo que, en la historia de China, nada ha cambiado realmente. Dinastías caracterizadas por intensiva poligamia y el uso desde un moderado a un extremo despotismo político iba y venía, pero no hubo cambios sociales fundamentales en un período muy largo de tiempo histórico. Los datos revisados por Betzig (1986) indican que algo muy similar puede decirse sobre la historia de la organización política en otras sociedades humanas estratificadas. En Occidente, sin embargo, el estado prototípico de armonía social que se ha descrito es crónicamente inestable. Las condiciones únicas que implican el inicio de un alto grado de nivelación en la reproducción se han traducido en un récord de gran dinamismo histórico (véase MacDonald, 1995c).

La amenaza más común para la armonía jerárquica ha sido el comportamiento individualista de las élites: una tendencia que difícilmente sorprende al evolucionista. Así, las primeras fases de la industrialización se caracterizan por la desintegración del tejido social y de altos niveles de explotación, y de conflictos entre clases sociales. Como otro ejemplo, la esclavitud de los africanos era un beneficio a corto plazo para la élite individualista de los aristócratas del sur de los Estados Unidos, pero también dio lugar a la explotación de los esclavos y ha sido un desastre a largo plazo para la sociedad en su conjunto. También hemos visto que las elites occidentales en las sociedades tradicionales a menudo han fomentado activamente los intereses económicos judíos en detrimento de otros sectores de la población nativa, y en varios épocas históricas los judíos han sido los instrumentos de conducta individualista entre las élites gentiles, facilitando así tal comportamiento individualista.

De gran importancia para la historia de la política migratoria en los EE.UU. ha sido la colaboración entre activistas judíos y una industria gentil interesada en mano de obra barata, al menos en el período anterior a 1924. Recientemente, autores como Peter Brimelow (1995, 229-232) y Paul Gottfried (1998) han llamado la atención a una “nueva clase” elitista de internacionalistas que se oponen a la nación-estado basada en lazos étnicos. En vez de ello favorecen la inmigración, la cual disminuye la homogeneidad étnica de las sociedades tradicionales.

Este grupo se interesa en colaborar con personas similares en otros países en lugar de identificarse con los niveles más bajos de su propia sociedad. Aunque este tipo de internacionalismo es muy congruente con una agenda étnica judía—y los judíos están sin duda desproporcionadamente representados en este grupo—, se cree que los miembros gentiles de la nueva clase deben comportarse persiguiendo una agenda estrictamente individualista.

Sin embargo, el individualismo de las elites no ha sido la única amenaza a la armonía en la jerarquía occidental. Como se relata en SAID, este ideal ha sido destrozado en momentos históricos críticos por los intensos conflictos de grupo entre el judaísmo y los segmentos de la sociedad gentil. En la época actual, tal vez por primera vez en la historia, esta armonía jerárquica se ve amenazada por el desarrollo de una subclase cuyos miembros consisten desproporcionadamente de minorías raciales y étnicas, cosa que ha dado lugar a intensos conflictos grupales. En particular, es la desproporción de los afroamericanos en la clase baja estadounidense lo que hace problemática cualquier solución ante esta amenaza. He sugerido que hay una fricción fundamental e irresoluble entre el judaísmo y el prototipo de estructura política y social occidental.

La actual situación política en los Estados Unidos y en otros países occidentales es muy peligrosa debido a la posibilidad muy real de que la tendencia de Europa occidental hacia la armonía jerárquica tenga una base biológica. El mayor error de los movimientos intelectuales dominados por los judíos, tal como se describe en este volumen, es que han tratado de establecer la superioridad moral de las sociedades que encarnen un ideal moral preconcebido (compatible con la continuación del judaísmo como una estrategia de grupo evolutivo) en lugar de abogar por estructuras sociales basadas en posibilidades éticas de los tipos de forma natural.

En el siglo XX millones de personas han muerto al intentar establecer sociedades marxistas basadas en el ideal de una completa nivelación económica y social, y otros millones han muerto como resultado del fracaso de la asimilación judía en las sociedades europeas. Aunque muchos intelectuales siguen intentando modificar las tendencias fundamentales de Occidente hacia la asimilación, el individualismo no rebelde, y la armonía jerárquica, es posible que estos ideales no sólo sean más fáciles de alcanzar, sino que sean profundamente éticos. Única entre todas las culturas estratificadas del mundo, las sociedades occidentales han proporcionado la combinación de un auténtico sentido de pertenencia, en gran medida por el acceso a las oportunidades de reproducción y la participación política de todas las clases sociales en combinación con las posibilidades meritocráticas de movilidad social ascendente.

Como evolucionista, hay que preguntarse cuáles serían las consecuencias probables de este cambio radical genético en la cultura estadounidense. Una consecuencia importante—una que probablemente haya sido un factor fundamental que motivó la revolución contracultural—puede ser facilitar la continua diferenciación genética de la reserva genética judía en los Estados Unidos. De la ideología del multiculturalismo, podría esperarse que compartimentalice cada vez más los grupos en la sociedad estadounidense, con consecuencias beneficiosas a largo plazo sobre la continuación de las características esenciales del judaísmo tradicional como una estrategia evolutiva del grupo. Existe un creciente consenso entre los activistas judíos de que las formas tradicionales del judaísmo son mucho más eficaces para garantizar la continuidad del grupo a largo plazo que las formas semiasimilacionistas, tales como el judaísmo reformado o el judaísmo secular. El judaísmo reformado se está convirtiendo cada vez más en judaísmo conservador, y se hacen grandes esfuerzos en todos los segmentos de la comunidad judía para evitar los matrimonios mixtos (por ejemplo, Abrams, 1997; Dershowitz 1997, véanse las páginas 244-245).

Por otra parte, como se discutió en varias partes de este libro, los judíos normalmente se perciben a sí mismos como beneficiarios de una cultura homogénea en la que aparecen como uno entre muchos grupos étnicos donde no existe posibilidad de desarrollar una cultura nacional homogénea que los excluya. Además, puede haber consecuencias genéticas negativas para los americanos derivados de pueblos europeos y especialmente para la “gente común del Sur y del Oeste” (Higham 1984, 49), es decir, para la clase media de raza blanca derivada de la Europa septentrional y occidental, cuyos representantes desesperadamente lucharon en contra de la actual política de inmigración. De hecho, hemos visto que un tema destacado de los intelectuales neoyorquinos, así como los estudios sobre La personalidad autoritaria, fue que consideraron inferior a la moral de la cultura americana tradicional, en particular de las zonas rurales. James Webb (1995) señala que se refieren a los descendientes anglosajones que se establecieron en el Oeste y el Sur que

“por lo general hicieron más por la infraestructura de este país, gente que a menudo sufre de regresión educativa y profesional: ya que domesticar el desierto, construir ciudades, carreteras y escuelas, e iniciar una forma de vida democrática, sólo hizo que las culturas posteriores de caucásicos lo aprovecharían sin tener que pagar el precio de los pioneros. Socio-económicamente hoy en día ellos tienen menos de estos aportes. Y si a uno le interesaría ver un mapa, éstas son las áreas que ahora evidencian la mayor resistencia hacia el gobierno.”

La guerra continúa, pero es fácil ver quién está perdiendo. El aumento demográfico de las clases bajas como resultado del triunfo de la década contracultural de los sesenta implica que los genes derivados de Europa y la frecuencia de tales genes se vuelven menos comunes en comparación con los derivados de los africanos y los acervos genéticos de América Latina.

En el otro extremo de la distribución de la estrategia reproductiva medida en coeficiente intelectual (CI), los inmigrantes de países de Asia oriental están superando a los blancos en la admisión a las universidades de prestigio, y en puestos de trabajo de ingresos altos. El resultado a largo plazo será que toda la población blanca, a excepción de los judíos, sufra una disminución de su condición social en la medida en que estos nuevos inmigrantes se vuelvan más numerosos. (Es poco probable que los judíos sufran un deterioro en su situación social, no sólo porque su coeficiente intelectual promedio es muy superior al de los asiáticos del Este, sino, más importante, porque el CI judío se inclina hacia la excelencia de las habilidades verbales. El alto índice de inteligencia de los asiáticos del Este se inclina hacia un rendimiento del CI, lo que los hace buenos competidores en ingeniería y tecnología. Véase PTSDA, [cap. 7] y Lynn [1987]. Por lo mismo, es probable que los judíos y los asiáticos del Este ocupen diferentes nichos en las sociedades contemporáneas.) Actualmente, los gentiles blancos son el grupo menos representado en Harvard, con sólo el 25 por ciento de los estudiantes, mientras que los asiáticos y los judíos constituyen al menos la mitad de los estudiantes, a pesar que no constituyen más del cinco por ciento de la población (Unz 1998). Los Estados Unidos están en camino a ser dominados por una élite tecnocrática de Asia, y otra de negocios, de profesionales y de medios de comunicación judíos.

Por otra parte, el cambio hacia el multiculturalismo ha coincidido con un enorme crecimiento de la inmigración de origen no europeo a partir de la Ley de Inmigración de 1965, que favoreció a los inmigrantes de países no europeos (ver Auster, 1990; Brimelow, 1995). Muchos de estos inmigrantes provienen de países no occidentales donde la segregación cultural y genética son la norma, y en el contexto multicultural de los Estados Unidos se les anima a mantener sus propias lenguas y religiones, además de casarse dentro de su grupo. Como se indicó anteriormente, la consecuencia será la competencia entre grupos por los recursos y la capacidad reproductiva, así como una mayor vulnerabilidad de las instituciones políticas democráticas y republicanas en un contexto en el que, a largo plazo (a mediados del próximo siglo), las proyecciones indican que los pueblos de origen europeo ya no serán mayoría de los Estados Unidos.

De hecho, uno podría señalar que, aunque la Ilustración occidental le ha presentado al judaísmo su mayor desafío en su larga historia, el multiculturalismo contemporáneo en el contexto de altos niveles de inmigración de pueblos de todo grupo racial y étnico presenta el mayor desafío al universalismo de Occidente. Los antecedentes históricos indican que el separatismo étnico entre caucásicos tiende al colapso en las sociedades occidentales modernas, a menos que se hagan intentos de segregación, como ha ocurrido entre los judíos.

Como era de esperar, desde un punto de reciprocidad de recursos (MacDonald 1991, 1995b, c), en ausencia de rígidas barreras étnicas, el matrimonio en las sociedades individualistas occidentales tiende a estar influenciado por una amplia gama de características fenotípicas del futuro cónyuge, incluidos no sólo lazos genéticos sino el estatus social, la personalidad, los intereses comunes y otros puntos de semejanza. Este modelo individualista en las decisiones matrimoniales ha caracterizado a Europa occidental al menos desde la Edad Media (por ejemplo, MacFarlane, 1986; ver PTSDA, capítulo 8). El resultado ha sido un notable grado de asimilación étnica en los Estados Unidos entre las personas cuya ascendencia proviene de Europa (Alba, 1985). Esto es particularmente notable en tanto que los conflictos étnicos y la violencia están aumentando en Europa del Este, y, sin embargo, en Estados Unidos los grupos derivados de Europa mantienen una abrumadora sensación de comunidad.

El resultado a largo plazo de estos procesos es la homogeneización genética, un sentido de interés común, y la ausencia de una poderosa fuente de división dentro de la sociedad. Suponer que el conflicto sobre la inmigración ha sido sólo un conflicto en torno a las tendencias universalistas de la cultura occidental, sin embargo, sería deshonesto.

En gran medida el debate sobre la inmigración en los Estados Unidos siempre ha tenido fuertes connotaciones étnicas y continúa teniéndolas aún después de que los pueblos de origen europeo en los Estados Unidos se han asimilado a una cultura occidental universalista. La actual política de inmigración esencialmente coloca a los Estados Unidos y a otras sociedades occidentales “en el juego” en un sentido evolutivo que no se aplica a otras naciones del mundo, donde el supuesto implícito es que el territorio está en manos de su pueblo histórico, y que a cada grupo racial y étnico le interesa ampliar su presencia demográfica y política en las sociedades occidentales y que lo haría si se les da la oportunidad.

Tengamos en cuenta que a los judíos de Estados Unidos no les ha interesado que la propuesta migratoria a Israel tenga que ser multiétnica, o de que Israel debiera tener una política migratoria que pusiera en peligro la hegemonía judía. Dudo mucho de que Oscar Handlin (1952, 7) extendería su declaración defendiendo la migración de todos los grupos étnicos en los Estados Unidos, al afirmar el principio de que todos los hombres son hermanos, diciendo que también podrían ser israelíes. Y también dudo que el Consejo de la Sinagoga de América caracterizaría a las leyes de inmigración de Israel como “una ofensa gratuita a diversas poblaciones del mundo” (PCIN 1953, 117). De hecho, los conflictos étnicos en Israel indican un fracaso en desarrollar una cultura occidental universalista. Considérense pues las disparidades entre las actitudes judías sobre el multiculturalismo en Israel al compararlas con lo que hacen en los Estados Unidos.

Desde el punto de vista judío, el rechazo del sionismo como una ideología y fuerza de configuración del Estado de Israel es como rechazar al propio Estado. La refinada distinción entre el Estado y su carácter, y entre su judaísmo y el sionismo, ni se entiende ni es  tolerado por los judíos. Ellos no están interesados en tener a Israel como Estado, sino más bien como un estado judío-sionista. Si bien es legal, no es legítimo en Israel rechazar públicamente o actuar en contra del sionismo de acuerdo con la enmienda de 1985 a la ley electoral: nadie puede correr en la lista electoral Knesset si niega a Israel como Estado del pueblo judío. (Smooha 1990, 397)

Una digresión sustancial del principio de igualdad se debe a la especial situación jurídica concedida a la Agencia Judía y al Fondo Nacional Judío, que realizan funciones cuasi-gubernamentales tales como la planificación y la financiación de nuevas localidades rurales, el apoyo a las empresas culturales, la prestación de asistencia a los grupos desfavorecidos y personas mayores, y el desarrollo y arrendamiento de tierras. Sin embargo, por su propia constitución, estas poderosas instituciones están obligados a servir sólo a judíos.

La discriminación también está incrustada en la Ley Judía de Servicios Religiosos, que suministra fondos públicos a los servicios religiosos exclusivamente judíos. La mayor parte de la discriminación es, sin embargo, oculta (Smooha 1990, 401). Smooha (1990, 403) también señala que, en una encuesta de 1988, el 74 por ciento de los judíos de Israel dijeron que el Estado debe preferir a éstos que a los árabes, y un 43 por ciento estuvo a favor de la negación del derecho de voto a los ciudadanos árabes israelíes (esto contrasta con los judíos estadounidenses, quienes han estado a la vanguardia en los esfuerzos de garantizar la diversidad étnica en los Estados Unidos y otras sociedades occidentales), el 40 por ciento de los encuestados judíos en Israel creen que se debe alentar a los árabes israelíes a abandonar el país, y el 37 por ciento mantiene sus reservas. Sólo el 23 por ciento se opuso a esta política. Casi tres cuartas partes de los judíos de Israel no quería tener a un árabe como un superior en un puesto de trabajo. Por otra parte, la inmigración a Israel está oficialmente restringida a judíos.

También cabe destacar que mientras que los judíos han estado a la vanguardia en los movimientos de separación entre iglesia y estado en los Estados Unidos, y que protestaron por la falta de libertad religiosa en la Unión Soviética, el control rabínico ortodoxo en asuntos religiosos en Israel ha recibido sólo una tibia y tardía oposición de parte de las organizaciones judías americanas (Cohen 1972, 317) y no ha impedido el apoyo incondicional a Israel por los judíos estadounidenses, a pesar de que la política de Israel es contraria a las políticas que las organizaciones judías han implementado en las democracias occidentales. Este fenómeno es un excelente ejemplo de la incompatibilidad del judaísmo con las formas occidentales de organización social, que se traduce en una recurrente brecha entre el comportamiento del judío vis-à-vis su propia estrategia grupal, y los intentos judíos de manipular a Occidente para ajustarse a los intereses judíos.

En la actualidad los intereses de los no europeos, expandirse demográfica y políticamente en los Estados Unidos, se perciben como un imperativo moral; mientras que los intentos de los pueblos de origen europeo para mantener su control demográfico, político y cultural se presenta como “racista “, inmoral y como indicio de trastorno psiquiátrico. Desde la perspectiva de los pueblos de origen europeo, la etnia predominante es la moral altruista y autosacrificial. Es poco probable que tal ética sea viable a largo plazo, incluso en una sociedad individualista. Como hemos visto, la viabilidad de la moral autosacrificial es especialmente problemática en una sociedad multicultural, donde cada uno es consciente de la pertenencia a un grupo y hay competencia entre los diversos grupos por los recursos.

Considérese desde una perspectiva evolutiva el argumento de que a todos los pueblos se les debe permitir emigrar a los Estados Unidos. Se podría afirmar que cualquier oposición a este principio no debe interesar a un evolucionista en tanto que las diferencias genéticas son triviales, de manera que cualquier reacción psicológica que hace que uno se resista a tal principio es un anacronismo irrelevante en el mundo contemporáneo (tan irrelevante como el propio apéndice). Un judío que mantenga este argumento debe, para ser consistente, estar de acuerdo en que la preocupación tradicional judía por la endogamia y consanguinidad ha sido irracional. Lo que es más, tal persona debería creer que los judíos no deben tratar de mantener el poder político en Israel porque no hay ningún motivo racional para suponer que un grupo en particular deba tener poder en cualquier lugar. Tampoco intentarían los judíos influir en el proceso político de los Estados Unidos de forma tal que perjudiquen a otro grupo, o en beneficio del propio. Y para ser lógicamente consistente, también hay que aplicar este argumento a todos aquellos que promueven la inmigración de sus propios grupos étnicos: la imagen especular de la oposición a la inmigración en base a grupos.

De hecho, si esta concatenación de juicios es lógica y se lleva a su conclusión, es irracional que cualquier persona reclame intereses de grupo en absoluto. Y si uno a la vez rechaza la noción de las diferencias genéticas en el individuo, también es irracional intentar promover intereses individuales como, por ejemplo, tratar de migrar como individuo. De hecho, si uno acepta estos supuestos, la noción de las consecuencias genéticas y por lo tanto de la posibilidad de la evolución humana en el pasado y el presente se convierte en irracional; y la idea de que es racional sería una ilusión producida quizás por una reacción psicológica sin ninguna función significativa en la evolución el mundo contemporáneo. Se podría incluso decir que tal ideología sería la conclusión final de las posturas antievolucionistas revisadas en este volumen. Esos movimientos intelectuales han afirmado que la investigación científica muestra que toda importante diferencia étnica o individual es el resultado de la variación ambiental, y que las diferencias genéticas son triviales.

Pero hay una ironía enorme en todo esto: si la vida realmente no tiene ningún sentido evolutivo, ¿por qué los defensores han propagado estas ideologías con tanta intensidad y tan conscientes de los métodos políticos? ¿Por qué muchas de estas personas se han identificado con su propio grupo étnico e intereses, y por qué otro tanto insistió en que el pluralismo cultural y la validación propia de los grupos etnocéntricos minoritarios son absolutos morales? Por sus propias suposiciones es sólo un juego sin sentido. A nadie debiera importar quién gane o pierda. Por supuesto, el engaño y el autoengaño pueden estar involucrados. He tomado nota (pág. 195) de que una agenda política ha sido hacer que los pueblos de origen europeo en los Estados Unidos vean toda preocupación sobre su propio eclipse demográfico y cultural como irracional y como una indicación de psicopatología.

Si se acepta que la variación genética tanto dentro del grupo como entre grupos no es trivial (es decir, si la evolución es un proceso continuo), entonces el principio de una inmigración relativamente sin restricciones, al menos bajo las condiciones existentes en las sociedades occidentales a finales del siglo XX, implica claramente el altruismo por parte de algunos individuos y grupos establecidos. Sin embargo, aunque el éxito de los movimientos intelectuales analizados en este volumen es una indicación de que la gente puede ser inducida al altruismo hacia otros grupos, dudo bastante que tal altruismo continuará si el estado y el poder político de los grupos derivados de Europa disminuye mientras que aumenta el poder de otros grupos. La predicción, tanto a nivel teórico como en base a la investigación de la identidad social, es que a medida que otros grupos se vuelvan cada vez más poderosos y relevantes en una sociedad multicultural, la población de origen europeo de los Estados Unidos se unirá cada vez más. Y entre estos pueblos, las otras influencias de división social—como las cuestiones relacionadas con el género y la orientación sexual, las diferencias de clase social o religiosas—se considerarán cada vez con menor y menor importancia.

Con el tiempo estos grupos desarrollarán un frente unido y una orientación colectivista vis-à-vis los otros grupos étnicos. Otros grupos serán expulsados si es posible o se crearán particiones, y las sociedades occidentales se someterán a un nuevo período medieval.

Los intereses judíos en la política de inmigración son un ejemplo de conflicto de intereses entre judíos y gentiles sobre la construcción de la sociedad. Este conflicto de intereses se extiende mucho más allá de la política de inmigración. Hay una conciencia creciente de que la revolución contracultural de la década de los sesenta fue un hito en la historia de los Estados Unidos. Tal concepción es compatible con el trabajo de Roger Smith (1988), que muestra que, hasta el triunfo del modelo pluralista con la revolución contracultural de los sesenta, había tres modelos de competencia en la identidad estadounidense: el “liberal”, legado individualista de la Ilustración en base a “derechos naturales”; el ideal “republicano” de una sociedad cohesiva y socialmente homogénea (lo que he identificado como el prototipo de organización social occidental por armonía jerárquica); el “etnocultural”, tendencia que hace hincapié en la importancia en el desarrollo de la etnia anglosajona, y la preservación de las formas culturales de América.

Desde la perspectiva actual, no existe ningún conflicto fundamental entre las dos últimas fuentes en la identidad estadounidense: la homogeneidad y armonía social jerárquica puede ser lo mejor y más fácil de lograr en una sociedad étnicamente homogénea de pueblos derivados del espacio cultural europeo. De hecho, al mantener la exclusión de los chinos en el siglo XIX, el juez Stephen A. Field señaló que los chinos eran inasimilables, y que destruirían el ideal republicano de la homogeneidad social.

Se indicó anteriormente que la incorporación de los pueblos no europeos, y especialmente de los pueblos derivados de África, a las formas culturales occidentales es profundamente problemática. Como se discutió en varias ocasiones en este volumen, el individualismo radical encarnado en el ideal de la Ilustración sobre los derechos individuales es especialmente problemático como fuente de estabilidad a largo plazo en una sociedad occidental debido al peligro de invasión y dominación por parte de las estrategias grupales, como el judaísmo, y la posibilidad de defección de las elites gentiles de los ideales de los otros dos modelos de organización social. Estos dos últimos eventos son particularmente susceptibles de destruir la cohesión social tan importante en las formas occidentales de organización social. Como señala Smith, las transformaciones de la sociedad americana en la era posterior a la Guerra Civil resultaron en el ideal liberal “que se oponía a la esclavitud, favorecía a la inmigración, y alentaba a las empresas al tiempo que protege los derechos de propiedad”. Eso planteó una grave amenaza para la vida colectiva en el mismo centro de la civilización americana.

Ese es el legado liberal de la civilización americana que los movimientos de judíos intelectuales analizados en este volumen han explotado al racionalizar la inmigración sin restricciones y la pérdida de la homogeneidad social que representa la fuerza unificadora de la religión cristiana. Como Israel Zangwill dijo al promover estrategias de inmigración judía sin restricciones, “díganles que están destruyendo los ideales americanos” (véase pág. 267). El efecto ha sido crear un nuevo ideal americano totalmente distinto a las fuentes históricas de identidad estadounidense:

Este ideal lleva a cabo el cosmopolitismo, la tolerancia y el respeto de la libertad humana de la tradición liberal más antigua, por lo que puede llamarse una versión moderna del ideal liberal. Sin embargo, es novedosa en su rechazo de los elementos absolutistas y de ley natural en el liberalismo de Locke en favor del pragmatismo moderno filosófico y del relativismo cultural. Y uno de sus principales arquitectos teóricos, el filósofo Horace Kallen, argumentó que el pluralismo cultural reconoce mejor la sociabilidad humana, nuestros apegos constitutivos con distintivos grupos étnicos, religiosos y culturales. Por lo tanto, concibe a Estados Unidos como una “democracia de nacionalidades, cooperando voluntariamente y de forma autónoma a través de instituciones comunes en la empresa de autorrealización a través de la perfección de los hombres según su especie” (Kallen 1924, 124). Dado que a todos los grupos e individuos se les debe garantizar igualdad de oportunidades para proseguir sus propios destinos, el legado de la nación sobre discriminaciones legales, raciales, étnicas y de género es inaceptable de acuerdo con el ideal pluralista cultural. Al mismo tiempo, no debe haber ningún esfuerzo para transformar la igualdad en uniformidad, o insistir en que todo ello ha de quedar integrado a un molde americanizado.

El ideal de pluralismo cultural democrático finalmente llegó a ser predominante en el derecho público americano en la década de los cincuenta y especialmente en los sesenta, y encuentra su expresión en la Ley de Derechos Civiles de 1964, la liberalización de 1965 en Inmigración y Naturalización, la Ley de 1965 sobre Derechos Electorales, en nuevos programas para proporcionar planes de estudio en sintonía con el diverso patrimonio cultural de cada nación, en las papeletas bilingües y publicaciones gubernamentales, y en las medidas de discriminación positiva. (Smith, 1988, 246)

Dentro de esta perspectiva, hay tolerancia para los distintos grupos, pero el resultado es una tendencia a “despreciar la importancia o incluso la existencia de una identidad nacional común” (Kallen 1924, 59). Kallen, por supuesto, era un judío muy fuertemente identificado como sionista, y no es de extrañar que su ideal cultural de los Estados Unidos represente una forma no occidental de organización social que se ajusta a los intereses judíos y ponga en peligro los intereses de los pueblos derivados de Europa en los Estados Unidos. Es una forma social que garantiza la continuidad del judaísmo como categoría social y como grupo étnico cohesivo, mientras que al mismo tiempo, dadas las características de los judíos le garantiza a éstos preeminencias económicas y culturales. Las políticas públicas basadas en esta conceptualización pueden tener efectos a largo plazo en la marginación tanto cultural como demográfica de los pueblos originados en Europa en los Estados Unidos. Debido a que éstos están menos organizados y son menos cohesivos que los judíos, y debido a un estado terapéutico que ha sido construido para hacer frente a las expresiones del etnocentrismo europeo-americano, se plantea la clara posibilidad de que, a largo plazo, los estadounidenses de origen europeo estarán fragmentados; políticamente sin poder y sin una identidad grupal efectiva en absoluto.

El conflicto de intereses entre judíos y gentiles en la construcción de una cultura va mucho más allá de la promoción del ideal multicultural. Debido a que genéticamente están mucho más inclinados a estrategias de alta inversión para sus hijos que los gentiles, los judíos son capaces de mantener su alta estrategia de inversión reproductiva incluso en ausencia de los tradicionales soportes culturales en Occidente en cuanto a la alta inversión parental (capítulo 4). Por lo mismo, en comparación con los gentiles los judíos son mucho más capaces de expandir su éxito económico y cultural sin esos soportes tradicionales de la cultural occidental. Como Higham (1984, 173) ha señalado, la idealización cultural de una ética judía esencialmente personal, hedonista y de intelectualidad se produjo a expensas de la ética rural más antigua de ascetismo y restricción sexual.

Por otra parte, los apoyos occidentales tradicionales de alta inversión parental habían sido incorporados a la ideología religiosa y, supongo, son difíciles de lograr en un medio posrreligioso. Sin embargo, como Podhoretz (1995, 30) señala, los intelectuales judíos, las organizaciones judías como el Congreso Judío-Americano y las organizaciones dominadas por judíos como la ACLU han ridiculizado las creencias cristianas; intentaron socavar la fuerza pública del cristianismo, y han luchado por levantar las restricciones a la pornografía. Además, hemos visto que el sicoanálisis, como movimiento intelectual dominado por judíos, ha sido un componente central de esta guerra contra la alta inversión de los padres gentiles con sus hijos. Lo que es más, hemos visto al sicoanálisis como poderoso movimiento intelectual que ha sido un componente central en esta guerra sobre la cultura gentil y sobre la parentela de alta inversión. Los judíos, debido a su poderosa propensión genética a la inteligencia y a la parentela de alta inversión, han sido capaces de prosperar en este entorno cultural, a diferencia de otros sectores de la sociedad. El resultado ha sido una creciente brecha entre el éxito cultural judío y gentil, y un desastre para la sociedad en su conjunto.

La revolución contracultural de la década de los sesenta puede ser incompatible con las libertades tradicionales de los Estados Unidos. Libertades estadounidenses tradicionales tales como la libertad de expresión de la Primera Enmienda (que se deriva de la Ilustración liberal) claramente han facilitado los intereses judíos para la construcción de la cultura, y los intereses que entran en conflicto con la posibilidad de construir una sociedad cohesionada en torno a una parentela de alta crianza de los hijos. Teniendo en cuenta que los medios de comunicación populares y el medio ambiente intelectual en las universidades prosperan gracias a la libertad que tienen las élites para producir mensajes socialmente destructivos, los movimientos políticos que intentan restaurar la cultural occidental tradicional y la parentela de alta inversión se verán obligados a restringir algunas libertades estadounidenses tradicionales (véase, por ejemplo, Bork, 1996).

Con los soportes culturales para una alta inversión los padres actúan como fuerzas externas de control social que maximizan la crianza de alta inversión entre todos los segmentos de la población, incluso aquellos que, por razones genéticas o ambientales, están relativamente poco dispuestos a participar en tales prácticas (MacDonald 1997, 1998b). Sin tales controles culturales, es absolutamente predecible que la desorganización social se incrementará y la sociedad en su conjunto seguirá disminuyendo.

Sin embargo, la continuidad de la peculiar forma de organización social occidental seguiría siendo preocupante incluso si ignoramos los problemas de competencia étnica. He hecho hincapié en que hay un conflicto inherente entre el multiculturalismo y el individualismo occidental. Incluso si el universalismo occidental recuperara su imperativo moral, y si toda la humanidad estuviera dispuesta a participar en este tipo de cultura, sería una pregunta abierta. El universalismo es una creación europea, y se desconoce si esta cultura puede continuar durante un largo período de tiempo dentro de una sociedad que no es predominantemente europea étnicamente hablando.

Cuando no se promueve explícitamente al multiculturalismo, la retórica a favor de la inmigración ha asumido típicamente un ecologismo radical en el que todos los seres humanos son retratados con los mismos potenciales y moldeables en su funcionamiento como miembros de sociedades universalistas e individualistas. Esta premisa es muy cuestionable. De hecho, se podría decir que el presente volumen, en relación con PTSDA y SAID es un testimonio sobre las muy arraigadas tendencias antioccidentales que ocurren en los grupos humanos. Dado que muchas culturas tienen un gran parecido a las tendencias colectivistas y anti-asimilatorias presentes en la cultura judía, es muy probable que muchos de nuestros migrantes sean igualmente incapaces o poco dispuestos a aceptar las premisas fundamentales de una sociedad universalista, culturalmente homogénea e individualista.

De hecho, hay razones importantes para suponer que las tendencias hacia el individualismo occidental son sui géneris y que se originaron debido a adaptaciones psicológicas (ver PTSDA, cap. 8). El punto de vista genético ve que el individualismo, al igual que muchos otros fenotipos de interés para los evolucionistas (MacDonald, 1991), muestra una variación genética. En PTSDA (cap. 8) especulé que los progenitores de la población occidental se desarrollaron en grupos aislados, con baja densidad de población. Tales grupos han sido comunes en las zonas del norte, la cual se caracteriza por las duras condiciones ecológicas, como las que ocurrieron durante la edad de hielo (ver Lenz 1931, 657). Bajo circunstancias ecológicamente adversas, las adaptaciones se encaminan más a hacer frente al entorno físico que a competir con otros grupos (Southwood 1977, 1981).

Un entorno hostil implica menor presión de selección comparado con los grupos colectivistas o etnocéntricos, como el judaísmo histórico. Conceptualizaciones evolutivas del etnocentrismo hacen hincapié en la utilidad del etnocentrismo en la competencia del grupo. El etnocentrismo no sería importante en la lucha contra el medio ambiente físico, y tal medio no sería propicio para los grupos grandes. Hemos visto que el individualismo occidental está íntimamente entrelazado con el pensamiento científico y las estructuras sociales basadas en la armonía jerárquica, el igualitarismo sexual, y las formas democráticas y republicanas de gobierno. Estas tendencias, únicas en Occidente, sugieren que la reciprocidad es una tendencia occidental profundamente arraigada. Las formas políticas occidentales, desde las tradiciones democráticas y republicanas de la antigua Grecia y Roma a la armonía jerárquica de la Edad Media occidental y la edad moderna, presuponen la legitimidad de una pluralidad de intereses individuales. Dentro de estas formas sociales existe una tendencia a asumir la legitimidad de los intereses de los demás de manera ajena a las estructuras sociales colectivistas y despóticas en gran parte del resto del mundo.

Otro componente crítico de la base evolutiva del individualismo es la elaboración del sistema afectivo humano como sistema individualista que vincula a la pareja: el sistema que para una generación de intelectuales judíos emergentes del ghetto parecía tan extraño que éstos teorizaron que era una delgada chapa que se superponía a una profunda psicopatología (Cuddihy 1974, 71). Este sistema es individualista en sentido de que no se basa en controles sociales grupales o familiares, sino más bien en el papel de la motivación romántica que consolida las relaciones de reproducción (ver páginas 136-139). El tema es importante porque las culturas occidentales se caracterizan como relativamente individualistas en comparación con otras (Triandis 1995), y no hay razón para suponer que el sistema afectivo está conceptualmente ligado al individualismo, es decir: se trata de un sistema que tiende a la familia nuclear en lugar de la familia extensa. Según Triandis (1990) las sociedades individualistas enfatizan el amor romántico en mayor medida que las sociedades colectivistas, y las culturas occidentales han hecho hincapié en el amor romántico más que otras culturas (ver PTSDA, capítulo 8.;MacDonald, 1995b, c; Dinero, 1980). Tal sistema está muy elaborado en las culturas occidentales, tanto en hombres como mujeres, y se encuentra psicométricamente vinculado con la empatía, el altruismo, y la crianza. Las personas muy altas en este sistema—sobre todo las mujeres—están patológicamente propensas al altruismo, y al comportamiento de crianza o dependiente (véase MacDonald, 1995a).

Desde la perspectiva de la evolución, la elaboración relativamente mayor de este sistema en las mujeres era de esperar, teniendo en cuenta el papel de una mayor participación femenina en la crianza, y como un mecanismo discriminativo en las relaciones que unen la pareja. Esta perspectiva también es responsable de las muy discutidas diferencias de género en el comportamiento político, donde las mujeres son más propensas a votar por los candidatos liberales en temas sociales. Más mujeres que hombres también apoyan las posturas políticas que igualan en lugar de acentuar las diferencias entre individuos y grupos (Pratto, Stallworth y Sidanius 1997). 

En ambientes ancestrales, este sistema era muy adaptable, lo que resultaba en una tendencia hacia crear lazos afectivos y la crianza de alta inversión, así como en relaciones de amistad y confianza. El sistema sigue siendo adaptativo en el mundo moderno en cuanto a alta inversión parental, pero es fácil ver que la hipertrofia relativa de este sistema puede resultar en un comportamiento inadaptado si el sistema diseñado para la empatía, el altruismo y la crianza hacia miembros de la familia y otros en un grupo estrechamente relacionado se dirige al mundo fuera de la familia.[181]

La implicación es que las sociedades occidentales están sujetas a la invasión de culturas no occidentales capaces de manipular las tendencias occidentales hacia la reciprocidad, la igualdad y las estrechas relaciones afectivas en forma tal que resulta en un comportamiento inadaptado de los pueblos de origen europeo, quienes están en el centro de todas las sociedades occidentales. Debido a que los intereses de los demás son vistos como legítimos, las sociedades occidentales han desarrollado un discurso único de altos principios morales y religiosos, como en los argumentos en contra de la esclavitud característica de los abolicionistas del siglo XIX, y el discurso contemporáneo sobre los derechos de los animales. Este discurso se dirige hacia principios universales de moral—esto es, principios que se consideran justos para cualquier observador racional y desinteresado. Así, en su muy influyente Theory of Justice, John Rawls (1971) sostiene que la justicia como la moralidad objetiva sólo puede ocurrir tras un “velo de ignorancia” en el que la condición étnica de las partes en conflicto no es pertinente a las consideraciones de justicia o moral.

Es esta la tradición intelectual que ha sido manipulada por intelectuales judíos como Israel Zangwill y Handlin Oscar, quienes han hecho hincapié en que al desarrollar los principios de la inmigración, la moralidad occidental hace que sea imposible discriminar a ningún grupo étnico o individuo. Visto desde la perspectiva de, por ejemplo, un nativo africano de Kenia, cualquier política que discrimine a favor del noroeste de Europa no puede soportar el principio de que la política sea aceptable para un observador racional y desinteresado. Aunque Zangwill y Handlin no están limitados por el universalismo occidental en sus actitudes hacia su propio grupo, son capaces de ignorar las implicaciones del pensamiento universalista para el sionismo y otras expresiones del particularismo judío. Debido a la política oficial israelí respecto a los antecedentes genéticos y culturales de los potenciales inmigrantes, Israel no ha de ser, como Occidente, objeto de invasión migratoria por grupos extranjeros.

De hecho, puede verse que, a pesar del hecho de que un tema antisemita prominente ha sido hacer hincapié en los rasgos negativos de la personalidad entre judíos y su voluntad de explotar los gentiles (SAID, cap. 2), un tema constante de actividad intelectual judía desde la Ilustración ha sido colocar a los intereses étnicos judíos y al judaísmo como incorporando una visión moral única e irremplazable (SAID, caps. 6-8); esto es, una visión que enfatiza el atractivo único de la retórica de la moralidad del observador desinteresado entre el público occidental. El resultado de que si las sociedades occidentales individualistas son capaces de defender los intereses legítimos de los pueblos de origen europeo sigue siendo cuestionable. Uno de los temas destacados que aparecen en varios lugares de este volumen, en PTSDA (cap. 8) y en SAID (caps. 3-5) es que las sociedades individualistas son particularmente vulnerables a la invasión de grupos cohesivos, como se ha representado históricamente al judaísmo.

Es significativo que el problema de la inmigración de los pueblos no europeos no esté en absoluto confinado a los Estados Unidos, pero representa un problema grave y cada vez más polémico en el mundo occidental y en ninguna otra parte. Sólo los pueblos derivados de Europa han abierto sus puertas a los otros pueblos del mundo, y ahora están en peligro de perder el control de un territorio ocupado por cientos de años. Las sociedades occidentales tienen raíces en el humanismo individualista, que hace difícil la restricción de la inmigración. En el siglo XIX, por ejemplo, el Tribunal Supremo rechazó dos veces la exclusión de chinos en base de que se había legislado en contra de un grupo, no en contra de un individuo (Petersen 1955, 78).

El esfuerzo en desarrollar una base intelectual para la restricción de la inmigración era tortuoso. En 1920 la legislación se basó en la legitimidad de los intereses étnicos de los europeos del noroeste y tenía matices de pensamiento racialista. Ambas ideas eran difíciles de conciliar con la declarada ideología política y humanitaria de una sociedad republicana y democrática en la que, como enfatizaban activistas judíos a favor de la migración tales como Israel Zangwill, la membresía racial o étnica no tenía sanción intelectual oficial. La sustitución de estas afirmaciones de interés hacia el propio grupo étnico por una ideología de capacidad de asimilarse, en el debate sobre la ley McCarran-Walter, fue percibida por sus detractores como poco más que una cortina de humo del “racismo”. Al final, esta tradición intelectual se derrumbó en gran medida como consecuencia de la embestida de los movimientos intelectuales analizados en este volumen, por lo que se derrumbó un pilar central de la defensa de los intereses étnicos de los pueblos de origen europeo.

Las tendencias actuales nos llevan a predecir que, a menos que la ideología del individualismo sea abandonada—no sólo por las minorías multiculturales (que han sido alentadas a perseguir sus intereses de grupo por una generación de intelectuales americanos), sino por los pueblos europeos derivados de Europa, Estados Unidos, Nueva Zelanda y Australia—, el resultado final será una considerable disminución de la influencia genética, política y cultural de esos pueblos. Sería una abdicación unilateral sin precedentes de ese poder y, ciertamente, como evolucionista no esperamos tal abdicación sin, al menos, una fase de resistencia por parte de un importante segmento de la población. Como se indicó anteriormente, es de esperar que los pueblos derivados de Europa exhiban, en última instancia, algo de la gran flexibilidad que los judíos han demostrado a lo largo de los siglos en defensa de las formas políticas que se adaptan a sus intereses.

La predicción es que, con el tiempo, algunos segmentos de las poblaciones de origen europeo del mundo se darán cuenta que han sido mal servidos tanto por la ideología del multiculturalismo como por la de-etniaizada ideología del individualista. Si el análisis del antisemitismo presentado en SAID es correcto, la reacción esperada emulará aspectos del judaísmo mediante la adopción de prácticas que sirvan al grupo; ideologías colectivistas, y organizaciones sociales. La naturaleza teóricamente indeterminada de los procesos de grupos humanos (PTSDA, capítulo 1;. MacDonald, 1995b) no permite la predicción detallada sobre si la estrategia reactiva será suficiente para estabilizar o revertir el deterioro actual de los pueblos europeos en el Nuevo Mundo, así como en sus tierras ancestrales, o si el proceso va a degenerar en un movimiento reaccionario de autodestrucción, como ocurrió con la Inquisición española, o si va a iniciar un giro moderado y permanente ajeno del individualismo radical y hacia una estrategia de grupo sostenible.

Lo cierto es que la antigua dialéctica entre el judaísmo y Occidente continuará en el futuro previsible. Sería irónico que, cualquiera que sea la retórica antisemita adoptada por los líderes de estos movimientos defensivos, se verán obligados a emular elementos clave del judaísmo como una estrategia de evolución grupal. Tal mímica estratégica, una vez más, llevará a una “judaización” de las sociedades occidentales no sólo en el sentido de que su organización social se orientará más hacia el grupo, sino también en sentido de que serán más conscientes de sí mismos como endogrupo positivamente evaluado, y estarán más conscientes de otros grupos humanos como competidores, evaluados de forma negativa como exogrupos. En este sentido, sea que el declive de los pueblos europeos no se detenga o que sea detenido, ello traerá graves consecuencias sobre el judaísmo como una estrategia de grupo en desarrollo evolutivo en las sociedades occidentales.

Este libro es el volumen final de la serie sobre el judaísmo como una estrategia evolutiva de grupo. Un libro futuro, tentativamente titulado Diaspora Peoples, extenderá el enfoque a otros grupos además de los judíos y los pueblos europeos: los gitanos, los asirios, los chinos, los parsis y sijs entre otros. Se pondrá a prueba el grado en que los conceptos y el análisis empleado en esta serie podrían ampliar nuestra comprensión de la interacción grupal, la cooperación y la competencia, y por lo tanto la evolución humana en general.

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Published in: Uncategorized on June 6, 2011 at 10:36 pm  Comments (1)  
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  1. Muchas gracias por tu labor de traduccion, es un libro que considero muy importante y por supuesto es nesario que sea ampliamente difundido.


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