¿Por qué traducir a MacDonald?

La trilogía del profesor, conjuntamente con las apostillas en su página web, representa un salto cuántico en la investigación del problema judío. De los famosos Protocolos de los sabios de Sión a la obra del Prof. MacDonald yace tanta distancia como de la física aristotélica a la de Galileo.

No exagero. A diferencia de los siglos anteriores, a inicios del siglo XXI una nueva generación de etnopatriotas por fin cuenta con una roca sólida sobre la cual es posible abordar al problema judío en base a ciencia de punta. Sólo abordando científicamente al problema judío, sin necesidad de recurrir a teorías de la conspiración, depende si fracasaremos o no ante el liberalismo suicida que ha infectado a Occidente.

Le he escrito al Prof. MacDonald pidiéndole permiso de traducir su obra y me lo ha concedido, aunque apenas cuente con el tiempo de traducir una sola cuartilla al día. Sin embargo, en vista de que en los blogs se lee todo al revés, antes de que el PDF completo esté disponible iré subiendo mi traducción comenzando por la parte final del último libro de la trilogía del Prof. MacDonald: el índice onomástico, las notas al final del documento y la bibliografía, etc., hasta llegar al prólogo. De esa manera este “blog” aparecerá en formato de un e-libro en que, a diferencia de los PDFs, está abierto al público hispanohablante para comentar.

The Culture of Critique:
An Evolutionary Analysis of
Jewish Involvement in
Twentieth-Century
Intellectual and Political
Movements

Kevin Macdonald
Department Of Psychology
California State University, Long Beach
Long Beach, Ca 90840

Traducir la trilogía entera es una empresa enorme. Pero vale la pena dado el control judío sobre los medios de comunicación, incluyendo no sólo el New York Times y el Washington Post sino al gigantesco Hollywood, la llamada Mainstream Media y sus pequeños epígonos en la prensa de otras naciones.

Aclaración:

Escribí lo de arriba en abril del año pasado
(véase entrada de hasta abajo)

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Published in: Uncategorized on August 9, 2012 at 1:57 am  Leave a Comment  
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No más traducción

A partir de hoy no traduciré más The Culture of Critique. Estoy demasiado ocupado en otros menesteres. A pesar de ello, debo decir que estas semanas he estado leyendo el primer libro de la trilogía de MacDonald (había comenzado por el último). Me parece un trabajo fundamental: y sería ideal que los hispanohablantes que puedan leer inglés se familiarizaran con la obra del profesor, de la que apenas llegué a traducir el último capítulo del libro final. ¡Que quede al menos como un saborcillo en la boca de lo que sería su obra completa…!

Published in: Uncategorized on November 21, 2011 at 1:03 am  Comments (1)  
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Capítulo 7. La participación judía en la formación de políticas de inmigración en EE.UU.

Tanto las razones como el escogido orden de capítulos–comenzando por el final–que me mueven a traducir la trilogía del profesor Kevin B. MacDonald aparecen en mi primera entrada.

Hoy en día… los migrantes, sobre todo a los migrantes judíos, parecen más americanos que los WASP [siglas de White Anglo-Saxon Protestant]. Ellos son los rostros, las voces y las inflexiones del pensamiento que parece más familiar para nosotros, la segunda naturaleza literalmente. [Los WASP] son la bola de extraños, los forasteros, los fósiles. Echamos un vistazo a ellos y, un poco sorprendidos, nos decimos: “¿Dónde fueron?” Los recordamos: pálidos, listos, bien vestidos, con energía y seguros de sí mismos. Y ahora lo vemos como extraños, forasteros, una raza bastante noble en el acto de desaparición… Ha dejado de ser representativa, y no me di cuenta hasta este momento. O al menos no me había dado tanta cuenta. ¿Qué ha ocurrido desde la Segunda Guerra Mundial? La sensibilidad americana se ha convertido en parte judía, tal vez tan judía como cualquier otra cosa… La letrada mente americana ha llegado en alguna medida a pensar judaicamente. Se le ha enseñado a ello, y estaba lista. Después de los artistas y novelistas llegaron los judíos críticos, políticos, teólogos. Los críticos, los políticos y los teólogos son, por profesión, moldeadores: forman los modos de ver el mundo. (Walter Kerr 1968, D1, D3)

La política de inmigración es un ejemplo paradigmático de los conflictos de intereses entre los grupos étnicos, en tanto que tal política determina la futura composición demográfica de la nación. Los grupos étnicos que no pueden influir en políticas migratorias para su propio interés con el tiempo se verán desplazados por los grupos que lograron ese objetivo. La política de inmigración es, pues, de interés fundamental para un evolucionista.

Este capítulo trata sobre el conflicto étnico entre los judíos y los gentiles en el ámbito de la política de inmigración. La política de inmigración es, sin embargo, sólo un aspecto de los conflictos de interés entre judíos y gentiles en los Estados Unidos. Las escaramuzas entre judíos y la estructura de poder gentil a partir de finales del siglo XIX siempre ha tenido fuertes connotaciones de antisemitismo. En estas batallas se jugaban intereses de movilidad judía hacia arriba, así como las cuotas de representación judía en las escuelas de elite a partir del siglo XIX que llegaron a su clímax en los años veinte y treinta; las cruzadas anticomunistas en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, así como la muy fuerte preocupación por las influencias culturales de los principales medios de comunicación: que se extiende desde los escritos de Henry Ford en la década de los veinte a las inquisiciones de Hollywood de la época de McCarthy y en la actualidad (SAID, cap. 2). Que el antisemitismo estaba involucrado en estos temas puede verse en el hecho de que los historiadores del judaísmo (por ejemplo, Sachar de 1992, 620ss) se han sentido obligados a incluir estos eventos tan importantes para la historia de los judíos en los Estados Unidos; las declaraciones antisemitas de muchos de los participantes gentiles, y la comprensión consciente de participantes judíos y los observadores.

La participación de los judíos al influir en la política de inmigración en los Estados Unidos es especialmente notable como un aspecto del conflicto étnico. La participación judía en la política de inmigración ha tenido ciertas cualidades únicas que han distinguido a los intereses judíos de los intereses de otros grupos a favor de políticas liberales de inmigración.

A lo largo de gran parte del período de 1881 a 1965, un interés judío en la política migratoria liberal surgió de un deseo de proporcionar un santuario para los judíos que huían de las persecuciones antisemitas en Europa y en otros lugares. Estas persecuciones han sido un fenómeno recurrente en el comienzo del mundo moderno con los pogromos rusos de 1881 y ha continuando en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial en la Unión Soviética y Europa del Este. Como resultado, la inmigración liberal ha sido un interés judío porque “la supervivencia a menudo dicta que los judíos busquen refugio en otras tierras” (Cohen 1972, 341). Por una razón similar, los judíos han abogado por una política exterior internacionalista, porque “unos Estados Unidos con mentalidad internacional pueden ser más sensibles a los problemas de las comunidades judías extranjeras” (p. 342).

También hay evidencia de que los judíos, mucho más que cualquier grupo derivado de Europa en los Estados Unidos, han considerado a las políticas liberales de migración como un mecanismo para garantizar que los Estados Unidos serán una sociedad plural en lugar de una sociedad unitaria y homogénea (por ejemplo, Cohen 1972). El pluralismo sirve tanto a los intereses de grupo judíos internos como a los intereses judíos externos (es decir, entre grupos).

El pluralismo interno sirve los intereses judíos, ya que legitima los intereses judíos en racionalizar y abiertamente abogar en favor de intereses en lugar de hacerlo de forma semisecreta, lo que Howard Sachar (1992, 427) llama “legitimar la preservación de un cultura de las minorías en el seno de la sociedad mayoritaria de acogida”. Tanto Neusner (1993) como Ellman (1987) sugieren que el mayor sentido de conciencia étnica visto en círculos judíos ha sido influenciado por este movimiento general de la sociedad norteamericana hacia la legitimación de la cultura, el pluralismo y el etnocentrismo de grupos minoritarios. Esa tendencia hacia formas abiertas en lugar de formas semisecretas ha caracterizado al judaísmo en el siglo XX, y es considerado por muchos como fundamental para la continuidad del mismo (por ejemplo, Abrams, 1997; Dershowitz 1997; ver SAID, capítulo 8.). El judaísmo reformado, la forma menos abierta de judaísmo contemporáneo, se está volviendo tradicional cada vez más, incluyendo un mayor énfasis en los rituales religiosos y una profunda preocupación para evitar los matrimonios mixtos. En una reciente conferencia de rabinos reformistas se destacó que el aumento en el tradicionalismo es, en parte, el resultado de la creciente legitimidad de la conciencia étnica en general (Los Angeles Times, 20 de junio de 1998, A26).

El pluralismo étnico y religioso también sirve los intereses judíos externos a ellos, en tanto que éstos se han convertido en uno de los muchos grupos étnicos. Esto se traduce en la difusión de la influencia política y cultural entre los diversos grupos étnicos y religiosos, y se hace difícil o imposible desarrollar grupos unificados y cohesivos entre gentiles unidos en su oposición al judaísmo. Históricamente, los grandes movimientos antisemitas han tendido a estallar en sociedades que han sido, además de los judíos, religiosas o étnicamente homogéneas (ver SAID). Por el contrario, una de las razones de la relativa falta de antisemitismo en los Estados Unidos comparado con Europa es que “los judíos no se destacan como un grupo de solitarios [religiosos] no conformistas” (Higham 1984,156). Aunque el pluralismo étnico y cultural ciertamente no es suficiente para satisfacer los intereses judíos (ver cap. 8), no deja de ser el caso que las sociedades étnica y religiosamente pluralistas han sido percibidas por los judíos como más propensas a satisfacer sus intereses que las sociedades caracterizadas por grupos gentiles étnicos y homogéneos.

De hecho, a un nivel básico, la motivación de toda la actividad política e intelectual judía revisada a lo largo de este volumen está íntimamente ligada a los temores del antisemitismo. Svonkin (1997, 8ss) muestra que una sensación de “malestar” e inseguridad invadió la comunidad judía estadounidense a raíz de la Segunda Guerra Mundial, incluso a pesar de la evidencia de que el antisemitismo había disminuido hasta convertirse en fenómeno marginal. “El objetivo principal de las agencias de relaciones entre los grupos judíos [es decir, el AJCommittee, el AJCongress y la ADL] después de 1945 fue… evitar la aparición de un movimiento reaccionario antisemita de masas en los Estados Unidos” (Svonkin 1997, 8).

Escribiendo en la década de los setenta, Isaacs (1974, 14 ss) describe la inseguridad de los judíos americanos y su hipersensibilidad a cualquier cosa que pueda ser considerada antisemita. Al entrevistar a “hombres públicos” sobre el tema del antisemitismo en esa década, Isaacs preguntó:

“¿Crees que podría pasar aquí?” No fue necesario especificarlo. En casi todos los casos, la respuesta fue aproximadamente la misma: “Si usted conoce la historia en absoluto, no suponga que podría suceder, sino que probablemente sucederá”. O: “No es una cuestión de si sucederá, sino cuándo” (p. 15).

Isaacs, correctamente en mi opinión, atribuye la intensidad de la participación judía en la política a este miedo al antisemitismo. El activismo judío sobre la inmigración no es más que un capítulo de un movimiento múltiple dirigido a evitar el desarrollo de un movimiento antisemita de masas en las sociedades occidentales. Otros aspectos del programa resumen brevemente a continuación.

Declaraciones explícitas que vinculan la política de inmigración judía a un interés en el pluralismo cultural pueden encontrarse en prominentes científicos judíos sociales y activistas políticos. En la reseña del libro de Horace Kallen (1956) Cultural Pluralism and the American Idea que apareció en Congress Weekly (publicado por la AJCongress), Joseph L. Blau (1958, 15) señaló que “el punto de vista de Kallen es necesario para servir a la causa de los grupos minoritarios y culturas de las minorías en este país sin una mayoría permanente”. La implicación es que la ideología multicultural de Kallen se opone a los intereses de cualquier grupo étnico dominante en los Estados Unidos. El conocido autor y prominente sionista Maurice Samuel (1924, 215), quien escribió en parte como una reacción negativa a la ley de inmigración de 1924, escribió:

Si, entonces, la lucha entre nosotros [es decir, judíos y gentiles] ha de ser llevada más allá de lo físico, la democracia tendrá que modificar sus exigencias de homogeneidad racial, cultural y espiritual del Estado. Pero sería absurdo considerar esto como una posibilidad, por la tendencia de que esta civilización se encuentra en la dirección opuesta. Hay un enfoque constante hacia la identificación del gobierno con la raza, en lugar de con la política del Estado.

Samuel deploró la ley de 1924 como una violación de su conceptualización de los Estados Unidos como una entidad puramente política sin implicaciones étnicas.

Acabamos de ver, en América, la repetición en la forma peculiar adaptada a este país de la maligna farsa a los que, con la experiencia de muchos siglos, todavía no nos hemos acostumbrado. Si Estados Unidos tuviera algún significado, residiría en el intento de elevarse por encima de la tendencia de nuestra civilización: la actual identificación de la raza con el Estado… Los Estados Unidos era el Nuevo Mundo en este vital el respeto, que el Estado era meramente un ideal, y la nacionalidad era idéntica sólo como aceptación del ideal. Pero ahora parece que todo fue una visión errónea: que Estados Unidos fue incapaz de elevarse por encima de su origen, y la apariencia de un nacionalismo ideal era sólo una etapa en el buen desarrollo del espíritu gentil universal… Hoy en día, con la raza triunfante sobre el ideal, el antisemitismo descubre sus colmillos, y a la negativa sin corazón al derecho humano más elemental, el derecho de asilo, se añadió el insulto cobarde. No sólo estamos excluidos sino que se nos dice, en el lenguaje inconfundible de las leyes de inmigración, que somos “inferiores”. Sin la valentía moral de enfrentarse de lleno a sus malos instintos el país se prepara, a través de sus periodistas, a un largo trago de la denigración del judío. (págs. 218-220)

Una opinión congruentes la ha expresado el prominente científico social judío, y activista étnico, Earl Raab: quien comenta muy positivamente el éxito de la política de inmigración estadounidense en la alteración de la composición étnica de los Estados Unidos desde 1965.[148] Raab señala que la comunidad judía ha tomado un papel de liderazgo en cambiar el sesgo de importar a gente del noroeste de Europa en la política de inmigración estadounidense (1993a, 17), y también ha sostenido que un factor que inhibe el antisemitismo en los Estados Unidos contemporáneos es “una creciente heterogeneidad étnica que, como resultado de la inmigración, ha hecho aún más difícil para un partido o movimiento político de masas el desarrollo de la intolerancia” (1995, 91). O con palabras más coloridas:

La Oficina del Censo acaba de informar que casi la mitad de la población de Estados Unidos pronto será de color, o no europeos. Y todos serán ciudadanos americanos. Hemos sobrepasado el punto en donde un partido nazi-ario podrá prevalecer en este país. Nosotros [los judíos] hemos estado alimentando el clima de América en oposición a la intolerancia por cerca de medio siglo. Cierto que dista de ser perfecto, pero la naturaleza heterogénea de la población tiende a hacerse irreversible. (Raab 1993b, 23)

Actitudes positivas hacia la diversidad cultural también han aparecido en otras declaraciones sobre la inmigración de autores y líderes judíos. Charles Silberman (1985, 350) señala:

Los judíos de América están comprometidos con la tolerancia cultural a causa de su creencia firmemente arraigada en una historia de la que los judíos sólo estarán seguros en una sociedad aceptante de una amplia gama de actitudes y comportamientos, así como de una diversidad de grupos religiosos y étnicos. Es esta creencia, no la aprobación de la homosexualidad, lo que lleva a una abrumadora mayoría de judíos americanos a respaldar los “derechos de los homosexuales” y adoptar una postura liberal en la mayoría de otros llamados “problemas” sociales.[149]

Del mismo modo, al listar los beneficios positivos de la inmigración, el director de la Oficina de Acción de Washington del Consejo de Federaciones Judías dijo que la migración “es acerca de la diversidad, riqueza cultural y las oportunidades económicas para los inmigrantes” (en Forward, 8 de marzo de 1996, 5). Y al resumir la participación judía en las batallas legislativas sobre la inmigración de 1996 un relato periodístico dijo: “los grupos judíos no eliminaron una serie de disposiciones que reflejan el tipo de conveniencia política que consideran un ataque directo sobre el pluralismo de América” (Detroit Jewish News , 10 de mayo de 1996).

Dado que las políticas liberales de inmigración son un interés judío vital, no es sorprendente que el apoyo a las políticas liberales de migración abarque todo el espectro político judío. Hemos visto que Sidney Hook, que junto con otros intelectuales de Nueva York puede ser visto como un precursor intelectual del neoconservadurismo, identificó la democracia con la igualdad de las diferencias y con la maximización de la diversidad cultural (véase el cap. 6). Los neoconservadores han sido firmes defensores de las políticas liberales de migración, y ha habido un conflicto entre los neoconservadores, en su mayoría judíos, y los gentiles predominantemente paleoconservadores sobre el tema de la migración del Tercer Mundo en los Estados Unidos.

Norman Podhoretz y los neoconservadores Richard John Neuhaus reaccionaron muy negativamente sobre un artículo de un paleoconservador que le preocupa que esa migración finalmente conduciría a Estados Unidos a estar dominado por los migrantes (ver Judis 1990, 33). Otros ejemplos son los neoconservadores Julian Simon (1990) y Ben Wattenberg (1991), quienes abogan por altos niveles de inmigración de todas partes del mundo, de modo que los Estados Unidos se conviertan en lo Wattenberg describe como la primer “nación universal”. Basado en datos recientes, Fetzer (1996) informa que los judíos siguen manteniéndose mucho más favorables a la migración a Estados Unidos que cualquier otro grupo étnico o religión.

Debe tenerse en cuenta un punto general de la eficacia de las organizaciones judías americanas que influyen en la política de inmigración, la cual ha sido facilitada por ciertas características de los judíos americanos que están directamente relacionadas con el judaísmo como estrategia evolutiva de grupo. Nos referimos, sobre todo, al coeficiente intelectual de al menos un estándar de desviación por encima de la media de la raza blanca (PTSDA, Cap. 7). Un alto coeficiente intelectual se asocia con el éxito en una amplia gama de actividades en las sociedades contemporáneas, incluyendo especialmente la riqueza y el estatus social (Herrnstein y Murray, 1994). Como Neuringer (1971, 87) señala, la influencia judía en la política de inmigración se vio facilitada por la riqueza, la educación y estatus social judíos.

Como reflejo de su desproporcionada representación general en los marcadores del éxito económico e influencia política, las organizaciones judías han sido capaces de tener un efecto enormemente desproporcionado en la política de inmigración estadounidense debido a que, como grupo, los judíos son muy organizados, inteligentes y astutos políticamente. Además, fueron capaces de comandar un alto nivel de recursos financieros, políticos e intelectuales en la consecución de sus objetivos políticos. Hollinger (1996, 19) señala que los judíos tuvieron mayor influencia en la decadencia de la cultura homogénea protestante en los Estados Unidos que los católicos debido a su mayor riqueza, posición social y habilidad técnica en el campo intelectual. En el ámbito de la política de inmigración, la principal organización activista judía que ha influido en la política, el AJCommittee, se caracterizó por “un fuerte liderazgo [en particular, Louis Marshall], la cohesión interna, los programas bien financiados, sofisticadas técnicas de presión, aliados no judíos bien elegidos y tiempos propicios” (Goldstein 1990, 333).

Goldberg (1996, 38 – 39) señala que en la actualidad hay aproximadamente 300 organizaciones nacionales judías en los Estados Unidos con un presupuesto global estimado en el rango de $6 mil millones: una suma, señala Goldberg, mayor que el producto nacional bruto de la mitad de los miembros de las Naciones Unidas.

El esfuerzo de los judíos en transformar a Estados Unidos en una sociedad plural se ha librado en varios frentes. Además de las actividades legislativas y grupos de presión relacionados con la política de inmigración, deben mencionarse también los esfuerzos judíos en el campo intelectual-académico; el área de las relaciones Iglesia-Estado, y la organización de los afroamericanos como una fuerza política y cultural.

(1) Esfuerzos intelectual-académicos. Hollinger (1996, 4) señala “la transformación de la demografía etnoreligiosa de la vida académica estadounidense por los judíos” en el período comprendido entre los años treinta a los sesenta, así como la influencia judía sobre las tendencias hacia la secularización de la sociedad estadounidense y la promoción de un ideal de cosmopolitismo (pág. 11). Es muy probable que el ritmo de esta influencia fuera influenciado por las batallas de inmigración de la década de 1920. Hollinger señala que:

El viejo establishment protestante se mantuvo hasta la década de los sesenta, en gran medida gracias a la Ley de Inmigración de 1924. Si la inmigración masiva de los católicos y judíos hubiera continuado en los niveles anteriores a 1924, el curso de la historia de EE.UU. habría sido diferente en muchos maneras, incluyendo, es razonable especular, en una disminución más rápida de la hegemonía cultural protestante. La restricción inmigratoria dio a la hegemonía una nueva vida.[22]

Es razonable suponer, por tanto, que las batallas de inmigración desde 1881 hasta 1965 han sido de crucial importancia histórica en la conformación de los contornos de la cultura americana en el siglo XX.

De particular interés es la ideología que los Estados Unidos ha de ser una sociedad étnica y culturalmente plural. A partir de Horace Kallen, los intelectuales judíos han estado a la vanguardia en el desarrollo de modelos de América como una sociedad étnica y culturalmente plural. Como reflejo de la utilidad de la pluralidad cultural en servicio de intereses judíos en el mantenimiento del separatismo cultural, Kallen combinó su ideología con una profunda inmersión en la historia y literatura judías; un compromiso con el sionismo, y una actividad política en nombre de los judíos de Europa del Este (Sachar de 1992, 425ss; Frommer, 1978).

Kallen (1915, 1924) también desarrolló un ideal “policéntrico” sobre las relaciones étnicas de Estados Unidos, y definió al grupo étnico como lo que se deriva de la propia dotación biológica: implicando que los judíos deben ser capaces de seguir siendo un grupo genética y culturalmente cohesionados cuando, a la vez, participan en las instituciones democráticas de América. Esta concepción de que los Estados Unidos deben estar organizados como un conjunto de distintos grupos étnico-culturales fue acompañada por la ideología de que las relaciones entre los grupos son benignas: “Kallen levantó sus ojos por encima de la lucha que se arremolinaba a su alrededor, a un reino ideal donde diversidad y armonía convivían” (Higham 1984, 209). Del mismo modo, en Alemania el líder judío Moritz Lazarus argumentó, en oposición a la opinión del intelectual alemán Heinrich von Treitschke, que la separación continua de los diversos grupos étnicos ha contribuido a la riqueza de la cultura alemana (1972 Schorsch, 63). Lazarus también desarrolló la doctrina de la doble lealtad, que se convirtió en uno de los pilares del movimiento sionista. Ya en 1862, Moses Hess había desarrollado la idea de que el judaísmo llevaría al mundo a una era de armonía universal en la que cada grupo étnico conserva su existencia separada, aunque ningún grupo controla suelo alguno (ver SAID, cap. 5).

Kallen escribió su libro de 1915, en parte como reacción a las ideas de Edward A. Ross (1914). Ross fue un sociólogo darwiniano que creía que la existencia de grupos claramente delimitados tienden a resultar en competencia entre los grupos por los recursos: una muy congruente perspectiva con la teoría y datos presentados en SAID. El comentario de Higham es interesante porque muestra que las opiniones románticas de Kallen sobre la convivencia en grupos se contradice masivamente con la realidad. De hecho, hay que señalar que Kallen era un destacado líder del AJCongress.

Durante los años veinte y treinta, el grupo AJCongress defendió los derechos económicos y políticos de los judíos en Europa del Este en un momento en que las tensiones étnicas y de persecución a los judíos se habían extendido, y a pesar de los temores de muchos de que tales derechos no harían sino exacerbar las tensiones. El AJCongress exigió que a los judíos se les permitiera una representación proporcional en la política, así como la capacidad de organizar sus propias comunidades y preservar una cultura nacional judía autónoma. Los tratados con países de Europa Oriental y Turquía incluyen disposiciones de que el Estado proporcione instrucción en lenguas minoritarias, y que los judíos tienen el derecho a negarse a asistir a los tribunales u otras funciones públicas en el día de reposo (Frommer 1978, 162). La idea de Kallen de un pluralismo cultural como modelo para los Estados Unidos se popularizó entre los intelectuales gentiles como John Dewey (Higham 1984, 209), quien a su vez fue promovido por intelectuales judíos:

Si los congregacionalistas no practicantes como Dewey no necesitan a migrantes que los inspiren para presionar hasta los límites incluso al protestante más liberal, a gente como Dewey se les animó mucho hacia esa dirección por parte de los intelectuales judíos de las zonas urbanas y comunidades académicas y literarias (Hollinger 1996, 24).

“La fuerza en esta [guerra de la cultura de la década de 1940] fue laica, cada vez con más judíos, decididamente de la izquierda central, basada en gran parte… en las comunidades disciplinarias de la filosofía y las ciencias sociales… El espíritu de líder fue el propio John Dewey ya entrado en edad, quien siguió contribuyendo con artículos ocasionales al hablar de la causa” (pág. 160). Los editores de Partisan Review, la principal revista de los intelectuales neoyorquinos, publicaron el trabajo de Dewey y le llamaron “el filósofo líder de Estados Unidos” (PR 13:608, 1946). El estudiante neoyorquino de Dewey, el intelectual Sidney Hook (1987, 82), también fue implacable en su alabanza de Dewey, denominando “líder intelectual de la comunidad liberal en los Estados Unidos” y “una especie de tribuna intelectual de las causas progresistas”.

Como líder laico de Estados Unidos, Dewey se alió con una grupo de intelectuales judíos opuesto a “las formulaciones específicamente cristianas de la democracia americana” (Hollinger de 1996, 158), y tenía estrechos vínculos con los intelectuales de Nueva York: muchos de los cuales eran trotskistas, además de presidir la Comisión Dewey que exoneró a Trotsky de los cargos formulados en los juicios de Moscú de 1936. Dewey tuvo una gran influencia en el público. Henry Commager lo describió como “guía, mentor y conciencia del pueblo estadounidense; es apenas una exageración decir que una generación no tenía las cosas claras en una cuestión hasta que Dewey había hablado” (Sandel, en 1996, 36). Dewey fue el más destacado defensor de la “educación progresiva” y ayudó a establecer la Nueva Escuela de Investigación Social y de la Unión Americana de Libertades Civiles, ambas organizaciones esencialmente judías (Goldberg 1996, 46, 131). Al igual que con varios otros gentiles analizados en este volumen, Dewey, cuya “falta de presencia como escritor, orador o de la personalidad hace algo de su atractivo popular un misterio” (Sandel, 1996, 35), representa la cara visible de un movimiento dominado por los intelectuales judíos.

Las ideas de Kallen han sido muy influyentes en el autoentendimiento judío sobre su condición en Estados Unidos. Su influencia se hizo evidente ya en 1915, entre sionistas estadounidenses como Louis D. Brandeis.[150] Brandeis consideraba a Estados Unidos como compuesto de diferentes nacionalidades, cuyo libre desarrollo haría que “los Estados Unidos se enriquecieran espiritualmente y lo convirtieran en la democracia por excelencia” (Gal 1989, 70). Estas opiniones se convirtieron en “un sello de la corriente principal del sionismo estadounidense, secular y religioso” (ibid). El pluralismo cultural también es una característica fundamental del movimiento judío dominado por las relaciones intergrupales tras la Segunda Guerra Mundial, aunque estos intelectuales a veces expresaban sus ideas en términos de “unidad en la diversidad” o “democracia cultural” en un esfuerzo por eliminar la connotación de que Estados Unidos debiera ser, literalmente, una federación de diferentes grupos nacionales, como el AJCongress desea en el caso de Europa del Este y en otros lugares (Svonkin 1997, 22). La influencia de Kallen realmente se extendió a todos los judíos educados:

Al legitimar la preservación de una cultura minoritaria en el seno de la mayoría de una sociedad de acogida, el pluralismo funcionó como anclaje intelectual para una segunda generación judía educada. Debido al impacto causado por el nazismo y el Holocausto logró mantener su cohesión y sus tenaces esfuerzos comunes a través de los rigores de la depresión y de un antisemitismo revivido hasta la aparición del sionismo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el cual se extendió por la comunidad judía americana con fervor redencionista. (Sachar de 1992, 427)

Como David Petegorsky, Director Ejecutivo de la AJCongress, declaró en un discurso de la convención bienal de ese congreso en 1948:

Estamos profundamente convencidos de que la supervivencia del pueblo judío depende de la condición del Estado judío en Palestina por un lado, y en la existencia de una comunidad judía creativa, consciente y bien adaptada en este país por el otro. Una comunidad creativa sólo puede existir en el marco de una sociedad democrática, progresista y en expansión, que a través de sus instituciones y políticas públicas exprese plenamente el concepto del pluralismo cultural. (En Svonkin 1997, 82, cursiva en el texto)

Además de la ideología del pluralismo étnico y cultural, el éxito final de las actitudes judías sobre la inmigración también fue influenciado por los movimientos intelectuales examinados en los capítulos 2-6. Estos movimientos, y en particular el trabajo de Franz Boas, resultaron en una disminución del pensamiento evolucionista y biológico en el mundo académico. A pesar de que casi no jugaron ningún papel en la posición restrictiva en los debates del Congreso sobre la inmigración (que se centró principalmente en la justicia de mantener el status quo étnico—véase más adelante), un componente del espíritu de la época de la década de los veinte fue la prevalencia de las teorías evolutivas sobre la raza y el origen étnico (Singerman, 1986), sobre todo las teorías de Madison Grant. En The Passing of the Great Race Grant (1921) argumentó que la población colonial de América se deriva de los elementos raciales nórdicos superiores y que la inmigración de otras razas reduciría el nivel de competencia de la sociedad en su conjunto, así como amenazaría a las instituciones democráticas y republicanas.

Las ideas de Grant se popularizaron en los medios de comunicación durante los debates de inmigración (véase Divine 1957, 12ss), y a menudo provocaron comentarios negativos en las publicaciones judías como The American Hebrew (por ejemplo, 21 de marzo de 1924, 554, 625).

La carta de Grant al Comité de Inmigración y Naturalización destacó el principal argumento de los restriccionistas, a saber, que el uso del censo de 1890 sobre los nacidos en el extranjero como la base de la ley de inmigración era justo para todos los grupos étnicos del país, y que el uso del censo de 1910 discriminaba a los “nativos americanos cuyos antepasados vivieron en este país antes de su independencia”. También argumentó a favor de las cuotas de los países del hemisferio occidental ya que estos países “en algunos casos proporcionan migrantes indeseables. Los mexicanos que vienen a los Estados Unidos son mayoritariamente de sangre india, y las pruebas de inteligencia recientes han demostrado que su condición intelectual es muy baja. Ya tenemos demasiados de ellos en nuestros estados del suroeste, y habría que indagar si están aumentando”.[151] A Grant también le preocupaba que los migrantes recientes no se asimilaran. En su carta incluyó un editorial del Chicago Tribune sobre una situación en Hamtramck, Michigan, en el que los migrantes recientes habían demandado un “dominio polaco”, la expulsión de los no polacos y el uso exclusivo de la lengua polaca por parte de funcionarios federales. Grant también argumentó que las diferencias en la tasa de reproducción resultarían en el desplazamiento de los grupos que postergan el matrimonio y tienen menos hijos: un comentario que refleja las diferencias étnicas en lo que se denomina “estrategia de la historia de la vida” (Rushton 1995), indicando claramente la preocupación de que, como resultado de ello, su grupo étnico sería desplazado por los grupos con una mayor tasa de crecimiento natural.

Como reflejo de su preocupación por los migrantes de México, datos recientes indican que las mujeres adolescentes de origen mexicano tienen la más alta tasa de natalidad en los Estados Unidos, y las personas de origen mexicano serán la mayoría del estado de California en 2040. En 1995, las mujeres de 15-19 años de origen mexicano tenían un índice de natalidad de 125 por 1000 en comparación con 39 por 1000 para los blancos no latinos y el 99 por 1000 para los negros no latinoamericanos. La tasa de natalidad general para los tres grupos es de 3.3 para las mujeres latinas, 2.2 para las negras no latinas y 1.8 para las blancas no latinoamericanas (Los Angeles Times, 13 de febrero, 1998, págs. A1, A16). Por otra parte, los activistas latinos tienen una política claramente articulada sobre la “reconquista” de los Estados Unidos a través de la migración y las altas tasas de nacimiento.[152]

El capítulo 2 mostró que Stephen Jay Gould y Leon Kamin han presentado una interpretación muy exagerada e incluso falsa del papel de los debates de coeficiente intelectual en la década de los veinte respecto a la aprobación de leyes restrictivas de inmigración. También es muy fácil exagerar la importancia de las teorías de la superioridad nórdica como un ingrediente del sentimiento popular y restrictivo en el Congreso. Como Singerman (1986, 118-119) señala, el “antisemitismo racial” fue empleado sólo por “un puñado de escritores” y “el ‘problema’ judío era una preocupación menor incluso entre autores ampliamente publicados como el Madison o Lothrop Stoddard, y ninguno de los individuos examinados [en la reseña de Singerman] podría ser considerado como profesional hostigador de judíos o propagandistas a tiempo completo contra éstos, sean nacionales o extranjeros”. Tal como se indica a continuación, los argumentos relacionados con la superioridad nórdica, incluida la supuesta superioridad nórdica intelectual, jugó muy poco papel en los debates del Congreso sobre la inmigración en la década de los años veinte. El argumento común de los restriccionistas era que la política de inmigración debiera reflejar los intereses de todos los grupos étnicos en la actualidad del país.

Incluso hay evidencia de que el argumento de la superioridad nórdica era poco popular con el público: Un miembro de la Liga de Restricción de Inmigración afirmó en 1924 que “el país está un poco harto de rollos de alta superioridad nórdica” (en Samelson 1979, 136).

Sin embargo, es probable que la disminución de las teorías evolutivas y biológicas sobre la raza y la etnicidad haya facilitado el cambio en la política de inmigración provocada por la ley de 1965. Como Higham (1984) señaló durante la victoria final de 1965, la cual eliminó el origen nacional y racial en la política de inmigración y abrió la migración a todos los grupos humanos, la perspectiva de Boas del determinismo cultural y el antibiologismo se habían convertido en un estándar académico de sabiduría aceptada. El resultado fue que “se convirtió en moda intelectual dar por descontado la existencia misma de la persistencia de diferencias étnicas. Toda la reacción privó a los sentimiento populares de una poderosa arma ideológica” (Higham 1984, 58-59).

Los intelectuales judíos participaron prominentemente en el movimiento para erradicar las ideas racistas de Grant y otros (Degler 1991, 200). De hecho, incluso durante los anteriores debates previos a los proyectos de ley de inmigración de 1921 y 1924, los restriccionistas se percibieron a sí mismos bajo el ataque de los intelectuales judíos. En 1918, Prescott F. Hall, secretario de la Liga de Restricción de Inmigración, escribió a Grant, “Lo que yo quería… eran los nombres de algunos antropólogos de nota que se hayan declarado a favor de la desigualdad de las razas… Estoy en contra de los judíos todo el tiempo sobre la igualdad, y pensé que tal vez usted podría ser capaz de ofrecerse para nombrar algunos (además de [Henry Fairfield] Osborn) a quien podría citar como apoyo” (citado en Samelson 1975, 467).

Grant también cree que los judíos estaban involucrados en una campaña para desacreditar la investigación racial. En la introducción a la edición de 1921 de The Passing of the Great Race, Grant se quejó de que:

Es casi imposible publicar en los periódicos estadounidenses una reflexión sobre ciertas religiones o razas debido a histéricas sensibilidades, incluso cuando sólo se les menciona. La idea subyacente parece ser que si es posible suprimir la publicación, los hechos subyacentes desaparecerán. En el extranjero, las condiciones son igualmente malas, y tenemos la autoridad de uno de los antropólogos más eminentes de Francia: que la recopilación de datos y mediciones antropológicas entre los reclutas franceses durante el estallido de la Gran Guerra fue impedido debido a influencia judía, la cual tiene por objeto suprimir cualquier sugerencia sobre diferencias raciales en Francia (págs. xxxii-xxxiii).

Boas fue motivado en gran medida por el tema de la inmigración de principios de siglo. Carl Degler (1991, 74) señala que la correspondencia profesional de Boas “revela que un motivo importante detrás de su famoso proyecto sobre las medidas de la cabeza humana de 1910 fue su gran interés personal en mantener a Estados Unidos diverso en cuanto a población se refiere”. El estudio, cuyas conclusiones fueron colocados en el Registro del Congreso por el diputado Emanuel Celler durante el debate sobre la restricción de la inmigración (Cong. Rec., 8 de abril de 1924, págs. 5915-16), concluyó que las diferencias ambientales derivadas de la migración provocó las diferencias en la forma de la cabeza. (En esos tiempos, la forma de la cabeza como determinada por el “índice cefálico” era la medida principal utilizada por los científicos involucrados en la investigación de las diferencias raciales.) Boas sostuvo que su investigación mostraba que todos los grupos de extranjeros que vivían en favorables circunstancias sociales se habían asimilado a los Estados Unidos en el sentido de que sus medidas físicas convergían con el tipo americano.

A pesar de que era mucho más prudente respecto a sus conclusiones en su informe (véase también Stocking 1968, 178), Boas (1911, 5) indica en su introducción que “todo temor sobre una influencia desfavorable en la inmigración proveniente del sur de Europa debe ser desestimado”. Como una prueba más del compromiso ideológico de Boas sobre el tema de la inmigración, Degler hace el siguiente comentario acerca de las explicaciones ambientalistas de Boas sobre las diferencias mentales entre los niños migrantes y los niños nativos: “Por qué Boas eligió fundamentar una interpretación ad hoc es difícil de entender hasta que uno reconoce su deseo de explicar de una manera favorable el patente atraso mental de los niños migrantes” (pág. 75).

La ideología de la igualdad racial era un arma importante en favor de la apertura de la inmigración a todos los grupos humanos. Por ejemplo, en 1951, durante una declaración al Congreso, el AJCongress declaró: “Los descubrimientos científicos deben obligar incluso a los más perjudicados entre nosotros a aceptar, con la solidez de la ley de la gravedad, que la inteligencia, la moral y el carácter no tienen ninguna relación con la geografía o el lugar de nacimiento”.[153] En la declaración de ese congreso judío luego se citaron algunos de los escritos populares de Boas sobre el tema, así como los escritos de un protegido de Boas, Ashley Montagu: quizá el oponente más visible al concepto de raza en ese tiempo.[154] Montagu, cuyo nombre original era Israel Ehrenberg, teorizó sobre el período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial que los seres humanos son por naturaleza cooperativa, pero no agresivos por naturaleza y que existe una fraternidad universal entre ellos (ver Shipman 1994, 159ss). En 1952, otra protegida de Boas, Margaret Mead, declaró ante la Comisión del Presidente sobre Inmigración y Naturalización [PCIN por sus siglas en inglés] (1953, 92) que “los seres humanos de todos los grupos de personas tienen las mismas potencialidades… Nuestra mejor evidencia antropológica hoy día sugiere que la gente de todos los grupos tienen la misma distribución de potencialidades”.

Otro testigo declaró que la junta directiva de la Asociación Antropológica Americana había aprobado por unanimidad la proposición de que “toda evidencia científica indica que todos los pueblos son intrínsecamente capaces de adaptarse a nuestra civilización” (PCIN 1953, 93) (véase el cap. 2 para una discusión sobre el éxito de los esfuerzos políticos de los boasianos en dominar la Asociación Antropológica Americana). En 1965 el senador Jacob Javits (Cong. Rec., 111, 1965, 24469) con aplomo podía anunciar en el Senado durante el debate sobre la ley de inmigración que “tanto los dictados de nuestra conciencia, así como los preceptos de los sociólogos nos dicen que la inmigración, tal como existe en el sistema de cuotas origen nacional, está mal y sin ninguna base en razones o hechos. Nuestra postura es mejor que decir que un hombre es mejor que otro por el color de su piel”.

La revolución intelectual y su traducción a una política pública se había completado.

(2) Las relaciones Iglesia-Estado. Uno de los aspectos de los intereses judíos en el pluralismo cultural en los Estados Unidos ha sido que a éstos les interesa que los Estados Unidos no se perciban a sí mismos como una cultura cristiana homogénea. Ivers (1995, 2) señala que “las organizaciones judías de derechos civiles han tenido un papel histórico en el desarrollo de la posguerra de los Estados Americanos en derecho y en política de la iglesia y el estado”. En este caso, el esfuerzo principal de los judíos comenzó sólo después de la Segunda Guerra Mundial, aunque de hecho se habían opuesto a los vínculos entre el Estado y la religión protestante mucho antes. Por ejemplo, las publicaciones judías fueron unánimes en su oposición a la ley de Tennessee que resultó en el juicio de Scopes en 1925, cuando el darwinismo se enfrentó contra el fundamentalismo religioso (Goldfarb 1984, 43):

No importa si la evolución es o no es cierta. Lo que importa es que hay ciertas fuerzas en este país que insisten en que el gobierno ha de velar que nada se enseñe en este país que arroje dudas sobre la infalibilidad de la Biblia. Allí tiene usted toda la cuestión en pocas palabras. Se trata de un intento antiamericano deliberado de unir a la Iglesia y el Estado… Y vamos aún más lejos al afirmar que se trata de un intento de unir el Estado con la Iglesia Protestante. (Jewish Criterion 66 [10 de julio 1925], la cursiva en el texto)

Los esfuerzos judíos en este caso fueron bien financiados: el foco de organizaciones judías bien organizadas y dedicadas a la administración pública, incluyendo la AJCommittee, el AJCongress, y la ADL. Se trataba de conocimientos jurídicos especializados tanto en litigios como en influir dentro de la opinión legal a través de artículos en revistas jurídicas y otros foros de debate intelectual, incluidos los medios de comunicación populares. También incluyó un liderazgo muy carismático y eficaz, sobre todo el de Leo Pfeffer, del AJCongress:

Ningún otro abogado ejerce tal dominio intelectual sobre un área específica en la ley de manera tan amplia en un período. Como autor, estudioso, ciudadano y sobre todo, como defensor jurídico al aprovechar sus múltiples y formidables talentos en una única fuerza capaz de satisfacer todo lo que una institución necesita para un movimiento de reforma constitucional… Que Pfeffer, a través de una envidiable combinación de habilidad, determinación y persistencia, logró en un período tan corto la reforma Iglesia-Estado fue la causa principal por la que las organizaciones rivales se asociaron al AJCongress, e ilustra el impacto que tienen abogados específicos dotados de excepcionales habilidades caracterológicas en las organizaciones donde trabajan… Como para confirmar el grado en que Pfeffer es asociado con el desarrollo constitucional posterior a Everson [es decir, posterior a 1946], incluso los críticos más importantes de la Corte sobre la jurisprudencia de la Iglesia-Estado durante este período y la doctrina moderna del separationismo rara vez dejan de referirse a Pfeffer como la fuerza central responsable de lo que se lamentan: el significado perdido en una cláusula del establishment. (Ivers 1995, 222 a 224)

Del mismo modo, los judíos decimonónicos en Francia y Alemania intentaron remover la educación del control de las iglesias católica y luterana respectivamente, mientras que para muchos gentiles el cristianismo era una parte importante de la identidad nacional (Lindemann 1997, 214). Debido a estas actividades, los antisemitas frecuentemente vieron a los judíos como destructores del tejido social.

(3) La organización de los afroamericanos y el movimiento de las relaciones intergrupales en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. Por último, los judíos también han contribuido a la organización de los afroamericanos como una fuerza política para servir a los intereses judíos en la dilución de la hegemonía política y cultural de los estadounidenses europeos no judíos. Los judíos jugaron un muy destacado papel en la organización de los negros a partir de la fundación de la Asociación Nacional para el Desarrollo de la Gente de Color (NAACP por sus siglas en inglés) en 1909, y, a pesar del aumento del antisemitismo negro, tal apoyo ha continuando hasta el presente.

Para mediados de la década [ca. 1915], la NAACP tenía algo del aspecto de un adjunto de la B’nai B’rith y del Comité Judío Americano, con los hermanos Joel y Spingarn Arthur sirviendo como presidente del consejo y asesor legal respectivamente; Herbert Lehman en el comité ejecutivo, Lillian Wald y Walter Sachs en la mesa directiva (aunque no simultáneamente), y Jacob Schiff y Paul Warburg como ángeles financieros. En 1920 Herbert Seligman fue director de relaciones públicas, y Marha Greuning sirvió como su asistente… No es de extrañar que un desconcertado Marcus Garvey salió de la sede de la NAACP en 1917 murmurando [irónicamente] que era una organización blanca. (Levering-Lewis 1984, 85)

También varios judíos ricos fueron importantes contribuyentes a la Liga Nacional Urbana: “La presidencia de Edwin Seligman, y la presencia en el consejo de Félix Adler, Wald Lillian, Lefkowitz Abraham, y, poco después, Julius Rosenwald, el principal accionista de Sears Roebuck, proveyó con importantes contribuciones judías a la Liga” (Levering-Lewis 1984, pág. 85). Además de proporcionar la financiación y el talento de la organización (los presidentes de la NAACP fueron judíos hasta 1975), el talento legal judío fue canalizado en nombre de causas afroamericanas. Louis Marshall, quien cumplió un importante papel en los esfuerzos en materia de inmigración judía (ver más abajo), fue un abogado principal de la NAACP durante la década de los años veinte. Los afroamericanos jugaron un papel muy pequeño en estos esfuerzos. Por ejemplo, hasta 1933 no había abogados afroamericanos en el departamento Legal de la NAACP (Friedman, 1995, 106).

De hecho, un tema de los historiadores revisionistas señalado por Friedman es que los judíos organizaron a los afroamericanos para sus propios intereses en lugar de los intereses de los afroamericanos. En el período posterior a la Segunda Guerra Mundial toda la gama de organizaciones judías de la administración pública se ocupó de cuestiones de los negros, incluyendo el AJCommittee, el AJCongress y la ADL: “Con personal capacitado profesionalmente y oficinas totalmente equipadas, las relaciones públicas sabían cómo hacerlo: tenían los recursos para su agenda” (Friedman, 1995, 135). Los judíos contribuyeron de dos tercios a tres cuartas partes del dinero de los grupos de derechos civiles durante la década de los sesenta (Kaufman 1997, 110). Los grupos judíos, en particular el AJCongress, desempeñó un papel principal en la elaboración de la legislación sobre los derechos civiles y a detectar desafíos legales relacionados con asuntos de tales derechos que beneficiaban principalmente a los negros (Svonkin 1997, 79-112). “El apoyo judío, legal y monetario que ofrece el movimiento de derechos civiles proporcionó una serie de victorias legales… No hay exageración en lo que dijo un judío americano, un abogado del Congreso, que ‘muchas de estas leyes fueron escritas en las oficinas de las agencias de judíos por los funcionarios judíos, introducidas por legisladores judíos, y empujadas en existencia por votantes judíos'” (Levering-Lewis 1984, 94).

Harold Cruse (1967, 1992) presenta un análisis particularmente mordaz sobre la coalición de los judíos y los negros que refleja varios temas de este volumen. En primer lugar, señala, “los judíos  saben exactamente lo que quieren en América” (pág. 121, cursiva en el texto). Los judíos quieren el pluralismo cultural debido a su política a largo plazo de no asimilación y solidaridad de grupo. Cruse señala, sin embargo, que la experiencia judía en Europa ha demostrado que “dos pueden jugar este juego” (es decir, desarrollar grupos altamente nacionalistas) y “cuando eso sucede ¡ay de quienes están cortos en números” (pág. 122, cursiva en el texto). Cruse se refiere aquí a la posibilidad de estrategias de grupos antagónicos (y, supongo, a los procesos reactivos) que forman el objeto de SAID (caps. 3-5).

En consecuencia, Cruse observa que las organizaciones judías ven al nacionalismo anglosajón (léase raza blanca) como su mayor amenaza potencial, y que han tendido a apoyar la integración de los negros en los Estados Unidos (es decir, las políticas asimilacionistas e individualistas), probablemente porque estas políticas diluyen el poder de los caucásicos y disminuyen la posibilidad de una mayoría antisemita coherente de nacionalistas de raza blanca. Al mismo tiempo, las organizaciones judías se han opuesto a la postura nacionalista negra cuando luchan contra la asimilación, aunque están en pro de una estrategia grupal nacionalista para su propio grupo.

Cruse también señala la asimetría en las relaciones entre negros y judíos: Mientras los judíos han tenido un papel destacado en las organizaciones de derechos civiles en pro de los negros y han participado activamente en la financiación de estas organizaciones y en la elaboración y ejecución de las políticas de estas mismas organizaciones, los negros han sido totalmente excluidos del funcionamiento interno y los órganos de formulación de políticas en las organizaciones judías. En gran medida, al menos hasta hace muy poco, la forma y los objetivos del movimiento negro en Estados Unidos debieran ser vistos como un instrumento de la estrategia judía con metas y objetivos muy similares a los que se realizan en el ámbito de la legislación de inmigración.

El papel de los judíos en los asuntos de los afroamericanos debe, sin embargo, verse como parte de una función más amplia de lo que los participantes llaman “el movimiento de las relaciones intragrupales” que trabajó para “eliminar los prejuicios y la discriminación contra las minorías raciales, étnicas y religiosas”, en el período siguiente la Segunda Guerra Mundial (Svonkin 1997, 1).

Al igual que con los otros movimientos con una fuerte participación judía, las organizaciones judías, especialmente la AJCommittee, AJCongress, y la ADL eran los líderes, y estas organizaciones proporcionaron las principales fuentes de financiación, ideación de tácticas y definición de los objetivos del movimiento. Como en el caso del movimiento para dar forma a la política de inmigración, su objetivo era el interés propio: la prevención del desarrollo de un movimiento antisemita masivo en Estados Unidos. Los activistas judíos “vieron su involucramiento en el movimiento de las relaciones intergrupales como una medida preventiva para asegurarse de ‘ello’, es decir, de que la guerra nazi de exterminio antijudío en Europa nunca ocurriera en América” (1997 Svonkin, 10).

Este fue un esfuerzo de múltiples facetas, desde demandas legales contra el sesgo en la vivienda, la educación y el empleo público, las propuestas legislativas y los esfuerzos para asegurar su aprobación como ley en el estado y los órganos legislativos nacionales, los esfuerzos para dar forma a mensajes emitidos por los medios de comunicación, la educación y programas para estudiantes y profesores, hasta los esfuerzos intelectuales para formar un nuevo discurso en la academia. Al igual que con la participación judía en la política de inmigración y una gran cantidad de casos en otras actividades judías en lo político e intelectual, tanto en tiempos modernos como premodernos (ver SAID, cap. 6), el movimiento de las relaciones intergrupales trabajó a menudo para reducir al mínimo la participación judía abierta (por ejemplo, Svonkin 1997 , 45, 51, 65, 71-72).

Al igual que en el intento del siglo XIX para definir los intereses judíos en términos de ideales alemanes (Ragins 1980, de 55; Schmidt 1959, 46), la retórica del movimiento de las relaciones intergrupales hizo hincapié en que sus objetivos eran congruentes con las conceptualizaciones que los americanos tenían de sí mismos. Esta medida hizo hincapié en el legado de la Ilustración de los derechos individuales, mientras que ignoraba la cadena republicana de la identidad estadounidense como una sociedad cohesionada y socialmente homogénea, cuya postura “etnocultural” hacía hincapié en la importancia de la etnicidad anglosajona en el desarrollo y la preservación de las formas culturales de América (Smith, 1988; ver. cap. 8). Los derechos liberales del cosmopolitismo y el individuo se conciben también como congruentes con los ideales judíos originados en los profetas (Svonkin 1997, 7, 20). Esto hace caso omiso de las conceptualizaciones tanto de los grupos externos negativos como de la discriminación contra grupos externos. También sostiene una pronunciada tendencia hacia el colectivismo, el cual ha sido fundamental para el judaísmo como estrategia evolutiva de grupo. Como señala Svonkin, la retórica judía durante este período se basó en una visión ilusoria del pasado judío, hecho para alcanzar los objetivos judíos en el mundo moderno donde la retórica de la Ilustración de los derechos individuales y el universalismo mantuvieron un considerable prestigio intelectual.

De vital importancia en la racionalización de los intereses judíos durante este período fueron los movimientos intelectuales que se discuten en este volumen, en particular la antropología de Boas, el sicoanálisis y la Escuela de Frankfurt de Investigación Social. Como también se indica en el capítulo 5, las organizaciones judías han participado en la financiación de la investigación en las ciencias sociales (en particular la sicología social), y se desarrolló un núcleo de activistas académicos en su mayoría judíos que trabajaban en estrecha colaboración con las organizaciones judías (Svonkin 1997, 4; véase el capítulo 5 ).

La antropología de Boas se alistó en el mundo posterior a los esfuerzos de propaganda de la Segunda Guerra distribuido y promovido por la AJCommittee, el AJCongress, y la ADL, como en la película Brotherhood of Man: la cual representa a todos los grupos humanos como teniendo las mismas capacidades. Durante la década de los treintas el AJCommittee apoyó con dinero a Boas en su investigación. Y en la posguerra, la ideología de Boas de que no había diferencias raciales—así como la ideología boasiana del relativismo cultural y la importancia de preservar y respetar las diferencias culturales derivada de Horace Kallen—fueron ingredientes importantes en los programas educativos auspiciados por estas organizaciones de activistas judíos. La ideología fue ampliamente distribuida en todo el sistema educativo americano (Svonkin 1997, 63, 64).

A inicio de los años sesenta, un funcionario de la ADL estimaba que un tercio de los maestros de Estados Unidos había recibido el material educativo de la ADL basado en estas ideas (Svonkin 1997, 69). La ADL también estaba íntimamente involucrada en la dotación de personal, desarrollo de materiales y la prestación de asistencia financiera para los talleres de maestros y administradores escolares, a menudo con la participación de los científicos sociales del mundo: una asociación académica que, sin duda, aumentó la credibilidad científica de tales ejercicios. Quizá sea una ironía que este esfuerzo para influir en el currículo de las escuelas públicas fuera llevado a cabo por los mismos grupos que trataban de eliminar la influencia cristiana en las escuelas públicas.[155] La ideología de la animosidad entre los grupos se originó del movimiento de las relaciones intergrupales derivados de la serie “Estudios sobre prejuicios” descrita en el capítulo 5. Explícitamente veía a las manifestaciones de etnocentrismo gentil o la discriminación contra grupos externos como una enfermedad mental y, por tanto, literalmente, un problema de salud pública.

El asalto a la animosidad entre grupos fue comparado con el asalto médico a enfermedades infecciosas mortales, y las personas con la enfermedad fueron descritas por los activistas como “infectados” (Svonkin 1997, 30, 59). Un tema de la justificación intelectual en este cuerpo de activismo étnico destacó los beneficios que se obtienen por los niveles crecientes de armonía intragrupal—un aspecto del idealismo inherente a la conceptualización de Horace Kallen del multiculturalismo—sin mencionar que algunos grupos, en particular los de origen europeo y grupos no judíos, perderían su poder político, económico y disminuiría su influencia cultural (Svonkin 1997, 5). Las actitudes negativas hacia los grupos fueron vistas no como el resultado de los intereses de grupos compitiendo entre sí, sino más bien como resultado de psicopatologías individuales (Svonkin 1997, 75). Por último, mientras que el etnocentrismo de gentiles era visto como un problema de salud pública, el AJCongress luchó contra la asimilación de los judíos. El AJCongress “se ha comprometido explícitamente a una visión pluralista que respeta los derechos de grupo y el carácter distintivo del grupo como una libertad fundamental del ciudadano” (Svonkin 1997, 81).

ACTIVIDADES POLÍTICAS JUDÍAS ANTI-RESTRICTIVAS 

La actividad antirestrictiva judía en los Estados Unidos hasta 1924

La participación judía en la alteración de la discusión intelectual sobre la raza y origen étnico parece haber tenido repercusiones a largo plazo en la política americana de inmigración, pero la participación política judía era en última instancia mucho más importante. Los judíos han sido “el único grupo de presión más persistente a favor de una política de inmigración liberal” en los Estados Unidos desde que el debate sobre inmigración inició en 1881 (Neuringer 1971, 392 a 393):

Al llevar a cabo su influencia en la política de inmigración, los voceros y organizaciones judías demostraron un grado de energía sin igual comparado con cualquier grupo de presión. La inmigración ha constituido un objetivo primordial de preocupación para casi todas las organizaciones de defensa judías y de relaciones comunitarias. Con los años, sus voceros habían asistido con asiduidad a las sesiones del Congreso, y el esfuerzo judío era de suma importancia en el establecimiento y financiación de grupos no sectarios como la Liga Nacional Liberal de Inmigración y el Comité Ciudadano para Personas Desplazadas.

Según relata Nathan C. Belth (1979, 173) en su historia sobre la ADL, “En el Congreso, a través de todos los años en que las batallas de inmigración se libraron, los nombres de los legisladores judíos estaban en la vanguardia de las fuerzas liberales: desde Adolfo Sabath, Samuel Dickstein y Emanuel Celler de la Cámara a Herbert H. Lehman y Jacob Javits del Senado. Cada uno en su tiempo fue un líder de la Liga Antidifamación y de las principales organizaciones relacionadas con el desarrollo democrático”. Los congresistas judíos que más se identifican con los esfuerzos antirestrictivos del Congreso también han sido líderes del grupo que más se identifica con el activismo político judío y de autodefensa étnica.

A lo largo de los casi cien años antes de lograr el éxito con la ley de inmigración de 1965, los grupos judíos oportunistas hicieron alianzas con otros grupos cuyos intereses temporalmente convergían con los suyos. (Por ejemplo, con otros grupos étnicos, religiosos, procomunistas, anticomunistas; alianzas con intereses políticos internacionales de varios presidentes, y la necesidad política de éstos de congraciarse con grupos de influencia en estados populosos a fin de ganar elecciones nacionales, etc.) Destaca el apoyo a una política liberal de inmigración en los intereses industriales que quieren mano de obra barata, al menos en el período anterior a 1924 cuando triunfó temporalmente el restriccionismo. Dentro de este conjunto en constante cambio de alianzas, las organizaciones judías persiguieron persistentemente sus objetivos de maximizar el número de inmigrantes judíos, así como la apertura de los Estados Unidos a la inmigración de todos los pueblos del mundo. Como se indica abajo, el registro histórico apoya la tesis de que el cambio de los Estados Unidos en una sociedad multicultural ha sido una meta importante para los judíos a partir del siglo XIX.

La victoria final judía sobre la inmigración es notable, ya que se libró en distintos escenarios frente a un conjunto potencialmente muy poderoso de oponentes. A partir de finales del siglo XIX, el liderazgo de los restriccionistas fue proporcionado por los patricios del Este, como el senador Henry Cabot Lodge. Sin embargo, la principal base política de restriccionismo de 1910 a 1952—además de los intereses de los sindicatos—fue “la gente común del Sur y el Oeste” (Higham 1984, 49) y sus representantes en el Congreso. Fundamentalmente, los enfrentamientos entre judíos y gentiles en el período comprendido entre 1900 y 1965 fueron un conflicto entre los judíos y los gentiles geográficamente centrados en ese grupo. “Los judíos, como resultado de su energía intelectual y recursos económicos, constituyen una vanguardia que no tenía ningún sentimiento sobre las tradiciones de la América rural” (Higham 1984, 168-169): un tema manifiesto en la discusión de los intelectuales de Nueva York en el capítulo 6 de este libro, y en el debate sobre la participación judía en el radicalismo político del Capítulo 3.

Aunque a menudo se preocupan de que la inmigración judía avivaría las llamas del antisemitismo en los Estados Unidos, los líderes judíos lucharon, en un largo y exitoso proceso, para retrasar las restricciones sobre la inmigración durante el período de 1891 a 1924: particularmente en lo que afecta la capacidad de los judíos a emigrar. Estos esfuerzos continuaron a pesar de que en 1905 hubo “una polaridad entre la opinión judía y la americana en general sobre la inmigración” (Neuringer 1971, 83). En particular, mientras que otros grupos religiosos como los católicos y grupos étnicos como los irlandeses se habían dividido y mantenían actitudes ambivalentes, estaban mal organizados para influir en la política de inmigración. Y mientras los sindicatos se opusieron a la inmigración en su intento de reducir la oferta de labor barata de trabajo, los grupos de judíos estaban comprometidos en un esfuerzo intenso y sostenido contra los intentos de restringir la inmigración.

Como lo señala Cohen (1972, 40ss), los esfuerzos de la AJCommittee en oposición a la restricción de la inmigración en el siglo XX constituyen un ejemplo notable de la capacidad de las organizaciones judías para influir en las políticas públicas. De todos los grupos afectados por la legislación de inmigración de 1907, los judíos eran los que menos ganarían en términos de números de inmigrantes. Aún así jugaron, con mucho, el papel más importante en la conformación de la legislación (Cohen 1972, 41). En el período posterior que conduce a la legislación restrictiva relativamente ineficaz de 1917, cuando los restriccionistas de nuevo montaron un esfuerzo en el Congreso, “sólo el segmento de judíos fue alertado” (Cohen 1972, 49).

Sin embargo, debido al temor del antisemitismo, se hicieron esfuerzos para evitar la percepción de la participación de los judíos en las campañas antirrestrictivas. En 1906 operadores políticos judíos antirrestriccionistas fueron instruidos para cabildear en el Congreso, sin mencionar su afiliación a la AJCommittee por “el peligro de que los judíos sean acusados de organizarse con fines políticos” (comentario de Herbert Friedenwald, secretario AJCommittee, citado en Goldstein 1990, 125). A partir de finales del siglo XIX, los argumentos antirrestrictivos desarrollados por los judíos se expresaban normalmente en términos de ideales humanitarios universalistas; como una parte de este esfuerzo de universalización. Gentiles de la vieja línea de las familias protestantes fueron reclutados para actuar como un escaparate de sus esfuerzos, y grupos judíos como el AJCommittee financiaron grupos pro inmigración compuestos por no judíos (Neuringer 1971, 92).

Como fue el caso en los esfuerzos posteriores a favor de la inmigración, gran parte de la acción ocurrió detrás de las cámaras con el fin de reducir al mínimo la percepción pública del papel de los judíos, y para no provocar la oposición (Cohen 1972, 41-42; Goldstein , 1990). Los políticos de la oposición, tales como Henry Cabot Lodge, y organizaciones como la Liga Restrictiva de Inmigración se mantuvieron bajo estrecha vigilancia y presionados por quienes hacían el cabildeo. Los grupos de presión en Washington también mantuvieron un indicador diario sobre las tendencias de votación, mientras los proyectos de ley de inmigración emprendían su camino a través del Congreso, y participaron en intensos esfuerzos para convencer a los presidentes Taft y Wilson en vetar la legislación restrictiva de la migración. Los prelados católicos fueron reclutados para protestar por los efectos de la legislación restrictiva en materia de inmigración de Italia y Hungría.

Cuando los argumentos restrictivos aparecieron en los medios de comunicación, el AJCommittee respondió hábilmente en base a datos eruditos, y por lo general se expresó en términos universalistas como si éstos beneficiaran a toda la sociedad. Artículos favorables a la inmigración fueron publicados en revistas nacionales, así como cartas al editor en periódicos. Se hicieron esfuerzos para minimizar las percepciones negativas de la inmigración mediante una distribución de los migrantes judíos en el país y al hacer que los extranjeros judíos quedaran fuera del apoyo público, aunque procedimientos judiciales se presentaron para evitar la deportación de tales extranjeros. Con el tiempo se organizaron reuniones de protesta de masas. Escribiendo en 1914, el sociólogo Edward A. Ross creía que la política de inmigración liberal era exclusivamente una cuestión judía. Ross cita al autor destacado y pionero sionista Israel Zangwill, quien articula la idea de que los Estados Unidos es un lugar ideal para lograr los intereses judíos.

Estados Unidos tiene un amplio espacio para los seis millones de la Zona [es decir, la “Zona de Residencia” u hogar de la mayoría de los judíos de Rusia]. Cualquiera de sus cincuenta estados podría absorberlos. Y conjuntamente con estar en un país propio, no podía haber mejor destino para ellos que estar juntos en una tierra de libertad civil y religiosa, cuyo cristianismo no forma parte de su Constitución, y cuyos votos prácticamente garantizarían el futuro contra la persecución. (Israel Zangwill, en Ross 1914, 144)

Los judíos por lo tanto, tienen un poderoso interés en la política de inmigración:

De ahí el empeño de los judíos de controlar la política de inmigración de los Estados Unidos. Aunque ellos no representan más de una séptima parte de nuestra inmigración neta, encabezaron la lucha por la propuesta de ley de la Comisión de Inmigración. El poder del millón de judíos en la metrópoli se alineó a la delegación del Congreso de Nueva York: todos sólidamente en oposición a las pruebas de alfabetización. La campaña sistemática en periódicos y revistas para derribar los argumentos a favor de la restricción y para calmar los temores nativistas es llevada a cabo cual contienda electoral. El dinero hebreo está detrás de la Liga Nacional Liberal de Inmigración y sus numerosas publicaciones. Desde los periódicos y publicaciones de la asociación científica al tratado pesado producido con la ayuda del Fondo Baron de Hirsch, la literatura que demuestra los beneficios de la inmigración a todas las clases en los Estados Unidos emana del sutil cerebro hebreo. (Ross 1914, 144-145)

Ross (1914, 150) también informó que las autoridades de inmigración habían “llegado a estar muy dolidas por el fuego incesante de acusaciones falsas a que se ven sometidos por la prensa judía y sus sociedades. Los senadores se quejan de que durante el cierre en la lucha por la ley de inmigración se vieron desbordados por un torrente de estadísticas torcidas y falsas representaciones de los hebreos, quienes luchaban contra la prueba de alfabetización.”

El punto de vista de Zangwill era bien conocido por los restriccionistas en los debates sobre la ley de inmigración de 1924 (ver abajo). En un discurso reproducido en The American Hebrew (19 de octubre de 1923, 582), Zangwill señaló: “Sólo hay un camino hacia la paz mundial, y es la abolición absoluta de pasaportes, visados, fronteras, aduanas y todos los demás dispositivos que hacen de la población de nuestro planeta una civilización no cooperativa, sino una sociedad de irritación mutua.” Su famosa obra, The Melting Pot (1908), la dedicó a Theodore Roosevelt y representa a los inmigrantes judíos como deseosos de asimilarse y de casarse entre sí mismos. El personaje principal describe a los Estados Unidos como un crisol en el que todas las razas, incluyendo la “negra y la amarilla” se funden.[156] Sin embargo, los puntos de vista de Zangwill sobre los matrimonios mixtos de judíos con gentiles fueron ambiguos en el mejor de los casos (Biale 1998, 22-24), y detestaba el proselitismo cristiano a judíos. Zangwill era un ardiente sionista y un admirador de la ortodoxia religiosa de su padre como un modelo para la preservación del judaísmo. Creía que los judíos eran una raza moralmente superior cuya moral había dado forma a la visión de las sociedades cristianas y musulmanas, y finalmente, al mundo; aunque el cristianismo se mantuvo moralmente inferior al judaísmo (ver Leftwich 1957, 162ff). Los judíos que conservan su pureza racial siguieron practicando su religión: “Siempre y cuando florece el judaísmo entre los judíos no hay necesidad de hablar de salvaguardar la raza o la nacionalidad: ambos se conservan automáticamente por la religión” (Leftwich en 1957, 161).

A pesar de los engañosos intentos en presentar al movimiento a favor de la inmigración como un movimiento de amplia base, los activistas judíos eran conscientes de la falta de entusiasmo de otros grupos.

Durante la lucha sobre la legislación restrictiva al final de la administración de Taft, Herbert Friedenwald, secretario del AJCommittee, escribió que era “muy difícil conseguir que cualquier persona, excepto los judíos, suscitaran esta lucha” (en Goldstein 1990, 203). El AJCommittee contribuyó en gran medida a la puesta en escena de mítines contra la lucha restrictiva en las principales ciudades de Estados Unidos, aunque permitió que otros grupos étnicos tomaran crédito por los eventos, y organizó grupos de no judíos para influenciar al presidente Taft en vetar la legislación restrictiva (Goldstein 1990, 216, 227). Durante el gobierno de Wilson, Louis Marshall afirmó: “Somos prácticamente los únicos que están luchando [contra la prueba de la alfabetización] mientras que una “gran proporción” [del pueblo] es “indiferente a lo que se está haciendo” (Goldstein en 1990, 249).

Las fuerzas de la restricción de la inmigración fueron un éxito temporal con las leyes de inmigración de 1921 y 1924, las cuales fueron aprobadas a pesar de la intensa oposición de grupos judíos. Divine (1957, 8) señala: “En contra de [las fuerzas restrictivas], en 1921 sólo estaban los portavoces de los migrantes del sudeste europeo, sobre todo los líderes judíos, cuyas protestas fueron ahogadas por el clamor general de restricción.” Del mismo modo, en 1924, durante las audiencias del Congreso sobre la inmigración “el grupo más prominente de los testigos en contra del proyecto fueron los representantes del sureste de inmigrantes europeos, especialmente los líderes judíos” (Divine 1957, 16).

La oposición judía a esta legislación fue motivada tanto por la percepción de que las leyes estaban motivados por el antisemitismo como la discriminación a favor de los europeos del noroeste, además de la preocupación de que reduciría la inmigración judía (Neuringer 1971, 164): una opinión que implícitamente se oponía al status quo étnico que favorecía a los europeos del noroeste.

La oposición al sesgo de la migración a favor de los europeos del noroeste fue una actitud característica de los judíos en los años siguientes, pero la oposición de las organizaciones judías a cualquier restricción migratoria basada en la raza o el origen étnico se remonta al siglo XIX.

En 1882 la prensa judía fue unánime en su condena de la Ley de Exclusión China (Neuringer 1971, 23), aunque este acto no tenía relación directa con la inmigración judía. En el siglo XX el AJCommittee a veces luchó activamente contra cualquier proyecto de ley que constriñera la migración a personas de raza blanca o no asiáticos, y sólo se abstuvo de oponerse activamente si consideramos que el apoyo del AJCommittee pondría en peligro la migración judía (Cohen 1972, 47, Goldstein 1990, 250). En 1920, la Conferencia Central de Rabinos de los Estados Americanos aprobó una resolución instando a que “la Nación… mantenga las puertas abiertas de nuestra querida República… a los oprimidos y afligidos de toda la humanidad, de conformidad con su papel histórico como un puerto de refugio para todos los hombres y las mujeres que prometen fidelidad a sus leyes” (The American Hebrew, 1 de octubre de 1920, 594). Esta misma revista, The American Hebrew (17 de febrero de 1922, 373), una publicación fundada en 1867 para representar a los judíos-alemanes de la época, reiteró su política de larga data que “siempre hemos defendido la admisión de migrantes de todas las clases, independientemente de su nacionalidad”, y en su testimonio en las audiencias de 1924 ante el Comité de Cámara de Inmigración y Naturalización, el AJCommittee de Louis Marshall declaró que el proyecto de ley se hizo eco de los sentimientos del Ku Klux Klan. Marshall lo caracterizó como inspirado en las teorías racistas de Houston Stewart Chamberlain.

Cuando la población de los Estados Unidos era de más de cien millones Marshall afirmó: “Tenemos cabida para diez veces más la población que tenemos”, y abogó por la admisión de todos los pueblos del mundo sin cuotas límite, con la excepción de los “mental, moral y físicamente no aptos: los enemigos del gobierno organizado, y propensos a convertirse en carga pública”.[157] Del mismo modo, el rabino Stephen S. Wise, en representación del AJCongress y una variedad de organizaciones judías, en las Audiencias de la Cámara habló del “derecho de todo hombre fuera de los Estados Unidos a ser considerado de manera justa, equitativa y sin discriminación”.[158]

Al prescribir que la inmigración se limitaría al tres por ciento de los nacidos en el extranjero según el censo de 1890, la ley de 1924 prescribía un status quo étnico aproximado al censo de 1920. El informe de mayoría en la Cámara hizo hincapié en que, antes de la legislación, la inmigración favoreció al este y al sur de Europa, y que este desequilibrio había sido continuado por la legislación de 1921, donde las cuotas se habían basado en el número de nacidos en el extranjero según el censo de 1910. La intención expresada es que los intereses de otros grupos para proseguir sus intereses étnicos mediante la ampliación de su porcentaje de la población había de equilibrarse con los intereses étnicos de la mayoría, reteniendo así su representación étnica dentro de la población.

La ley de 1921 dio un 46 por ciento a la cuota a la inmigración del sur y este de Europa a pesar de que estas áreas constituían sólo el 11.7 por ciento de la población de los EE.UU. según el censo de 1920.

La ley de 1924 prescribe que estas áreas tendrían un 15.3 por ciento de la cuota asignada: una cifra realmente superior a su representación actual en la población. “El uso del censo de 1890 no es discriminatorio. Se utiliza en un esfuerzo por preservar, en la medida de lo posible, el status quo racial de los Estados Unidos. Se espera que, para garantizar de la mejor manera posible la homogeneidad racial en los Estados Unidos en estas tardías fechas, el uso de un censo posterior discriminaría a los que fundaron la Nación y perpetúan sus instituciones” (Casa Rep. Nº 350, 1924, 16). Tres años más tarde, las cuotas se derivaron de un origen nacional basado en los datos del censo de 1920 para toda la población, no sólo para los nacidos en el extranjero. Sin duda, esta legislación representó una victoria para los pueblos del noroeste de Europa de los Estados Unidos. Sin embargo, no hubo ningún intento de revertir las tendencias en la composición étnica del país, sino que los esfuerzos eran destinados a preservar el status quo étnico.

Aunque motivados por un deseo de preservar el statu quo étnico, estas leyes también podrían haber sido motivadas en parte por el antisemitismo, ya que durante este período la política de inmigración liberal fue percibida principalmente como una cuestión judía (ver arriba). Esto ciertamente parece haber sido la percepción de los observadores judíos. El prominente escritor judío Maurice Samuel (1924, 217), por ejemplo, escribiendo en el período inmediatamente posterior a la ley de 1924, dijo que “es principalmente contra el judío por lo que las leyes antimigración se pasan aquí en Estados Unidos, como en Inglaterra y Alemania”, y tales percepciones continúan entre los historiadores de la época (por ejemplo, Hertzberg 1989, 239). Esta percepción no se limita a los judíos. En declaraciones ante el Senado, el senador antirestriccionista Reed de Missouri comentó: “Los ataques también han sido hechos al pueblo judío que han concurrido a nuestras costas. El espíritu de intolerancia ha sido especialmente activo en cuanto a ellos” (Rec. Cong., 19 de febrero de 1921, 3463). Durante la Segunda Guerra Mundial el Secretario de Guerra Henry L. Stimson dijo que era la oposición a la inmigración sin restricciones de judíos lo que resultó en la legislación restrictiva de 1924 (Breitman y Kraut 1987, 87). Por otra parte, el Informe del Comité de la Cámara sobre Inmigración (Cámara Rep. Nº 109, 6 de diciembre de 1920) declaró que “por mucho el mayor porcentaje de inmigrantes [son] los pueblos de origen judío” (pág. 4), y dio a entender que se esperaba que la mayoría de los nuevos inmigrantes eran judíos polacos. El informe “confirma la declaración publicada por un comisionado de la Sociedad de Acogida y Ayuda Hebrea de América hecho después de su investigación personal en Polonia, en el sentido de que ‘Si hubiera existido un barco que pudiera contener tres millones seres humanos, los tres millones judíos de Polonia se juntarían para escapar a los Estados Unidos'” (pág. 6).

El Informe de la Mayoría también incluye un informe de Wilbur S. Carr, jefe Servicio Consular de los Estados Unidos, quien declaró que los judíos polacos fueron “anormalmente distorsionados a causa de (a) la reacción a la tensión de guerra, (b) el impacto de los trastornos revolucionarios, (c) el embotamiento y embrutecimiento como resultado de los últimos años de opresión y abuso…, del 85 al 90 por ciento carece de una concepción de espíritu patriótico y nacional, y la mayoría de este porcentaje son incapaces de adquirirlo” (pág. 9 —ver Breitman y Kraut [1987, 12] sobre una discusión del antisemitismo de Carr). (En Inglaterra, muchos recientes migrantes judíos se negaron a ser reclutados para luchar contra el zar en la Primera Guerra Mundial, ver nota 14). El informe también destaca los informes consulares que advertían que “muchos simpatizantes bolcheviques se encuentran en Polonia” (pág. 11). Asimismo, en el Senado, el senador McKellar citó el informe que si hubiera un barco lo suficientemente grande, tres millones de polacos emigrarían. También afirmó que “el Comité Adjunto de Distribución, un comité norteamericano que ayuda a los hebreos en Polonia, distribuye más de un millón de dólares por mes en ese país, así como que cien millones de dólares al año es una estimación conservadora del dinero enviado a Polonia desde Estados Unidos a través del correo, los bancos y las sociedades de socorro. Este flujo de oro vertiendo en Polonia desde Estados Unidos hace a casi todos los polacos muy deseosos de ir al país de donde proviene esa maravillosa riqueza” (Rec. Cong., 19 de febrero de 1921, 3456).

Como un indicio más de la relevancia de los temas de migración judíopolacos, la carta de visados a extranjeros presentada por el Departamento de Estado en 1921 a Albert Johnson, presidente de la Comisión de Inmigración y Naturalización, dedicó más de cuatro veces más espacio a la situación en Polonia que a otro país. El informe hacía hincapié en las actividades de los judíos polacos del periódico Der Emigrant al promover la emigración a los Estados Unidos de éstos, así como las actividades de la Sociedad de Acogida y Ayuda Hebrea de América y a los ciudadanos americanos ricos que facilitaban la migración al ofrecer dinero y realizar los trámites. (Había, de hecho, una gran red de agentes judíos de Europa Oriental que, en violación de la ley americana, “hicieron todo lo posible para mejorar el negocio de atraer al mayor número posible de migrantes” [Nadell 1984, 56].) En el informe también se describen la condiciones de los inmigrantes potenciales en términos negativos: “En la actualidad es más que evidente que deben ser inferiores a la norma, y su estado normal es de una calidad muy baja. Seis años de guerra y confusión por el hambre y la peste han sacudido sus cuerpos y almas. Los ancianos se han deteriorado en grado notable. Los menores de edad han crecido a la edad adulta con todo el período perdido de su desarrollo adquiriendo ideas pervertidas que han inundado Europa desde 1914 [presumiblemente una referencia a las ideas políticas radicales que eran comunes en este grupo, véase más adelante]” (Cong. Rec., 20 de abril de 1921, 498).

El informe también señala que los artículos en la prensa de Varsovia habían informado que “la propaganda a favor de la inmigración sin restricciones” se está planificando, incluyendo las celebraciones en Nueva York cuyo objetivo es mostrar las contribuciones de los inmigrantes al desarrollo de los Estados Unidos. Los informes de Bélgica (cuyos migrantes procedían de Polonia y Checoslovaquia) y Rumania también destacaron la importancia de los judíos como posibles inmigrantes. En respuesta, el representante de Isaac Siegel dijo que el informe era “editado y manipulado por algunos funcionarios”; que no se mencionaban los países con mayor número de migrantes de Polonia (por ejemplo, el informe no menciona a Italia). Sin decirlo explícitamente (“le dejo a cada miembro de la Cámara hacer sus propias deducciones” [Cong. Rec., 20 de abril de 1921, 504 ]), la implicación era que el enfoque sobre Polonia era motivado por el antisemitismo. El informe mayoritario de la Cámara (firmado por 15 de sus 17 miembros con sólo los Representantes Dickstein y Sabath sin firmar) también hizo hincapié en el papel de los judíos en la definición de la batalla intelectual en términos de superioridad nórdica y “los ideales estadounidenses” en lugar de hacerlo en términos de un status quo étnico favorecido por el comité. El grito de la discriminación, sostuvo el comité, había sido construido por los representantes especiales de grupos raciales con la ayuda de extranjeros viviendo en el extranjero.

Los miembros del comité han tomado nota de un informe en Jewish Tribune (Nueva York) del 8 de febrero de 1924, sobre una cena de despedida al Sr. Israel Zangwill, que dice:

El señor Zangwill habló principalmente sobre la cuestión de la inmigración, declarando que si los judíos han persistido en una enérgica oposición a la inmigración restringida, no habría restricciones. “Si se crea suficiente alboroto en contra de este disparate nórdico”, dijo, “derrotarás esta legislación. Usted debe luchar contra este proyecto de ley, decirles que están destruyendo los ideales estadounidenses. La mayoría de las fortificaciones son de cartón, y si se presiona en contra de ellas, cederán”. El Comité no considera que la restricción tuvo como objetivo a los judíos, ya que la migración puede venir dentro de las cuotas de cualquier país en que nacieron. El Comité no ha insistido en la conveniencia de lo “nórdico” o cualquier otro tipo particular de inmigrantes, pero se ha mantenido firme en asegurar una restricción severa, con la cuota tan dividida que los países de donde más ha venido gente en los dos décadas después de la Guerra Mundial que podría retrasarse a fin de que los Estados Unidos recuperen su equilibrio de población. La continua acusación de que el Comité ha creado una raza “nórdica” y esforzado a tal fin es parte de un asalto deliberadamente fabricado, ya que el comité no ha hecho nada por el estilo. (Casa Rep. N º 350, 1924, 16)

De hecho, llama la atención en la lectura de los debates del Congreso de 1924 la rareza con la que se planteó la cuestión de la superioridad racial nórdica por los partidarios de la legislación, mientras que prácticamente todos los antirrestriccionistas hablaron de ello.[159] Después de un colorido comentario en oposición a la teoría de la superioridad racial nórdica, el líder de los restriccionistas, Albert Johnson, comentó: “Me gustaría mucho decir en nombre del comité que a través de los tiempos arduos de las audiencias, este comité se comprometió a no discutir la propuesta de los países nórdicos, o las cuestiones raciales” (Cong. Rec., 8 de abril de 1924, 5911). Anteriormente, durante las audiencias sobre el proyecto de ley, Johnson comentó en respuesta a los comentarios del rabino Stephen S. Wise en representación de la AJCongress, “No me gusta que constantemente supongan que hay un prejuicio de raza, cuando lo único que he tratado de hacer durante once años es estar libre de prejuicios raciales, si los tuviera en absoluto.”[160] Varios restriccionistas denunciaron explícitamente la teoría de la superioridad nórdica, incluyendo los senadores Bruce (pág. 5955) y Jones (pág. 6614) y representantes de Bacon (pág. 5902), Byrnes (pág. 5653), Johnson (pág. 5648), McLoed (págs. 5675-5676), McReynolds (pág. 5855), Michener (pág. 5909), Miller (pág. 5883 ), Newton (pág. 6240), Rosenbloom (pág. 5851), Vaile (pág. 5922), Vincent (pág. 6266), White (pág. 5898), y Wilson (pág. 5671; todas las referencias son de Cong. Rec., abril de 1924). De hecho, hay que destacar que existen indicios en el debate en el Congreso que los representantes del lejano oeste estaban preocupados por la competencia y la amenaza de la competencia presentado por los migrantes japoneses, y su retórica indica que consideraban que los japoneses eran racialmente iguales o superiores, no inferiores.

 

[Por cuestiones de trabajo en el mundo real, la traducción de este capítulo quedó trunca]

Published in: Uncategorized on August 13, 2011 at 4:58 am  Leave a Comment  
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Capítulo 8. Conclusión: ¿A dónde va el judaísmo y Occidente?

Tanto las razones como el escogido orden de capítulos–comenzando por el final–que me mueven a traducir la trilogía del profesor Kevin B. MacDonald aparecen en mi primera entrada.


Una conclusión de este libro es que los judíos han jugado un decisivo papel en desarrollar movimientos intelectuales y políticos muy influyentes para servir sus intereses en las sociedades occidentales contemporáneas. Pero estos movimientos son sólo una parte de la historia. El caso es que ha habido un crecimiento enorme del poder judío y su influencia en las sociedades occidentales en general, y en particular en Estados Unidos.

Ginsberg (1993) señala que el estatus económico judío y su influencia cultural han crecido dramáticamente en los Estados Unidos desde 1960. Shapiro (1992, 116) señala que los judíos están sobrerrepresentados al menos por un factor de nueve en los índices de riqueza, pero que este es un cálculo conservador en tanto que gran parte de la riqueza judía se encuentra en bienes raíces, la cual es difícil de determinar y fácil de esconder. Si bien constituyen aproximadamente el 2.4 por ciento de la población de Estados Unidos, los judíos representan la mitad del ciento más alto de ejecutivos en Wall Street, y como el 40 por ciento de las admisiones a las universidades de la Ivy League. Lipset y Raab (1995) señalan que los judíos contribuyen entre un cuarto y un tercio de los montos en todas las contribuciones políticas en los Estados Unidos, incluyendo la mitad de las contribuciones al Partido Demócrata y una cuarta parte al Republicano.

El mensaje general del libro de Goldberg (1996) Jewish Power: Inside the American Jewish Establishment es que el judaísmo americano está bien organizado y magníficamente financiado. Ha logrado mucho poder, y ha sido exitoso en cumplir sus intereses. Existe un sólido consenso en rubros específicos, especialmente sobre Israel y en la asistencia social de judíos del extranjero, inmigración y políticas hacia los refugiados, separación estado-iglesia, derecho al aborto, y libertades civiles (pág. 5). De hecho, y a pesar de muchas discrepancias, el consenso sobre estos rubros entre las organizaciones de activistas judíos y los movimientos intelectuales judíos reseñados aquí es sorprendente. Cambios masivos en la política pública sobre estos rubros, comenzando con la contrarrevolución cultural de los años sesenta coincide con el período en que el poder e influencia judía en los Estados Unidos incrementaron.

Desde los años cincuenta estudios empíricos de la jerarquía étnica en Estados Unidos han rastreado cambios en los recursos económicos de los grupos étnicos (p. ej., Alba & Moore 1982; Lerner, Nagai & Rothman 1996). Estos estudios frecuentemente han enfatizado la sobrerrepresentación de blancos protestantes en las jerarquías corporativas y en lo militar, pero han fallado en tomar en consideración las diferencias grupales. Salter (1998b) provee una evaluación basada en la influencia judía relativa a afroamericanos y euroamericanos gentiles en base al modelo de Blalock (1967, 1989) de poder grupal como una función de recursos multiplicado por la movilización. Resulta que los judíos están mucho más movilizados que las otras dos poblaciones étnicas (aunque uno duda en denominar como “grupo” a los euroamericanos gentiles).

Por ejemplo, mientras que las organizaciones específicamente étnicas dedicadas a los intereses de euroamericanos gentiles son esencialmente grupos políticos marginales, Salter señala que el Comité Público de Asuntos Americanos-Israelíes [AIPAC por sus siglas en inglés] estuvo ranquedo en segundo lugar de los 120 grupos de presión más poderosos según el cálculo de los miembros del Congreso y quienes profesionalmente hacen cabildeo, sin que otra organización étnica estuviera ranqueada en las primeras 25. Lo que es más, AIPAC es uno de los pocos grupos de presión que se sustenta fuertemente en contribuciones de campañas para ganar aliados. Como se indicó anteriormente, los judíos contribuyen entre un tercio y la mitad de todo el dinero de campañas en las elecciones federales, las donaciones motivadas por “Israel y la más amplia agenda judía” (Goldberg 1996, 275). Por lo mismo, los judíos están sobrerrepresentados en las contribuciones de campañas por un factor de cuando menos 13 respecto a su porcentaje en la población, y están sobrerrepresentados por un factor de aproximadamente 6.5 si ajustamos la cifra por sus ingresos, en general más altos.

Las donaciones internacionales judías son aún mayores. Por ejemplo, en los años veinte, antes de la explosión que devino después de la Segunda Guerra Mundial de judíos donando a Israel, los judíos americanos podrían llegar a dar 24 veces más per capita en ayuda a los judíos fuera del país que lo que hacían los irlandeses americanos para ayudar a Irlanda en su lucha de independencia de la Gran Bretaña. Y eso que este fue el período en que la filantropía étnica de los irlandeses llegaba a su cumbre (Carroll 1978).

La disparidad ha llegado a ser mucho mayor desde la Segunda Guerra Mundial. Salter ha adoptado un cálculo preliminar conservador sobre la movilización étnica judía como cuatro veces la de los gentiles, en base a comparaciones per capita de donaciones a causas étnicas no religiosas. En la ecuación de Blalock, la influencia es afectada no sólo por la movilización sino también por los recursos del grupo. Salter calcula que el control judío es aproximadamente el 26 por ciento de los “recursos cibernéticos” de los Estados Unidos, es decir, los recursos medidos por su representación en áreas claves como el gobierno, los medios de comunicación, las finanzas, las universidades, las corporaciones y la industria del entretenimiento.

Este nivel promedio de control de recursos sociales se refleja tanto en áreas de alta representación judía (> 40 por ciento) como los medios, las altas finanzas, los abogados, la elite intelectual y la industria del entretenimiento), como en áreas de baja representación judía (≤ 10 por ciento), como la elite corporativa, los líderes militares y religiosos y los legisladores. El cálculo genérico es comparable al realizado por Lerner y otros (1996, 20), quienes se basaron en información recopilada en los años setenta y ochenta. Lerner y otros llegaron al cálculo de un 23 por ciento de toda la representación judía en las elites americanas. Los resultados son paralelos también a los niveles de sobrerrepresentación judía en otras sociedades, como en la Alemania de inicios del siglo XX, donde los judíos constituían aproximadamente el uno por ciento de la población y controlaban como el 20 por ciento de la economía (Mosse 1987, 1989), además de su influencia en los medios y en la producción de la cultura (Deak 1968, 28; Laqueur 1974, 73).

La sustitución de los valores de estos recursos y la movilización en la ecuación de Blalock conduce a un cálculo de influencia judía sobre políticas étnicas—inmigración, políticas raciales, política exterior—aproximadamente de 3 a 1 respecto a la influencia de los euroamericanos gentiles. Los resultados son altamente robustos en cuanto al peso e importancia de las diferentes fuentes. Sólo una evaluación “neomarxista extremista” de las fuentes (es decir, una que sólo tome en cuenta la elite corporativa, la rama legislativa del gobierno, la elite militar y los ingresos grupales en total) colocaría a la influencia judía a la par de la gentil en euroamericanos.

Como se señaló anteriormente, existe un amplio consenso judío sobre Israel y la asistencia social de la judería extranjera; inmigración y política de refugiados; separación estado-iglesia, derecho al aborto y libertades civiles. Esto significa que la influencia judía y los intereses judíos dominan estas cuestiones: algo muy compatible con lo que dijimos sobre la influencia judía en la política migratoria en el capítulo 7, así como el hecho de que todas estas áreas hayan repercutido enormemente en la política pública de acuerdo con los intereses judíos. Esto también coincide con el surgimiento de la influencia judía en los Estados Unidos. Salter calcula que la movilización judía podría conceptualizarse como varias veces mayor que la de euroamericanos gentiles, como se ilustra en la historia del papel judío en la política migratoria.

Todas las organizaciones de judíos estuvieron intensamente involucradas en la batalla sobre la restricción de la inmigración por un período que duró todo un siglo, a pesar de lo que, originalmente, les debió haber parecido estruendosos fracasos. Tal esfuerzo continúa en nuestra época. Como dijimos en el capítulo 7, la oposición a la inmigración masiva de todos los principales grupos raciales y étnicos europeos, así como la relativa apatía de otros grupos—incluso los italo- y polaco-americanos que pudieran haber apoyado la migración de su gente—fueron características prominentes en la historia de la política migratoria.

Sin duda, este “surgimiento de los judíos”, por usar la frase de Albert Lindemann (1997), ha tenido importantes efectos en las sociedades occidentales contemporáneas. Un tema central del capítulo anterior es que un alto nivel de inmigración a Occidente va de la mano con el interés judío en desarrollar sociedades no homogéneas; sociedades cultural y étnicamente plurales. Es de interés considerar las posibles consecuencias de semejante política a largo plazo. En años recientes ha habido, cada vez más, un mayor rechazo entre los intelectuales y los activistas de minorías étnicas a la idea de una sociedad basada en un “crisol de razas” en base a la asimilación de grupos étnicos (véase, por ejemplo, Schlesinger 1992).

Las diferencias culturales y étnicas son enfatizadas en estos escritos, y la asimilación y la homogenización étnicas son vistas en términos negativos. El tono de estos escritos es reminiscente de las posturas de los intelectuales judíos de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, quienes rechazaban los efectos asimilacionistas del judaísmo reformado a favor del sionismo, o de un retorno a formas culturales más extremas de separatismo, como el judaísmo conservador u ortodoxo.

El movimiento hacia el separatismo étnico es de considerable interés desde el punto de vista evolutivo. Tanto la competencia entre grupos como monitorear a los grupos externos ha sido una característica de las interacciones judío-gentiles no sólo en Occidente sino en las sociedades musulmanas, y hay demasiados casos en otras partes del mundo de competencia y conflicto entre grupos como para mencionarlos. Históricamente, el separatismo étnico visto desde la perspectiva de la historia del judaísmo ha sido una fuerza divisoria dentro de las sociedades. En varias ocasiones ha desatado enormes odios y desconfianza dentro de la sociedad: guerras étnicas, expulsiones, pogromos e intentos de genocidio. Lo que es más, hay poca razón para suponer que el futuro será diferente. En nuestros tiempos hay conflictos étnicos en todo continente, y es claro que el establecimiento de Israel no ha terminado el conflicto étnico de los judíos que regresan de la diáspora.

Por cierto, mi crítica sobre las investigaciones del contacto entre grupos más o menos impermeables en sociedades históricas fuertemente sugiere una regla general: que la competencia y el monitoreo entre grupos internos y externos es la norma. Estos resultados son altamente consistentes con la investigación psicológica de los procesos sobre la identidad social estudiados en SAID (cap. 1).

Desde una perspectiva evolucionista, estos resultados confirman la expectativa de que el propio interés étnico es ciertamente importante en los asuntos humanos y que, naturalmente, lo étnico es una fuente común de identidad grupal en el mundo contemporáneo. La gente parece estar consciente de la membresía grupal y tiene una tendencia general a devaluar y competir con grupos ajenos. Los individuos están, a la vez, bien conscientes de su relativa estancia grupal en términos de control de recursos y éxito reproductivo. También están dispuestos a tomar medidas extraordinarias para lograr y retener poder económico y político en defensa de estos imperativos del grupo.

Dada la suposición del separatismo étnico es instructivo pensar sobre circunstancias que, desde la perspectiva evolucionista, minimizan conflictos entre grupos. Teóricos del pluralismo cultural como Horace Kallen (1924) imaginan un mundo donde los diferentes grupos étnicos mantienen su identidad distintiva en un contexto de entera igualdad política y oportunidad económica. Desde una perspectiva evolucionista (o incluso desde el sentido común), la dificultad con este escenario es que no se explica qué resultaría de la competencia por los recursos y del éxito reproductivo en la sociedad. Por cierto, los resultados de los conflictos étnicos eran aparentes en tiempos de Kallen, aunque “Kallen apartó la mirada del conflicto que giraba a su alrededor, a fin de idear un ideal donde la diversidad y la armonía coexistieran” (Higham 1984, 209).

En las mejores circunstancias uno podría imaginar que grupos étnicos separados se involucrarían en una absoluta reciprocidad uno con el otro, de manera que no habría diferencias en términos de explotación económica de un grupo sobre el otro.

Lo que es más, no habría diferencias o ninguna medida de éxito en la sociedad, incluyendo membresía a clases sociales, roles económicos (p. ej., productor versus consumidor; acreedor versus deudor; jefe versus obrero) o fertilidad entre los grupos étnicos separados. Todos los grupos tendrían aproximadamente los mismos números e igual poder político; o si hubiera suficientes números, existirían suministros para asegurar que las minorías retendrían la misma proporción equitativa en términos de los marcadores sociales y del éxito reproductivo. Tales condiciones minimizarían la hostilidad entre los grupos porque atribuir el propio estatus a las acciones de otros grupos sería difícil.

Dada la existencia del separatismo étnico, sin embargo, es interés de cada grupo promover sus intereses a costa de otros. Si todo fuera igual, un grupo étnico dado estaría mejor si asegurara de que los otros tuvieran menos recursos, un estatus social más bajo, una tasa de fertilidad menor y proporcionalmente menos poder político que el propio. El hipotético estado de igualdad implica, por lo tanto, relaciones de poder establecidas en donde cada lado estuviera constantemente verificando si el otro está o no engañando; cada lado constantemente buscaría maneras de, en la medida de lo posible, tomar ventaja; cada lado estaría dispuesto a negociar sólo por temor a las represalias, o a cooperar sólo si se le fuerza a hacerlo (por ejemplo, bajo la presencia de una amenaza externa). Claramente, no podría esperarse cooperación alguna que involucrara un verdadero altruismo hacia el otro grupo.

Así, la situación ideal de absoluta igualdad en el control de recursos y en el éxito reproductivo requeriría ciertamente de una gran cantidad de vigilancia, e indudablemente estaría caracterizado por una gran cantidad de sospechas mutuas.

En el mundo real, sin embargo, incluso esta triste idea sería altamente improbable de llevar a cabo. Los grupos étnicos difieren en talentos y habilidades; difieren en números, fertilidad y en cuanto a cómo alientan a los padres a prácticas conducentes a adquisición de recursos; también difieren en los recursos mantenidos en un momento dado, así como en el poder político. La igualdad, o la igualdad proporcional, sería extremadamente difícil de obtener o mantener después de que se hubiera logrado sin extraordinarios niveles de supervisión, y sin extremadamente intensos controles sociales para cumplir las cuotas étnicas en la acumulación de riqueza, admisión a las universidades, acceso a empleos de alto estatus, etcétera.

Debido a que los grupos étnicos tienen diferentes talentos y habilidades y diversas formas de puericultura, los variables criterios para obtener y mantener un empleo requerirían de que éste dependiera de la membresía a un grupo en particular. Lo que es más, obtener paridad entre judíos y otros grupos étnicos entrañaría altos niveles de discriminación en contra de judíos individuales, sea en universidades o en acceso a empleos, e incluso conllevaría a cobrar altos impuestos a los judíos para contrarrestar sus riquezas, en tanto que los judíos se encuentran ampliamente sobrerrepresentados entre los ricos y los exitosos en Estados Unidos.

Ese sería el caso si los judíos fueran distinguidos como un grupo étnico separado de los gentiles americanos. Por cierto, la evolución final de muchos intelectuales neoyorquinos desde su etapa estalinista ha sido metamorfosearse en neoconservadores: quienes han sido elocuentes oponentes a la acción afirmativa y a los mecanismos de cuotas para la distribución de recursos. (Sachar [1992, 818ss] menciona que Daniel Bell, Sidney Hook,Irving Howe, Irving Kristol, Nathan Glazer, Charles Krauthammer, Norman Podhoretz y Earl Raab se opusieron a la acción afirmativa.) Las organizaciones judías incluyendo a la ADL, el Comité AJC y el Congreso AJC [por sus siglas en inglés] han llegado a posiciones similares (Sachar 1992, 818ss).

En el mundo real, por lo tanto, esfuerzos extraordinarios tendrían que tomarse para lograr ese estado de equilibrio étnico estable entre poderes y recursos. Es interesante que la ideología de la coexistencia judeo-gentil haya incluido a veces la idea de que los diversos grupos étnicos desarrollen un similar perfil ocupacional y que, implícitamente, controlen recursos en proporción a sus números. En la Francia medieval, por ejemplo, los decretos de Luis IX de 1254 prohibieron a los judíos involucrarse en préstamos e intereses y se les alentó a vivir de labor manual o comercio (véase Richard 1992, 162). El sueño asimilacionista alemán del siglo XIX era que el perfil ocupacional de los judíos después de la emancipación reflejaría el de los gentiles: una “expectativa utópica compartida tanto por muchos judíos como no judíos” (Katz 1986, 67). Se hicieron esfuerzos para que disminuyera el porcentaje de judíos involucrados en el comercio y se incrementase en la agricultura y artesanía. Sin embargo, el resultado de la emancipación fue que los judíos quedaron ampliamente sobrerrepresentados entre la elite económica y cultural, y esa sobrerrepresentación fue una característica crítica en el antisemitismo de 1870 a 1933 (véase SAID, cap. 5).

Similarmente, en los años veinte, cuando los Estados Unidos intentaban enfrentarse a la competencia judía en las prestigiosas universidades privadas, se propusieron planes en que cada grupo étnico recibiera un porcentaje de asignaciones y registros en Harvard que reflejaran el porcentaje de los grupos raciales y nacionales del país (Sachar 1992, 329). Políticas similares—generalmente denunciadas por las organizaciones judías—se desarrollaron en el mismo período a lo largo de Europa Central (Hagen 1996). Tales políticas ciertamente reflejan la importancia de la etnicidad en los asuntos humanos, aunque  los niveles de tensión social tendieran a ser crónicamente altos.

Lo que es más, existen grandes posibilidades de guerras raciales incluso cuando la paridad se ha logrado a través de intensos controles sociales. Como se señaló arriba, siempre está en los intereses de un grupo étnico obtener hegemonía sobre otros. Si uno adopta el modelo del pluralismo cultural con todo y su libre competencia por los recursos y éxito reproductivo, las diferencias entre estos grupos es inevitable, y desde la perspectiva evolucionista existe una fuerte predilección a que tales diferencias resulten en animosidad entre los grupos perdedores.

Después de la emancipación judía se dio una poderosa tendencia hacia la movilidad ascendente de los judíos en Occidente, incluyendo una gran sobrerrepresentación en las profesiones así como en los negocios, la política y la cultura.

Concomitantemente hubo brotes de antisemitismo que se originaron entre los grupos que se sintieron dejados atrás en la competencia por los recursos, o que sintieron que la cultura así creada no satisfacía sus intereses. Si la historia del judaísmo nos dice algo, es que la autoimpuesta separación étnica tiende a la competencia de recursos en base a la membresía del grupo, y a los consecuentes odios, expulsiones y persecuciones. Suponiendo que las diferencias étnicas en talentos y habilidades existan, la suposición de que el separatismo étnico podría volverse estable sin animosidad requiere de un equilibrio del poder mantenido con intensos controles sociales, tal como se describe arriba, a menos que a algunos grupos no les importe que están perdiendo la competencia.

Considero esta última posibilidad como improbable a largo plazo. Que a un grupo étnico no le importara su propio eclipse y dominio es algo que ciertamente un evolucionista no espera, así como tampoco lo espera quien aboga por la justicia social, sea cual sea su ideología.

Sin embargo, este es, de hecho, la moralidad implícita en la crítica de varios historiadores sobre la conducta de los españoles hacia los judíos y los marranos en tiempos de la Inquisición y la expulsión de ambos; por ejemplo, en los escritos de Benzion Netanyahu (1995), quien a veces parece abiertamente despreciativo de la inhabilidad española de competir con los nuevos cristianos sin recurrir a violencias inquisitoriales. Desde esta perspectiva, los españoles debieron haber aceptado tanto su inferioridad como ser dominados económica, social y políticamente por otro grupo étnico. Es difícil que semejante “moralidad” apele al grupo que está perdiendo la competencia, cosa que no nos sorprende desde una perspectiva evolucionista. Goldwin Smith (1894/1972, 261) dijo algo similar hace un siglo:

Una comunidad tiene derecho a defender su territorio y su integridad nacional en contra del invasor, sea su arma la espada o la ejecución. En los territorios de las repúblicas italianas, los judíos, hasta donde podemos ver, compraron las tierras y se dedicaron a granjear como quisieron. Pero antes se habían dedicado del todo al comercio. Durante la caída del imperio eran los mayores traficantes de esclavos, comprando cautivos a los invasores bárbaros y probablemente actuando, al mismo tiempo, como lo hacen los corredores de bolsa con los despojos. Entraron a Inglaterra en el tren del conquistador normando. Indudablemente, hubo una lucha perpetua entre sus oficios y la fuerza bruta de las poblaciones feudales. Pero ¿qué moral prerrogativa tienen los oficios sobre la fuerza?

Arnold White les dice a los rusos que, si dejaran que la inteligencia judía tuviera rienda suelta, pronto cubrirían todos los altos puestos de poder en exclusión a los nativos, que ahora los tienen. Los filósofos les piden a los rusos que se acaten y que incluso se regocijen de tal situación: filósofos a quienes probablemente no les entusiasmaría la copa si se la encomendaran a sus labios.

La ley de la evolución, se dice, prescribe la sobrevivencia del más fuerte, a lo que el rústico ruso puede responder que si su fuerza le gana a la inteligencia del judío, entonces el mejor adaptado sobrevivirá y la ley quedará cumplida. Fue la fuerza más que la inteligencia lo que, en el campo Zama, decidió que fuera el latino, no el semita, quien gobernara el mundo antiguo y moldeara el mundo moderno.

Irónicamente, muchos intelectuales que rechazaron en su totalidad el pensamiento evolucionista, así como cualquier imputación de que el interés genético pudiera ser importante en los asuntos humanos, también favorecieron políticas que son, a fin de cuentas, etnocéntricas. Condenaron los intereses etnocéntricos de otros grupos: especialmente los que indicaban que la gente derivada de Europa en los Estados Unidos desarrollaba una estrategia grupal cohesiva, así como altos niveles de etnocentrismo como reacción a los intereses de otros grupos. La ideología del separatismo étnico del grupo minoritario y la legitimación implícita de la competencia de grupos por los recursos, así como la idea más moderna de que la membresía al grupo étnico debe ser un criterio de adquisición de recursos, debe verse como lo que es: anteproyectos de estrategias evolutivas de grupo. La historia de los judíos ha de verse, pues, como un comentario más bien trágico del resultado de tales estrategias de grupo.

La importancia de la competencia en base a grupos no puede exagerarse. Creo que es altamente improbable que las sociedades occidentales basadas en el individualismo y en la democracia puedan sobrevivir mucho al sistema que legitimiza la competencia entre grupos impermeables donde la membresía grupal se determina por la etnia. La discusión en SAID (capítulos 3-5) sugiere fuertemente que, en última instancia, las estrategias de grupo son confrontadas por estrategias de otro grupo, y que las sociedades se organizan alrededor de grupos cohesivos y mutuamente excluyentes. Lo que es más, el reciente movimiento multicultural puede verse como una tendencia a un sistema cuya forma es profundamente no occidental: una organización que ha sido mucho más típica de las sociedades segmentarias del Medio Oriente, centradas alrededor de homogéneos grupos separados. Sin embargo, a diferencia del ideal multicultural, en estas sociedades existen pronunciadas relaciones de dominio y subordinación.

Mientras que la democracia aparece ser bastante extraña a tales sociedades segmentarias, las sociedades occidentales, tan distintas entre las sociedades estratificadas del mundo, han desarrollado instituciones políticas republicanas e individualismo democrático. Lo que es más, ejemplos mayúsculos de colectivismo occidental como el Nacional Socialismo alemán y el catolicismo ibérico durante el período de la Inquisición, han sido caracterizados por el antisemitismo intenso.

Existe pues la posibilidad significativa de que es improbable que las sociedades individualistas sobrevivan la competencia intragrupal, la cual ha llegado a ser cada vez más común e intelectualmente respetable en los Estados Unidos. Creo que en este país nos conducimos a una vereda volátil: una vereda que conduce a la guerra étnica y al desarrollo de enclaves colectivistas, autoritarios y racialistas. Aunque las creencias y la conducta etnocéntrica se ven como moral e intelectualmente legítimas sólo en las minorías étnicas de Estados Unidos, la teoría presentada en SAID indica que el desarrollo de un mayor etnocentrismo entre la gente derivada de Europa puede ser el resultado de las tendencias presentes.

Una manera de analizar a la Escuela de Frankfurt y al sicoanálisis es que han intentado con cierto éxito erigir, en la terminología de Paul Gottfried (1998) y Christopher Lasch (1991), un “estado terapéutico” que patologiza al etnocentrismo de la gente derivada de Europa, así como sus intentos de retener dominio cultural y demográfico. Sin embargo, el etnocentrismo de parte de quienes derivan de Europa, que son mayoría en los Estados Unidos, es un producto entendible del escenario social y político cada vez más estructurado en cuanto a grupo. Esto se debe precisamente a que los mecanismos psicológicos desarrollados en los humanos parecen funcionar al hacer que la membresía a grupos internos y externos sea más saliente en situaciones de la competencia de recursos (véase SAID, cap. 1).

El esfuerzo por superar estas inclinaciones, por lo tanto, requiere la aplicación, en las sociedades occidentales, de una masiva intervención “terapéutica” en la que las manifestaciones de etnocentrismo mayoritario se combatan en varios niveles, pero sobre todo mediante la promoción de la ideología de que esas manifestaciones son una indicación de sicopatología y un motivo de ostracismo, vergüenza e intervención siquiátrica y terapéutica. Uno puede esperar que como los conflictos étnicos seguirán aumentando en los Estados Unidos, se harán cada vez intentos más desesperados para apoyar a la ideología multiculturalista con sofisticadas teorías sobre la sicopatología del grupo etnocéntrico mayoritario, así como recurriendo a controles policíacos sobre el pensamiento y conductas disidentes.

Supongo que una razón importante de que algunos grupos no judíos y étnicos adopten el multiculturalismo es que no son capaces de competir con éxito en un ámbito tanto económico como culturalmente individualista. Como resultado, el multiculturalismo rápidamente se ha identificado con la idea de que cada grupo debiera recibir una medida proporcional del éxito económico y cultural. Como se indicó anteriormente, la situación resultante puede oponerse a los intereses judíos. Debido a su alta inteligencia y capacidad de adquisición de recursos, los judíos no se benefician de las políticas de discriminación positiva y otros privilegios defendidos por los grupos minoritarios con baja condición social.

Los judíos por lo tanto entran en conflicto con otros grupos étnicos minoritarios que utilizan el multiculturalismo para sus propósitos. (Sin embargo, debido a su ventaja competitiva con la gente blanca derivada de Europa–grupo en el cual actualmente se les clasifica–, los judíos pueden percibirse a sí mismos como beneficiarios de las políticas diseñadas para diluir el poder del grupo de origen europeo en el supuesto de que no sufrirán ningún efecto apreciable. De hecho, a pesar de la oposición oficial a las preferencias de un grupo basado en las organizaciones judías, los judíos votaron en las urnas a favor de una medida anti-discriminación positiva en California en porcentajes mucho menores que lo hicieron otros grupos de origen europeo.)

Aunque la ideología multiculturalista fue inventada por los intelectuales judíos para racionalizar la continuación del separatismo y del etnocentrismo del grupo minoritario en el estado moderno occidental, varias instancias recientes del multiculturalismo pueden llegar a producir un monstruo con consecuencias negativas para el judaísmo. Irving Louis Horowitz (1993, 89) toma nota de la aparición del antisemitismo en el ámbito académico de la sociología ya que estos departamentos cada vez más los componen individuos que están comprometidos con las agendas políticas y étnicas, y que ven el dominio judío en sociología en términos negativos. Hay una fuerte corriente antisemita que emana de algunos ideólogos multiculturalistas, especialmente de ideólogos afrocéntricos (Alexander, 1992, y Cohen 1998, 45), quienes encuentran que “el multiculturalismo es a menudo identificado en la actualidad con un segmento de la izquierda que tiene, por decirlo claramente, un problema judío”.

Recientemente, la Nación del Islam, liderada por Louis Farrakhan, ha adoptado una abierta retórica antisemita. El afrocentrismo se asocia a menudo con las ideologías racistas, tales como los de Molefi Asante (1987), en donde la etnicidad es vista como la base moral de la propia identidad y la autoestima, en la que existe un nexo entre la etnicidad y la cultura. Los ideales occidentales de objetividad, universalismo, individualismo, racionalidad y el método científico son rechazados por su origen étnico. Asante acepta una ingenua teoría racista en que los africanos, “las personas el sol”, son vistos como superiores a los europeos, “la gente de hielo”.

Estos movimientos reflejan ideologías judías similares que racionalizan una fuerte preocupación por la etnia judía e intentan producir sentimientos de superioridad étnica dentro del grupo. Estas ideologías han sido comunes a lo largo de la historia intelectual judía, y las más permanentes se incorporan a la idea del pueblo elegido y al concepto de la “luz de las naciones”. SAID (cap. 7) reseña evidencia que indica que los historiadores e intelectuales judíos, comenzando en el mundo antiguo, han tratado de mostrar que las influencias culturales gentiles han tenido antecedentes judíos o incluso que varios filósofos gentiles y artistas fueron en realidad judíos. Esta tradición se ha llevado a cabo recientemente por dos judíos sefarditas, Martin Bernal (1987) en Black Athena y José Faur (1992) en In the Shadow of History: Jews and Conversos at the Dawn of Modernity.

De hecho, puede haber una tendencia general desde la Ilustración en la que intelectuales judíos han estado en la vanguardia de los movimientos políticos seculares, tales como el movimiento de la diversidad cultural y el pluralismo, cuya intención es servir a los intereses judíos así como atraer a los segmentos gentiles de la población. Asimismo, es visible una tendencia que hace que con el tiempo estos movimientos se fraccionen, resultando en antisemitismo dentro del segmento de la misma población gentil a la que la ideología pretendía seducir, y entonces los judíos abandonan estos movimientos y tratan de defender sus intereses por otros medios.

Así, como se ha señalado, los judíos han desempeñado un papel destacado en la políticos de izquierda en este siglo.

También hemos visto que, como resultado del antisemitismo entre los gentiles de izquierda en los gobiernos comunistas, con el tiempo los judíos abandonaron la izquierda o desarrollaron su propia marca de izquierdismo en la que el universalismo era compatible con la primacía e identidad judía, y sus intereses. Gore Vidal (1986) es un destacado ejemplo de un intelectual de izquierda gentil que ha sido muy crítico del papel de los judíos neoconservadores al facilitar la acumulación militar de EE.UU. en la década de los ochenta, y el aliarse con las fuerzas políticas conservadoras para ayudar a Israel: cargos interpretados como antisemitas debido a la implicación de que los judíos americanos ponen los intereses de Israel por encima de los intereses estadounidenses (Podhoretz, 1986). Vidal también sugiere que el neoconservadurismo es motivado por el deseo de los judíos de una alianza con las élites gentiles como defensa frente a posibles movimientos antisemitas en tiempos de crisis económica.

De hecho, el miedo al antisemitismo de la izquierda ha sido el principal impulso para la fundación del movimiento neoconservador (ver Gottfried 1993, 80): el punto de descanso final de muchos de los intelectuales de Nueva York, cuya evolución intelectual y política se discutió en el capítulo 6. Como señaló Gottfried, el efecto acumulativo del neoconservadurismo y su actual hegemonía sobre el movimiento político conservador en los Estados Unidos—logrado en parte por su gran influencia en los medios de comunicación y en las fundaciones—ha sido cambiar el movimiento conservador hacia el centro y, en efecto, definir los límites de la legitimidad conservadora. Es evidente que estos límites de legitimidad conservadora se definen por si entran en conflicto con los intereses específicamente judíos en una política de inmigración mínimamente restrictiva; el apoyo a Israel, una democracia global, la oposición a las cuotas y a la discriminación positiva, y así sucesivamente.

Sin embargo, como se indica en el libro de William F. Buckley (1992) In Search of Anti-Semitism [En busca del antisemitismo], la alianza entre paleoconservadores gentiles y judíos neoconservadores en Estados Unidos es frágil, con varias acusaciones de antisemitismo hacia los paleoconservadores. Gran parte de la dificultad deriva de la tensión entre las tendencias nacionalistas de un segmento importante del conservadurismo americano (según al menos algunos conservadores gentiles), de que el neoconservadurismo judío es esencialmente un dispositivo para la consecución de los estrechos intereses sectarios judíos, particularmente respecto a Israel, la separación iglesia-estado y la discriminación positiva. Por otra parte, el compromiso de los neoconservadores en muchos aspectos de la agenda social conservadora es, a lo más, tibia (Gottfried, 1993). Lo más relevante es que los neoconservadores buscan lo que esencialmente es una agenda étnica en materia de inmigración, mientras que se oponen a los intereses etnocéntricos de la paleoconservadores en cuanto a retener su hegemonía étnica.

La agenda étnica del neoconservadurismo también puede verse en la promoción de la idea de que Estados Unidos debería seguir una política exterior altamente intervencionista destinada a la democracia global y a los intereses de Israel, en lugar de apuntar a los intereses nacionales específicos de los Estados Unidos (Gottfried 1993 ). El neoconservadurismo también ha conllevado a una influencia judía en el movimiento conservador estadounidense al contrarrestar la fuerte tendencia judía de apoyar a candidatos políticos liberales y de izquierda. Los intereses étnicos judíos se cumplen mejor al influir, en los dos grandes partidos, el consenso sobre temas judíos, y, como se indicó anteriormente, el neoconservadurismo ha servido para definir los límites de la legitimidad conservadora de una manera que se ajuste a los intereses judíos.

Al desarrollarse el antisemitismo, los judíos comenzaron a abandonar los mismos movimientos a los que, originalmente, ellos habían administrado un impulso intelectual. Este fenómeno también puede ocurrir en el caso de la multiculturalidad. De hecho, muchos de los opositores más prominentes de la multiculturalidad son los neoconservadores judíos, y organizaciones como la Asociación Nacional de Académicos (NAS por sus siglas en inglés), que tienen una composición judía. (La NAS es una organización de académicos que se opone a algunos de los excesos más notorios del feminismo y el multiculturalismo en la universidad.) Bien puede ser el caso, por lo tanto, que el intento judío de establecer vínculos con las ideologías políticas seculares que atraigan a los gentiles está condenado a largo plazo. Ginsberg (1993, 224ss) básicamente dice esto cuando señala que hay una creciente evidencia antisemita entre los liberales estadounidenses, los conservadores y los radicales populistas.

El caso de la multiculturalidad es especialmente problemático como estrategia judía. En este caso podría decirse, coloquialmente, que los judíos no pueden oír misa y andar en procesión.

Los judíos a menudo se encuentran atrapados entre la afirmación ferviente de la Ilustración y la crítica de la misma. Muchos judíos creen que sustituir el ideal ilustrado del universalismo por una política de una “multicultura” diversa y fragmentada constituiría una amenaza para ellos. Al mismo tiempo, reconocen los peligros de una “monocultura” homogénea para la particularidad judía… [Los judíos] buscan pues rescatar las virtudes de la Ilustración a partir de los fragmentos de sus fracasos, y salvar una visión integradora del multiculturalismo donde la fragmentación y la división reinan en la actualidad (Biale, Galchinsky, y Heschel 1998, 7).

Es poco probable que las sociedades multiculturales con su consiguiente fragmentación y la tensión étnica crónica cumplan las necesidades de los judíos a largo plazo, incluso si los judíos finalmente socavan el dominio demográfico y cultural de los pueblos de origen europeo en tierras en las que han sido dominantes.

Esto a su vez sugiere una fricción fundamental e irresoluble entre el judaísmo y el prototipo de la estructura política y social occidental. Ciertamente, la larga historia del antisemitismo en las sociedades occidentales y su recurrencia de tiempo en tiempo después de períodos de latencia lo sugiere. La incompatibilidad del judaísmo y la cultura occidental también se puede ver en la tendencia individualista de la cultura occidental en romper la cohesión del grupo judío. Como Arthur Ruppin (1934, 339) señaló, a principios de siglo todas las manifestaciones modernas del judaísmo, de la neo-ortodoxia al sionismo, son respuestas a los efectos corrosivos de la Ilustración en el judaísmo: un conjunto de estructuras defensivas erigidas en contra de “la influencia destructiva de la civilización europea”.

Y en el plano teórico, hay una razón muy clara para suponer que el individualismo occidental es incompatible con una lucha por los recursos basada en un grupo, lo cual ha sido la consecuencia de la aparición de un judaísmo poderoso en las sociedades occidentales (ver SAID, capítulos 3-5). Un aspecto de esta fricción fue bien expresada por Alan Ryan (1994, 11), en su discusión sobre la “contradicción latente” en Richard Herrnstein y Charles Murray, los autores del controvertido libro The Bell Curve. Según Ryan: “Herrnstein básicamente quiere un mundo en el que los niños judíos inteligentes o su equivalente salgan de sus orígenes humildes y terminan dirigiendo Goldman Sachs o el departamento de física de Harvard; mientras que Murray ama a los estados centrales de Estados Unidos, en donde creció: un mundo en que al mecánico local no le importaba dos centavos si era o no más brillante que el profesor de matemáticas local. El problema es que el primer mundo socava el segundo, mientras que los beneficiarios de los primeros sienten claustrofobia por el segundo” [176].

La estructura social, cuya aceptación aquí es atribuida a Murray, aspira a una sociedad moderadamente individualista: una sociedad que no sólo es meritocrática y jerárquica, sino también cohesiva y cultural y étnicamente homogénea. Es una sociedad de armonía entre las clases sociales y con los controles sociales sobre el individualismo extremo de la élite.

Ha habido una fuerte tendencia occidental para desarrollar esas sociedades, empezando por lo menos en la Edad Media, pero también está presente, creo, en la civilización romana clásica de la República. El ideal de armonía jerárquica es fundamental para el programa social de la Iglesia Católica a partir del Imperio Romano tardío, y alcanzó su apogeo en la Alta Edad Media (MacDonald, 1995c; SAID, capítulo 5.). Este ideal se manifiesta también en una poderosa corriente de la historia intelectual alemana a partir de Herder en el siglo XVIII. Una característica muy central de este prototipo de armonía jerárquica occidental ha sido la imposición social de la monogamia como una forma de nivelación reproductiva que inhibe la asociación entre la riqueza y el éxito reproductivo. Desde una perspectiva evolutiva, las sociedades occidentales logran su cohesión debido a que las relaciones sociales jerárquicas están significativamente divorciadas de las consecuencias reproductivas.

Ahora ese mundo está amenazado desde arriba por la dominación de una élite individualista, la cual no siente compromiso alguno hacia las personas de baja condición que puedan tener menor capacidad intelectual, talento o recursos financieros. Nuestro mundo está amenazado desde adentro por el desarrollo de una sociedad constituida por un conjunto de divisiones étnicas compitiendo crónicamente con grupos altamente impermeables, como el judaísmo: un mundo que, en la actualidad, los defensores del multiculturalismo lo ven como modelo para la sociedad. Y se encuentra amenazada desde abajo por una clase baja cada vez mayor de personas con los atributos descritos por Herrnstein y Murray: intelectualmente incompetentes e insuficientemente conscientes para mantenerse en la mayoría de los tipos de trabajos; irresponsables e incompetentes como padres que tienden a requerir de asistencia pública; propensos a conductas criminales, trastornos siquiátricos y abuso de sustancias, y con tendencias a un rápido crecimiento demográfico. Estas personas son incapaces de contribuir económica, social o culturalmente a la sociedad de finales del siglo XX, o incluso a una civilización humana caracterizada por un alto grado de reciprocidad, voluntarismo y democracia.

Teniendo en cuenta que la existencia del judaísmo implica que la sociedad va a estar compuesta de grupos más o menos impermeables, la condena neoconservadora del multiculturalismo debe verse como carente de consistencia intelectual. La receta neoconservadora de la sociedad abarca un tipo en particular de multiculturalidad en que el conjunto social será culturalmente fragmentado y atomizado. Estos atributos sociales no sólo permiten la movilidad ascendente del judío, sino que son incompatibles con el desarrollo de grupos antisemitas cohesivos en caso de los gentiles. También son incompatibles con los derechos grupales y programas de acción afirmativa que, necesariamente, discriminarían a los judíos. Como Horowitz (1993, 86) señaló: “Los altos niveles de fragmentación cultural, junto con las opciones religiosas tienden a encontrar formas relativamente benignas de antisemitismo, junto con una condición judía estable. La supuesta inteligencia judía surge en condiciones plurales, y tal inteligencia fácilmente se disuelve con igual rapidez en condiciones de igualdad política monista o totalitaria”.

Los neoconservadores judíos están dispuestos a aceptar una sociedad radicalmente individualista en la que se espera que los judíos sean dominantes económica, política y culturalmente mientras mantengan la mínima lealtad a las clases sociales más bajas, desproporcionadamente gentiles. Es probable que una sociedad así resulte en extremas presiones sociales cuando las clases medias bajas se colocan en condiciones económicas y políticas cada vez más precarias. Como en el caso de la actividad intelectual de la Escuela de Frankfurt, la receta neoconservadora judía para la sociedad en su conjunto se opone radicalmente a estrategias del propio grupo. El judaísmo tradicional, y en considerable medida el judaísmo contemporáneo, obtuvieron su fuerza no sólo por su élite intelectual y empresarial, sino también por la lealtad inquebrantable de los trabajadores judíos de menor talento que ellos patrocinaban. Y hay que subrayar aquí que, históricamente, a diferencia de la explotación por parte de las elites individualistas, los movimientos populares que han tratado de restaurar el prototipo occidental de armonía jerárquica a menudo han tenido intensos matices antisemitas.

Por otra parte, en gran medida la font et origo de las políticas sociales y cambios culturales que han dado lugar a la peligrosa situación que actualmente se desarrolla en los Estados Unidos han sido los movimientos dominados por los intelectuales y políticos judíos que se describen en este volumen. He tratado de documentar el papel de los movimientos, sobre todo el movimiento político de intelectuales de izquierda en la década de los sesenta que sometieron la cultura occidental a una crítica radical. El legado de este movimiento cultural ha tomado el liderazgo en el movimiento multiculturalista al racionalizar las políticas sociales que amplían la presencia demográfica y cultural de los pueblos no europeos en las sociedades occidentales.

Desde el punto de vista de los críticos de izquierda, el ideal occidental de la armonía jerárquica y la asimilación se percibe como un ideal irracional, romántico y místico. El civismo occidental no es más que una fina capa adhesiva de una realidad de explotación y conflicto, “una gran ecclesia super cloacum” (Cuddihy 1974, 142). Es interesante a este respecto que una hebra de la teoría sociológica a partir de Marx ha sido hacer hincapié en los conflictos entre las clases sociales, en lugar de la armonía social. Por ejemplo, Irving Louis Horowitz (1993, 75) señala que uno de los resultados de la influencia masiva de los intelectuales judíos en la sociología norteamericana al inicio de los años treinta fue que “el sentido de los Estados Unidos como una experiencia de mutuo acuerdo dio paso a un sentido de ver en Estados Unidos a una serie de definiciones en conflicto”, incluyendo una mayor preocupación por la etnicidad en general.

Históricamente, esta concepción de los conflictos en la estructura social ha sido por lo general combinado con la idea de que la inevitable lucha entre las clases sociales sólo puede remediarse mediante la nivelación completa de los resultados económicos y sociales. Este objetivo final sólo puede lograrse mediante la adopción de una perspectiva ambientalista radical sobre el origen de las diferencias individuales en el éxito económico y otros logros culturales, y culpando a los entornos desiguales por las deficiencias individuales. Debido a que este ecologismo radical carece de fundamento científico, las políticas sociales basadas en esta ideología tienden a resultar en altos niveles de conflicto social, así como en un aumento en la incompetencia intelectual y patología social. Desde una perspectiva evolutiva, el prototipo de organización social occidental basada en la armonía jerárquica y un individualismo debilitado es inherentemente inestable, situación que sin duda contribuye a la naturaleza intensamente dinámica de la historia occidental.

Se ha señalado a menudo que, en la historia de China, nada ha cambiado realmente. Dinastías caracterizadas por intensiva poligamia y el uso desde un moderado a un extremo despotismo político iba y venía, pero no hubo cambios sociales fundamentales en un período muy largo de tiempo histórico. Los datos revisados por Betzig (1986) indican que algo muy similar puede decirse sobre la historia de la organización política en otras sociedades humanas estratificadas. En Occidente, sin embargo, el estado prototípico de armonía social que se ha descrito es crónicamente inestable. Las condiciones únicas que implican el inicio de un alto grado de nivelación en la reproducción se han traducido en un récord de gran dinamismo histórico (véase MacDonald, 1995c).

La amenaza más común para la armonía jerárquica ha sido el comportamiento individualista de las élites: una tendencia que difícilmente sorprende al evolucionista. Así, las primeras fases de la industrialización se caracterizan por la desintegración del tejido social y de altos niveles de explotación, y de conflictos entre clases sociales. Como otro ejemplo, la esclavitud de los africanos era un beneficio a corto plazo para la élite individualista de los aristócratas del sur de los Estados Unidos, pero también dio lugar a la explotación de los esclavos y ha sido un desastre a largo plazo para la sociedad en su conjunto. También hemos visto que las elites occidentales en las sociedades tradicionales a menudo han fomentado activamente los intereses económicos judíos en detrimento de otros sectores de la población nativa, y en varios épocas históricas los judíos han sido los instrumentos de conducta individualista entre las élites gentiles, facilitando así tal comportamiento individualista.

De gran importancia para la historia de la política migratoria en los EE.UU. ha sido la colaboración entre activistas judíos y una industria gentil interesada en mano de obra barata, al menos en el período anterior a 1924. Recientemente, autores como Peter Brimelow (1995, 229-232) y Paul Gottfried (1998) han llamado la atención a una “nueva clase” elitista de internacionalistas que se oponen a la nación-estado basada en lazos étnicos. En vez de ello favorecen la inmigración, la cual disminuye la homogeneidad étnica de las sociedades tradicionales.

Este grupo se interesa en colaborar con personas similares en otros países en lugar de identificarse con los niveles más bajos de su propia sociedad. Aunque este tipo de internacionalismo es muy congruente con una agenda étnica judía—y los judíos están sin duda desproporcionadamente representados en este grupo—, se cree que los miembros gentiles de la nueva clase deben comportarse persiguiendo una agenda estrictamente individualista.

Sin embargo, el individualismo de las elites no ha sido la única amenaza a la armonía en la jerarquía occidental. Como se relata en SAID, este ideal ha sido destrozado en momentos históricos críticos por los intensos conflictos de grupo entre el judaísmo y los segmentos de la sociedad gentil. En la época actual, tal vez por primera vez en la historia, esta armonía jerárquica se ve amenazada por el desarrollo de una subclase cuyos miembros consisten desproporcionadamente de minorías raciales y étnicas, cosa que ha dado lugar a intensos conflictos grupales. En particular, es la desproporción de los afroamericanos en la clase baja estadounidense lo que hace problemática cualquier solución ante esta amenaza. He sugerido que hay una fricción fundamental e irresoluble entre el judaísmo y el prototipo de estructura política y social occidental.

La actual situación política en los Estados Unidos y en otros países occidentales es muy peligrosa debido a la posibilidad muy real de que la tendencia de Europa occidental hacia la armonía jerárquica tenga una base biológica. El mayor error de los movimientos intelectuales dominados por los judíos, tal como se describe en este volumen, es que han tratado de establecer la superioridad moral de las sociedades que encarnen un ideal moral preconcebido (compatible con la continuación del judaísmo como una estrategia de grupo evolutivo) en lugar de abogar por estructuras sociales basadas en posibilidades éticas de los tipos de forma natural.

En el siglo XX millones de personas han muerto al intentar establecer sociedades marxistas basadas en el ideal de una completa nivelación económica y social, y otros millones han muerto como resultado del fracaso de la asimilación judía en las sociedades europeas. Aunque muchos intelectuales siguen intentando modificar las tendencias fundamentales de Occidente hacia la asimilación, el individualismo no rebelde, y la armonía jerárquica, es posible que estos ideales no sólo sean más fáciles de alcanzar, sino que sean profundamente éticos. Única entre todas las culturas estratificadas del mundo, las sociedades occidentales han proporcionado la combinación de un auténtico sentido de pertenencia, en gran medida por el acceso a las oportunidades de reproducción y la participación política de todas las clases sociales en combinación con las posibilidades meritocráticas de movilidad social ascendente.

Como evolucionista, hay que preguntarse cuáles serían las consecuencias probables de este cambio radical genético en la cultura estadounidense. Una consecuencia importante—una que probablemente haya sido un factor fundamental que motivó la revolución contracultural—puede ser facilitar la continua diferenciación genética de la reserva genética judía en los Estados Unidos. De la ideología del multiculturalismo, podría esperarse que compartimentalice cada vez más los grupos en la sociedad estadounidense, con consecuencias beneficiosas a largo plazo sobre la continuación de las características esenciales del judaísmo tradicional como una estrategia evolutiva del grupo. Existe un creciente consenso entre los activistas judíos de que las formas tradicionales del judaísmo son mucho más eficaces para garantizar la continuidad del grupo a largo plazo que las formas semiasimilacionistas, tales como el judaísmo reformado o el judaísmo secular. El judaísmo reformado se está convirtiendo cada vez más en judaísmo conservador, y se hacen grandes esfuerzos en todos los segmentos de la comunidad judía para evitar los matrimonios mixtos (por ejemplo, Abrams, 1997; Dershowitz 1997, véanse las páginas 244-245).

Por otra parte, como se discutió en varias partes de este libro, los judíos normalmente se perciben a sí mismos como beneficiarios de una cultura homogénea en la que aparecen como uno entre muchos grupos étnicos donde no existe posibilidad de desarrollar una cultura nacional homogénea que los excluya. Además, puede haber consecuencias genéticas negativas para los americanos derivados de pueblos europeos y especialmente para la “gente común del Sur y del Oeste” (Higham 1984, 49), es decir, para la clase media de raza blanca derivada de la Europa septentrional y occidental, cuyos representantes desesperadamente lucharon en contra de la actual política de inmigración. De hecho, hemos visto que un tema destacado de los intelectuales neoyorquinos, así como los estudios sobre La personalidad autoritaria, fue que consideraron inferior a la moral de la cultura americana tradicional, en particular de las zonas rurales. James Webb (1995) señala que se refieren a los descendientes anglosajones que se establecieron en el Oeste y el Sur que

“por lo general hicieron más por la infraestructura de este país, gente que a menudo sufre de regresión educativa y profesional: ya que domesticar el desierto, construir ciudades, carreteras y escuelas, e iniciar una forma de vida democrática, sólo hizo que las culturas posteriores de caucásicos lo aprovecharían sin tener que pagar el precio de los pioneros. Socio-económicamente hoy en día ellos tienen menos de estos aportes. Y si a uno le interesaría ver un mapa, éstas son las áreas que ahora evidencian la mayor resistencia hacia el gobierno.”

La guerra continúa, pero es fácil ver quién está perdiendo. El aumento demográfico de las clases bajas como resultado del triunfo de la década contracultural de los sesenta implica que los genes derivados de Europa y la frecuencia de tales genes se vuelven menos comunes en comparación con los derivados de los africanos y los acervos genéticos de América Latina.

En el otro extremo de la distribución de la estrategia reproductiva medida en coeficiente intelectual (CI), los inmigrantes de países de Asia oriental están superando a los blancos en la admisión a las universidades de prestigio, y en puestos de trabajo de ingresos altos. El resultado a largo plazo será que toda la población blanca, a excepción de los judíos, sufra una disminución de su condición social en la medida en que estos nuevos inmigrantes se vuelvan más numerosos. (Es poco probable que los judíos sufran un deterioro en su situación social, no sólo porque su coeficiente intelectual promedio es muy superior al de los asiáticos del Este, sino, más importante, porque el CI judío se inclina hacia la excelencia de las habilidades verbales. El alto índice de inteligencia de los asiáticos del Este se inclina hacia un rendimiento del CI, lo que los hace buenos competidores en ingeniería y tecnología. Véase PTSDA, [cap. 7] y Lynn [1987]. Por lo mismo, es probable que los judíos y los asiáticos del Este ocupen diferentes nichos en las sociedades contemporáneas.) Actualmente, los gentiles blancos son el grupo menos representado en Harvard, con sólo el 25 por ciento de los estudiantes, mientras que los asiáticos y los judíos constituyen al menos la mitad de los estudiantes, a pesar que no constituyen más del cinco por ciento de la población (Unz 1998). Los Estados Unidos están en camino a ser dominados por una élite tecnocrática de Asia, y otra de negocios, de profesionales y de medios de comunicación judíos.

Por otra parte, el cambio hacia el multiculturalismo ha coincidido con un enorme crecimiento de la inmigración de origen no europeo a partir de la Ley de Inmigración de 1965, que favoreció a los inmigrantes de países no europeos (ver Auster, 1990; Brimelow, 1995). Muchos de estos inmigrantes provienen de países no occidentales donde la segregación cultural y genética son la norma, y en el contexto multicultural de los Estados Unidos se les anima a mantener sus propias lenguas y religiones, además de casarse dentro de su grupo. Como se indicó anteriormente, la consecuencia será la competencia entre grupos por los recursos y la capacidad reproductiva, así como una mayor vulnerabilidad de las instituciones políticas democráticas y republicanas en un contexto en el que, a largo plazo (a mediados del próximo siglo), las proyecciones indican que los pueblos de origen europeo ya no serán mayoría de los Estados Unidos.

De hecho, uno podría señalar que, aunque la Ilustración occidental le ha presentado al judaísmo su mayor desafío en su larga historia, el multiculturalismo contemporáneo en el contexto de altos niveles de inmigración de pueblos de todo grupo racial y étnico presenta el mayor desafío al universalismo de Occidente. Los antecedentes históricos indican que el separatismo étnico entre caucásicos tiende al colapso en las sociedades occidentales modernas, a menos que se hagan intentos de segregación, como ha ocurrido entre los judíos.

Como era de esperar, desde un punto de reciprocidad de recursos (MacDonald 1991, 1995b, c), en ausencia de rígidas barreras étnicas, el matrimonio en las sociedades individualistas occidentales tiende a estar influenciado por una amplia gama de características fenotípicas del futuro cónyuge, incluidos no sólo lazos genéticos sino el estatus social, la personalidad, los intereses comunes y otros puntos de semejanza. Este modelo individualista en las decisiones matrimoniales ha caracterizado a Europa occidental al menos desde la Edad Media (por ejemplo, MacFarlane, 1986; ver PTSDA, capítulo 8). El resultado ha sido un notable grado de asimilación étnica en los Estados Unidos entre las personas cuya ascendencia proviene de Europa (Alba, 1985). Esto es particularmente notable en tanto que los conflictos étnicos y la violencia están aumentando en Europa del Este, y, sin embargo, en Estados Unidos los grupos derivados de Europa mantienen una abrumadora sensación de comunidad.

El resultado a largo plazo de estos procesos es la homogeneización genética, un sentido de interés común, y la ausencia de una poderosa fuente de división dentro de la sociedad. Suponer que el conflicto sobre la inmigración ha sido sólo un conflicto en torno a las tendencias universalistas de la cultura occidental, sin embargo, sería deshonesto.

En gran medida el debate sobre la inmigración en los Estados Unidos siempre ha tenido fuertes connotaciones étnicas y continúa teniéndolas aún después de que los pueblos de origen europeo en los Estados Unidos se han asimilado a una cultura occidental universalista. La actual política de inmigración esencialmente coloca a los Estados Unidos y a otras sociedades occidentales “en el juego” en un sentido evolutivo que no se aplica a otras naciones del mundo, donde el supuesto implícito es que el territorio está en manos de su pueblo histórico, y que a cada grupo racial y étnico le interesa ampliar su presencia demográfica y política en las sociedades occidentales y que lo haría si se les da la oportunidad.

Tengamos en cuenta que a los judíos de Estados Unidos no les ha interesado que la propuesta migratoria a Israel tenga que ser multiétnica, o de que Israel debiera tener una política migratoria que pusiera en peligro la hegemonía judía. Dudo mucho de que Oscar Handlin (1952, 7) extendería su declaración defendiendo la migración de todos los grupos étnicos en los Estados Unidos, al afirmar el principio de que todos los hombres son hermanos, diciendo que también podrían ser israelíes. Y también dudo que el Consejo de la Sinagoga de América caracterizaría a las leyes de inmigración de Israel como “una ofensa gratuita a diversas poblaciones del mundo” (PCIN 1953, 117). De hecho, los conflictos étnicos en Israel indican un fracaso en desarrollar una cultura occidental universalista. Considérense pues las disparidades entre las actitudes judías sobre el multiculturalismo en Israel al compararlas con lo que hacen en los Estados Unidos.

Desde el punto de vista judío, el rechazo del sionismo como una ideología y fuerza de configuración del Estado de Israel es como rechazar al propio Estado. La refinada distinción entre el Estado y su carácter, y entre su judaísmo y el sionismo, ni se entiende ni es  tolerado por los judíos. Ellos no están interesados en tener a Israel como Estado, sino más bien como un estado judío-sionista. Si bien es legal, no es legítimo en Israel rechazar públicamente o actuar en contra del sionismo de acuerdo con la enmienda de 1985 a la ley electoral: nadie puede correr en la lista electoral Knesset si niega a Israel como Estado del pueblo judío. (Smooha 1990, 397)

Una digresión sustancial del principio de igualdad se debe a la especial situación jurídica concedida a la Agencia Judía y al Fondo Nacional Judío, que realizan funciones cuasi-gubernamentales tales como la planificación y la financiación de nuevas localidades rurales, el apoyo a las empresas culturales, la prestación de asistencia a los grupos desfavorecidos y personas mayores, y el desarrollo y arrendamiento de tierras. Sin embargo, por su propia constitución, estas poderosas instituciones están obligados a servir sólo a judíos.

La discriminación también está incrustada en la Ley Judía de Servicios Religiosos, que suministra fondos públicos a los servicios religiosos exclusivamente judíos. La mayor parte de la discriminación es, sin embargo, oculta (Smooha 1990, 401). Smooha (1990, 403) también señala que, en una encuesta de 1988, el 74 por ciento de los judíos de Israel dijeron que el Estado debe preferir a éstos que a los árabes, y un 43 por ciento estuvo a favor de la negación del derecho de voto a los ciudadanos árabes israelíes (esto contrasta con los judíos estadounidenses, quienes han estado a la vanguardia en los esfuerzos de garantizar la diversidad étnica en los Estados Unidos y otras sociedades occidentales), el 40 por ciento de los encuestados judíos en Israel creen que se debe alentar a los árabes israelíes a abandonar el país, y el 37 por ciento mantiene sus reservas. Sólo el 23 por ciento se opuso a esta política. Casi tres cuartas partes de los judíos de Israel no quería tener a un árabe como un superior en un puesto de trabajo. Por otra parte, la inmigración a Israel está oficialmente restringida a judíos.

También cabe destacar que mientras que los judíos han estado a la vanguardia en los movimientos de separación entre iglesia y estado en los Estados Unidos, y que protestaron por la falta de libertad religiosa en la Unión Soviética, el control rabínico ortodoxo en asuntos religiosos en Israel ha recibido sólo una tibia y tardía oposición de parte de las organizaciones judías americanas (Cohen 1972, 317) y no ha impedido el apoyo incondicional a Israel por los judíos estadounidenses, a pesar de que la política de Israel es contraria a las políticas que las organizaciones judías han implementado en las democracias occidentales. Este fenómeno es un excelente ejemplo de la incompatibilidad del judaísmo con las formas occidentales de organización social, que se traduce en una recurrente brecha entre el comportamiento del judío vis-à-vis su propia estrategia grupal, y los intentos judíos de manipular a Occidente para ajustarse a los intereses judíos.

En la actualidad los intereses de los no europeos, expandirse demográfica y políticamente en los Estados Unidos, se perciben como un imperativo moral; mientras que los intentos de los pueblos de origen europeo para mantener su control demográfico, político y cultural se presenta como “racista “, inmoral y como indicio de trastorno psiquiátrico. Desde la perspectiva de los pueblos de origen europeo, la etnia predominante es la moral altruista y autosacrificial. Es poco probable que tal ética sea viable a largo plazo, incluso en una sociedad individualista. Como hemos visto, la viabilidad de la moral autosacrificial es especialmente problemática en una sociedad multicultural, donde cada uno es consciente de la pertenencia a un grupo y hay competencia entre los diversos grupos por los recursos.

Considérese desde una perspectiva evolutiva el argumento de que a todos los pueblos se les debe permitir emigrar a los Estados Unidos. Se podría afirmar que cualquier oposición a este principio no debe interesar a un evolucionista en tanto que las diferencias genéticas son triviales, de manera que cualquier reacción psicológica que hace que uno se resista a tal principio es un anacronismo irrelevante en el mundo contemporáneo (tan irrelevante como el propio apéndice). Un judío que mantenga este argumento debe, para ser consistente, estar de acuerdo en que la preocupación tradicional judía por la endogamia y consanguinidad ha sido irracional. Lo que es más, tal persona debería creer que los judíos no deben tratar de mantener el poder político en Israel porque no hay ningún motivo racional para suponer que un grupo en particular deba tener poder en cualquier lugar. Tampoco intentarían los judíos influir en el proceso político de los Estados Unidos de forma tal que perjudiquen a otro grupo, o en beneficio del propio. Y para ser lógicamente consistente, también hay que aplicar este argumento a todos aquellos que promueven la inmigración de sus propios grupos étnicos: la imagen especular de la oposición a la inmigración en base a grupos.

De hecho, si esta concatenación de juicios es lógica y se lleva a su conclusión, es irracional que cualquier persona reclame intereses de grupo en absoluto. Y si uno a la vez rechaza la noción de las diferencias genéticas en el individuo, también es irracional intentar promover intereses individuales como, por ejemplo, tratar de migrar como individuo. De hecho, si uno acepta estos supuestos, la noción de las consecuencias genéticas y por lo tanto de la posibilidad de la evolución humana en el pasado y el presente se convierte en irracional; y la idea de que es racional sería una ilusión producida quizás por una reacción psicológica sin ninguna función significativa en la evolución el mundo contemporáneo. Se podría incluso decir que tal ideología sería la conclusión final de las posturas antievolucionistas revisadas en este volumen. Esos movimientos intelectuales han afirmado que la investigación científica muestra que toda importante diferencia étnica o individual es el resultado de la variación ambiental, y que las diferencias genéticas son triviales.

Pero hay una ironía enorme en todo esto: si la vida realmente no tiene ningún sentido evolutivo, ¿por qué los defensores han propagado estas ideologías con tanta intensidad y tan conscientes de los métodos políticos? ¿Por qué muchas de estas personas se han identificado con su propio grupo étnico e intereses, y por qué otro tanto insistió en que el pluralismo cultural y la validación propia de los grupos etnocéntricos minoritarios son absolutos morales? Por sus propias suposiciones es sólo un juego sin sentido. A nadie debiera importar quién gane o pierda. Por supuesto, el engaño y el autoengaño pueden estar involucrados. He tomado nota (pág. 195) de que una agenda política ha sido hacer que los pueblos de origen europeo en los Estados Unidos vean toda preocupación sobre su propio eclipse demográfico y cultural como irracional y como una indicación de psicopatología.

Si se acepta que la variación genética tanto dentro del grupo como entre grupos no es trivial (es decir, si la evolución es un proceso continuo), entonces el principio de una inmigración relativamente sin restricciones, al menos bajo las condiciones existentes en las sociedades occidentales a finales del siglo XX, implica claramente el altruismo por parte de algunos individuos y grupos establecidos. Sin embargo, aunque el éxito de los movimientos intelectuales analizados en este volumen es una indicación de que la gente puede ser inducida al altruismo hacia otros grupos, dudo bastante que tal altruismo continuará si el estado y el poder político de los grupos derivados de Europa disminuye mientras que aumenta el poder de otros grupos. La predicción, tanto a nivel teórico como en base a la investigación de la identidad social, es que a medida que otros grupos se vuelvan cada vez más poderosos y relevantes en una sociedad multicultural, la población de origen europeo de los Estados Unidos se unirá cada vez más. Y entre estos pueblos, las otras influencias de división social—como las cuestiones relacionadas con el género y la orientación sexual, las diferencias de clase social o religiosas—se considerarán cada vez con menor y menor importancia.

Con el tiempo estos grupos desarrollarán un frente unido y una orientación colectivista vis-à-vis los otros grupos étnicos. Otros grupos serán expulsados si es posible o se crearán particiones, y las sociedades occidentales se someterán a un nuevo período medieval.

Los intereses judíos en la política de inmigración son un ejemplo de conflicto de intereses entre judíos y gentiles sobre la construcción de la sociedad. Este conflicto de intereses se extiende mucho más allá de la política de inmigración. Hay una conciencia creciente de que la revolución contracultural de la década de los sesenta fue un hito en la historia de los Estados Unidos. Tal concepción es compatible con el trabajo de Roger Smith (1988), que muestra que, hasta el triunfo del modelo pluralista con la revolución contracultural de los sesenta, había tres modelos de competencia en la identidad estadounidense: el “liberal”, legado individualista de la Ilustración en base a “derechos naturales”; el ideal “republicano” de una sociedad cohesiva y socialmente homogénea (lo que he identificado como el prototipo de organización social occidental por armonía jerárquica); el “etnocultural”, tendencia que hace hincapié en la importancia en el desarrollo de la etnia anglosajona, y la preservación de las formas culturales de América.

Desde la perspectiva actual, no existe ningún conflicto fundamental entre las dos últimas fuentes en la identidad estadounidense: la homogeneidad y armonía social jerárquica puede ser lo mejor y más fácil de lograr en una sociedad étnicamente homogénea de pueblos derivados del espacio cultural europeo. De hecho, al mantener la exclusión de los chinos en el siglo XIX, el juez Stephen A. Field señaló que los chinos eran inasimilables, y que destruirían el ideal republicano de la homogeneidad social.

Se indicó anteriormente que la incorporación de los pueblos no europeos, y especialmente de los pueblos derivados de África, a las formas culturales occidentales es profundamente problemática. Como se discutió en varias ocasiones en este volumen, el individualismo radical encarnado en el ideal de la Ilustración sobre los derechos individuales es especialmente problemático como fuente de estabilidad a largo plazo en una sociedad occidental debido al peligro de invasión y dominación por parte de las estrategias grupales, como el judaísmo, y la posibilidad de defección de las elites gentiles de los ideales de los otros dos modelos de organización social. Estos dos últimos eventos son particularmente susceptibles de destruir la cohesión social tan importante en las formas occidentales de organización social. Como señala Smith, las transformaciones de la sociedad americana en la era posterior a la Guerra Civil resultaron en el ideal liberal “que se oponía a la esclavitud, favorecía a la inmigración, y alentaba a las empresas al tiempo que protege los derechos de propiedad”. Eso planteó una grave amenaza para la vida colectiva en el mismo centro de la civilización americana.

Ese es el legado liberal de la civilización americana que los movimientos de judíos intelectuales analizados en este volumen han explotado al racionalizar la inmigración sin restricciones y la pérdida de la homogeneidad social que representa la fuerza unificadora de la religión cristiana. Como Israel Zangwill dijo al promover estrategias de inmigración judía sin restricciones, “díganles que están destruyendo los ideales americanos” (véase pág. 267). El efecto ha sido crear un nuevo ideal americano totalmente distinto a las fuentes históricas de identidad estadounidense:

Este ideal lleva a cabo el cosmopolitismo, la tolerancia y el respeto de la libertad humana de la tradición liberal más antigua, por lo que puede llamarse una versión moderna del ideal liberal. Sin embargo, es novedosa en su rechazo de los elementos absolutistas y de ley natural en el liberalismo de Locke en favor del pragmatismo moderno filosófico y del relativismo cultural. Y uno de sus principales arquitectos teóricos, el filósofo Horace Kallen, argumentó que el pluralismo cultural reconoce mejor la sociabilidad humana, nuestros apegos constitutivos con distintivos grupos étnicos, religiosos y culturales. Por lo tanto, concibe a Estados Unidos como una “democracia de nacionalidades, cooperando voluntariamente y de forma autónoma a través de instituciones comunes en la empresa de autorrealización a través de la perfección de los hombres según su especie” (Kallen 1924, 124). Dado que a todos los grupos e individuos se les debe garantizar igualdad de oportunidades para proseguir sus propios destinos, el legado de la nación sobre discriminaciones legales, raciales, étnicas y de género es inaceptable de acuerdo con el ideal pluralista cultural. Al mismo tiempo, no debe haber ningún esfuerzo para transformar la igualdad en uniformidad, o insistir en que todo ello ha de quedar integrado a un molde americanizado.

El ideal de pluralismo cultural democrático finalmente llegó a ser predominante en el derecho público americano en la década de los cincuenta y especialmente en los sesenta, y encuentra su expresión en la Ley de Derechos Civiles de 1964, la liberalización de 1965 en Inmigración y Naturalización, la Ley de 1965 sobre Derechos Electorales, en nuevos programas para proporcionar planes de estudio en sintonía con el diverso patrimonio cultural de cada nación, en las papeletas bilingües y publicaciones gubernamentales, y en las medidas de discriminación positiva. (Smith, 1988, 246)

Dentro de esta perspectiva, hay tolerancia para los distintos grupos, pero el resultado es una tendencia a “despreciar la importancia o incluso la existencia de una identidad nacional común” (Kallen 1924, 59). Kallen, por supuesto, era un judío muy fuertemente identificado como sionista, y no es de extrañar que su ideal cultural de los Estados Unidos represente una forma no occidental de organización social que se ajusta a los intereses judíos y ponga en peligro los intereses de los pueblos derivados de Europa en los Estados Unidos. Es una forma social que garantiza la continuidad del judaísmo como categoría social y como grupo étnico cohesivo, mientras que al mismo tiempo, dadas las características de los judíos le garantiza a éstos preeminencias económicas y culturales. Las políticas públicas basadas en esta conceptualización pueden tener efectos a largo plazo en la marginación tanto cultural como demográfica de los pueblos originados en Europa en los Estados Unidos. Debido a que éstos están menos organizados y son menos cohesivos que los judíos, y debido a un estado terapéutico que ha sido construido para hacer frente a las expresiones del etnocentrismo europeo-americano, se plantea la clara posibilidad de que, a largo plazo, los estadounidenses de origen europeo estarán fragmentados; políticamente sin poder y sin una identidad grupal efectiva en absoluto.

El conflicto de intereses entre judíos y gentiles en la construcción de una cultura va mucho más allá de la promoción del ideal multicultural. Debido a que genéticamente están mucho más inclinados a estrategias de alta inversión para sus hijos que los gentiles, los judíos son capaces de mantener su alta estrategia de inversión reproductiva incluso en ausencia de los tradicionales soportes culturales en Occidente en cuanto a la alta inversión parental (capítulo 4). Por lo mismo, en comparación con los gentiles los judíos son mucho más capaces de expandir su éxito económico y cultural sin esos soportes tradicionales de la cultural occidental. Como Higham (1984, 173) ha señalado, la idealización cultural de una ética judía esencialmente personal, hedonista y de intelectualidad se produjo a expensas de la ética rural más antigua de ascetismo y restricción sexual.

Por otra parte, los apoyos occidentales tradicionales de alta inversión parental habían sido incorporados a la ideología religiosa y, supongo, son difíciles de lograr en un medio posrreligioso. Sin embargo, como Podhoretz (1995, 30) señala, los intelectuales judíos, las organizaciones judías como el Congreso Judío-Americano y las organizaciones dominadas por judíos como la ACLU han ridiculizado las creencias cristianas; intentaron socavar la fuerza pública del cristianismo, y han luchado por levantar las restricciones a la pornografía. Además, hemos visto que el sicoanálisis, como movimiento intelectual dominado por judíos, ha sido un componente central de esta guerra contra la alta inversión de los padres gentiles con sus hijos. Lo que es más, hemos visto al sicoanálisis como poderoso movimiento intelectual que ha sido un componente central en esta guerra sobre la cultura gentil y sobre la parentela de alta inversión. Los judíos, debido a su poderosa propensión genética a la inteligencia y a la parentela de alta inversión, han sido capaces de prosperar en este entorno cultural, a diferencia de otros sectores de la sociedad. El resultado ha sido una creciente brecha entre el éxito cultural judío y gentil, y un desastre para la sociedad en su conjunto.

La revolución contracultural de la década de los sesenta puede ser incompatible con las libertades tradicionales de los Estados Unidos. Libertades estadounidenses tradicionales tales como la libertad de expresión de la Primera Enmienda (que se deriva de la Ilustración liberal) claramente han facilitado los intereses judíos para la construcción de la cultura, y los intereses que entran en conflicto con la posibilidad de construir una sociedad cohesionada en torno a una parentela de alta crianza de los hijos. Teniendo en cuenta que los medios de comunicación populares y el medio ambiente intelectual en las universidades prosperan gracias a la libertad que tienen las élites para producir mensajes socialmente destructivos, los movimientos políticos que intentan restaurar la cultural occidental tradicional y la parentela de alta inversión se verán obligados a restringir algunas libertades estadounidenses tradicionales (véase, por ejemplo, Bork, 1996).

Con los soportes culturales para una alta inversión los padres actúan como fuerzas externas de control social que maximizan la crianza de alta inversión entre todos los segmentos de la población, incluso aquellos que, por razones genéticas o ambientales, están relativamente poco dispuestos a participar en tales prácticas (MacDonald 1997, 1998b). Sin tales controles culturales, es absolutamente predecible que la desorganización social se incrementará y la sociedad en su conjunto seguirá disminuyendo.

Sin embargo, la continuidad de la peculiar forma de organización social occidental seguiría siendo preocupante incluso si ignoramos los problemas de competencia étnica. He hecho hincapié en que hay un conflicto inherente entre el multiculturalismo y el individualismo occidental. Incluso si el universalismo occidental recuperara su imperativo moral, y si toda la humanidad estuviera dispuesta a participar en este tipo de cultura, sería una pregunta abierta. El universalismo es una creación europea, y se desconoce si esta cultura puede continuar durante un largo período de tiempo dentro de una sociedad que no es predominantemente europea étnicamente hablando.

Cuando no se promueve explícitamente al multiculturalismo, la retórica a favor de la inmigración ha asumido típicamente un ecologismo radical en el que todos los seres humanos son retratados con los mismos potenciales y moldeables en su funcionamiento como miembros de sociedades universalistas e individualistas. Esta premisa es muy cuestionable. De hecho, se podría decir que el presente volumen, en relación con PTSDA y SAID es un testimonio sobre las muy arraigadas tendencias antioccidentales que ocurren en los grupos humanos. Dado que muchas culturas tienen un gran parecido a las tendencias colectivistas y anti-asimilatorias presentes en la cultura judía, es muy probable que muchos de nuestros migrantes sean igualmente incapaces o poco dispuestos a aceptar las premisas fundamentales de una sociedad universalista, culturalmente homogénea e individualista.

De hecho, hay razones importantes para suponer que las tendencias hacia el individualismo occidental son sui géneris y que se originaron debido a adaptaciones psicológicas (ver PTSDA, cap. 8). El punto de vista genético ve que el individualismo, al igual que muchos otros fenotipos de interés para los evolucionistas (MacDonald, 1991), muestra una variación genética. En PTSDA (cap. 8) especulé que los progenitores de la población occidental se desarrollaron en grupos aislados, con baja densidad de población. Tales grupos han sido comunes en las zonas del norte, la cual se caracteriza por las duras condiciones ecológicas, como las que ocurrieron durante la edad de hielo (ver Lenz 1931, 657). Bajo circunstancias ecológicamente adversas, las adaptaciones se encaminan más a hacer frente al entorno físico que a competir con otros grupos (Southwood 1977, 1981).

Un entorno hostil implica menor presión de selección comparado con los grupos colectivistas o etnocéntricos, como el judaísmo histórico. Conceptualizaciones evolutivas del etnocentrismo hacen hincapié en la utilidad del etnocentrismo en la competencia del grupo. El etnocentrismo no sería importante en la lucha contra el medio ambiente físico, y tal medio no sería propicio para los grupos grandes. Hemos visto que el individualismo occidental está íntimamente entrelazado con el pensamiento científico y las estructuras sociales basadas en la armonía jerárquica, el igualitarismo sexual, y las formas democráticas y republicanas de gobierno. Estas tendencias, únicas en Occidente, sugieren que la reciprocidad es una tendencia occidental profundamente arraigada. Las formas políticas occidentales, desde las tradiciones democráticas y republicanas de la antigua Grecia y Roma a la armonía jerárquica de la Edad Media occidental y la edad moderna, presuponen la legitimidad de una pluralidad de intereses individuales. Dentro de estas formas sociales existe una tendencia a asumir la legitimidad de los intereses de los demás de manera ajena a las estructuras sociales colectivistas y despóticas en gran parte del resto del mundo.

Otro componente crítico de la base evolutiva del individualismo es la elaboración del sistema afectivo humano como sistema individualista que vincula a la pareja: el sistema que para una generación de intelectuales judíos emergentes del ghetto parecía tan extraño que éstos teorizaron que era una delgada chapa que se superponía a una profunda psicopatología (Cuddihy 1974, 71). Este sistema es individualista en sentido de que no se basa en controles sociales grupales o familiares, sino más bien en el papel de la motivación romántica que consolida las relaciones de reproducción (ver páginas 136-139). El tema es importante porque las culturas occidentales se caracterizan como relativamente individualistas en comparación con otras (Triandis 1995), y no hay razón para suponer que el sistema afectivo está conceptualmente ligado al individualismo, es decir: se trata de un sistema que tiende a la familia nuclear en lugar de la familia extensa. Según Triandis (1990) las sociedades individualistas enfatizan el amor romántico en mayor medida que las sociedades colectivistas, y las culturas occidentales han hecho hincapié en el amor romántico más que otras culturas (ver PTSDA, capítulo 8.;MacDonald, 1995b, c; Dinero, 1980). Tal sistema está muy elaborado en las culturas occidentales, tanto en hombres como mujeres, y se encuentra psicométricamente vinculado con la empatía, el altruismo, y la crianza. Las personas muy altas en este sistema—sobre todo las mujeres—están patológicamente propensas al altruismo, y al comportamiento de crianza o dependiente (véase MacDonald, 1995a).

Desde la perspectiva de la evolución, la elaboración relativamente mayor de este sistema en las mujeres era de esperar, teniendo en cuenta el papel de una mayor participación femenina en la crianza, y como un mecanismo discriminativo en las relaciones que unen la pareja. Esta perspectiva también es responsable de las muy discutidas diferencias de género en el comportamiento político, donde las mujeres son más propensas a votar por los candidatos liberales en temas sociales. Más mujeres que hombres también apoyan las posturas políticas que igualan en lugar de acentuar las diferencias entre individuos y grupos (Pratto, Stallworth y Sidanius 1997). 

En ambientes ancestrales, este sistema era muy adaptable, lo que resultaba en una tendencia hacia crear lazos afectivos y la crianza de alta inversión, así como en relaciones de amistad y confianza. El sistema sigue siendo adaptativo en el mundo moderno en cuanto a alta inversión parental, pero es fácil ver que la hipertrofia relativa de este sistema puede resultar en un comportamiento inadaptado si el sistema diseñado para la empatía, el altruismo y la crianza hacia miembros de la familia y otros en un grupo estrechamente relacionado se dirige al mundo fuera de la familia.[181]

La implicación es que las sociedades occidentales están sujetas a la invasión de culturas no occidentales capaces de manipular las tendencias occidentales hacia la reciprocidad, la igualdad y las estrechas relaciones afectivas en forma tal que resulta en un comportamiento inadaptado de los pueblos de origen europeo, quienes están en el centro de todas las sociedades occidentales. Debido a que los intereses de los demás son vistos como legítimos, las sociedades occidentales han desarrollado un discurso único de altos principios morales y religiosos, como en los argumentos en contra de la esclavitud característica de los abolicionistas del siglo XIX, y el discurso contemporáneo sobre los derechos de los animales. Este discurso se dirige hacia principios universales de moral—esto es, principios que se consideran justos para cualquier observador racional y desinteresado. Así, en su muy influyente Theory of Justice, John Rawls (1971) sostiene que la justicia como la moralidad objetiva sólo puede ocurrir tras un “velo de ignorancia” en el que la condición étnica de las partes en conflicto no es pertinente a las consideraciones de justicia o moral.

Es esta la tradición intelectual que ha sido manipulada por intelectuales judíos como Israel Zangwill y Handlin Oscar, quienes han hecho hincapié en que al desarrollar los principios de la inmigración, la moralidad occidental hace que sea imposible discriminar a ningún grupo étnico o individuo. Visto desde la perspectiva de, por ejemplo, un nativo africano de Kenia, cualquier política que discrimine a favor del noroeste de Europa no puede soportar el principio de que la política sea aceptable para un observador racional y desinteresado. Aunque Zangwill y Handlin no están limitados por el universalismo occidental en sus actitudes hacia su propio grupo, son capaces de ignorar las implicaciones del pensamiento universalista para el sionismo y otras expresiones del particularismo judío. Debido a la política oficial israelí respecto a los antecedentes genéticos y culturales de los potenciales inmigrantes, Israel no ha de ser, como Occidente, objeto de invasión migratoria por grupos extranjeros.

De hecho, puede verse que, a pesar del hecho de que un tema antisemita prominente ha sido hacer hincapié en los rasgos negativos de la personalidad entre judíos y su voluntad de explotar los gentiles (SAID, cap. 2), un tema constante de actividad intelectual judía desde la Ilustración ha sido colocar a los intereses étnicos judíos y al judaísmo como incorporando una visión moral única e irremplazable (SAID, caps. 6-8); esto es, una visión que enfatiza el atractivo único de la retórica de la moralidad del observador desinteresado entre el público occidental. El resultado de que si las sociedades occidentales individualistas son capaces de defender los intereses legítimos de los pueblos de origen europeo sigue siendo cuestionable. Uno de los temas destacados que aparecen en varios lugares de este volumen, en PTSDA (cap. 8) y en SAID (caps. 3-5) es que las sociedades individualistas son particularmente vulnerables a la invasión de grupos cohesivos, como se ha representado históricamente al judaísmo.

Es significativo que el problema de la inmigración de los pueblos no europeos no esté en absoluto confinado a los Estados Unidos, pero representa un problema grave y cada vez más polémico en el mundo occidental y en ninguna otra parte. Sólo los pueblos derivados de Europa han abierto sus puertas a los otros pueblos del mundo, y ahora están en peligro de perder el control de un territorio ocupado por cientos de años. Las sociedades occidentales tienen raíces en el humanismo individualista, que hace difícil la restricción de la inmigración. En el siglo XIX, por ejemplo, el Tribunal Supremo rechazó dos veces la exclusión de chinos en base de que se había legislado en contra de un grupo, no en contra de un individuo (Petersen 1955, 78).

El esfuerzo en desarrollar una base intelectual para la restricción de la inmigración era tortuoso. En 1920 la legislación se basó en la legitimidad de los intereses étnicos de los europeos del noroeste y tenía matices de pensamiento racialista. Ambas ideas eran difíciles de conciliar con la declarada ideología política y humanitaria de una sociedad republicana y democrática en la que, como enfatizaban activistas judíos a favor de la migración tales como Israel Zangwill, la membresía racial o étnica no tenía sanción intelectual oficial. La sustitución de estas afirmaciones de interés hacia el propio grupo étnico por una ideología de capacidad de asimilarse, en el debate sobre la ley McCarran-Walter, fue percibida por sus detractores como poco más que una cortina de humo del “racismo”. Al final, esta tradición intelectual se derrumbó en gran medida como consecuencia de la embestida de los movimientos intelectuales analizados en este volumen, por lo que se derrumbó un pilar central de la defensa de los intereses étnicos de los pueblos de origen europeo.

Las tendencias actuales nos llevan a predecir que, a menos que la ideología del individualismo sea abandonada—no sólo por las minorías multiculturales (que han sido alentadas a perseguir sus intereses de grupo por una generación de intelectuales americanos), sino por los pueblos europeos derivados de Europa, Estados Unidos, Nueva Zelanda y Australia—, el resultado final será una considerable disminución de la influencia genética, política y cultural de esos pueblos. Sería una abdicación unilateral sin precedentes de ese poder y, ciertamente, como evolucionista no esperamos tal abdicación sin, al menos, una fase de resistencia por parte de un importante segmento de la población. Como se indicó anteriormente, es de esperar que los pueblos derivados de Europa exhiban, en última instancia, algo de la gran flexibilidad que los judíos han demostrado a lo largo de los siglos en defensa de las formas políticas que se adaptan a sus intereses.

La predicción es que, con el tiempo, algunos segmentos de las poblaciones de origen europeo del mundo se darán cuenta que han sido mal servidos tanto por la ideología del multiculturalismo como por la de-etniaizada ideología del individualista. Si el análisis del antisemitismo presentado en SAID es correcto, la reacción esperada emulará aspectos del judaísmo mediante la adopción de prácticas que sirvan al grupo; ideologías colectivistas, y organizaciones sociales. La naturaleza teóricamente indeterminada de los procesos de grupos humanos (PTSDA, capítulo 1;. MacDonald, 1995b) no permite la predicción detallada sobre si la estrategia reactiva será suficiente para estabilizar o revertir el deterioro actual de los pueblos europeos en el Nuevo Mundo, así como en sus tierras ancestrales, o si el proceso va a degenerar en un movimiento reaccionario de autodestrucción, como ocurrió con la Inquisición española, o si va a iniciar un giro moderado y permanente ajeno del individualismo radical y hacia una estrategia de grupo sostenible.

Lo cierto es que la antigua dialéctica entre el judaísmo y Occidente continuará en el futuro previsible. Sería irónico que, cualquiera que sea la retórica antisemita adoptada por los líderes de estos movimientos defensivos, se verán obligados a emular elementos clave del judaísmo como una estrategia de evolución grupal. Tal mímica estratégica, una vez más, llevará a una “judaización” de las sociedades occidentales no sólo en el sentido de que su organización social se orientará más hacia el grupo, sino también en sentido de que serán más conscientes de sí mismos como endogrupo positivamente evaluado, y estarán más conscientes de otros grupos humanos como competidores, evaluados de forma negativa como exogrupos. En este sentido, sea que el declive de los pueblos europeos no se detenga o que sea detenido, ello traerá graves consecuencias sobre el judaísmo como una estrategia de grupo en desarrollo evolutivo en las sociedades occidentales.

Este libro es el volumen final de la serie sobre el judaísmo como una estrategia evolutiva de grupo. Un libro futuro, tentativamente titulado Diaspora Peoples, extenderá el enfoque a otros grupos además de los judíos y los pueblos europeos: los gitanos, los asirios, los chinos, los parsis y sijs entre otros. Se pondrá a prueba el grado en que los conceptos y el análisis empleado en esta serie podrían ampliar nuestra comprensión de la interacción grupal, la cooperación y la competencia, y por lo tanto la evolución humana en general.

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Bibliografía

Tanto las razones como el escogido orden de capítulos–comenzando por el final–que me mueven a traducir la trilogía del profesor Kevin B. MacDonald aparecen en mi primera entrada.

La cultura de la crítica:
Un análisis evolutivo de la participación judía
en los movimientos intelectuales y políticos
del siglo XX

©1998, 2002 Kevin MacDonald
Todos los derechos reservados
Traducción con el permiso del autor



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Índice




Tanto las razones como el escogido orden de capítulos–comenzando por el final–que me mueven a traducir la trilogía del profesor Kevin B. MacDonald aparecen en mi primera entrada.

La cultura de la crítica:
Un análisis evolutivo de la participación judía
en los movimientos intelectuales y políticos
del siglo XX

©1998, 2002 Kevin MacDonald
Todos los derechos reservados
Traducción con el permiso del autor


Índice onomástico & de temas de La Cultura de la Crítica (abreviado)

Abel, L., 213

Abella, I., 296

Abraham, K., 109, 111, 133

Abrams, D., 12, 17, 89, 167

Abrams, E., 238, 316

Ackerman, N. W., 185, 190, n.120

Adams, G. R., n.127

Adams, H., 211

Adams-Markstrom, C., n.127

Adelson, A., 77

ADL, ver Liga Anti-Difamación

Adler, A., 113, 114, 126, n.98

Adler, F., 251

Adorno, T. W., l, lxix, 142, 151–64 passim, 165, 167, 186–88, 190–98 passim,

202, 214, 220, 222, n.113, n.115, n.117, n.122, n.138, n.144, n.180

Adelson, H. L., 77

Africanos americanos, 3, 85, 96, 168, 243, 251–53, 301, 309, 315–317, 322, n.179

Agus, A. G. E., 231

Ainsworth, M. D. S., 184

Alba, R. D., 300, 318

Alcock, J., 38, n.65

Alemania, vii, xii, xiii–xv, xix, xxvi, xxxii, xxxiv–xxxv, xli, xliii, xliv, xlv, xlvii, l, li, lvi, lx, lxi, lxiv, 7–10, 34, 36, 39, 50, 54s, 60-63, 73, 77, 80-84, 91, 96, 99, 105- 111, 142–43, 151-155, 161ss, 197, 200, 219-312

Alderman G., 79, 81, 83, 294, 295, n.79, n.87, n.161, n.171

Alexander, E., 309

Alexander, R., xxv

Altemeyer, B., 165, 166, 173, 175, 187, 188, 189, 190, 191, 192, n.124, n.143

Alter, R., 15

Alter, V., xxxix

Alterman, E., liv, lxi, lxii, 208

Althusser, L., 21, 142

Altruismo, 88, 107, 304, 321, 326, 327

American Civil Liberties Union [Unión Americana de Libertades Civiles] 147, 245, 279, 280, 324, n.95

American Jewish Committee [Comité Judío Americano], ix, xxxv, xxxvi, xlii, xlix, lvii, 2, 151, 171, 194, 239, 242, 250, 252-54, 254, 256, 257, 259, 260, 272, 278–81, 283, 285, 292,

305, n.48

American Jewish Congress [Congreso Judío Americano], xxxix, xlii, lv, 69, 78, 147, 239, 240, 244–46, 249, 250, 252–55, 260, 264, 277–80, 282–84, 292, 305, 324, n.153, n.154, n.165,

n.166, n.167

Anderson, M. M., l

Andreason, N.C., 48

Annenberg, G., xiv

Antropología, ver Boas

Antisemitismo [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Archer, J., n.181

Arendt, H., l, 213, n.108

Arens, R., 282, 284

Arlow, J. A., 129

Aronson, E., 186

Asante, M., 309

Aschheim, S. E., 82, 83, 161

Auerbach, B., 8

Auster, L., 292, 318

Australia, 294, 297–299, 328

Authoritarian Personality estudios de, 151–192 passim, 214, 218, 224, 227, 232, 286, 288, 317

Autoritarismo: como faceta de los movimientos intelectuales judíos [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Bailey, P., 131

Barak, E., li–lii

Bardot, B., 293

Barker, P., 229

Baron, S. W., xxxviii, 80

Barone, M., lxii

Barrett, W., 3

Barthes, R., 21, 142

Batson, C. D., 188

Beaty, J., 278, 284

Beinart, P., 85

Bell, D., 195, 196, 213, 217, 218, 305

Bellow, S., 139, 141

Belsky, J., 136, 148

Belth, N. C., 255

Bendersky, J., xii, xiv, xv, xix, xxi, xlii, xliv, lvi, n.6

Benedict, R., 25, 26, 27, 28, 29, n.61

Benjamin, W., l, 151, 154, 198, n.144

Bennett, M. T., 275, 280, 281, 282, 284, 289, 291

Bennett, W., lxii, 149

Bennington, G., 200

Berg, A. S., xiii, xvi

Bergmann, M. S., 145

Berlin, I., 205

Berman, B., xxxviii

Berman, J., 61–62, 100

Berman, M., xxxviii

Berman, R. A., n.145

Bernal, M., 310

Bernheimer, K., xliii, lviii

Bettelheim, B., 185

Betts, K., 296, 298

Betzig, L., 134, 136, 315

Bhushan, L. I., n.143

Biale, D., 259, 311

Bierut, B., 61, 65

Billig M., 185, 187, 188

Billings, S. W., 165

Blalock, Jr. H. M., 301, 302

Blau, J. L., 239

Bleuler, E., 126, 224

Boas, F., [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Boer, D. P., 122

Bolchevismo, ver Comunismo

Bonaparte, M., 122

Bonner, J. T., 36

Booth, K., 148, 149

Bork, R., 324

Borowitz, E. B., 217, n.147

Boyd, R., 47

Brandeis, L., 245, n.148

Braun, L., n.99

Braungart, R. G., 77

Breitman, R. D., 261, 262, 270, 271

Brenner, C., 129

Bretherton, I., n.14

Brewer, M. B., 90

Brimelow, P., 290, 296, 315, 318

Broca, P., 35

Bromley, S., 216

Bronfenbrenner, n.68

Bronfman, C., xxxv

Bronfman, E. Jr., liii

Bronfman, E. Sr., xxxv, liii

Brooks-Gunn, J., 149

Brown, M., 296

Brown, N. O., 113, 123, n.109

Brown, P., 137

Brown, R., 165, 166, 168, 185, n.124

Brundage, J., 136, 137

Buchanan, P., lxii, n.4

Buckley, W. F., lxiii, 310

Buhle, P., 72

Bulik, L. A., 220

Burgess, R. L., 42

Burke, E., 221

Burnham, J., 221

Burris, C. T., 188

Buss. D. M., 48

Cain, A., 37

Campbell, D., 226, 229, 230

Canadá, 296–298

Capote, T., 216

Caputo, J. D., 199, 201, 202, 203, 204

Carlebach, J., 152, n.71

Carr, W. S., 261, 262, 271

Carroll, F. M., 301

Carroll, J. B., 36

Carroll, Joseph, 47

Castro, A., 7, 14, 103, 230, n.55

Católicos, 75, 106, 196, 242, 243, 256, 257, 270, 285, n.83, n.97

Caton, H. C., lxxiii, 29, n.59

Celan, P., l, lxix, 198

Celler, E., 248, 255, 267–68, 272–75, 281, 283, 290, n.159

Cesarani, D., 287

Chamberlain, H. S., 24, 360, n.70

Chamberlain, L., 114, n.74

Chandler, R., n.75

Charen, M., lxi

Chase, A., 34

Chavez, L., lxii

Chernin, P., xxvii

Chicago Tribune, xv, 246

Chomsky, N., n.108

Cristianismo, [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Churchill, W., xlvii, 294–295

Churchland, P., 109

Cioffi, F., 118

Clemen, C. G., 106

Clinton, H., xix

Clinton, W. J., xix, 216

Cockburn, A., lxii

Cohen, E., 209, 213, 220, 223

Cohen, H., 219–220

Cohen, M. R., 71

Cohen, N. W., 2, 238, 256, 257, 260, 272, 274, 278, 282, 284, 285, 309, 320,

n.48, n.150

Cohen, P. S., 86, 87

Cohen, S. M., 148

Cohn, W., 70

Colectivismo, xxiii–xxxviii, 14, 26, 102, 132, 137, 141, 162–65, 168, 186, 217,

223–24, 228–230, 232, 233, 253, 308, 322, 325, 326, 329, n.104, n.114, n.116

Collier, G., 165

Commentary, 209, 210, 211, 213, 220, 223, 280, 285, 287, n.4

Comunismo, [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Contemporary Jewish Record, 209, 211

Coon, C., xxxiii

Cooney, T. A., 3, 209, 210, 213, 214, 215, 216, 222, 227

Cooper, A. M., 119, 132

Corbin, A., 137

Coser, L., 220

Coulter, A., lxii

Coutouvidis, J., 62

Coyne, J. C., 121, 131

Crews, F., 118, 119, 120, 121, 122, 125, 127, 131, 139, 144

Cromwell, O., 112

Crosby, F., 216

Cruse, H., 252

Criptojudaísmo, xxii, 54, 65, 66, 90, 100, 199, n. 82, n.97

Cuddihy, J. M., xxi, xxii, xxiii, 16, 18, 21, 77, 79, 108, 115, 123, 137, 141, 142,

221, 314, 326

Courtois, S., xxxvii, xlv

Checoslovaquia, 262, 267, 278, 279

Dan, U., lxi

Darwin, C., xviii, xx, lxviii, 20, 106, 124, 129, 130, 229

Darwinismo, 20–49, 250, n.70

Davenport, C., 23, 28, 35

Davis, R., 77

Dawidowicz, L., 91, 279

Dawkins, R., 235

de Kooning, W., 213

de LaGarde, P., 164

de Toledano, R., 50

Deak, I., 302

Deconstruccionismo, 198–204, 207, 228, 232, n.145, n.146

Decter, M., n.175

Degler, C., xviii, 20, 22, 23, 24, 25, 26, 33, 35, 42, 46, 248, 249, 266

Dennett, D., 37, 47

Derrida, J., 163, 199–204, n.145, n.146

Dershowitz, A., lxi, 238, 316, n.4

Deutsch, H., 128

Dewey, J., 244–45

Dickemann, M., 134

Dickstein, M., 142

Dickstein, S., xlii, 33, 255, 263, 268, 270, n.159

Disraeli, B., 12–13, 86, n.52

Dissent, 209, 220, 223

Divine, R. A., 246, 259, 270, 271, 272, 273, 282, 284

Dixon, S., 137

Doctorow, E. L., 9

Doise, W., 90

Dornbusch, S. M., 149

Dorsey, G., 27

Dosse, F., 21, 22, 142, n.146

Dostoevsky, F., 120

Dovidio, J. F., 216

Draper, P., 136

Duby, G., 137

Dumont, P., xxxii

Dunne, M. P., 149

Durkheim, É., 8, 20

Editores de Fortune, xiii, xiv, n.2

Edwards, K., 90

Efron, J. M., 82, 205

Egan, V., 48

Ehrenburg, Ilya., xli, 56–57

Ehrenburg, Israel, 26

Ehrlich, H., xli

Eickleman, D. F.,

Einhorn, D., 268

Einstein, A., vii

Eisenhower, D. D., 284

Eisner, M., liv, lv

Eissler, K., 128

Eksteins, M., n.49

Elazar, D. J., 57

Elkin, S., 141

Ellenberger, H., 118, 126, 130

Ellis, J., 36

Ellman, Y., 238

Epstein, J., 4

Epstein, M. M., 6

Eribon, D., 21

Erikson, E. H., n.127

Estados Unidos, [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Etnocentrismo, [ibídem]

Eugenesia, 12, 24, 28, 34–35, 44, 124, 147, n.66, n.178

Evron, B., li

Evsektsiya, 52, 55, n.72

Eysenck, H., 118

Fahnestock, J., 47

Fairchild, H. P., 271

Fancher, R. E., 32

Farrakhan, L., 309

Farrell, J. T., 213

Faur, J., 7, 14, 310

Fefer, I., 52

Fehr, E., xxvii, xxviii

Feldman, L. H., 12

Ferenczi, S., 128, 130, n.96, n.105

Ferguson N., 46

Ferkiss, V., 195

Fetzer, J. S., 242

Fiedler, L., xxiii, 3, 142, 213

Field, G. G., n.70

Field, S. A., 322

Finkelstein, N., xlix, liii, lxii

Flacks, R., 76, 77

Flinn, M., 235

Fölsing, A., vii

Foner, E., xlv

Ford, H., 238

Fortune, lii, 271; ver también Editores de Fortune

Foucault, M.. 21, 142, 198

Fox, R., 20

Foxman, A. H., xxxiv, xlviii

Francia, xix, xxvi, xliv, lxiv, 8, 9, 21, 24, 133, 200, 202, 248, 251, 293, 305, n.110

Frank, G., 22, 23, 24, 25, 278, n.60

Frankel, J., 81, 82, n.74

Frankfurt, Escuela de, [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Frankfurter, F., xv, n.176

Freedman, D. G., 39

Freeman, D., 24, 26, 27, 29

Frenkel-Brunswik, 165, 172, 173, 174, 175, 176, 177, 178, 179, 180, 181, 182,

183, 184, 186n.124, n.134

Freud, A., 128

Freud S., [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Friedenwald, H., 257, 259

Friedman, L., 195

Friedman, M., 252

Friedman, M. L., n.127

Friedman, T., lxi

Frink, H., 131

Fromm, E., 114, 140–41, 154–55, 163, 197, 220, 222

Frommer, M., 243, 244

Fuchs, L., 80, n.85

Fundamentalismo judío, [aquí el índice original en inglés comprende un par de subíndices]

Furstenberg, F. F., 149

Gabler, N., xiii, xiv, n.2, n.81

Gächter, S., xxvii, xxviii

Gaertner, S. L., 216

Gal, A., 245

Galchinsky, M., 311

Galton, F., lxviii, 35

Garfinkel, 16

Gay, P., 15, 16, 106, 107, 109, 110, 111, 112, 114, 115, 117, 118, 119, 120, 124,

125, 126, 127, 130, 134, 224, n.62, n.98, n.100

Geertz, C., n.69

Geffen, D., lv

Gelertner, D., lxi

Geltman, E., 220

Gerlernter, D., xxi

Gholson, B., 229

Gilman, S. L., 109, 145

Gilson, E., 8

Ginsberg, A., n.52

Ginsberg, B. P., 9, 53, 80, 98, 280, 300, 311, n.28

Gitelman, Z., xli, 52, 53

Glazer, N., 9, 72, 77, 28, 83, 132, 165, 195–196, 209, 213, 225, 227, 269, 305,

n.121

Glenn, S. S., 36

Gless, D. J., 198

Goddard, H. H., 32–33, 36, n.64

Goldberg, H., n.83

Goldberg, Johah, lxi

Goldberg, J. J., xxii, 23, 187, 221, 242, 243, 245, 290, 300, 301, n.95

Goldblum, J., lx

Goldenson, L., lv

Goldenweiser, A., 25

Goldfarb, S. H., 250

Goldfrank, E. S., 25

Goldhagen, D., l, li

Goldman, E., 68, 70

Goldmann, N., xxxix

Goldschmidt, W., xxv

Goldstein, A., 82

Goldstein, I., 277, 282–84

Goldstein, J., 225, 242, 257, 259, 260

Gomulka, W., 63, 100

González, G., 219

Goodman, P., 3, 139, 141, 142, 213

Gordon, S., 8

Gottfredson, L. S., n.141

Gottfried, P., viii–ix, xviii, lxxiii, 77, 193, 221, 225, 308, 310, 311, 315, n.84

Gottlieb, G., 39, 43

Gould, S. J., 30–38, 41–43, 46–48, 247, n.65, n.66, n.70

Graham, D., n.32

Graham, K. M., n.32

Grant, M., 24, 28, 35, 246–48

Gray, K. D., 149

Green, A., 281

Green, G., lix

Greenberg, C., 209–211, 213, 214

Greenberg, P., lxi

Greenspan, A., 216

Greenwald, A. J., 208, 216, 236

Grellong, B. A., 172

Gross, B., 42, n.98

Grosskurth, P., 109, 127, 128, 130, 131, n.96

Grünbaum, A., 118

Grünberg, C., 227

Grunberger, B., 143

Guastello, S. J., 165

Gullotta, T. P., n.127

Guterman, N., 124

Ha’am, A., ver Ginsberg A.

Hagen, W. W., 59, 305

Haider, G., lx

Hajnal, J., xxv, 135

Hale, N., 114, 128, 129, 132, 225

Halevi, H. K., n.38

Haliczer, S., 230

Hall, P. F., 248

Hamilton, D., n.26

Hammer, A., n.82

Hammer, M. F., xxxvi

Hanawalt, B., 136, 137

Handlin, O., 195, 196, 285–288, 289, 319, 327, n.173

Hannan, K., vii

Hannibal, 112, 114, 115

Hanson, P., 299

Harris, M., 28

Harter, S., 87

Hartung J., lxxiii, 122

Harvey, I., 48

Hawkins, F., 296, 297, 298

Hegel, G. W. F., 156, 163, 202, 204, 219

Heilbrun, J., lxi

Heine, H., 7, 10, 13, n.71, n.76, n.107

Heller, J., 9, n.51

Henrich, J., xxviii

Henry, W. E., 106

Herder, J. G., 312

Herlihy D., 137

Herrnstein Smith, B., 198

Herrnstein, R., vi, 31, 148, 149, 150, 242, 312, 313, n.176, n.179

Herskovits, M., 25, 287

Hertzberg, A., 31, 32, 33, 35, 39, 56, 70, 78, 80, 261

Herz, F. M., 183

Herzl, T., 13, 16

Herzog, E., 177

Heschel, A. J., 56

Heschel, S., 311

Hess, M., 244

Higham, J., 166, 196, 218, 239, 243, 244, 247, 248, 256, 265, 286, 303, 317, 324

Himmelfarb, G., 150

Himmelstrand, U., n.93

Hirsch, Jerry, 30, 40, 41

Hirsch, Judd, lviii

Hitchens, C., lxii

Hitler, A., vi, xlii, xliv, xlvi, xlvii, lx, lxiii, 43, 96, 152, 161, 187, 279, n.71

Hoffman, A., 77

Hoffman, J., 77

Hofstadter, R., 75, 194–196, 227, 287, 288, n.108

Hogg, M. A., 12, 17, 89, 167

Hollinger, D. A., xviii, 4, 5, 20, 30, 242, 243, 244, 245

Holocausto, ix, x, xxxiii, xxxiv, xli–xliii, xlvi, xlvii–lii, liii, lvii, lviii, lx, lxiii, lxiv,

lxix, 31, 34, 41, 44, 56, 73, 93, 153, 203, 228, 245

Hook, S., 53, 64, 95, 209, 211–13, 223, 242, 244, 274, 305

Horkheimer, M., 152–62 passim, 192, 197, 198, 214, 220, 222, n.113. n.116,

n/117, n.118, n.144

Horney, K., 140

Horowitz, D., lxi, 69, 93, 95

Horowitz, I. L., 20, 98, 102, 217, 219, 221, 234, 309, 313, 314, n.119, n.180

Howe, I., 16, 50, 213, 220, 223, 305

Hull, D. L., 47, 226, 229, 230

Human Behavior and Evolution Society, viii

Hume, B., lxii

Hungría, xxxviii, xliii, xlv, xlvi, 32, 65, 80, 99–102, 257

Hunt, E., 36

Hyman, H. H., 165, n.124

Hyman, P. E., 137, 148

Identification judía, [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Iglesia-Estado, relaciones e involucramiento judío, 187, 242, 249–251, 300, 302, 311

Inquisición (española), x, 14, 103, 128, 199, 230, 238, 306, 308, 329

Inteligencia, xx, xxxvii, lviii, 3, 30–38, 41, 42, 46, 48, 148–149, 195, 207, 246,

247, 249, 249, 266, 312, n.66, n.124, n.141, n.179; de judíos, xii, xvi, lxx, 4, 5,

6, 80, 96, 147, 186, 205, 214, 242, 266, 307–308, 317, 324, n.50, n.56, n.178

International Herald Tribune, n.32

Internet, censura de, lxiii–lxv

IQ [CI], ver Inteligencia

Irving, D., liii, 101, 102

Isaacs S. D., 239

Isenberg, P., 9, 114, 115, 117, n.90

Israel, [aquí el índice original en inglés comprende un par de subíndices]

Israel, ancient, 44, 116, 133, 134

Itzkoff S., lxxiii, 39, n.178

Ivers, G., 249, 251

Jacoby, J., lxi

Jacoby, R., 198

Jahoda, M., 185, 190, n.120

Janov, A., 141

Janowitz, M., 185

Javits, J., 249, 255, 275, 282, 283, 290, 291

Jay, M., 152, 156, 159, 163, 192, 234, n.118

Jensen, A., 35, 36, 46, 48, 229

Jewish Tribune, 263, 270

Judaísmo, ver Anti-Semitismo; Judaísmo conservador; J. ortodoxo; J. reformado; y Sionismo

Johnson, A., 262, 264, 272, 285

Johnson, H., 107

Johnson, L., 78

Johnson, P., 1, 6, 7, 8, 12, 97, 118, 187, n.56, n.120

Jones, A. S., liv, lv

Jones E., 109–111, 127, 128, 130, 131

Joseph, K., 295

Joyce, J., 204

Judis, J., 242, n.175

Jumonville, N., 209, 210, 211, 214, 215, 223, 227

Jung, C. G., 109, 110, 113, 125, 126, 127, 133, n.98, n.105

Kadushin, C., 4, 132, 139, 208

Kafka, F., l, lxix, 211

Kagan, R., lxi

Kaganovich, L., xl, 97

Kahan, Comité, lxiii, n.37

Kahan, S., xxxviii

Kallen, H., 219–220, 240, 243–245, 254, 268, 277, 287–288, 303, 323

Kamenev, L., 53

Kamin, L., 30, 32–34, 41, 43,247

Kammerer, P., 400

Kann, K., xli, xli, 73, n.81

Kann, P. R., liv

Kantor, K. A., n.2

Kaplan, D., 131

Kaplan, H. J., 3

Kaplan, L., lxi

Katz J., 50, 145, 156, 305

Katzenberg, J., liii

Kaufman, J., 96, 252

Kaus, M., 149

Kazin, A., 3, 213

Keegan, J., 29

Keeley, L. H., 29

Kelly, J. B., 148

Kerr, J., 132

Kerr, W., 4, 132, 237

Keyes, A., lxii

Khrushchev, N., 100

Kiell, N., 130

Kimball, R., 197

Kinnecutt, F., 271

Kirk, R., 221, n.175

Kissinger, H., liv, 209, 215

Klehr, H., 71, 72, 73, 74, 75, 86, 84

Klein, D. B., 106, 109, 110, 111, 112, 113, 116, 144, 145, n.97, n.99

Klein Halevi, lxi

Klineberg, O., 26

Knode, J., 82

Kohler, K., 268

Konvitz, M., 287

Kornberg,, R., 13

Kostyrchenko, G., 52, 57, 98, 99

Kotkin, J., n.28,

Kramer, H., 197, 198, 210

Krassner P., 77

Kraut, A. M., 261, 262, 270, 271

Krauthammer, C., lxi, 305

Kris, E., 122

Kristol, I., lxi, lxviii, 209, 210, 213, 221, 305, n.168, n.175

Kristol, W., lv, lxi, xlviii

Kroeber, A., 23, 25, 27, n.60

Kudlow, L., lxi

Kunkel, E. J., xxv

Kunstler, W., 79

Kurzweil E., 106, 113, 114, 121, 133, 138, 142, 145, n.98, n.194, n.110, n.111

Lacan, J., 21, 142

Lachman-Mosse, H., n.49

Lacouture, J., n.8

Ladurie, E. L., n.95, xxvi

Lakoff, R. T., 121, 131

Lamarckianismo, 107, 120, 145, 147, n.58, n.77

Landau, D., 223

Landes, R., 25

Landmann, M., 163

Laqueur, W., 301

Lasch, C., 166, 167, 192, 193, 194, 195, 196, 206, 308

Laski, H., 16

Lasky, M. J., 213

Laslett, P., xxvi

Lauck, G., lxiv

Layton-Henry, Z., 296

Lazarsfeld, P., 21

Lazarus, M., 243, 244

Lear, N., lix–lx, 9

Lefkowitz, A., 251

Lehman, H. H., xli, 251, 259, 274, 283

Lehrman, D. S., 39

Lenin, V. I., xxxix, 52, 96–97, 141, 154, 227, n.91

Lenz, F., xxv, 20, 325, n.58

Lerner, M., 195, 287–288

Lerner, R., 300, 301, n.68

Lerner, Richard M., 39, 40–45, 46, n.68

Levenson, A., 268

Levering-Lewis, D., 251, 252

Levey, G. B., 84, n.89

Levin, G. M., liv

Levin, N., 51, 67, 68, 69, 86, 91, 92, 103, n.72

Levins, R., 41

Levinson, D. J., 165, 168–171, 183, 186, n.120, n.122, n.123

Lévi-Strauss, C., 22

Levy, R. S., 91

Lewin, R., 20, 36, 37

Lewis, B., 6, 82

Lewontin, R., 30, 38, 41–48, 231, n.70

Lichter, L. S., n.50

Lichter, S. R., lvi, lvii, 8, 9, 20, 30, 50, 51, 53, 71, 74, 75, 77, 78, 79, 80, 81, 84,

87, 90, 101, 103, 140, 149, 208, 218, 225, 233, n.50, n.83, n.85, n.88

Liebman, A., 11, 67, 68, 69, 71, 73, 75, 76, 77, 78, 84, 87, 89, 92, 93, 94, 95, 96,

228, 280, n.80, n.85

Liebman, C. S., 10, 20, 84, 88, 89, 95, 232, n.85, n.114

Liga Anti-Difamación (ADL por sus siglas en inglés), xiv, xxxiv, xxxvi, xlviii, lvii, xliii–lxv, 72, 78, 194, 239, 250, 251, 253–55, 264, 283, 305, n.19, n.40, n.43, n.45, n.46, n.47, n.121., n.148, n.155

Likud Partido, xxxv–xxxvi

Lilla, M., 22, 202

Limbaugh, R., lxii

Lincoln, W. B., 80

Lind, M., lxii, n.175

Lindbergh, A. M., xvi–xvii

Lindbergh, C., xii–xviii, n.4, n.5

Lindemann, A. S., xxxviii, xlv, xlvi, 4, 6, 11, 53, 54, , 81, 96, 97, 98, 99, 251, 287, 302

Linton, R., 27

Lipset, S. M., 11, 76, 77, 78, 86, 194–96, 213, 300, n.148

Lipsky, S., xli

Lipstedt, D., lv

Liskofsky, S., 291

Litvinov, xlv

Lodge, H. C., 256, 257

Lorenz, K., 39

Louis IX, 305, n.177

Lowell, A. L., 265

Lowenstein, S. M., n.121

Lowenthal L., 222, n.124

Lowie, R., 25, 28

Lueger, K., 205

Lumet, S., xlv

Luxemburg, R., 54–55, 59, 222, n.83

Lynn, R., 33m 317, n.178

Lyons, P., 71, 74, 93, 94, 95, 269

Lyotard, J.-F., n.145

Lysenkoismo, n.77

Maccoby, E., 174

Macdonald, D., 138, 213

MacDonald, K. B., viii, ix, xx, xxiv, xxv, xxvi, xxix, xxx, xxxxii, xlii, li, lx, lxv–lxviii, lxx, lxxiii, 42, 43, 120, 121, 122, 123, 124, 133, 134, 135, 136, 173, 174, 175, 183, 186, 235, 321, 315, 318, 325, 326, 329, n.13, n.107, n.178

MacFarlane, A., 135, 136, 137, 318

MacMillan, M., 118, 119

Magnet, M., 149

Mahler, J., 31

Maier, J. B., 152, 162

Mailer, N., 9, 139, 142, 213

Mannoni, O., 106

Marcia, J. E., n.127

Marcus, J., 11, 51, 140, 152

Marcuse, H., lii, 113, 117, 118, 123, 139–142, 154–155, 197, 220, 222, n.83,

n.113

Marranos, ver Nuevos Cristianos

Marshall, L., xxxix, 242, 251, 259, 260, n.150

Martin, J., 174

Marx, K., 13, 16, 20, 50, 89, 91, 118, 141, 142, 220, 221, 227, 314, n.71, n.110

Marxismo, [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Maslow, W., 272

Massing, P. W., 8, 188

Masson, J., 8, 126, 128, 129, 131

Matteson, D. R., n.127

Mayer, A., xlv

Mayer, E., n.121

Maynard Smith, J., 20, 37, 38

McCarran, P., 274, 281, 285, 292, 293

McCarran-Walter Acta, 274–276, 278, 281–285, 286, 289–290, 328

Macartismo, xlii, xliv, 32, 75, 84, 193, 238

McConnell, S., x, n.1

McCormack, D., 298

McCormick, R., 15

McGrath, W. J., 114, 115, 117

McLanahan, S., 148, 149

Mead, M., 20, 23, 25–29, 249, n.61, n.142

Medding, P. Y., n.89

Medios, involucramiento judío en los xiii–xv, xviii–xx, xli, xliii, xlvii, li, lii–lxv, lxviii, lxix, 2, 6, 8, 9, 50, 79, 100, 131, 138, 139, 206, 225–226, 233, 235, 238, 246, 250, 253, 257, 296, 301, 302, 310, 317, n.28, n.32, n.175

Medved, M., lii, lix

Mehler, B., 40

Meir, G., 56

Meitlis, J., n.101

Menorah Journal, 209, 213, 220

Mesianismo, como característica de los movimientos intelectuales judíos, 41, 82, 87–88,

111–112, 134, 145–146, 202, 223, n.71, n.102

Meyer, E., xiii

Meyer, M. A., 268, 269, n.71

Mezvinsky, N., xxxii–xxxiv

Michael, J. S., 36

Michaels, R., 119

Miele, F., 36

Miller L. F., 149

Miller, N., 90

Minc, H., 61

Minton, H. L., 165

Mintz, J. R., 177, 223

Mishkinsky, M., 51

Mitscherlich, A., 143

Molenaar, P. C. M., 42

Molotov, V., 53, 56

Moltz, H., 39

Money, J., 326

Monogamia como el sistema occidental en el matrimonio, xxiv–xxvi, xxx, xxxi, lxv, 133–37

Montagu, A., 26, 249

Moore, G., 300

Moral particularismo: característica del judaísmo, ix, xxix, xxxi, xxxiv, xl

Moral superioridad: aspecto de los movimientos judíos, xx, xxix, 65, 70,

108, 115, 116, 117, 120, 144, 145, 147, 194, 206, 214, 221, 316, n.83

Morris, D., lxi

Morris, G. L. K., 213

Morton, S. G., 35

Moscovici, S., 17

Mosse, G., 10, 84, 219, n.84, n.177, n.180

Mosse, W. E., 231, 302, n.49

Moynihan, D. P., 9, 132, n.121

Mugny, G., 17

Mullen, B., 208

Multiculturalismo, ver Pluralismo cultural

Murray, C., vi, 148, 149, 150, 242, 312, 313, n.179

Musiquant, C., 293

Muuss, R. E. H., n.127

Myers, G., 30, 39

Nadell, P. S., 262

Nagai, A. K., 300

Namier, L., 205

Napoleon, 112

Nathan de Gaza, 118, n.102

Nation, lxii

Nacional Socialismo, [aquí el índice original en inglés comprende un par de subíndices]

Navasky, V., 280, n.25

Nazismo, ver Nacional Socialismo

Neo-conservadurismo, v, vi, x, xi, xviii, lv, 103, 208, 215, 221, 223, 225, 234, 242,

305, 310–311, 313, n.54, n.86, n.89, n.175

Netanyahu, Benjamin, xxxv

Netanyahu, Benzion, 306

Neuhaus, R. M., 242

Neuringer, S. M., 242, 255, 256, 257, 259, 260, 269, 270, 272, 273, 274, 275,

285, 289

Neusner, J., 238

Newsweek, n.32

Newsweek International, lxii

New York Post, x, xiii, lv, lxii

New York Review of Books, 38, 139, 209

New York Times, xiii, xiv, xli, liv–lv, lxii, 79, 282, n.25, n.32

Newhouse, S., xiii, liii,

Niebuhr, R., xvi, xxi–xxiii

Nolte, E., xlv, xlvi

Noonan, J., T., 137

Nórdica, teoría de la supremacía, xii, 24, 34, 247, 264, 266, 267, 275, 277, n.159

Norton A. J., 149

Novak, R., lxii

Novick P., 195

Nueva York intelectuales de, vii, xviii, xxiii, lxxiii, 1, 3, 9, 13, 16, 38, 103, 132, 138–139, 141, 196, 205–36 passim, 242, 244, 245, 256, 259, 279, 287, 305, 310, 317, n.148, n.173

Nugent, W. T. K., 195

O’Brien, P., lxxi

Ohmann, R., 198

Orgel, S., 119, 129, 131

O’Reilley, B., lxii

Ortodoxo judaísmo, xxxvii, 83, 103, 189, 235, 159, 268, 303, 312, 320, n.87, n.88, n.121, n.161

Ostow, M.,145

Ozick, C., xxxviii, 16, 218–219

Palestinos, xxxiii, xxxiv, xxxv, lii, lx, lxi, lxii, lxx, n.21

Pangle, T. L., 221

Partisan Review (PR), 3, 138–139, 209–11, 213, 215, 220, 222–223, 227, 244, n.173

Pavlov, I., n.77

Pearl, Jonathan, lvii, lviii

Pearl, Judith, lvii, lviii

Perelman, R., liii

Peretz, M., liv, lxi, 208–09, 294

Pérez, J. A., 17

Perle, F., 141

Perle, R., lxviii

Perlman, P. B., 267, 268, 280

Petegorsky, D., 246

Petersen, W., 287, 328

Pettigrew, T. F., 186, 187

Peyser, A., lxi

Pfeffer, L., 250–51

Phillips, R., 136

Phillips, W., 213, 222, 227

Phillips, W. Senator, 271

Piccone, P., 197

Pinker, S., viii, 37

Pinkus, B., 51, 52, 53, 96

Pipes, D., lxi

Pipes, R., 53, 80, 96, 98, 99, n.67, n.86

Plastrik, S.,220

Podhoretz, J., xi, lxi

Podhoretz, N., xi, lvi, lxii, lxiii, lxviii, 16, 147, 209, 210, 213, 215–216, 223, 242, 305, 310, 324, n.4, n.92, n.175

Pogrebin, L. C., n.174

Poland, xxxviii, 32, 51, 54, 55, 58–67, 69, 72, 74, 80, 87, 91, 94, 95, 98–101, 223, 261–263, 278–79, n.29, n.78

Pollack, L., 136

Popper, K., 226, n.115

Porter, R., 137

Posmodernismo, 48, 197–99, 205, 228, 232, n.70, n.145, n.146

Powell, R. A., 122

Powers, S., n.50

Pratto, F., 327

Prawer, S. S., n.76

Protestantismo, xvi, xviii, xix–xxiii, 5, 20, 21, 77, 106, 140, 149, 196, 242, 243, 244, 250, 257, 270, 300

Psicoanálisis, [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Psychoanalytic Quarterly, 131

Pulzer, P., 8, 91

Quaife, G. R., 137

Raab, E., 85, 194, 241, 300, 305, n.148

Raciales diferencias, investigación, 22–28, 33, 36, 246, 246–49, 255, 286

Radical política, involucramiento judío en, ver Política de izquierda

Radin, P., 25

Radosh, R., xliii, xliv, n.25

Ragins, S., 253

Rahv, P., 213

Raico, R., lxxiii

Rank, O., 112, 125–127, n.96, n.97

Rankin, J., 278

Rapoport, J., xl–xli, n.81

Rapoport, L., xxxviii, xxxix, 53, 80, 96

Rappoport, C., n.74

Rather, L. J., 220, n.52

Rawls, J., 327

Ray, J. J., n.413

Raz, N., 48

Raza, [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Redstone, S., liii

Reformado, judaísmo, xxii, xxxi, lv, 78, 103, 112, 207, 239, 268–69, 303, 316, n.7, n.60, n.88

Reich, C., 16

Reich, R., 216

Reich, W. 16, 113–14, 123, 139–42, 155, 221

Reik, T., 123

Reike, M. L. 165

Reiner, R., lix

Reiser, M. I., 119

Revercomb, C., 273

Reynolds, G., 165

Reynolds, J., 62

Rice, E., 110, 116, 117

Richard, J., 305, n.177

Richards, R., 36

Richerson, P. J., 47

Riesman, D., 195–96, 213, 287

Rifkind, S. H., 274, 276–77, 280, 283

Ringer, F. K., 8, 162

Roberts, J. M., n.52

Roberts, P. C., n.176

Robertson, P., n.175

Roddy, J., n.8

Rodríguez-Puértolas, J., 7

Rogoff, H., 92

Roma, x, xxvi, 52, 112, 114–115, 120, 133, 137, 312, 326, 329, n.114

Rose, S., 30, 41, 43

Rosen, E. J., 183

Rosenberg, A., 161

Rosenberg, H., 213

Rosenberg, J., 78

Rosenberg, Julius y Ethel, xlii–xliv, 71, 72, 279–280

Rosenblatt, G., lxx

Rosenblatt, J. S., 39

Rosenfeld, I., 3, 68, 141, 213

Rosenfeld, M., 68

Rosenfield, H. N., 280, 283

Rosenman, S. I., xv

Rosenthal, A. M., xi, lxi

Rosenthal, H., 220

Rosenwald, J., 251, n.120

Ross, E. A., 244, 257–258, 265

Roth, P., 15, n.90

Rothman, S., 8, 9, 20, 30, 50, 51, 53, 71, 74, 75, 76, 77, 78, 79, 80, 84, 87, 90, 91, 96, 101, 103, 114, 115, 117, 140, 149, 208, 217, 218, 225, 233, n.50, n.83, n85, n.88, n.90

Rothschilds, n.175

Rouche, M., 137

Rubenfeld, F., 210, 211, 213

Rubenstein, G., 189

Rubenstein, J., xl, 56, 57, 98

Rubin, J., 77

Rudin, S., n.50

Rudnick, P., n.50

Rühle, O., n.71

Ruppin, A., 223, 312

Ruse, M., 30

Rushton J. P., lxxiii, 33, 35, 36, 42, 148, 217, 235, 247, 266, n.179

Russell, D. A., 36

Russell, J. C., lxxi

Rusia, vii, x, xiii, xix, xxxvii–xlvii, 5, 11, 23, 25, 32, 51–53, 62, 75, 81, –83, 87, 92, 96–101, 127, 225, 238, 258, 269, 278, 288, 307, n.53, n.73, n.74, n.92, n.119, n.155

Ryan, A., 312, n.176

Sabath, A., 255, 263, 267–68, n.159

Sabin, J., lxxiii

Sachar, H. M., 77, 79, 99, 218, 220, 225, 238, 243, 245, 305

Safire, W., lxi

Said, E., lxii

Sale, K., 141

Salter, F., xiii, lxxiii, 131, 301, 302, 305

Samelson, F., 32, 33, 35, 247, 248

Sameroff, A., 39

Sammons, J. L., 13, n.71, n.107

Samuel, M., 240, 261, n.150

Sandel, M. J. 244, 245

Sanford, R. N., 165, 167, 172

Sapir, E., 25, 28

Sarich, V., 47

Saxe, L., 216

Schapiro, L., xxxix

Schapiro, M., 213

Schatz, J., 14, 54, 55, 58, 59, 60, 62, 63, 64, 65, 67, 80, 87, 88, 91, 95, 100, 101, 279, n.83

Schiff, J., xxxix, xlii, xlv, 81, 225, 251

Schlesinger, A., 302

Schmidt, H. D., 253

Schneerson, M., xxxiii, 223

Schnierla, T. C., 39, 43

Schofield, R., 134, 135

Scholem, G., 82, 152, 218, 219

Schorsch, I., 244

Schuh, E. S., 208, 216, 236

Schwartz, D., 3, 213

Schwarzchild, S. S., 219

Segal, N., 39

Segersträle, U., 47

Selzer, J., 47

Sennett, R., 21

Sexual reforma y el psicoanálisis, 106–07, 114, 118, 135–138, 147–150, 112–13, 117, 119, 121,

122, 123, 126, 140–44

Shafarevich, I., n.74

Shahak, I., xxxii–xxxiv

Shapiro, E. S., 78, 138, 208, 209, 300

Shapiro, K., 3, 141

Shapiro, N., lvi

Sharon, A., xxxiii, lx, lxi, n.36, n.38

Shavit, A., lx

Shaw, R. P., 82

Sheatsley, P. B., 165, n.124

Sheehan, M. M., 137

Shepherd, N., 54

Shils, E. A., 194–96, 213

Shipman, P., 26

Sidanius, J., 327

Silberman, C. E. P., 56, 84, 85, 241, n.28, n.89, n.149

Silverman, I., 39

Simon Wiesenthal Center, lxiii–lxv, n.41, n.42

Simon, J., 242

Sims, J. H., 106

Sinclair, A., 90

Singerman, R., 246, 247, 268

Sionismo, [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Sirkin, M. I., 172

Slansky, R., 279

Slusser, R. M.., xxxvii

Smith, G., 253, 306

Smith, R. M., 322, 323

Smooha, S., 319

Snyderman, M.,

Sobran, J., lxiii, n.4, n.75, n.175

Social ciencia, como ideología, [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Sociobiología, ver Darwinismo

Sociología, 9, 20, 21, 130, 138, 151, 153–154, 210, 213, 218, 227, 234, 309, 314

Solkolnikov, G., 53

Solzhenitsyn, A., n.92

Sonnenfeld, B., n.50

Sontag, S., 213

Sorin, G., 5, 23, 51, 67, 68, 83, 269

Sorkin, D., 9

Southwood, T. R. E., 326

Spencer, H., 20

Spielberg, S., liii, lvii

Spier, L., 25

Spinoza, B., n.56

Spray, S. L., 106

Stalin, J., xxxvi–xxxix, xli, 52–53, 56–57, 60–61, 76, 79, 88, 97–103, 212, n.24, n.25, 126, 128, 153, 223, 305

Stallworth, L. M., 327

Stein, B., lvi, lix, lx, 9

Stein, G., 16

Steinberg, L., 136

Stern, F., 161

Stimson, H. L., 261

Stocking, G., 23, 24, 25, 26, 27, 248, n.63

Stoddard, T. L., xii, 247

Stoecker, A., 8

Stone, L., xxv, 136

Stove, D. C., 230

Stratton, L. M., n. 176

Strauss, L., 221, 225

Sugerman, 246, 247, 268

Sullivan, A., lxii

Sullivan, J., xi

Sullivan, H. S., 140

Sulloway, F., 118

Sulzberger familia, xiii, li, liv

Svonkin, S., xlii, 69, 72, 239, 245, 246, 252, 278, 279, 280

Symons, D.,37

Symott, M. G., 265

Sykes, B., xxvii

Szajkowski, Z., xxxvii, xliii, xlv, xlvi, 81, 225, n.53

Tar, Z.,140, 152, 153, 155, 162

Tarcov, N., 221

Taylor, S. J., n.25

Terman, L. M., 33–34, 266

Thatcher, M., 295

Thernstrom, A., lxx

Thernstrom, S., lxx

Tifft, S. E., liv, lv,

Tiger, L., 39

Tikkun, 209

Tobach, E., 39, 43

Tooby, J., viii

Toranska, T., 61, 62, 65

Torrey, E. F., 24, 27, 30, 107, 114, 118, 138, 139, 208, n.61

Triandis, H. C., xxiv, xxiii, 163, 164, 165, 186, 233, 326

Trilling, D., 213

Trilling, L., 16, 209, 213, 214, 220, 223

Trivers, R., 10, 236

Troper, H. E., 296

Trotsky, L., xxxix, xli, xlv, 53–54, 58–59, 92, 97, 103, 114, 141, 212, 220, 222, 227, 245, n.74, n.83

Trotskismo, 60, 114, 209, 213, 220, 221, 222, 245

Truman, H. S, 73, 273, 280, 284

Tucholsky, K., 8

Turney-High, H., 29

Ucrania, 38–42, 54, n.81

Unión Soviética, ver Rusia

Universalismo: y movimientos judíos de intelectuales, [aquí el índice original en inglés comprende subíndices]

Uritsky, M. S., 96, n.91

Urofsky, M. I., n.176

Vaile, W. M., xii, 264, 267, 292

Vaksberg, A., 52, 53, 54, 56, 97, 98

van Valen, L., 35

Vassiliev, A., xlii

Veblen, T., 15

Veyne, P., 137

Vidal, G., 216, 310

Viereck, P., 195

von Eye, A., 42–43

von Hoffman, N., 75, 76, 196, 197

von Treitschke, H., 244

Wagner, R., 167

Wald, A. L., 216, 220

Wald, L., 251

Wall, R., 135

Wallerstein, J., 148

Walter, F., 282–84, 289

Walter-McCarran Acta, ver McCarran-Walter Acta

Walzer, M., x, 13, 213

Wanger, W., n.3

Wangh, M., 143

Warburg, P., xxxix, xlii, 251, n.175

Washington Post, xiii, lxii, n.22, n.32, n.39

Warshow, R., 209, 213

Waters, E., n.14

Wattenberg, B., xi, lxi, 242

Waxman, C., 148

Webb, J., 317

Weber, M., 20

Wefald, Rep., 265

Weil, F., 151, 225

Weinstein, A., xlii

Weisfeld, G., 39

Weltfish, R., 25

Weng, L. J., 36

Werth, N., xxxvii, xxxix, xl, xli

Westermarck, G., 120, 136

White, L., 10, 23, 24, 25, 27

Whitfield, S. J., 218, 219

Whiting, n.9, n.11

Whitney, G., lxxiii

Wiesel, E., xxxiii, xlviii, li

Wiesenthal, S., xlix; ver también Simon Wiesenthal Center

Wiggershaus, R., 140, 151, 152, 153, 154, 155, 156, 157, 160, 191, 192, 197, 198, 222, 225, 227, n.112, n.113, n.143

Willerman, L. 48

Williams, G. C., 37, 47

Wilson, David S., lxxiii

Wilson, E. O., 36, 41, 42, 47

Wilson, J. Q., 123, 134, 149

Wilson, W., xlv, 257, 259, n.63

Winston, D., 78

Wise, S. S., xxxix, lv, 260, 264

Wiseman, F., 9

Wisse, R., 93, 209

Wissler, C., 27

Wittels, F., 113, 122, 125, 129, 134, n.105, n.106

Wolf, C., n.46, n.47

Wolf, E. R., 23

Wolf, L., xlv, n.53

Wolfowitz, P., lxviii

Wolin, S., xxxvii

Wortis, J., 108

Wrezin, M.,213

Wright, R., 37, 38

Wrigley, E. A., 134, 135

Yerkes, R. M., 33

Yerushalmi, Y. H., 105, 107, 108, 109, 110, 111, 116, 117, 125, 133, 146, 157, n.101

Young-Bruehl, E., 145

Zablow, S., n.95

Zangwill, I., 258–59, 263, 323, 327, 328, n.156

Zaretsky, E., 139

Zborowski, M., 177

Zeevi, R., lxi

Zhemchuzhina, P., 56

Zhuk, xxxix

Zinoviev, G., xxxix, xlv–xlvi, 53, 97, n.91

Zion, S., lxi

Zuckerman, M., liv, lxi

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Notas

Tanto las razones como el escogido orden de capítulos–comenzando por el final–que me mueven a traducir la trilogía del profesor Kevin B. MacDonald aparecen en mi primera entrada.



La cultura de la crítica:
Un análisis evolutivo de la participación judía
en los movimientos intelectuales y políticos
del siglo XX

©1998, 2002 Kevin MacDonald
Todos los derechos reservados
Traducción con el permiso del autor



Notas

1. Los comentarios de McConnell fueron hechos en una discusión a través de Internet en septiembre 30 de 2001.

2. Esta lista está basada en diversas fuentes: Editors of Fortune (1936); To Bigotry No Sanction: A Documented Analysis of Anti-Semitic Propaganda, un texto del Concilio Anti-difamación de Filadelfia y el Comité Americano Judío. Philadelphia: Philadelphia Anti-Defamation Council (1941); Gabler 1988; Kantor 1982.

3. Ben Hecht, un prominente guionista de Hollywood y declarado sionista, incluyó ideas a favor de la intervención en películas de su tiempo (Authors Calendar). Por ejemplo, en Angels over Broadway (1940), Hecht hace que el personaje Douglas Fairbanks Jr. pregunte: “¿Qué les pasó a los polacos, los finlandeses y a los holandeses? Son pequeñas criaturas. No ganaron.” Rita Hayworth responde, “Lo harán algún día.” Hecht también realizó algunos añadidos que no aparecen en los créditos a la película Foreign Correspondent (1940) de Alfred Hitchcock. Cuando le preguntaron a Hitchcock sobre el mensaje antinazi y probritánico, contestó que todo había sido obra de Walter Wanger y de Ben Hecht (Wanger también era judío; su nombre de nacimiento era Feuchtwanger). En la película un personaje dice: “Mantén prendido ese fuego, cúbrelo con acero, constrúyelo con las armas, construye una flota de barcos y, alrededor de ellos y Estados Unidos, aeroplanos de batalla. Estados Unidos: Mantén esas luces, son las únicas luces del mundo”.

4. La única excepción en años recientes—aunque relativamente menor—fue la columna de 1990 de Pat Buchanan en que se refirió a “la esquina amén” de Israel en unos Estados Unidos que promovían la guerra con Irak. (Por cierto, el Comité de Relaciones Americanas-Israelíes has estado cabildeando en el Congreso detrás de las cámaras para declararle la guerra a Irak [Sobran 1999]). Escribiendo en Wall Street Journal, Norman Podhoretz, antiguo editor de Commentary, rápidamente etiquetó a Buchanan de “antisemita” sin sentir necesidad de abordar la cuestión de si los judíos americanos estaban realmente presionando para una guerra contra Irak a fin de beneficiar a Israel. Como en el caso de las declaraciones de Lindbergh medio siglo antes, la verdad es irrelevante. Aunque este incidente no ha alterado el tabú de discutir los intereses judíos de la misma manera que es común discutir los intereses de otros grupos étnicos, resultó en un problema de largo alcance para la carrera política de Buchanan. Cuando éste corrió para presidente de los EE.UU. en 2000, un columnista hostil escribió en un prominente diario judío: “Fuera de las alcantarillas y dentro de la porquería intestinal, Patrick J. Buchanan, un neonazi, ha gateado en la arena política usando el antisemitismo como su vehículo principal para asegurarse un futuro a sí mismo” (Adelson 1999). El columnista llegó a aseverar que Buchanan “siempre fue un neonazi” y que eso “revela la calidad superficial de su mente torturada, enferma y defectiva”.

Por si fuera poco, Alan Dershowitz (1999) escribió: “No nos engañemos. Pat Buchanan es el clásico antisemita con tendencias fascistas que odia a Israel y ama a los criminales nazis de la guerra”. El ejemplo ilustra que los judíos continúan ejerciendo inmensa presión, incluyendo tácticas difamatorias, para mantener los intereses judíos fuera de los límites de la discusión política en Norteamérica. Como con Lindbergh en la previa generación, la experiencia de Buchanan has sido un duro recordatorio a los políticos que osen hablar de los intereses judíos en un debate público. Buchanan quedó completamente marginalizado en el Partido Republicano y, eventualmente, lo dejó por un espectacular fracaso cuando corrió para presidente en el Partido Reformista de 2000.

5. En una conversación con su esposa en noviembre 24 de 1941, Charles Lindbergh fue pesimista sobre el establecimiento de un estado judío:

C[harles] y yo discutimos acerca de un artículo en el periódico, un discurso de un rabí en una conferencia judía en donde dijo que la primer cosa que debe hacerse en la mesa de negociaciones después de la guerra es que una gran indemnización habría que pagarse a los judíos por sus sufrimientos. También habló acerca de tener un pedazo de tierra propio —algo con lo que simpatizo… [C.] dice que no es tan simple. ¿Qué tierra vas a tomar?… Él es muy pesimista; cree que no se resolverá sin grandes sufrimientos. (A. M. Lindbergh 1980, 239)

6. Lo siguiente está basado en el estudio de Bendersky (2000, 2–46) sobre los militares de Estados Unidos pero es representativo de las actitudes comúnmente mantenidas a principios del siglo XX.

7. “Reform Judaism Nears a Guide to Conversion.” New York Times, June 27, 2001.

8. La presión judía para alterar las actitudes tradicionales de la iglesia católica sobre la responsabilidad judía sobre el deicidio se cuentan en Lacouture (1995, 440–458) y en Roddy (1966). El Papa Juan XXIII borró la referencia a los “pérfidos judíos” de la liturgia de la Semana Santa (Lacouture 1995, 448). Luego solicitó la opinión de los 2,594 obispos del mundo acerca de las relaciones de la Iglesia con los judíos. Virtualmente todos contestaron que querían mantener el status quo. El Papa quedó “amargamente desilusionado por esta respuesta del episcopado” (pág. 449).

9. Burton, M. L., Moore, C. C., Whiting, J. W. M., & Romney, A. K. (1996). Regions based on social structure. Current Anthropology, 37: 87–123.

10. Laslett (1983) elabora esta diferencia básica para incluir las cuatro variantes que van de Occidente hasta el Oriente: pasando por el Occidente central o medio y el Mediterráneo.

11. Burton, M. L., Moore, C. C., Whiting, J. W. M., & Romney, A. K. (1996). Regions based on social structure. Current Anthropology, 37: 87–123.

12. Barfield, T. J. (1993). The Nomadic Alternative. Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall.

13. El apoyo a esta clasificación proviene de varios lugares de mi trilogía sobre el judaísmo y, a su vez, depende del trabajo de muchos estudiosos. Además de las fuentes de este prefacio, se debe de tomar nota de los siguiente. Historia evolutiva: MacDonald 1994, cap. 8; prácticas matrimoniales: MacDonald 1994 (caps. 3 y 8); psicología del matrimonio: CdeC (caps. 4, 8); posición de las mujeres: CdeC (cap. 4); actitud hacia los grupos extranjeros: MacDonald 1994 (cap. 8), MacDonald 1998a (cap. 1); estructura social: MacDonald 1994 (cap. 8), MacDonald 1998ª (caps. 1, 3–5), CdeC (caps. 6, 8, y passim como característica de los movimientos intelectuales judíos); socialización: MacDonald 1994 (cap. 7), CdeC (cap. 5); postura intelectual: MacDonald 1994 (cap. 7), CdeC (cap. 6 y passim); postura moral: MacDonald 1994 (cap. 6), CdeC (cap. 8).

14. Grossman y otros y Sagi y otros, en I. Bretherton & E. Waters (eds.), Growing Points in Attachment Theory and Research. Monographs for the Society for Research in Child Development, 50(1–2), 233–275.

Sagi y otros sugieren que las diferencias de temperamento manifiestas en la ansiedad por los extraños pueden ser importantes debido a la inusual intensidad de las reacciones de muchos de los infantes israelíes. Las pruebas solían interrumpirse por el lloriqueo intenso de los infantes. Sagi y otros encontraron este patrón entre tanto quienes fueron criados en kibbutz como quienes lo fueron en ciudades, aunque con menor intensidad en el segundo caso. Sin embargo, los infantes criados en las ciudades fueron sometidos a diversas condiciones de prueba. No se les sometió a pruebas previas en los episodios de socialización con un extraño. Sagi y otros sugieren que tales pruebas podrían haber intensificado las reacciones hacia los extraños entre los bebés criados en kibbutz, aunque notan que esas pruebas preliminares no tienen este efecto en los casos de los infantes en Suecia y en los Estados Unidos. Esto denota una vez más la diferencia entre los casos israelíes y los europeos.

15. Una diferencia halájica se refiere a la distinción basada en la ley religiosa judía.

16. El siguiente comentario ilustra las diferentes posturas mentales que muchos americanos, quienes se identifican fuertemente como judíos, tienen hacia Estados Unidos versus Israel:

Mientras caminaba por las calles de Jerusalén, sentí a mi identidad judía como lo primero y más importante sobre la autodeterminación y, por extensión, la seguridad y el poder que deviene al tener su propio estado. Me siento muy bien en Israel viendo a los soldados parados con metralletas y saber que incluso un buen número de civiles a mi alrededor posiblemente portan armas. El evento seminal en mi conciencia sionista, a pesar de haber nacido después de 1967 y de haber tenido serias dudas sobre el control de Israel sobre otros territorios, fue la dramática victoria del ejército judío en la Guerra de los Seis Días.

Ponme en Nueva York, y de pronto la Asociación Americana del Rifle simboliza la parte oscura de este país. Es como si mi subconsciente supiera instintivamente que al momento en que aterrizamos en el Aeropuerto JFK ha llegado la hora de sacar esas imágenes de soldados israelíes tomando control de la Vieja Ciudad de Jerusalén; de Moshe Dayan parado en el Muro Occidental, y reemplazarlos con la fotografía familiar del Rabí Abraham Joshua Heschel marchando al lado del Rev. Martin Luther King Jr. (A. Eden, “Liberalism in Diaspora.” The Forward, Sept. 21, 2001.)

17. http://www.adl.org/presrele/dirab%5F41/3396%5F41.asp

18. Jerusalem Post, marzo 5, 2001.

19. Ver p. ej., el Reporte Político de ADL sobre los prospectos legislativos de la inmigración en la administración de George W. Bush y el Congreso 107.

20. En: S. S. Boyle (2001). The Betrayal of Palestine: The Story of George Antonius. Boulder, CO: Westview Press, pág. 160. Como lo cuenta Boyle, Sheean fue contratado por la publicación sionista New Palestine en 1929 para escribir sobre el progreso del sionismo en ese país. Fue a Palestina, y, después de estudiar la situación, regresó el dinero que los sionistas le habían pagado.

Entonces escribió un libro (Personal History; New York: Literary Guild Country Life Press, 1935)—agotado hace mucho—describiendo sus impresiones negativas de los sionistas. Notó, por ejemplo, “cómo nunca admitían que nadie que estuviera en desacuerdo con ellos fuera honesto” (pág. 160). Este comentario refleja la exclusión autoritaria hacia los disidentes como característica de los movimientos judíos políticos e intelectuales en CdeC (cap. 6).

Su libro fue un fracaso comercial y silenciosamente fue olvidado. El tema del libro de Boyle, George Antonius, fue un árabe griego ortodoxo en lo que hoy es Líbano. Su libro, The Arab Awakening (Londres: Hamish Hamilton, 1938) presentó el caso árabe en la disputa palestina-sionista. Los apéndices de su libro incluyen la correspondencia del 24 de octubre de 1915 entre Sharif Hussein (quien autorizó la revuelta árabe contra los turcos) y Henry McMahon, el Alto Comisionado Británico en Egipto. La correspondencia muestra que se les prometió a los árabes independencia en toda el área (Palestina incluida) después de la guerra.

En los apéndices también está el Memorando de Hogarth de enero de 1918 y la Declaración de los Siete del 16 de junio de 1918, ambos de los cuales aseguraban a los árabes que Inglaterra cumpliría sus promesas cuando a los árabes les preocupó la Declaración Balfour. El Reino Unido mantuvo como clasificados a estos documentos hasta que Antonius los publicara en The Arab Awakening. Los sionistas británicos del Mando Administrativo expulsaron a Antonius, quien murió empobrecido.

21. Daily Pilot, Newport Beach/ Costa Mesa, California, feb. 28, 2000.

22. “Project Reminds Young Jews of Heritage.” The Washington Post, enero 17, 2000, pág. A19.

23. Steinlight atenúa estas declaraciones al notar la dedicación judía al universalismo moral, incluyendo la atracción al marxismo tan característica de los judíos a lo largo de la mayor parte del siglo XX. Sin embargo, como se indicó en el capítulo 3, la dedicación judía al universalismo de izquierda siempre fue condicionado sobre si se percibía que tal universalismo se conformaba a los intereses judíos, cuando frecuentemente ha funcionado poco más que como un arma contra los lazos tradicionales de las sociedades occidentales.

24. A inicios de los años cincuenta Stalin parece haber planeado deportar a los judíos a un área en la Siberia occidental, pero murió antes de que el proyecto iniciara. Durante la ocupación de Polonia en 1940 los soviéticos deportaron a judíos que se refugiaban en la Polonia occidental ocupada por los nazis. Sin embargo, esta acción no fue antijudía como tal porque no involucró a los judíos de la Unión Soviética o de Polonia oriental. La deportación fue más bien el resultado de los temores de Stalin de que nadie estuviera expuesto a la influencia occidental.

25. Taylor, S. J. (1990). Stalin’s Apologist, Walter Duranty: The New York Times’s Man in Moscow. New York: Oxford University Press; R. Radosh (2000). From Walter Duranty to Victor Navasky: The New York Times’ Love Affair with Communism. FrontPage Magazine.com, octubre 26; W. L. Anderson (2001), The New York Times Missed the Wrong Missed Story, noviembre 17, 2001. El artículo de Radosh muestra que la simpatía del Times por el comunismo continúa hasta el presente. El Times nunca ha renunciado al Premio Pulitzer que le dieron a Walter Duranty por su cobertura del Plan de los Cinco Años de Stalin.

26. Hamilton, D. (2000). “Keeper of the Flame: A Blacklist Survivor.” Los Angeles. Times, octubre 3.

27. Véase [aquí MacDonald incluye un enlace de internet que actualmente ya ha fenecido].

28. Discusiones sobre la propiedad judía de los medios incluye: Ginsberg 1993, 1; Kotkin 1993, 61; Silberman 1985, 147.

29. [Aquí MacDonald incluye un enlace de internet que actualmente ya ha fenecido.]

30. The Forward, abril 27, 2001, págs. 1, 9.

31. The Forward, noviembre 14, 1997, pág. 14.

32. Una excepción parcial es la Washington Post Co. Hasta su reciente muerte, el Washington Post era dirigido por Katherine Meyer Graham, hija de Eugene Meyer, quien compró el periódico en los años treintas. La Sra. Graham tenía un padre judío y una madre cristiana. Fue educada como feligresa de la iglesia Episcopal. El esposo de Katherine, antiguo editor del Post, Phil Graham, no era judío. Desde 1991 el editor del Post ha sido Donald Graham, hijo de Katherine y Phil Graham. Este influyente grupo editorial era pues menos judío étnicamente que los otros mencionados aquí. El Washington Post Co. tiene otras empresas editoriales (los periódicos Gazette, incluyendo once publicaciones militares), estaciones de televisión y revistas, entre las cuales la más notable es la revista que se vende en segundo lugar en el país, Newsweek. Las diversas filiales del Washington Post Co. alcanzan un total de aproximadamente 7 millones de hogares, y su servicio de cable, Cable One, tiene 635,000 subscriptores. En una filial conjunta con el New York Times, el Post publica International Herald Tribune, el diario en inglés más ampliamente distribuido del mundo.

33. [Aquí MacDonald incluye un enlace de internet que actualmente ya ha fenecido.]

34. Cones (1997) provee un análisis similar:

Este análisis de las películas de Hollywood con temas o personajes religiosos revelan que en las últimas cuatro décadas Hollywood ha representado a los cristianos como sexualmente rígidos, sectarios adoradores del diablo hablando a Dios, perturbados, hipócritas, fanáticos, psicóticos, deshonestos, sospechosos de asesinato, espiritualistas falsos, fanáticos de la Biblia, niños de escuela católicos obsesivos y sin control, Adán y Eva como peones en un juego entre Dios y el diablo, una monja desequilibrada acusada de matar a un recién nacido, tontos, manipuladores, fuera de ley, neuróticos, mentalmente desequilibrados y sin escrúpulos, destructores, de vocabulario soez, fraudulentos e inventores de milagros.

Pocas (si es que alguna) representaciones positivas de cristianos se hallan en las películas de Hollywood que se han estrenado en las últimas cuatro décadas.

35. Republicado en New York Times mayo 27, 1996.

36. James Ron, “Is Ariel Sharon Israel’s Milosevic?” Los Angeles Times, febrero 5, 2001.

37. Del Reporte del Comité Kahan (www.mfa.gov.il/mfa/go.asp?MFAH0ign0):

Debemos señalar aquí que llama la atención que el Secretario de Defensa no estuviera al tanto de la decisión de hacer que los falangistas entraban a los campamento. Es nuestro punto de vista que la responsabilidad sea imputada al Secretario de Defensa por no haber tomado en consideración el peligro de actos de venganza y derramamiento de sangre por los falangistas en contra de la población de los campos de refugiados, y por haber fallando en tomar el peligro en consideración cuando decidió que los falangistas entraran. Además, se imputa responsabilidad al Secretario de Defensa por no haber ordenado las medidas apropiadas para prevenir o reducir el peligro de una masacre como condición de la entrada falangista a los campamentos.

Estos garrafales errores constituyen el no cumplimiento del deber con que la Secretaría de Defensa fue acusada.

38. Yossi Klein Halevi, “Sharon has learned from his mistakes.” Los Angeles Times, febrero 7, 2001.

39. Washington Post, julio 3, 2001; Los Angeles Times, octubre 18, 2001.

40. Las organizaciones judías también han sido fuertes partidarias de promover legislación sobre “crímenes de odio”. Por ejemplo, en 1997 la ADL publicó Hate Crimes: ADL Blueprint for Action, la cual incluye recomendaciones sobre estrategias sobre cómo prevenir y responder a crímenes de violencia étnica. Entre sus recomendaciones se proponen leyes más severas; entrenamiento para policías y militares; seguridad para instituciones comunitarias, e iniciativas en contra de los prejuicios. En junio de 2001 la ADL anunció un programa diseñado a apoyar a la policía en su lucha en contra de “grupos extremistas y de odio”. Un importante componente de la Iniciativa del Cumplimiento de la Ley es la propuesta para entender mejor los crímenes de odio; el extremismo, y programas anti-prejuicios.

41. SWC, información de prensa, julio 15, 1999; http://www.wiesenthal.com.

42. P. ej., SWC, información de prensa, noviembre 29, 1999; enero 26, 2001; http://www.wiesenthal.com.

43. ADL, comunicado de prensa, septiembre, 14, 1999; http://www.adl.org.

44. AFP Agencia Mundial de Noticias, abril 4, 2001; http://www.afp.com.

45. ADL, comunicado de prensa, agosto 22, 1996; http://www.adl.org.

46. C. Wolf. Racists, Bigots and the Law on the Internet. http://www.adl.org.

47. Ibídem.

48. Como se dijo en SAID (pág. 261), el propósito del AJCommittee de poner a los judíos como no sobrerrepresentados en los movimientos radicales involucró engaño y quizá autoengaño. El AJCommittee dedicó muchos esfuerzos para cambiar la opinión dentro de la comunidad judía al intentar mostrar que los intereses judíos eran más compatibles con la promoción de la democracia americana que con el comunismo soviético (p. ej., enfatizando el antisemitismo soviético y el apoyo soviético a las naciones que se opusieron a Israel en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial) (Cohen 1972, 347ss).

49. Mientras crecía el antisemitismo en el período Weimar, los periódicos que eran propiedad judía comenzaron a sufrir penurias económicas debido a la hostilidad pública sobre la composición étnica de quienes componían las mesas directivas y editoriales (Mosse 1987, 371). La respuesta de Hans Lachman-Mosse fue “despolitizar” sus periódicos despidiendo a un gran número de editores judíos y corresponsales. Eksteins (1975, 229) sugiere que la respuesta fue un intento de desviar las categorizaciones de derecha de sus periódicos como parte de la Judenpresse.

50. Un reciente y quizá trivial ejemplo de este tipo de guerra étnica es la popular película Addams Family Valuesi, estrenada en noviembre de 1993; producida por Scott Rudin, dirigida por Barry Sonnenfeld y escrita por Paul Rudnick.

Los malos de la película son virtualmente todos con cabello rubio (con la excepción de un niño gordo), y los buenos incluyen dos niños judíos con kipás. (Por cierto, tener cabello rubio se ve como una patología, de manera que cuando el bebé Addams de cabello oscuro temporalmente se vuelve rubio, hay una crisis familiar.) El niño judío se representa con cabello oscuro, usa lentes, y físicamente parece frágil y no atlético; frecuentemente hace comentarios precoces e inteligentes, y es severamente castigado por los adultos güeros por leer un libro altamente intelectual.

Los malvados niños gentiles son lo opuesto: rubios, atléticos, y nada intelectuales. Junto con otros niños de cabello oscuro de varios grupos étnicos y niños gentiles rechazados por sus compañeritos (por su gordura, etc.), el niño judío y la familia de niños Addams encabezan un movimiento muy violento que tiene éxito en destruir al enemigo rubio. La película es una parábola que ilustra el impacto general de la actividad judía tanto intelectual como en acción política en lo que se refiere a la inmigración y al multiculturalismo en las sociedades occidentales (véase el capítulo 7).

También es consistente con el impacto general de las películas de Hollywood. SAID (cap. 2) reseña la información sobre el dominio judío en la industria del entretenimiento en los Estados Unidos. Powers, Rothman y Rothman (1996, 207) caracterizan a la televisión como proveedora de valores liberales y cosmopolitas, y Lichter, Lichter y Rothman (1994, 251) creen que la televisión pone al pluralismo cultural en términos positivos: un pluralismo situado aparte de las actividades de unos cuantos ignorantes o prejuiciosos malhechores.

51. Heller combina la crítica social con una fuerte identidad judía. En una plática descrita en The Economist (marzo 18, 1995, pág. 92), Heller es citada diciendo: “el ser judía me informa sobre todo lo que hago. Mis libros se convierten cada vez más judíos”.

52. Las elipsis dicen lo siguiente:

“La destrucción del principio semítico, la extirpación de la religión judía, sea en su forma mosaica o cristiana; la igualdad natural del hombre y la abrogación de la propiedad, son proclamados por las sociedades secretas que forman gobiernos provisionales, y hombres de raza judía se encuentran a la cabeza de cada una de ellas”.

Rather (1986) observa que los antisemitas que creían en conspiraciones judías frecuentemente citan ese pasaje, así como los Protocolos, al fundamentar sus teorías. También señala, citando a Roberts (1972), que la visión de Disraeli que los eventos están controlados por vastas conspiraciones internacionales era un lugar común en el siglo XIX. Rather relaciona estas creencias con la sociedad secreta al centro del movimiento sicoanalítico (véase cap. 4) así como con una sociedad secreta llamada “los hijos de Moshe” organizada por el sionista Ahad Ha’am (Asher Ginsberg), cuyo trabajo se discute en SAID (cap. 5).

53. Este pasaje es invocado por Lucien Wolf, secretario del Comité Extranjero Conjunto de la Mesa de Directores de la Asociación Anglo-Judía, para racionalizar el apoyo judío a los movimientos revolucionarios rusos (véase Szajkowski 1967, 9).

54. La ideología del Nuevo Cristiano implica que los miembros de un grupo altamente cohesivo y económicamente exitoso buscan ser juzgados como individuos más que como miembros de un grupo por la sociedad circundante. Es interesante que el imperativo moral de juzgar en base al mérito individual también fue un tema en el trabajo del escritor decimonónico Michael Beer (véase Kahn 1985, 122), y también es un tema central en el contemporáneo y neoconservador movimiento de intelectuales judíos. Beer fue forzado a disfrazar la identidad de su protagonista como un hindú de casta baja porque era improbable que su audiencia viera positivamente a un protagonista judío.

55. La tesis de Castro es que el rezago económico e intelectual fue un enorme precio que España pagó por su exitosa resistencia a la ideología del mérito individual. Como se señaló en SAID (cap. 1), las ideologías de la mala adaptación pueden desarrollarse en un contexto de conflicto de grupos porque proveen una identidad social positiva social en oposición al grupo externo. Por lo mismo, era improbable que España se moviera hacia una sociedad posilustrada e individualista cuando se sabía que los partidarios del individualismo mantenían alianzas encubiertas hacia un grupo altamente cohesivo.

56. Paul Johnson (1988, 408) es de la opinión de que la iconoclasia judía simplemente aceleraba “cambios que de cualquier manera ya se venían venir. Los judíos eran iconoclastas naturales. Con habilidad y júbilo feroz, al igual que los profetas se dedicaban a golpear y a derribar todos los ídolos de las formas convencionales”.

Esto esencialmente trivializa los efectos de los esfuerzos intelectuales judíos. La postura de Johnson es inconsistente con su propia afirmación de que la emergencia de los judíos en el discurso de los principales movimientos intelectuales “fue un evento de importancia devastadora en la historia del mundo” (págs. 340-341). Johnson no ofrece evidencia alguna sobre su opinión de que los cambios promulgados por los intelectuales judíos eran inevitables. Es sabido que el judaísmo tradicional no promovía la iconoclasia dentro de la comunidad judía (recuérdese el destino de Spinoza y la naturaleza generalmente autoritaria de los controles comunitarios en la sociedad tradicional judía [PTSDA, Ch. 8]). El saber tradicional de los judíos tampoco promovía la iconoclasia. Aunque los estudios talmúdicos sí promueven la argumentación (pilpul; véase PTSDA, cap. 7), estas discusiones fueron realizadas dentro de un espacio estrechamente definido, en donde las suposiciones básicas no eran cuestionadas.

En el mundo posterior a la Ilustración, la iconoclasia judía fue claramente mucho más dirigida a la cultura gentil que al judaísmo, y la evidencia presentada aquí y en los subsecuentes capítulos sugiere que la iconoclasia fue a menudo motivada por la hostilidad hacia la cultura gentil. A partir de la misma historia de Johnson, tanto el marxismo como el sicoanálisis difícilmente habrían surgido en los gentiles, ya que ambas corrientes contienen fuertes matices de pensamiento religioso judío, y yo argüiría que es particularmente difícil que el sicoanálisis hubiera surgido excepto como herramienta en una guerra de la cultura gentil. Los resultados fueron posibles debido al coeficiente intelectual generalmente alto en cuestiones verbales entre los judíos, y a sus habilidades de formar grupos cohesivos: ahora dirigidos a criticar a la cultura gentil más que a comprender la Torá, logrando así un estatus dentro de la comunidad judía.

57. El comentario que se refiere a la “oposición solitaria” es insincera, debido a que desde sus orígenes el sicoanálisis fue caracterizado por una fuerte conciencia grupal que emanaba del núcleo de su membresía. El sicoanálisis mismo cultivó con vigor la imagen de Freud como un solitario héroe y científico que luchó por la verdad en contra de un establishment intelectual prejuicioso. Véase el capítulo 4.

58. Lenz (1931, 675) señala la asociación histórica entre los intelectuales judíos y el lamarckianismo en Alemania, así como sus matices políticos. Cita una declaración “extremadamente característica” del judío intelectual: “que la negación de la importancia racial y de las características adquiridas favorece el odio racial.”

La obvia interpretación de tales sentimientos es que los intelectuales judíos se oponen a la selección natural debido a las posibles implicaciones negativas de estos hallazgos en la política. La sugerencia de que estos intelectuales estuvieran concientes de las diferencias étnicas entre los judíos y los alemanes pero que deseaban negar su importancia por razones políticas es un ejemplo del engaño como aspecto del judaísmo en su estrategia evolutiva (SAID, caps. 6-8).

Por cierto, Lenz señala que el lamarckiano Paul Kammerer, un judío, se suicidó cuando denunciaron su fraude científico en un artículo de la prestigiosa revista británica Nature. (Los puntos negros en las ranas, que supuestamente probarían la teoría lamarckiana, fueron producto de inyecciones de tinta.) Lenz declara que la mayoría de sus conocidos judíos aceptaron al lamarckianismo porque querían creer que podían llegar a ser “transformados en auténticos teutones.” Tal creencia puede ser un ejemplo de engaño, ya que promueve la idea de que los judíos pueden convertirse en “genuinos teutones” simplemente al “escribir libros acerca de Goethe” en palabras del comentarista, a pesar de mantener su separatismo genético.

En una nota (Lenz 1931, 674n), Lenz reprende tanto a los antisemitas como a los judíos de su tiempo; los primeros por no aceptar la gran influencia judía en la civilización moderna, y los últimos por condenar toda discusión del judaísmo en términos de raza. Lenz declara que la oposición judía a la discusión sobre la raza “inevitablemente suscita la impresión de que ellos deben tener una razón para no desear ningún tipo de indagación sobre líneas raciales”. Lenz nota que los sentimientos lamarckianos han llegado a ser menos comunes entre los judíos cuando la teoría fue completamente desacreditada. Sin embargo, dos prominentes e influyentes intelectuales judíos, Franz Boas (Freeman 1983, 28) y Sigmund Freud (véase cap. 4), continuaron aceptando el lamarckianismo mucho después de que hubiera sido completamente desacreditado.

59. Quisiera agradecer a Hiram Caton por sus comentarios y contribuir en la discusión sobre la escuela de Boas en antropología.

60. Aunque Kroeber no es consciente de mantener una agenda política, su educación en un medio judío de izquierdas pudo haber tenido una influencia duradera. Frank (1997, 734) nota que Kroeber se educó en escuelas ligadas al movimiento Cultura Ética, “un vástago del judaísmo reformado” relacionado a los programas de educación de izquierda y caracterizado por la ideología de una fe humanista que abarca a toda la humanidad.

61. Torrey (1992, 60ss) arguye congruentemente que la crítica cultural de Benedict y Mead, así como su dedicación al determinismo cultural, fueron motivados por sus intentos de desarrollar una autoestima como lesbianas. Como se indicó en el capítulo 1, hay varias razones que explican por qué los intelectuales gentiles pueden ser atraídos a movimientos dominados por judíos, incluyendo las políticas de identidad de otros grupos étnicos, o, en este caso, de no conformistas sexuales.

62. Aunque a Freud generalmente se le ve como un “biólogo de la mente” (Sulloway 1979a), y aunque claramente estuvo influenciado por Darwin y propuso un esquema universal sobre la naturaleza humana, el sicoanálisis es muy compatible con las influencias ambientales y el relativismo cultural predicado en la escuela de Boas. Freud veía a la enfermedad mental como el resultado de las influencias ambientales, particularmente la represión de la sexualidad tan aparente en la cultura occidental de su tiempo. Para Freud, lo biológico era universal mientras que las diferencias individuales eran resultado de influencias ambientales. Gay (1988, 122-124) señala que, hasta Freud, la siquiatría estuvo dominada por el modelo médico en donde el trastorno mental tenía una casa física directa (por ejemplo genética).

63. Stocking (1968, 273ss) escribe sobre la declaración de guerra de Boas hacia un grupo de antropólogos que habían contribuido en los menesteres de la Primera Guerra Mundial. La carta de Boas, publicada en el periódico de izquierda The Nation, se refirió al presidente Wilson como un hipócrita y a la democracia americana como un escándalo. El grupo respondió con “patriotismo ultrajado” (Stocking 1968, 275), aunque el conflicto también reflejó el hondo cisma entre la escuela boasiana y el resto de la profesión.

64. Véase también Gelb (1986) para una discusión relevante del involucramiento de H. H. Goddard al realizar pruebas con los migrantes.

65. Más recientemente, Gould (1997) aceptó la idea de que el cerebro humano se hizo grande como resultado de la selección natural. No obstante, afirmó que la mayoría de nuestras habilidades y potencial mental pueden ser propiedades emergentes. Este es presumiblemente un ejemplo de uno de los principios de Alcock (1997) sobre la retórica Gouldian: proteger la propia postura al hacer concesiones ilusorias para dar la apariencia de equidad en el intento de restringir el debate. Aquí Gould concede que el cerebro debe haberse desarrollado dentro de una serie de adaptaciones pero concluye, sin evidencia, que el resultado es en su mayoría una colección de propiedades emergentes. Gould nunca pone un solo ejemplo de adaptación conductual en la mente humana, e incluso va tan lejos al describir como “conjeturas” la proposición de que el gusto humano para el dulce sea innato. En realidad, existe un enorme campo de investigación sobre mamíferos que muestra que el gusto por el dulce es innato (tanto las ratas como las ovejas prenatales incrementan la cantidad de tragar poco después de que la madre es inyectada con dulces; los neonatos humanos son atraídos por las soluciones que saben dulce). Además, las moléculas del cerebro y la localidad cromosomática relacionadas al gusto por los dulces han sido localizados.

66. Como se indica abajo, un cuerpo de investigación sustancial relaciona el tamaño del cerebro con el coeficiente intelectual (CI). Dentro de la perspectiva de Gould, uno podría aceptar estos resultados pero aún así negar que la inteligencia haya sido un importante aspecto en la adaptación humana. Es interesante notar que la propuesta de Gould es incompatible con la tesis básica de este proyecto: que un aspecto fundamental de la estrategia evolutiva judía ha sido un esfuerzo consciente de entablar prácticas eugenésicas orientadas a producir una elite altamente inteligente y elevar la media de inteligencia en la población judía arriba de los niveles de las poblaciones gentiles; y que la inteligencia ha sido un aspecto bastante relevante en la adaptación de los judíos a través de su historia (véase  PTSDA, cap. 7). La postura de Gould sobre la importancia de la inteligencia en la adaptación humana entra así en claro conflicto con la postura de sus ancestros, tan claramente reflejadas en el Talmud y en las prácticas que se llevaron a cabo por siglos. Estas prácticas están indudablemente implicadas en el éxito de Gould como un productivo profesor que se expresa tan bien en Harvard.

67. Después de señalar que decenas de millones de muertes resultaron del comunismo soviético, Richard Pipes (1993, 511) declara: “El comunismo falló porque procedía de la errónea doctrina de la Ilustración, quizá la más perniciosa idea en la historia del pensamiento, que el hombre es sólo un compuesto material, desprovisto de alma o ideas innatas, y, como tal, un producto pasivo de un medio social infinitamente maleable”. Aunque hay mucho en lo que estamos en desacuerdo con esta declaración, capta la idea de que el medioambientalismo radical sirve de ideología subyacente a los regímenes que llevan a cabo asesinatos masivos.

68. Debo señalar que he tenido una considerable contacto profesional con Richard Lerner y que en un tiempo ejerció una influencia importante en mi pensamiento. En los inicios de mi carrera Lerner escribió cartas para recomendarme, tanto cuando solicitaba posiciones académicas como durante el proceso de revisión de mi titularidad después de haber obtenido el empleo.

El rechazo del determinismo biológico es claramente central en la base teórica de mi trabajo en este libro y ha sido, por igual, una característica de mis escritos en el área de la sicología del desarrollo. De hecho, me tomé la molestia de citar el trabajo de Lerner sobre la plasticidad del desarrollo en mis escritos, y el citó algo de mi trabajo sobre el mismo tema en On the Nature of Human Plasticity. También contribuí a dos libros coeditados por Lerner (Biological and Psycho-social Interactions in Early Adolescence y Encyclopedia of Adolescence).

Lo que es más, también he estado influenciado fuertemente por la perspectiva contextualista en la sicología del desarrollo de Urie Bronfenbrenner y Richard Lerner, y he citado varias veces a Lerner en este asunto (véase mi Social and Personality Development: An Evolutionary Synthesis [MacDonald 1988a, cap. 9, y Sociobiological Perspectives in Human Development [MacDonald 1988b]). Como resultado de esta influencia, hice un gran esfuerzo para reconciliar el contextualismo con el enfoque evolutivo. Dentro de esta perspectiva, la estructura social no está determinada por la teoría evolutiva, con el resultado que el desarrollo humano tampoco se encuentra determinado por influencias biológicas. (Por cierto, en el capítulo 9 de Social and Personality Development: An Evolutionary Synthesis muestro cómo el Nacional Socialismo afectó la socialización de los niños alemanes, incluyendo su adoctrinamiento antisemita.) Esta perspectiva teórica sigue siendo central en mi visión del mundo y ha sido descrita en cierto detalle en PTSDA (cap. 1).

69. Las perspectivas antiteóricas no están muertas en antropología. Por ejemplo, el muy influyente Clifford Geertz (1973) llevó la tradición particularista boasiana de la antropología en su rechazo a los intentos de hallar generalizaciones, interpretaciones o leyes hermenéuticas en la cultura humana, en favor de lo subjetivo: sistemas de significado simbólico únicos a cada cultura. Aplicados al presente proyecto, tales perspectivas teóricas podrían, por ejemplo, ponderar en el significado subjetivo religioso de los judíos en el mandamiento del Pentecostés (ser fructíferos y multiplicarse y su temor a la exogamia) más bien que intentar describir los efectos del cumplir esos mandamientos en lo que respecta a las aptitudes de grupo e individuales; la estructura de las poblaciones genéticas de los judíos, el antisemitismo, etcétera.

70. Es interesante que el teórico protonazi Houston Stewart Chamberlain hizo un intento de desacreditar la ciencia debido a su percibida incompatibilidad con sus metas políticas y culturales. Mucho antes de la ideología anticientífica de la Escuela de Frankfurt y el posmodernismo contemporáneo (véase capítulo 5), Chamberlain arguyó que la ciencia era una construcción social y que el científico era un artista dedicado a desarrollar una representación simbólica de la realidad. “Tan fuerte fue su insistencia en la naturaleza mítica de la teoría científica que sustrajo toda posibilidad real de escoger entre un concepto y el otro, abriendo así la puerta para la arbitrariedad subjetiva” (Field 1981, 296).

En lo que creo que es un reflejo exacto de las motivaciones de muchos en el movimiento anticientífico, el subjetivismo de Chamberlain estaba motivado por su creencia de que recientes investigaciones científicas no apoyaban sus teorías raciales sobre la diferencia entre humanos. Cuando la ciencia entra en conflicto con la agenda política, lo más cómodo es desacreditar a la ciencia. Como se dijo en SAID (cap. 5), Chamberlain también fue muy hostil hacia la teoría evolutiva por razones políticas.

Sorprendentemente, Chamberlain elaboró argumentos anti-seleccionistas en oposición al darwinismo que predataba aquellos argumentos similares de la crítica moderna del adaptacionismo tal como los de Richard Lewontin y Stephen Jay Gould, reseñados en este capítulo. Chamberlain veía el énfasis darwiniano en la competencia y la selección natural, aspectos del proceso evolutivo, simplemente como la versión antropocéntrica del siglo XIX, “el dogma del progreso y la perfectibilidad adaptada a la biología” (Field 1981, 298).

71. El tema de la judeidad de Marx ha sido debatido continuamente (véase Carlebach 1978, 310ss). A través de su vida, Marx se asoció tanto con judíos practicantes como con individuos de judeidad ancestral. Lo que es más, él era considerado por otros como judío y sus oponentes continuamente le recordaban su judeidad (véase también Meyer 1989, 36). Como se indica más abajo, tal judeidad impuesta externamente puede haber sido común entre los judíos radicales y seguramente implica que Marx permaneció consciente de ser judío. Como muchos otros intelectuales judíos estudiados aquí, Marx sentía antipatía hacia la sociedad gentil.

Sammons (1979, 263) describe la base de la atracción mutua entre Heinrich Heine y Karl Marx al notar que “no eran reformadores, sino enemigos, y este fue probablemente el mayor lazo entre uno y el otro”. También podría haber una dosis de engaño. Carlebach (1978, 357) sugiere que Marx podría haber visto su judeidad como un lastre, y Otto Rühle (1929, 377) sugiere que Marx–como Freud; véase el cap. 4–llegó incluso a negar su judeidad a fin de prevenir la crítica.

Muchos escritores han enfatizado la judeidad de Marx y han encontrado elementos judíos (p. ej, el mesianismo, la justicia social) en sus escritos. Un tema en los escritos antisemitas (entre los más notables, quizá los escritos de Hitler) fue proponer que Marx había tenido una agenda específicamente judía al propugnar una sociedad mundial dominada por judíos en donde el nacionalismo gentil, la conciencia étnica de los gentiles y las elites tradicionales serían eliminadas (véase Carlebach 1978, 318ss).

72. Asimismo, Levin (1988, 280) señala que algunos activistas de la yevsektsiya claramente se veían a sí mismos promoviendo al nacionalismo judío como compatible con la existencia de la Unión Soviética. “Podría decirse que la yevsektsiya prolongó la actividad judía y ciertos niveles de conciencia judía debido a sus esfuerzos de sacar un nuevo concepto de una judería muy maltratada y traumatizada a través de un costo incalculable”.

73. Una encuesta secreta publicada en 1981 (New York Times, feb. 20) sobre un banco de datos de 1977 indicó que el 78 por ciento de los judíos soviéticos decían que tenían “aversión de que un pariente cercano se casara con un no judío”, y el 85 por ciento “quería que sus hijos o nietos aprendieran yidis o hebreo.” Otros resultados indican un fuerte y continuo deseo de una cultura judía en la Unión Soviética: 86 por ciento de los judíos querían que sus hijos fueran a escuelas judías, y el 82 por ciento propugnaron establecer un periódico en ruso para judíos.

74. Debe señalarse que en 1903 Trotsky declaró en una conferencia del Partido Laboral Ruso Socialdemócrata (la mayor organización unificadora para el socialismo ruso de ese tiempo) que él y otros representantes judíos “nos consideramos representantes del proletariado judío” (en Frankel 1981, 242). Esto sugiere que tanto él alteró su identidad personal o que su comportamiento posterior fue motivado por preocupaciones para evitar el antisemitismo. Trotsky también fue parte del nexo étnico entre el sicoanálisis y el bolchevismo en la Unión Soviética, así como un ardiente entusiasta del sicoanálisis; el cual, como se señaló en el capítulo 4, debe ser considerado un movimiento intelectual judío.

El punto más alto de la asociación entre el marxismo y el sicoanálisis se dio en los años veinte en la Unión Soviética, donde los analistas encumbrados eran bolcheviques partidarios de Trotsky, y se encontraban entre las figuras políticas más poderosas del país (véase Chamberlain 1995). En un trabajo que aún es considerado antisemita por las organizaciones judías (véase nota 22), Igor Shafarevich (1989) señala que Trotsky tenía un director adjunto judío al cual los escritores judíos idolatraban. Cita una biografía de Trotsky en que dice: “Incluso parece que a su modo estaba ‘obsesionado’ con la cuestión judía: escribió sobre ello casi más que cualquier otro revolucionario”.

Shafarevich también describe otros casos de comunistas e izquierdistas judíos que tenían tendencias muy pronunciadas hacia el nacionalismo judío. Por ejemplo, Charles Rappoport, quien sería líder del Partido Comunista Francés, es citado diciendo que “El pueblo judío [es] portador de todas las grandes ideas de unión y comunidad humana en la historia… La desaparición del pueblo judío significaría la muerte de la humanidad, la transformación final del hombre en bestia salvaje” (pág. 34).

75. Comentarios similares continúan como tema en los escritos sobre los judíos en los Estados Unidos contemporáneos. Joseph Sobran (1995, 5) describe a judíos que mantienen fronteras furtivas y tratan falsamente con los gentiles. Raymond Chandler una vez observó que los judíos quieren ser judíos entre ellos pero que resienten ser vistos como tales por los gentiles. Quieren proseguir sus propios intereses y al mismo tiempo pretender que no tienen tales intereses, usando la acusación de “antisemitismo” como espada y como escudo. Como lo dijo Chandler, son como un hombre que rehúsa dar su verdadero nombre y dirección pero insiste que lo inviten a las mejores fiestas. Infortunadamente, es este tipo de judío el que ejerce el mayor poder y tuerce las reglas para los gentiles.

76. Considérese el siguiente comentario acerca de Heinrich Heine, quien fue bautizado pero que mantuvo una fuerte identidad judía: “Cada vez que los judíos eran amenazados—sea en Hamburgo durante los disturbios Hep-Hep, o en Damasco en tiempos de acusaciones de asesinatos rituales—Heine de inmediato sintió la necesidad de solidarizarse con su gente” (Prawer 1983, 762).

77. Los cambios culturales incluyeron la supresión de la ciencia en pro de intereses políticos y la canonización de los trabajos de Lysenko y Pavlov. Si bien el trabajo de Pavlov sigue siendo interesante, a un evolucionista le impresiona la elevación del lysenkoismo a nivel de dogma. El lysenkoismo estaba inspirado políticamente en el lamarckianismo, el cual era útil al comunismo por la implicación de que la gente podía ser biológicamente modificada al cambiar el medio ambiente. Como se indica en el capítulo 2 (véase la nota 1), los intelectuales judíos estuvieron fuertemente apegados al lamarckianismo debido a su utilidad política.

78. Los camaradas “probados” constituyeron una comunidad clandestina en la Polonia anterior a la guerra. Cuando llegaron al poder se aliaron con otros judíos que no habían sido comunistas antes de la guerra.

79. Asimismo, en Inglaterra la efímera Unión Socialista Hebrea fue establecida en 1876 como una asociación específicamente judía. Alderman (1992, 171) comenta que esta sociedad “puso en alto relieve el problema que iban a enfrentar los subsecuentes órganos socialistas judíos y sindicatos: si su trabajo era simplemente actuar como canal a través del cual los trabajadores judíos pudieran entrar a los movimientos de trabajadores ingleses—la anglicanización del proletariado anglojudío—o si había una forma específicamente judía (y anglojudía) de organización laboral y de una filosofía socialista que demandara una articulación separada y autónoma”. Eventualmente, el sindicato comercial judío se estableció, y en casos donde los judíos se habían hecho socios antes de los sindicatos existentes, formaron subgrupos específicamente judíos dentro de los mismos.

80. La siguiente discusión está basada en Liebman (1979, 492ss).

81. Un buen ejemplo es Joe Rapoport, un judío americano radical cuya autobiografía (Kann 1981) muestra la tendencia de los judíos americanos radicales de percibir a la Unión Soviética casi exclusivamente en términos de si era bueno para los judíos. Rapoport tenía una identidad judía muy fuerte y apoyaba a la Unión Soviética porque creía que era, a fin de cuentas, buena para los judíos. En su viaje a Ucrania a inicios de los años treinta enfatizó el entusiasmo judío por el régimen pero no por la muerte de hambre del campesinado ucraniano. Posteriormente mostró gran ambivalencia y resintió haber apoyado las acciones soviéticas que no iban con los intereses judíos. Asimismo, los guionistas judíos del Partido Comunista de Hollywood mantenían una fuerte identidad judía y, al menos en privado, estaban mucho más preocupados por el antisemitismo que por asuntos entre las clases sociales (Gabler 1988, 338).

82. El hombre de negocios estadounidense Armand Hammer tuvo vínculos muy estrechos con la Unión Soviética y sirvió como mensajero al traer dinero de la URSS a Estados Unidos en apoyo al espionaje. Hammer es ilustrativo de las complejidades en la identificación judía con el comunismo y los simpatizantes del comunismo. La mayor parte de su vida negó su pasado judío. Cerca de su muerte volvió al judaísmo y planeó un elaborado bar mitzvah (Epstein 1996). ¿Hemos de tomar en serio sus superficiales negaciones de su herencia judía en tiempos en que lo hacía (Hammer también se retrataba a sí mismo como un unitario al tratar con musulmanes)? O fue toda su vida un criptojudío hasta que, al final, abrazó al judaísmo?

83. Como nota de cuando era un estudiante de filosofía graduado en la Universidad de Wisconsin en los años sesenta, la sobrerrepresentación de judíos en la nueva izquierda, especialmente durante las primeras etapas de protesta contra la guerra de Vietnam, fue algo demasiado obvio para todos; tanto así que, durante una “huelga de enseñanza” contra la guerra fui reclutado para dar una plática en donde tenía que explicar cómo un ex católico de un pequeño poblado de Wisconsin se convirtió a la causa. Los orígenes geográficos (la costa Este) y familiares (judíos) de la inmensa mayoría del movimiento fue, aparentemente, motivo de preocupación.

Se ha observado la práctica de tener voceros gentiles en movimientos dominados por judíos en varias secciones de este libro. Ésta es, asimismo, una táctica común en contra del antisemitismo (SAID, cap. 6). Rothman y Lichter (1982, 81) citan a otro observador de la nueva izquierda en la Universidad de Wisconsin: “Me impresiona la falta de gente que haya nacido en Wisconsin y la preponderancia masiva de judíos neoyorquinos. La situación de la Universidad de Minnesota es similar.” Su corresponsal respondió: “Tal y como lo ves, la izquierda de Madison está constituida por los judíos de Nueva York”.

Mi experiencia personal en Wisconsin durante los años sesenta fue la del movimiento estudiantil de protesta; originado y dominado por judíos, muchos de los cuales eran, como se les llamaba, “bebés de pañales rojos” cuyos padres habían sido radicales. La atmósfera intelectual del movimiento se parecía bastante a la atmósfera del movimiento comunista polaco descrito por Schatz (1991, 117): intensas discusiones pilpul donde la propia reputación como izquierdista dependía de la habilidad de análisis marxista, y a estar familiarizado con el saber intelectual del marxismo: ambos de los cuales requieren grandes cantidades de estudio.

También hubo mucha hostilidad hacia las instituciones culturales de Occidente, como si éste fuera política y sexualmente opresivo, combinado con un omnipresente sentido de peligro y destrucción inminente por las fuerzas de la represión: una mentalidad bunker sobre el propio grupo; la cual, creo, es una característica fundamental de las formas sociales judías. Había una actitud de superioridad moral e intelectual; incluso había desprecio hacia la cultura americana tradicional, particularmente hacia la América rural y más aún la del Sur: actitudes que tienen toda la pinta de varios de los movimientos intelectuales que estudiamos aquí (p.ej., las actitudes de los comunistas judíopolacos hacia la cultura polaca tradicional; véanse también los caps. 5 y 6). También hubo un fuerte deseo de una sangrienta y apocalíptica venganza contra toda la estructura social, vista como habiendo victimando no sólo a los judíos sino a los gentiles por igual.

Estos estudiantes tenían actitudes muy positivas hacia el judaísmo a la vez que actitudes negativas hacia el cristianismo; aunque, y quizá esto sorprenda, en sus mentes el contraste más sobresaliente entre las dos religiones era lo relacionado a la sexualidad. En línea con gran parte de la influencia freudiana de ese período, la tendencia general era contrastar la putativa permisividad sexual del judaísmo con la represión y la gazmoñería del cristianismo, y este contraste se relacionó a los análisis del sicoanálisis que atribuían varias formas de psicopatología—e incluso el capitalismo, el racismo y otras formas de opresión política—a las actitudes cristianas sobre la sexualidad (véase caps. 4 y 5 para una amplia discusión del contexto de este tipo de análisis). La poderosa identificación judía con estos radicales que protestaban en contra de la guerra de Vietnam se contraponía con su intensa preocupación y eventual euforia alrededor de la Guerra de Seis Días de Israel en 1967.

También vale notar que en Wisconsin el movimiento estudiantil idolatraba a algunos profesores judíos, en especial al carismático historiador social Harvey Goldberg, cuyas conferencias que presentaban la visión marxista de la historia social europea cautivaban a una gran audiencia en la sala de conferencias más grande de la universidad; así como otros judíos de izquierda, incluyendo a León Trotsky, Rosa Luxemburgo y Herbert Marcuse (la tendencia de los movimientos intelectuales judíos de estar centrados alrededor de figuras judías altamente carismáticas es aparente en este capítulo y se resume como fenómeno general en el capítulo 6). Estos judíos solían adoptar una actitud de condescendencia hacia otro historiador bien conocido, George Mosse. La judeidad de Mosse era bastante conspicua para ellos, pero se le veía como insuficientemente radical.

84. Paul Gottfried (1996, 9-10), un judío conservador, tiene esto que decir acerca de sus años escolares en el Yale de los años sesenta: “Ya licenciados, todos mis compañeros judíos en la escuela eran ruidosos anti-anti-comunistas. Se oponían al capitalismo imperialista, pero a la vez se mostraban entusiastas belicistas sobre la guerra árabe-israelí de 1967. Un marxista judío conocido mío se enfureció que los israelíes no reclamaran todo el Medio Oriente al final de la guerra. Otro, aunque feminista, se lamentaba que los soldados israelíes no violaran a más mujeres árabes. No sería exageración decir que mis días de licenciado resonaron con histeria judía en una institución donde los anglosajones protestantes parecían contar sólo como decorado”.

85. Véase también Arthur Liebman (1979, 5-11), Charles Liebman (1973, 140), y las críticas de Rothman y Lichter (1982, 112) a Fuchs.

86. El neoconservadurismo americano es específicamente un movimiento político judío, pero no es relevante al argumento de Pipes al aplicarlo a los bolcheviques porque sus proponentes poseen una abierta identidad judía y el movimiento está dirigido a lograr el cumplimiento de intereses judíos: por ejemplo respecto a Israel, la acción afirmativa y las políticas de inmigración.

87. La ortodoxia religiosa también era compatible con la atracción al anarquismo. Alderman (1983, 64) cita a un escritor contemporáneo a efecto de que “los anarquistas lograron tal popularidad que casi se volvió respetable. Un simpatizante podría colocarse sus filacterias en la mañana de una huelga auspiciada por anarquistas, bendecir a Rocker [un líder anarquista gentil], y todavía ir al servicio ortodoxo judío en la tarde”.

88. En el estudio de Rothman y Lichter (1982, 217), el radicalismo entre judíos estadounidenses estaba inversamente relacionado a la ortodoxia judía. Lo que es más, había una mayor grieta entre los estudiantes de corte radical provenientes de hogares afiliados a una denominación judía religiosa (ortodoxa, conservadora, reformista) comparados con el alto radicalismo entre quienes provenían de hogares sin una afiliación judía específica. Estos resultados sugieren una vez más que el radicalismo funcionaba como una suerte de judaísmo secular entre este último y más amplio grupo.

89. Levey (1996), en su estudio de la literatura sobre la atracción de los judíos americanos hacia el liberalismo, rechaza la teoría de Medding (1977): que la conducta política judía es una función de los “intereses micropolíticos de los judíos”. No me persuadió el argumento de Levey. Por ejemplo, Levey sugiere que la amenaza del antisemitismo no puede explicar el porcentaje de judíos que votan por el Partido Demócrata porque el porcentaje de los judíos que ven al Partido Republicano como antisemita es mucho más bajo que el porcentaje que votan Demócrata; y algunos judíos eran Demócratas a pesar de que percibían el antisemitismo en ese partido.

Sin embargo, el antisemitismo observado puede ser sólo una razón por la que los judíos votan contra los republicanos. Como se ha enfatizado aquí, otro interés judío que se ha observado es promover el pluralismo étnico y cultural. Además, como se indica en las citas de Silberman (1985) presentadas en la pág. 84, la mente judía asocia mucho más al Partido Demócrata con el pluralismo (y supongo que el resto de la gente) que con el partido Republicano. Por otra parte, no parece verosímil negar el hecho que los neoconservadores judíos persigan sus propios intereses—especialmente el apoyo a Israel y la promoción de un pluralismo étnico y cultural—dentro del Partido Republicano. Por lo mismo, parece difícil suponer que los judíos que votan Demócrata no estén asimismo prosiguiendo sus intereses étnicos dentro de ese partido.

90. Similarmente, como se indicó en los capítulos 4 y 5, tanto el sicoanálisis como la ideología de la Escuela de Frankfurt le restan importancia a las diferencias étnicas y culturales; se enfrascan en críticas radicales de la cultura gentil cuando, simultáneamente, permiten la continuidad de la identidad judía. Rothman e Isenberg (1974a, 75) señalan que el tema de combinar la hostilidad hacia la cultura gentil con la aceptación de una cultura universal puede verse en el libro de Philip Roth, Portnoy’s Complaint. “Portnoy se considera a sí mismo como un tipo de radical, y desprecia a sus padres por su provincialismo judío y su odio a los cristianos. Supuestamente se identifica con los pobres y desposeídos, pero en su diatriba hacia su analista manifiesta que su identificación está basada, por una parte, en sus sentimientos de inferioridad; y por otra, en su deseo de ‘echarse a los gentiles’”.

91. Conocido por su talento como orador y su brutalidad hacia los contrarrevolucionarios, Lev Zinoviev fue un estrecho allegado a Lenin, y mantuvo diversos y muy visibles puestos en el gobierno soviético. Moisei Solomonovich Uritsky fue el brutal jefe de la Checa en Petrogrado.

92. La sobrerrepresentación de judíos en la revolución bolchevique ha sido una gran fuente de antisemitismo desde la revolución, y fue prominente en los escritos nazis sobre los judíos (p. ej., Mein Kampf). El período subsecuente al colapso del comunismo en la Unión Soviética suscitó una controversia respecto al grado e importancia del papel jugado por los judíos en engendrar y mantener la revolución, frecuentemente con fuertes matices de antisemitismo. En su libro de 1982 Russophobia, Igor Shafarevich, un matemático y miembro de la prestigiosa Academia Nacional Americana de Ciencias (NAS por sus siglas en inglés), arguyó que los judíos eran hostiles a la cultura rusa, y cargaban con la responsabilidad de la Revolución Rusa (véase Science 257, 1992, 743; The Scientist 6[19], 1992, 1). La NAS le pidió a Shafarevich que renunciara a su cargo en la academia, lo cual rehusó a hacer. Véanse también los comentarios de Norman Podhoretz’s (1985) sobre el antisemitismo latente de Aleksander Solyenitsin.

93. Similarmente, Himmelstrand (1967) señala que los Ibo en Nigeria eran los más acérrimos partidarios de que un gobierno nacionalista constituyera de todas las tribus. Sin embargo, cuando fueron desproporcionadamente exitosos en esta nueva forma no tribal de organización social, hubo un violento contragolpe hacia ellos, por lo que intentaron abandonar el gobierno nacional en favor de establecer su propia tierra natal tribal.

94. La composición étnica de la mesa directiva de Psychoanalytic Quarterly es abrumadoramente judía, lo cual sugiere que el sicoanálisis sigue siendo un movimiento fundamentalmente judío. El editor, seis o siete de los editores asociados, y 20 de 27 miembros de la mesa editorial en el volumen de 1997 tienen apellidos judíos.

95. El continuo papel del sicoanálisis en el movimiento de la liberación sexual puede verse en un reciente debate sobre la sexualidad adolescente. Un artículo de Los Angeles Times (feb. 15, 1994, A1, A16) señaló la oposición de la Unión Americana de Libertades Civiles y Planificación Familiar a un programa escolar que defendía el celibato adolescente. Sheldon Zablow, un siquiatra y vocero de esta causa, aseveró: “Estudios repetidos muestran que si tratamos de reprimir los sentimientos sexuales éstos pueden salir más tarde en formas más peligrosas—abuso sexual, violación” (p. A16). Esta fantasía sicoanalista fue exacerbada por la afirmación de Zablow de que la abstinencia sexual nunca ha funcionado en toda la historia humana: un alegato que muestra su ignorancia en cuestiones históricas y en la conducta sexual en Occidente (incluyendo la conducta sexual judía), al menos desde la Edad Media hasta el siglo XX (p. ej., Ladurie 1986). No estoy consciente de ninguna sociedad humana estratificada y tradicional–ciertamente no las sociedades musulmanas–que haya optado por el punto de vista que era imposible e indeseable prevenir la actividad sexualidad adolescente, especialmente el de niñas. Como lo señaló Goldberg (1996, 46): “Dentro del mundo de las organizaciones liberales como la ACLU, la influencia judía es tan profunda que los no judíos a veces borran la distinción entre ellos y la comunidad judía formal”.

96. Algo que también sugiere engaño es que dos miembros judíos del comité secreto de Freud, Otto Rank y Sandor Ferenczi, hayan alterado sus nombres para no parecer judíos (Grosskurth 1991, 17).

97. Rank tenía una muy fuerte identidad judía, y veía a las presiones de asimilación que emanaban de la sociedad alemana en ese período en términos muy negativos: como algo “moral y espiritualmente destructivo” (Klein 1981, 130). Rank también tuvo una actitud positiva hacia el antisemitismo y hacia las presiones de asimilarse porque promovían el desarrollo de movimientos redentores tales como el sicoanálisis. “Rank creía que la reacción de los judíos ante las amenazas de represión externas e internas los motivaba a preservar su relación con la naturaleza, y, en el proceso, ganar conciencia sobre esa relación especial” (Klein 1981, 131). Rank, cuyo nombre original era Rosenfeld, parece haber sido un criptojudío una parte de su vida. Adoptó un nombre no judío y se convirtió al catolicismo en 1908 al entrar a la Universidad de Viena. En 1918 se reconvirtió al judaísmo con el fin de ingresar a un matrimonio judío.

98. Adler “abiertamente cuestionó la tesis fundamental de Freud de que un desarrollo sexual temprano es decisivo para la construcción del carácter” (Gay 1988, 216-217), y abandonó el complejo de Edipo, la sexualidad infantil, el inconsciente y la etiología sexual de las neurosis. En lugar de ello, Adler desarrolló sus ideas sobre la “inferioridad de órgano” y la etiología hereditaria de los rasgos de carácter “anales”. Adler fue un ávido marxista y activamente intentó crear una síntesis teórica en donde la teoría sicológica sirviera a metas sociales utópicas (Kurzweil 1989, 84).

Freud llamó las ideas de Adler “reaccionarias y retrógradas” (Gay 1988, 222) presumiblemente porque, desde el punto de vista de Freud, la revolución social prevista por el sicoanálisis dependía de ideas organizadoras. Las acciones de Freud respecto a Adler son perfectamente comprensibles en vista de que la versión analítica “diluida” de Adler destruiría la versión de su mentor como una crítica radical de la cultura occidental.

Similarmente, Jung fue expulsado del movimiento cuando desarrolló ideas que denigraban la centralidad de la represión sexual en la teoría freudiana. “El más acuciante desacuerdo de Jung con Freud, patente a través de toda su correspondencia como un subtexto ominoso, estriba en lo que alguna vez Freud llamara la incapacidad de Jung para definir la libido. Una vez traducido, esto significaba que Jung rehusaba a aceptar el término freudiano: que la libido no sólo causaba impulsos sexuales sino que era una energía mental en general” (Gay 1988, 226; véase también Grosskurth 1991, 43).

Al igual que Adler, Jung rechazaba la etiología sexual de las neurosis, la sexualidad infantil y el complejo de Edipo. Asimismo, al igual que Adler, y a diferencia de las teorías freudianas más fundamentales, en Jung la idea de la libido, restringida a deseos sexuales, era de poco uso al desarrollar una crítica radical de la cultura occidental. En cambio, la teoría de Freud, tal como la presenta, depende de la fusión del deseo sexual con el amor. Lo que es más, Jung desarrolló un punto de vista en que la experiencia religiosa era vital para la salud mental. Freud, en contraste, permaneció hostil a la creencia religiosa (vale mencionar que Gay [1988, 331] escribe sobre el “ateísmo pugilístico de Freud”).

Como se ha dicho en este capítulo, central a lo que uno podría llamar la patologización de Freud del cristianismo se encuentra la opinión de que la creencia religiosa no es nada más que una reacción para eludir los sentimientos de culpa sobre un evento edípico primario, o como dice en El futuro de una ilusión, meros sentimientos infantiles de indefensión. Por lo mismo, una función central de Tótem y Tabú parece ser el combatir “todo lo que sea religioso-ario” (en Gay 1988, 331): un comentario que de plano nos ilustra la agenda de Freud de desacreditar no sólo a la religión en particular, sino que revela el alcance en que él veía a su trabajo como un aspecto de competencia entre grupos étnicos.

99. Es notable que uno de los primeros miembros del movimiento sicoanalítico, Ludwig Braun, creyera que Freud era “genuinamente judío” y que el ser judío significaba, entre otras cosas, que uno “tuviera la determinación y coraje de combatir u oponerse al resto de la sociedad, su enemigo” (Klein 1981, 85).

100. Como sicoanalista, Gay se imagina un mensaje erótico detrás del significado superficial de agresión y hostilidad hacia la cultura occidental.

101. Otras interpretaciones sicoanalíticas del antisemitismo como una patológica reacción gentil frente a la superioridad judía ocurrieron durante ese período. En 1938 Jacob Meitlis, un analista del Insitito de Ciencia Yiddish (YIVO por sus siglas en inglés), declaró: “Nosotros los judíos siempre hemos sabido cómo respetar los valores espirituales. Preservamos nuestra unidad a través de ideas, y debido a ellas hemos sobrevivido hasta este día. Una vez más, nuestra gente se enfrenta a tiempos oscuros que requieren de todos nuestros esfuerzos para preservar, incólumes, toda cultura y ciencia durante las presentes tormentas” (en Yerushalmi 1991, 52). El antisemitismo aquí es conceptualizado como el precio que pagan los judíos por cargar el peso de ser los creadores y defensores de la ciencia y la cultura (otras teorías sicoanalíticas del antisemitismo se discuten abajo, y en el capítulo 5).

102. Nathan de Gaza elaboró una base intelectual para el malogrado movimiento mesiánico sabateano del siglo XVII.

103. De manera similar al movimiento francés sicoanalítico de mediados de los sesenta, “las proposiciones del sicoanálisis ‘lingüístico’ se convirtieron en postulados, de manera que nadie podía ya cuestionar si una disposición de sentirse a salvo realmente podía esconder una estructura inconsciente de vulnerabilidad. La mayoría de los franceses intelectuales aceptaron que tanto el pensamiento consciente como el inconciente era organizado de acuerdo a estructuras lingüísticas” (Kurzweil 1989, 245).

104. La imputación de motivos egotistas es particularmente interesante. Como se dijo en el capítulo 6, todos los movimientos intelectuales judíos estudiados en este libro son fundamentalmente movimientos colectivistas que demandan una sumisión autoritaria hacia la figura de autoridad. La motivación egotista es, por tanto, incompatible con esos movimientos. Tales movimientos sólo prosperan sometiendo los intereses personales a los del grupo. En el capítulo 6 argüiré que la ciencia es esencialmente una empresa individualista donde existe una lealtad mínima hacia el grupo excluyente.

105. Fritz Wittels ubica el deseo de una “estricta organización” de discusiones entre Freud, Ferenczi y Jung en un viaje de 1909 a los Estados Unidos. “Creo que hay buena razón para suponer que discutieron la necesidad de una estricta organizaron para el movimiento sicoanalítico. De ese día en adelante Freud no volvió a considerar al análisis como una rama de la ciencia pura. La política del análisis había iniciado. Los tres viajeros hicieron votos de fidelidad mutua, aceptando unir sus fuerzas para defender su doctrina contra todo tipo de peligro” (1924, 137).

106. Wittels (1924, 143-144) habla de una interpretación sobre un recurrente sueño de Monroe Meyer, un estudiante de sicoanálisis; sueño en que Meyer siente el peligro de ahogarse después de comer un gran pedazo de bistec. La interpretación favorecida por Wittels es la de Stekel, quien señaló: “Parece que el bistec representa el indigeridle análisis. Mi desafortunado colega está compelido seis veces por semana a tragar una sabiduría que amenaza sofocarlo. El sueño es una manera en que su resistencia interna al análisis asegura su expresión”. Independientemente de lo que uno pueda pensar de esa interpretación, el comentario de Wittel sugiere que, incluso en los años veinte, algunos discípulos devotos de la comunidad analítica se percataron de un peligro: que el sicoanálisis podría fácilmente convertirse en una forma de lavado del cerebro.

107. Este fallo de comprender la naturaleza igualitaria de las costumbres sexuales en Occidente se percibía en la vigorosa oposición de Heinrich Heine a la moral sexual burguesa del siglo XIX. Como Freud, Heine veía a la emancipación sexual como un asunto de liberarse de las restricciones impuestas por una cultura occidental opresiva y demasiado espiritual. Sammons (1979, 199) señala, sin embargo, que “en la clase media, la licencia sexual se ha considerado desde hace mucho como una característica de vicio aristocrático, mientras que la disciplina sexual y el respeto a la virtud femenina estaban asociados a la virtud burguesa. Al andar a contra corriente de esos tabúes, Heine corría el riesgo de ser percibido no como un emancipador, sino temperamentalmente como un aristócrata, y la resistencia que generó no se restringía de forma alguna al público conservador”. De hecho, la preocupación de los varones de clase media y baja de controlar la conducta sexual de la clase alta fue una característica prominente en el discurso decimonónico sobre el sexo (véase MacDonald 1995b,c). Algunos individuos ricos se beneficiaron mucho más que sus inferiores con la relajación de las costumbres sexuales tradicionales.

108. Los cuatro judíos en la elite de intelectuales en este estudio que aparentemente no fueron influenciados por Freud fueron Hanna Arendt, Noam Chomsky, Richard Hofstadter e Irving Kristol. De éstos, sólo Noam Chomsky podría ser considerado como alguien cuyos escritos no fueron fuertemente influenciados por su identidad judía, y, específicamente, por intereses judíos. Tomados en conjunto, el legado sugiere que la escena intelectual estadounidense ha estado significativamente dominada por intereses judíos específicos, y que el sicoanálisis ha sido una importante herramienta para promover tales intereses.

109. Por ejemplo, el influyente libro de Norman O. Brown, Life against Death: The Psychoanalytical Meaning of History (1985; originalmente publicado en 1959), acepta del todo el análisis de Freud sobre la cultura tal como se delinea en Civilization and Its Discontents. Según Brown, la doctrina freudiana más importante es la de la represión de la naturaleza humana, especialmente la represión de buscar el placer. Esta neurosis causada por la represión es una característica universal de los humanos, pero Brown alega que la historia intelectual de la represión se originó en la filosofía y religión occidentales. En términos altamente reminiscentes de algunos de los primeros socios de Freud, Brown señala a un futuro utópico en donde existe una “resurrección del cuerpo” y una completa liberación del espíritu humano.

110. Es interesante que Kurzweil (1989) diga que el sicoanálisis era central en la crítica cultural tanto en Estados Unidos como en Francia, pero que el papel del marxismo en el análisis critico difería en los dos países. En los Estados Unidos, donde el marxismo era anatema, los críticos combinaron a Marx con Freud; mientras que en Francia, donde el marxismo estaba mucho más arraigado, el sicoanálisis fue combinado con el lingüismo estructural. El resultado fue que “en ambos países las afirmaciones radicales del sicoanálisis estaban basadas en la oposición a los discursos teóricos familiares aceptados y a los prejuicios existentes” (pág. 244).

111. Como otro ejemplo, Kurzweil describe un proyecto en donde el personal de tiempo completo de veinte sicoanalistas falló en alterar las tendencias antisociales de diez criminales endurecidos a través de un programa de rehabilitación. El fallo fue atribuido a la dificultad de revertir el efecto de las experiencias tempranas, y hubo llamados de aplicar un sicoanálisis preventivo a todos los niños alemanes.

112. Parte de esto fue la práctica consciente de autocensura a fin de remover el lenguaje marxista de sus publicaciones; de manera que, por ejemplo, el “marxismo” se reemplazó por “socialismo” y “medios de producción” por “aparato industrial” (Wiggershaus 1994, 366). Así la sustancia marxista permaneció; aunque, por medio de este engaño, el Instituto podía intentar distender acusaciones de dogmatismo político.

113. Marcuse permaneció un ardiente comunista después de que Adorno y Horkheimer abandonaran el comunismo. En un documento interno del Instituto de 1947, Marcuse escribió, “Los partidos comunistas son, y serán, la única fuerza antifascista. Denunciarlos debe ser puramente teórico. Tales denuncias se hacen conscientemente del hecho de que el cumplimiento de la teoría es sólo posible a través de los partidos comunistas” (en Wiggershaus 1994, 391). En el mismo documento Marcuse promulgó la anarquía como mecanismo para lograr la revolución. No obstante, Marcuse y Horkheimer nunca cesaron de tener contacto entre sí, y Horkheimer fue un admirador de libro de Marcuse Eros y la civilización (Wiggershaus 1994, 470) como un reflejo de la posición del Instituto de que la represión sexual resultaba en dominio sobre la naturaleza y que acabar con esa represión debilitaría las tendencias destructoras.

114. La tesis general de Dialectic of Enlightenment es que la Ilustración reflejaba el intento occidental de dominar la naturaleza y suprimir la naturaleza humana. El fascismo era así visto como la encarnación final de la Ilustración, en tanto que esta representaba la apoteosis del dominio y del uso de la ciencia como instrumento de la opresión. Desde esta perspectiva, el colectivismo fascista es el vástago lógico del individualismo occidental: una perspectiva fantasiosa, por decir lo menos. Como dijimos en PTSDA (cap. 8), la naturaleza colectivista del fascismo no ha sido una característica de las organizaciones políticas en Occidente. Más que cualquier otro grupo cultural, las culturas occidentales han tendido hacia el individualismo, desde el mundo grecorromano en la antigüedad.

En contraste, el judaísmo es paradigma de una cultura de grupo orientado al colectivismo. Como lo dijo Charles Liebman (1973, 157), fueron los judíos quienes “buscaron las opciones de la Ilustración pero rechazaron las consecuencias” por medio de—por decirlo con mis palabras—mantener un fuerte sentido de identidad en una sociedad nominalmente dedicada al individualismo. Y como argüimos en SAID (caps. 3-5), no hay buena razón para suponer que la presencia de los judíos como un exitoso grupo en cuanto a estrategias evolutivas fuera condición necesaria para el desarrollo de prominentes ejemplos de colectivismo en Occidente.

115. El estilo filosófico de Adorno es virtualmente impenetrable. Véase la humorística, aunque válida, disección de Karl Popper (1984) sobre la vacuidad pretenciosa del lenguaje de Adorno. Piccone (1993) sugiere que la difícil prosa de Adorno era necesaria para camuflar su intención revolucionaria.

116. La visión de que todos los males modernos—incluyendo el Nacional Socialismo, el colectivismo, la rebelión adolescente, la enfermedad mental y la criminalidad—se deben a la supresión de la naturaleza, incluyendo la naturalaza humana, también es patente en Eclipse of Teason de Horkheimer (1947, 92ss). En un pasaje que directamente se conforma a las perspectivas sicoanalíticas discutidas en el capítulo 4, se dice que la supresión de la naturaleza inicia desde el nacimiento:

Cada ser humano experimenta el aspecto dominante de la civilización desde su nacimiento. Para el niño, el poder del padre le parece abrumador; sobrenatural en el sentido literal de la palabra. Las órdenes de los padres son una inexorable fuerza espiritual. Van más allá de la naturaleza. El niño sufre al someterse a esa fuerza. Es casi imposible para un adulto recordar todas las punzadas que experimentó de niño al seguir las incontables admoniciones de no sacar su lengua, no imitar a otros, no estar desaliñado u olvidarse de lavar sus oídos. En tales demandas el niño es confrontado con los postulados fundamentales de la civilización. Al niño se le fuerza a resistir la presión inmediata de sus impulsos; a diferenciar entre él mismo y el medio; a ser eficiente—en suma, por decirlo en términos freudianos, a adoptar un superyó que abarque todos los llamados principios que los padres y otras figuras paternales le imponen (págs. 109-110).

117. En un comentario que predata la tesis de La personalidad autoritaria, que los antisemitas no son introspectivos, Horkheimer y Adorno declaran que el antisemitismo no es simple proyección, sino una proyección sin reflexión. Los antisemitas no tienen vida interior y, por lo mismo, tienden a proyectar sus odios, deseos e insuficiencias sobre el medio: “El mundo exterior es investido con su propio contenido” (pág. 190).

118. Como una muestra de la identificación autoconsciente en el judío de la Escuela de Frankfurt, Horkheimer atribuyó la reticencia de los teóricos de Frankfurt de “nombrar al otro” al cumplimiento del tradicional tabú judío de nombrar a Dios o de describir el paraíso (véase Jay 1980, 139).

119. Los teóricos de Frankfurt heredaron una fuerte oposición al capitalismo de sus previas y radicales creencias. Irving Louis Horowitz (1987, 118) señala que los llamados críticos teóricos estaban “atrapados entre la Drimia del capitalismo—la cual despreciaban como sistema de explotación (cuyos frutos sin embargo gozaban)—y la Escila del comunismo: que también despreciaban como un sistema peor de explotación (aunque, a diferencia de sus contrapartes rusojudíos, no comieron de sus amargos frutos)”.

120. Una interesante característica del material de esa sección de La personalidad autoritaria es un intento de demostrar la irracionalidad del antisemitismo por medio de mostrar que los antisemitas mantienen creencias contradictorias acerca de los judíos. Como se señaló en SAID (cap. 1), de las creencias antisemitas no necesariamente se espera que sean ciertas, o incluso lógicamente consistentes. Sin embargo, La personalidad autoritaria exagera la naturaleza autocontradictoria de las creencias antisemitas al enfatizar su naturaleza irracional y proyectiva. Así, Levinson declara que es contradictorio que los individuos crean que los judíos tienen mentalidad de clan y sean, por tanto, distantes; así como la creencia que los judíos deben ser segregados y restringidos (pág. 76). Similarmente, en otro libro de la serie Studies in Prejudice Ackerman y Jahoda (1950, 58) proponen que son contradictorias las actitudes antisemitas acerca de que los judíos forman un clan y son distantes.

El estar de acuerdo en estas cosas no es autocontradictorio. Tales actitudes son probablemente un componente común en el proceso reactivo discutido en SAID (caps. 3-5). Los judíos son vistos por estos antisemitas como miembros de un grupo fuertemente cohesivo que intentará penetrar los círculos gentiles de poder y los altos estatus sociales, quizá incluso socavando la cohesividad de los grupos gentiles, al mismo tiempo de mantener su propio separacionismo y espíritu de clan. La creencia de que los judíos deben ser restringidos es coherente con esta actitud.

Lo que es más, la objeción de que los estereotipos negativos sobre los judíos que han probado ser contradictorios, tales como que son capitalistas y comunistas (Ackerman y Jahoda 1950, 58), puede aplicarse por los antisemitas a grupos diferentes de judíos, y estos procesos estereotípicos pueden tener algo de verdad: los judíos pueden estar sobrerrepresentados entre los capitalistas exitosos y entre los líderes políticos radicales. Como se dijo en SAID (cap. 2), hubo realmente algo de verdad en la idea que los judíos estaban desproporcionadamente propensos a ser políticos radicales y capitalistas exitosos. “Desde la emancipación de los judíos en adelante, los judíos han sido culpados tanto de buscar integrarse a una sociedad establecida; entrar a dominarla, y, al mismo tiempo, tratar de destruirla completamente. Ambos cargos tenían un elemento de verdad” (Johnson 1988, 345).

Levinson también señala que la escala reclusiva incluye declaraciones tales como: “Los judíos millonarios pueden hacer algo que ayude a su gente, pero poco de su dinero va a causas americanas”, mientras que la escala intrusiva incluye cuestiones contradictorias como: “Cuando los judíos crearon grandes fondos para la investigación educativa o científica (Rosenwald, Heller, etc.), se debía al deseo de fama y señalamiento público más que a un sincero interés científico”. Uno puede fácilmente afirmar la primera declaración como regla general y consistentemente creer que las excepciones resultan del interés propio entre judíos. Sin embargo, Levinson concluye: “Una de las principales características de los antisemitas es una hostilidad relativamente ciega que se refleja en el estereotipo, la autocontradicción y la destructividad en la forma en que ven a los judíos” (pág. 76).

También se dice que los antisemitas se oponen al espíritu de clan y a la asimilación judías, y que desean que los judíos “se liquiden a sí mismos, que pierdan del todo su identidad cultural y que se adhieran en su lugar a las culturas prevalentes”. Al mismo tiempo,

“los judíos que intenten asimilarse son al parecer más sospechosos que los otros. Se hacen acusaciones de ‘entrometimiento’, ‘afán de poder’ e ‘imitación’ y las acciones aparentemente generosas de los judíos se atribuyen a ocultos motivos egoístas… No hay base lógica para solicitar, por una parte, que los judíos se vuelvan como cualquier otro y, por otra, que se limiten y se les excluya en las áreas más importantes de la vida social” (pág. 97).

Esta es una extraña interpretación de los hechos. Fácilmente uno podría propugnar que un grupo foráneo se asimile pero, al mismo tiempo, señalar que el mismo mantiene actitudes negativas en el presente espíritu de clan y de conductas que buscan el poder. Una vez más, las investigaciones sobre identidad social y teoría evolutiva no predicen que los individuos mantendrán creencias verdaderas o intrínsicamente consistentes acerca de un grupo foráneo, como los judíos. Levinson, no obstante, claramente rebasa los hechos en su intento de representar al antisemitismo de manera enteramente irracional.

121. Véase también la discusión en SAID (cap. 6) sobre las estrategias de la Liga Antidifamación (ADL por sus siglas en inglés) que combaten al antisemitismo por medio de hacer declaraciones que reflejan algo de los judíos como paradigmas de actitudes antisemitas. Mayer (1979, 84) señala que los judíos ortodoxos están muy preocupados de vivir en una área que tenga una suficientemente alta concentración de judíos, y Lowenstein (1983) muestra que éstos continúan viviendo en concentradas áreas en Alemania después de la emancipación. Véase también Glazer y Moynihan (1970) para información similar acerca de los judíos estadounidenses.

122. Se dice que el conservadurismo y el etnocentrismo político son difíciles de separar, como se indica en la siguiente cita de Political and Economic Conservatism Scale (PEC, por sus siglas en inglés): “Los Estados Unidos no son perfectos, pero la forma americana de vivir nos ha traído lo más cerca a ello dentro de lo posible para los seres humanos”. Levinson comenta: “El apoyar esta idea es, al parecer, expresar conservadurismo político-económico y la idealización del propio grupo tan característica del etnocentrismo” (pág. 181).

Aquí, como en el caso de la discusión sobre la escala etnocéntrica misma, los individuos que fuertemente se identifican con un grupo mayoritario y sus intereses son vistos como algo patológico. De hecho, la escala PEC no estaba muy correlacionada con la escala F, tal como estaba la escala E (escala etnocéntrica): un hallazgo que Adorno tendenciosamente interpretó no como indicativa de que estos conceptos no estaban altamente relacionados, ¡sino que indicaban que “estamos viviendo en tiempos potencialmente fascistas” (pág. 656)! Como se señala en la conclusión de este capítulo, la alta correlación entre las escalas F y E fue un asunto de diseño más que un hallazgo empírico.

123. Los autores de La personalidad autoritaria mantienen una vehemente postura moral en contra del etnocentrismo y del conservadurismo político. Levinson señala, por ejemplo, que “El Sindicato Marítimo Nacional… puede enorgullecerse de haber sido ranqueado hasta abajo [en la escala etnocéntrica]” (pág. 196).

124. Se ha señalado que la información de la entrevista de Frenkel-Brunswik sufre de serias dificultades metodológicas “desde el comienzo hasta el final” (Altemeyer 1981, 37; véase también R. Brown 1965, 514ss). Hay problemas de generalizaciones ya que el 40 por ciento entero, la puntuación más alta de los entrevistados varones (8 de 20), eran presos en la prisión de San Quentin; y 2 eran pacientes de un hospital siquiátrico al momento de las entrevistas (tres de los 20 que salieron con bajas puntuaciones eran de San Quentin, y 2 de la clínica siquiátrica). Como señaló Altemeyer (1981, 37), este tipo de ejemplo obviamente presenta problemas de generalización aun si concedemos la posibilidad de que es más probable que quienes salieran con alta puntuación estuvieran en prisión. Sin embargo, el problema es mucho menos aparente en las entrevistas a mujeres. Quienes salieron con alta puntuación eran principalmente estudiantes y trabajadoras sociales en el sector salud, aunque 3 de 25 eran pacientes siquiátricas.

Altemeyer (1988, 37) señala que los entrevistados de San Quentin eran “la espina dorsal” de los resultados estadísticamente significativos que separaban las puntuaciones alta y baja. Además de este método de inflar el nivel de significación estadística por medio de incluir a sujetos altamente no representativos, también hubo una fuerte tendencia a discutir los resultados como si estuvieran basados en diferencias estadísticas significativas cuando, en realidad, las diferencias no lo eran (Altemeyer 1988, 38).

También se ha mostrado que la puntuación en la escala etnocéntrica está negativamente asociada con el coeficiente intelectual (CI), la educación, y el estatus socioeconómico en mucho mayor grado que lo que se encontró en el grupo de Berkeley (Hyman & Sheatsley 1954). El bajo estrato socioeconómico y su correlativo bajo CI y en educación pueden resultar en etnocentrismo porque tales individuos no han sido socializados en el medio universitario, y porque es más probable que las presiones económicas—es decir, la competencia por recursos—resulten en identificaciones grupales dentro de las clases sociales bajas. Esta última perspectiva encaja bien con la investigación de identidad social y con los hallazgos generales en otro volumen de la serie Studies in Prejudice: Prophets of Deceit (Lowenthal & Guterman 1970).

125. Los extractos [citados aquí en la nota 125 en la versión original en inglés; no las traducimos] indican que estos individuos tuvieron actitudes muy positivas acerca de sus padres (págs. 340 & 342).

126. Hay más ejemplos de resentimientos contra los padres de parte de sujetos que ranquearon alto, los cuales sugieren claramente que una relación se ve generalmente como positiva donde un padre con reglas estrictas las hace obedecer. Así, un sujeto altamente punteado dice acerca de su padre: “No puedo decir que no lo quiero… pero no me dejaba tener citas románticas a los dieciséis. Tenía que quedarme en casa” (pág. 348). El material de la entrevista de una mujer también ranqueada alta (F78) muestra que “sus padres definitivamente aprobaron la relación; la sujeto ni siquiera salía con nadie si a los padres no les gustaba el pretendiente” (pág. 351). Una vez más, a estos sujetos se les etiqueta como víctimas de sus padres. La suposición parece ser que cualesquier crítica de la conducta del hijo de parte de sus padre, independientemente de lo razonable que sea, estaba destinada a resultar en enormes niveles de hostilidad suprimida y agresión de parte del hijo.

127. Esta idea de que la rebelión contra los valores de los padres y la autoridad es un signo de salud mental también puede verse en la teoría del sicoanalista Erik Homberg Erikson (1968). Erikson proponía que el desarrollo más importante en la vida adolescente era la crisis de identidad y que cruzarla era un prerrequisito necesario para un funcionamiento sicológico sano en el adulto. No obstante, la evidencia indica que la adolescencia no es el tiempo normativo de una rebelión contra los padres, sino que tal rebelión se asocia con relaciones hostiles en una familia.

Lo interesante aquí es que la investigación sobre los procesos de identidad en la adolescencia no apoya la idea de que los adolescentes que acepten los valores adultos muestren signos de desordenes mentales. Los sujetos que más se les ve como patológicos en La personalidad autoritaria se les llama sujetos de “ejecución” en el trabajo de Marcia (1966, 1967). Estos sujetos no han experimentado una crisis de identidad, sino que han aceptado obligaciones de otros individuos, generalmente sus padres, sin cuestionarlos.

Las familias de tales sujetos tienden a estar centradas en el hijo y a conformarse (Adams, Gullotta, & Markstrom-Adams 1994). Matteson (1974) encontró que los hijos participaban en un “romance” con sus familias, y Muuss (1988) resume la evidencia señalando que estos sujetos están muy cerca y se sienten bien valorados por sus padres. El grado de control es intermedio: no son demasiado duros ni demasiado limitados, y tales individuos perciben a sus padres como figuras de apoyo. Tal y como las ven los sicólogos del desarrollo, las relaciones paternofiliales de estos individuos aparecen ser autoritarias, aunque producen un desarrollo óptimo en el hijo. Marcia y Friedman (1970) encontraron que las mujeres de este tipo tenían una alta autoestima y baja ansiedad, y Marcia (1980) resume varios estadios mostrando que otras mujeres de esa clase estaban bien adaptadas. Por lo tanto, no hay razón para suponer que los adolescentes que acepten valores de sus padres estén sufriendo, de una manera u otra, de una psicopatología.

Por el contrario, los individuos que tienen muy pobres relaciones paternofiliales [Nota del traductor: yo habría escrito: los individuos que fueron maltratados por sus padres — véase mi otro blog] tienden a ser clasificados en una categoría de “identidad difusa”, es decir, individuos que fallarán completamente en desarrollar una identidad. Las relaciones paternofiliales muy negativas son características entre esos sujetos (Adams, Gullotta, & Markstrom 1994), y parecen conducir a una mínima identificación con los valores e ideologías de los padres. A los padres de tales individuos se les ha descrito como “distantes, indiferentes y no involucrados” (Muuss 1982; véase también Marcia 1980), y tales individuos no parecen aceptar los valores de sus padres. Incluso hay evidencia de que los individuos con identidad difusa se encuentran en riesgo de trastorno mental.

128. Otros ejemplos: F71: “Ahora soy el favorito de mi [papá]… Hará todo por mí: me lleva a la escuela y me llama” (pág. 354). M47: “Bien, supongo que ella [madre] siendo tan buena y amistosa con todos, especialmente conmigo. (¿Por ejemplo?) Bueno, siempre trata de hacer todo para mí. Muy raramente va a la ciudad sin traerme algo” (pág. 354). M13: “La mayor parte de su atención [del padre] hacia nosotros los niños fue muy admirable. Es muy honesto, tanto así que no aprobará que paguemos las cuentas. Se le conoce a lo largo de todo el país como un hombre cuya palabra es de fiar. Su mayor contribución fue negarse el placer de cuidarnos de chicos” (pág. 354).

En la sección “Imagen de la Madre: Sacrificio, Moralismo, Restricciones”, las madres que salieron altamente ranqueadas eran personas que hacían muchos sacrificios por sus hijos y a la vez tenían un fuerte sentido de buena conducta, el cual intentaban inculcar en sus hijos. M57: “Era una mujer que trabajaba mucho, nos cuidaba de niños; nunca nos maltrató de ninguna manera”. M13: “Mi madre estaba enferma en su cama por largo tiempo. Dedicó sus últimas fuerzas a nosotros de niños”. M47: “Ella siempre me enseñaba la diferencia entre el bien y el mal, las cosas que debería hacer y las que no”.

129. Otros típicos comentarios de los altamente ranqueados son los siguientes: M58: “Si había cualquier conflicto entre madre y padre, no lo sabía.” F24: “Mis padres se llevaban bien—nunca discrepaban—casi nunca. Sólo sobre tonterías lo hacían. Discreparon verbalmente una vez después de tomar vino sobre quién legó al final. Tonterías como esas”. F31: “Mis padres se llevaron muy bien uno con el otro, hasta ahora—¡toco madera! Discutían, pero nunca con seriedad debido a la personalidad alivianada de mi madre”.

130. Otros comentarios típicos de los que salieron ranqueados bajo son los siguientes: M15: “Mi madre acusa a mi padre de ‘tenerla controlada’, que habla mucho sobre sus ambiciones. Pero madre cree que ella va primero. No quiere ir a ninguna iglesia. Sigue sospechando que padre permite a otra cantante estar adelante de ella. Discuten mucho, lo que me molesta. Padre ha amenazado algunas veces con irse”. M50: “Mi padre era temperamental y ambos de mis padres tenían muchas disputas familiares”. M55: “Mi madre seguía la línea moralizadora de mi padre, aunque no era tan dura como él, y no era un muy buen matrimonio. Mi madre se debió de haber casado con alguien mucho más humano y probablemente habría estado mucho mejor… Bueno: es difícil imaginar a mi padre con alguien con quien pudiera llevarse”.

131. Asimismo, cuando un sujeto no reporta agresión de su padre en la Prueba de Apercepción Traumática, los resultados son interpretados como indicadores de una agresión reprimida de parte del padre porque la única agresión en las historias se hace por personajes que el sujeto rechaza. Una imaginería agresiva no relacionada al padre es presentada como evidencia de agresión transferenciada del padre.

132. Otro caso de preocupación por el estatus social entre los altamente ranqueados es el de F79, quien viene de una familia adinerada, dueña de un aserradero, un campamento maderero, y otros negocios: “Es un aserradero de mediano tamaño pero no tengo idea de sus ingresos (del padre). Desde luego, siempre estuvimos en escuelas particulares y vivimos en zonas residenciales. En ____ teníamos canchas de tenis y caballos. Tuvimos que empezar todo de nuevo al llegar a este país. Vivíamos en una bonita casa pero no podíamos pagarla. Nos costó mucho trabajo ingresar a los círculos sociales. En ____ nos sentimos seguros y nos adaptamos. Aquí vivimos al mismo nivel de ansiedad. Papá y mamá han escalado socialmente… y a mí no me interesa gran cosa” (pág. 384). Como esta persona no parece preocuparse por el estatus social, uno podría preguntarse por qué el protocolo de esas pruebas dio tal puntuación.

133. Los ejemplos de “antimoralismo” del ello entre las mujeres altamente ranqueadas incluye lo siguiente: F22: “El sexo no es lo más importante en mi mente, de ninguna manera… Me siento y me la paso mejor excluyendo el interés sexual”. F31: “Creo que una muchacha debe ser amigable, pero no me gusta el besuqueo detrás de las cámaras. Un chico y una chica sólo deben ser amigos” (pág. 396).

Los varones altamente ranqueados parecen valorar el recato sexual de las mujeres con las que tratan de casarse. M6: “Me gusta una chica que sea sensata y que pueda hablar de varios temas. No me gustan del tipo de Maizie y Flo, o las muñecas de plástico baratas”. M14: “Quiero una chica cuyo único interés esté en el hogar”.

134. Entre quienes puntuaron alto, otros casos en que el comportamiento adaptativo y discriminatorio al buscar pareja Frenkel-Brunswik considera patológico son los siguientes: F71: “Buen muchacho. El padre escritor, el abuelo secretario del Canal _____. Muy acaudalada familia pero no tiene la ambición que necesito. Yo sólo tengo que ver más motivación; alguien que no tenga que depender en mí. Siento que si me fuera él se colapsaría… Otro chico aquí lo tiene todo, excepto que no es del tipo que piensa… Tengo que encontrar a alguien que no sea egoísta”. F22: “Voy a buscar (entre otras cosas) a la persona que tenga los valores que me apoyen. Quisiera casarme con alguien que, por ejemplo, vaya a tener una profesión: quizá un doctor” (pág. 401).

135. Los otros dos ejemplos que se dan como actitudes “patológicas” entre las mujeres son las siguientes:

F32: “Bien, creo que la sociedad en la que vivimos la gente joven pierde mucho por no casarse en la iglesia de su fe. Pierden la reverencia por el matrimonio, y no conocen el verdadero significado del voto matrimonial cuando se hace comercialmente (en el registro civil). Creo que cuando la gente se casa en una iglesia—y por eso no quiero decir una pomposa boda—tienen una de las más bellas experiencias de sus vidas… Lo que la iglesia puede enseñar es a escoger”. (Ella se refiere principalmente a escoger entre lo correcto y lo equivocado, aunque también a escoger los propios amigos.) “En el grupo de la iglesia uno encuentra el tipo adecuado de gente joven; no el tipo que vaguea al borde del lago por la noche”. (pág. 403)

F78: “Fue amor a primera vista. Tenía el pelo castaño, ojos café, dientes blancos. No era guapo pero bien aliñado; bella sonrisa y se relaciona bien. Fácil de llevarse con él pero con voluntad propia. Es muy gracioso y se interesa en todo. Ya terminó la preparatoria y ahora es un mecánico en la tripulación del Transporte Naval Aéreo. Quiere meterse a algo que tenga que ver con la línea mecánica. Antes de la guerra era aprendiz de la industria automotriz”. (La vocación de su esposo no importaría. Cree que su novio tiene buenas posibilidades de llevarse con ella indefinidamente. Le gustaría una profesión, “algo de clase media”.)

136. Se dice que quienes puntuaron alto se jactaron de “autoglorificación” por decir cosas como la siguiente: F71: “Niño nervioso debido a las operaciones mastoides… terribles tiempos al inicio de la escuela… temor de los compañeros… Este es el primer semestre del kindergarten; para el segundo ya era líder. Pienso sobre uno de los mejores atractivos de mi postura, que aprendí al moverme tanto” (pág. 425).

F38, comentando sobre vencer la parálisis infantil: “Siempre he tenido una disposición fácil, así como he sido honesto con mi familia. Aprecio lo que han hecho por mí. Siempre he tratado de encontrar una manera en que no fuera una carga para ellos. Nunca he querido ser un inválido sino que he sido digno de confianza en la situación, y alegre, y estoy seguro de que nunca hice sentir mal a nadie por mi limitación. Quizá una de las razones por la que soy alegre es debido a esa limitación. Tuve que usar una escayola en mi pierna desde mis cuatro años” (pág. 425). (El sujeto sigue describiendo su fidelidad y felicidad marital, así como las buenas relaciones con su familia.)

Sólo una interpretación extremadamente perversa de esta información—una interpretación hecha posible por la teoría sicodinámica—podría resultar en suponer que estos individuos son poco menos que heroicos en su capacidad de vencer su minusvalidez y haber logrado vidas productivas.

137. Estas tendencias se confirman en el material proyectivo del capítulo XV. Los que puntuaron bajo aparecen una vez más como llenos de conflictos, ansiosos y llenos de culpa (págs. 550, 562). “Se identifican con el desamparado” (pág. 566) y tienen un “fuerte sentido del fracaso, de autoculparse, indefensión o impotencia” (pág. 562). Buscan relaciones estrechas y al mismo tiempo atribuyen sentimientos de hostilidad y grosería a otros (pág. 551).

138. Al mantener esta falta de rigor científico sobre la base de datos, Adorno no provee información sobre cómo llegó a estos tipos o qué proporción de sujetos encaja en las diversas categorías. En el caso del “genuino liberal” hay discusión sobre un sujeto.

139. Es interesante que inmediatamente después de expresar la legitimidad moral de la competencia libre entre judíos y gentiles, el “genuino liberal” diga: “¡Quizá si los judíos obtuvieran poder liquidarían a la mayoría! Esa no sería una buena jugada porque la contestaríamos” (pág. 782). El sujeto claramente ve a los judíos no como individuos sino como un grupo potencialmente cohesivo y amenazador.

140. Similarmente, en otro tomo de la serie Studies in Prejudice Bettelheim y Janowitz (1950) encontraron que algunos de los sujetos antisemitas eran rebeldes e inhibidos.

141. Gottfredson (1994) también señala que en los medios y en la opinión pública persiste la idea de que, culturalmente hablando, las pruebas de inteligencia son tendenciosas y que no tienen que ver con el rendimiento en la vida—a pesar que desde hace tiempo estas ideas han sido desacreditadas por los investigadores de la inteligencia.

142. Lo mismo puede decirse del trabajo de Margaret Mead, del que hablamos en el capítulo 2. A pesar del hecho de que al llegar a este punto cualquier persona razonable debe asumir que su trabajo es, cuando menos, altamente cuestionable, el mismo continúa apareciendo prominentemente en muchos textos universitarios. Mead estuvo en la junta consultiva del proyecto Instituto Antisemita, el cual produjo La personalidad autoritaria.

143. Varios autores han hallado evidencia de una dimensión de autoritarismo general cuya actitud hacia la autoridad está divorciada de etnocentrismo, el cual frecuentemente incluye el autoritarismo de derecha (p. ej., Bhushan 1982; Ray 1972). Altemeyer (1994) señala que los individuos autoritarios en Norteamérica y la Unión Soviética bajo el comunismo mantenían actitudes autoritarias que perfectamente las reflejaban, estos últimos por medio de apoyar la “línea dura” del comunismo. En Studies on Authority and the Family (el intento original de la Escuela de Frankfurt en que se relacionaba las relaciones familiares con el autoritarismo) era imposible que un individuo fuera clasificado de autoritario si él o ella declaraba que el socialismo mejoraría la situación del mundo y que el capitalismo causaba hiperinflación. “La posibilidad de que alguien pudiera permanecer fiel al Partido Comunista o a su programa y que, sin embargo, fuera autoritario fue por lo tanto excluida” (Wiggershaus 1994, 174).

144. Arts and Humanities Citation Index de 1996 listaba aproximadamente 375 citas de Adorno, 90 de Horkheimer y 550 de Walter Benjamin. Una búsqueda de las bibliotecas de la Universidad de California en abril de 1998 bajo el encabezado “Escuela de Frankfurt” listaba 41 libros publicados desde 1988, y más de 200 sobre la Teoría Crítica.

145. Considérese la declaración del influyente posmodernista Jean-François Lyotard (1984, 8): “El derecho a decidir qué es verdad no es independiente del derecho a decidir qué es justo”. En la mejor tradición de la Escuela de Frankfurt, Lyotard rechaza la informatización científica como totalitaria porque reemplaza la informatización tradicional de la cultura por medio de universales científicos.

Como con Derrida, la solución de Lyotard es legitimizar todas las narrativas, pero el proyecto principal es intentar prevenir lo que Berman (1989, 8) llama el desarrollo de “una narrativa maestra institucionalizada”—el mismo proyecto deconstructivo que se originó con la Escuela de Frankfurt. Sobra decir que el rechazo de la ciencia se hace completamente a priori—en la mejor tradición de la Escuela de Frankfurt.

146. Señalé brevemente la ideología antioccidental de Claude Lévi-Strauss en el capítulo 2 (págs. 22-23). Es interesante que Derrida “deconstruyera” a Lévi-Strauss acusándolo de reactivar la visión romántica de Rousseau sobre las culturas no occidentales y por lo tanto haciendo una serie de presupuestos existenciales injustificados, según el escepticismo radical de Derrida. “En respuesta a las críticas a los filósofos de la conciencia de Lévi-Strauss, Derrida contestó que ninguno de ellos… había sido tan ingenuo como Lévi-Strauss por concluir precipitadamente en favor de la inocencia y bondad original de los nambikwara [tribu africana]. Derrida vio el punto de vista libre de etnocentrismo de Lévi-Strauss como un etnocentrismo inverso, con posiciones políticas étnicas acusando a Occidente de ser inicialmente el responsable, a través de la escritura, de la muerte del habla inocente” (Dosse 1997 II, 30). Estos comentarios son sintomáticos de los cambios inaugurados por el posmodernismo dentro del zeitgeist intelectual corriente. Mientras que las previas críticas a Occidente de los boasianos y los estructuralistas idealizaron las culturas no occidentales y vilipendiaron a Occidente, la tendencia más reciente es, supongo, expresar un escepticismo omnipresente sobre conocimientos de cualquier tipo, por las razones delineadas en este capítulo (págs. 166, 201) y el capítulo 6.

147. Me percaté del interesante relato de Borowitz (1973) sobre el autoengaño judío, The Mask Jews Wear: Self-Deceptions of American Jewry, demasiado tarde como para incluirlo en el capítulo 8 de SAID. Es un buen tratamiento de las complejidades de la identidad judía en el mundo posterior a la Ilustración, aunque con autoengaños propios como equiparar al etnocentrismo judío con la moral aplicada.

148. Raab está asociado a la ADL y es director ejecutivo emérito del Instituto Perlmutter para el Apoyo Judío en la Universidad Brandeis. También es columnista en el Jewish Bulletin de San Francisco. Entre otros de sus trabajos es coautor, junto con Seymour Martin Lipset, de The Politics of Unreason: Right-Wing Extremism in America, 1790-1970 (Lipset & Raab 1970), un volumen en una serie de libros sobre el antisemitismo en Estados Unidos patrocinado por la ADL y discutido en el capítulo 5. Lipset es considerado como un miembro de Intelectuales de Nueva York, discutido en el capítulo 6.

149. Lo que es más, una honda preocupación de que unos Estados Unidos étnica y culturalmente homogéneos comprometerían los intereses judíos puede verse en los cometarios de Silberman sobre la atracción de los judíos al

partido Demócrata… con su tradicional hospitalidad por grupos no anglosajones… Un distinguido economista que estaba en fuerte desacuerdo con las políticas económicas de Mondale votó por él a pesar de ello. “Observé las convenciones en televisión”, explicó, “y los republicanos no se parecen a mi gente”. La misma reacción condujo a muchos judíos a votar por Carter en 1980 a pesar de que les disgustaba. “Preferiría vivir en un país gobernado por las caras que vi en la convención Demócrata que las que vi en la convención Republicana”, un autor conocido me dijo [Silberman, 1985, 357-348].

150. El sionista estadounidense Maurice Samuel, aunque condenó la ley de inmigración de 1924 como racista (véase pág. 240), desarrolló bastantes ideas raciales por sí mismo. Samuel escribió un conocido trabajo, You Gentiles (1924), que contiene una declaración muy clara de las diferencias biológicas y del abismo infranqueable entre gentiles y judíos:

Aunque ustedes y nosotros estemos de acuerdo en todos los principios fundamentales… aun así permaneceremos fundamentalmente distintos. El lenguaje de nuestra expresión externa es similar, pero el lenguaje de nuestros significantes internos es diferente… El instinto sobrevive eras glaciares; las religiones se desarrollan con las civilizaciones. (pág. 28) La diferencia entre nosotros es abismal. (pág. 30)

Esta diferencia en conducta y reacción se desprende de algo mucho más ferviente y serio que una diferencia en nuestro equipo biológico (pág. 34). Hay dos tipos de vida, cada una completamente ajena a la otra. Cada una tiene su lugar en el mundo—pero no pueden florecer en el mismo suelo; no pueden permanecer en contacto sin antagonismo. Aunque para la vida en sí cada camino es perfecto en su esencia, uno respecto al otro son enemigos (pág. 37).

El influyente activista judíoamericano en pro de la inmigración Louis Marshall también tuvo un fuerte apego al judaísmo que él veía como una raza. Dijo: “Como sabes, no son soy sionista, ciertamente no un nacionalista. Soy… alguien que se enorgullece de la literatura, historia, las tradiciones y las contribuciones espirituales e intelectuales que el judaísmo ha hecho al mundo, y al envejecer los sentimientos de amor y reverencia por la cuna de nuestra raza se incrementa con intensidad” (en Cohen 1972, 107). El comentario es otro ejemplo de identificación judía y obligación grupal que incrementan con la edad (véase PTSDA, cap. 7 nota 27).

151. Restriction of Immigration, Sesión ante el Comité de Inmigración y Naturalización de la Casa de Representantes, Congreso 68, 1ª sesión, enero 5, 1924, 571.

152. Véase Reconquista!: The Takeover of America (Los Angeles: California, Coalición para la Reforma Migratoria, 1997).

153. Declaración del Congreso Judíoamericano, Sesión Conjunta ante los Subcomités de los Comités Judiciales, Congreso 82, 1ª sesión, en S. 716, H.R. 2379, y H.R. 2816. Marzo 6 a abril 9, 1951, 391.

154. Ibíd., págs. 402-403.

155. La ADL continúa siendo uno de los principales promotores de la diversidad en la educación a través de su instituto Un Mundo Diverso (www.adl.org, junio de 1998). Desde 1985 el instituto ha entrenado a más de 230,000 maestros de escuela primaria y secundaria en la diversidad y ha conducido talleres sobre el tema y programas de instrucción para los trabajadores y estudiantes universitarios en los Estados Unidos. El entrenamiento de maestros también ha sido instituido en Alemania y en Rusia.

156. Aunque los negros fueron incluidos en el crisol de la pieza teatral, Zangwill (1914) parece haber mantenido actitudes ambiguas hacia el matrimonio entre blancos y negros. En una posdata escribió que, en general, los negros tienen menos intelecto y ética pero también tuvo esperanzas de un futuro en donde los negros superiores se casaran con los blancos.

157. Restriction of Immigration (op. cit.), págs 309, 303.

158. Ibídem, pág. 341.

159. Por ejemplo, en el senado los debates de abril 15-19, 1924 sobre la superioridad nórdica no fueron mencionados por ninguno de los proponentes de la legislación pero sí por los siguientes oponentes a la misma: Senadores Colt (pág. 6542), Reed (pág. 6468), Walsh (pág. 6355). En los debates de la Casa de Representantes de abril 5, 8 y 15, virtualmente todos los oponentes a la legislación plantearon la cuestión de la inferioridad racial, incluyendo los representantes Celler (págs. 5914s), Clancy (pág. 5930), Connery (pág. 5683), Dickstein (págs. 5655s, 5686), Gallivan (pág. 5849), Jacobstein (pág. 5864), James (pág. 5670), Kunz (pág. 5896), LaGuardia (pág. 5657), Mooney (págs. 5909s), O’Connell (pág. 5836), O’Connor (pág. 5648), Oliver (pág. 5870), O’Sullivan (pág. 5899), Perlman (pág. 5651), Sabath (págs. 5651, 5662) y Tague (pág. 5873).

Varios representantes (p. ej., los republicanos Dickinson [pág. 6267], Garber [págs. 5689-5693] y Smith [pág. 5705]) contrastaron las características positivas de los migrantes nórdicos con las características negativas de los migrantes más recientes sin distinguir razones genéticas de las ambientales como posibles causas. Conjuntamente con otros, señalaron que los más recientes migrantes no se habían asimilado y que tendían a apiñarse en áreas urbanas. El representante Allen argumentó que existe “la necesidad de purificar y de mantener pura la sangre de los Estados Unidos” (pág. 5693). El representante McSwain, quien mantuvo la necesidad de preservar la hegemonía nórdica, no lo hizo en base a la superioridad nórdica sino en base a los propios y legítimos intereses étnicos (págs. 5683ss, véanse también los comentarios de los republicanos Lea y Miller). El republicano Gasque llamó la atención a un artículo de periódico que discutía cómo la raza que construyó América sería barrida (pág. 6270).

160. Restriction of Immigration, sesión ante el Comité de Inmigración y Naturalización de la Casa de Representantes, Congreso 68., 1ª sesión, enero 3, 1924, pág. 351.

161. Similarmente, la migración de los judíos de Europea oriental a Inglaterra después de 1880 tuvo un efecto transformador en las actitudes políticas de la judería británica en la dirección del socialismo, los sindicatos de comercio y el sionismo, frecuentemente combinados con la ortodoxia religiosa y la devoción a estilos de vida altamente separatistas (Alderman, 1983, 47ss). Mientras más las organizaciones judías luchaban para combatir la bien fundada imagen de los migrantes judíos como sionistas y radicales religiosos en cuestiones políticas, rehusaban ser reclutados en las fuerzas armadas de la Primera Guerra Mundial a fin de luchar contra los enemigos del gobierno zarista, oficialmente antisemita (Alderman, 1992, 237ss).

162. Sesión ante el Comité de Inmigración y Naturalización, Casa de Representantes, mayo 24 a junio 1, 1939: “Resoluciones Conjuntas para Autorizar la Admisión a los Estados Unidos un Número Limitado de Niños Alemanes Refugiados”, pág. 1.

163. Ibídem, pág. 78.

164. Ibídem, pág. 140.

165.  Declaración del Congreso Judíoamericano, Sesión Conjunta ante los Subcomités de los Comités Judiciales, Congreso 82, 1ª sesión, en S. 716, H.R. 2379, y H.R. 2816. Marzo 6 a abril 9, 1951, pág. 565.

166. Ibídem, pág. 566. Véase también la declaración del rabí Bernard J. Bamberger, presidente del Consejo Sinagoga de América, y la declaración del Congreso Judíoamericano, págs. 560s.

167. Declaración de Will Maslow representando al Congreso Judíoamericano, Sesión Conjunta ante los Subcomités de los Comités Judiciales, Congreso 82, 1ª sesión, en S. 716, H.R. 2379, y H.R. 2816. Marzo 6 a abril 9, 1951, pág. 394.

168. Sesión Conjunta ante los Subcomités de los Comités Judiciales, Congreso 82, 1ª sesión, en S. 716, H.R. 2379, y H.R. 2816. Marzo 6 a abril 9, 195, págs. 562-595.

169. Ibídem, pág. 410.

170. Ibídem, pág. 404.

171. Asimismo, en Inglaterra en 1887 la Federación de Sinagogas Menores fue creada por los judíos británicos para moderar el radicalismo de los migrantes recién llegados de Europa Oriental. Esta organización también estuvo involucrada en engaños y en distorsionar deliberadamente el grado en que los migrantes mantenían actitudes políticas radicales (Alderman 1983, 60).

172.  Sesión Conjunta ante los Subcomités de los Comités Judiciales, Congreso 82, 1ª sesión, en S. 716, H.R. 2379, y H.R. 2816. Marzo 6 a abril 9, 1951, pág. 563.

173. Handlin también contribuyó con varios artículos a las reseñas de Partisan Review, la revista insigne de los intelectuales de Nueva York. Al reflejar su enraizada postura sobre el pluralismo cultural, en una reseña de 1945 declaró: “Simplemente no puedo captar qué significa el ‘americanismo’ que descansa sobre la noción de que ‘un grupo social constituye una nación en tanto que sus miembros son una mente’” (Handlin 1945, 269).

174. Asimismo, L. C. Pogrebin (1991) describe cómo llagó a ser todo un personaje en los orígenes del movimiento feminista y su eventual desencanto resultante del abierto antisemitismo de las mujeres del “tercer mundo”, lo cual fue patente en las conferencias intencionales, y en la falta de celo de parte de las mujeres occidentales en condenar tales desplantes. Como muchos judíos de izquierda, Pogrebin eventualmente desarrolló ideas híbridas en donde el ideal feminista se combinaba con un profundo compromiso con la cultura judía.

175. Los neoconservadores respondieron que tales cargos eran antisemitas. Por ejemplo, Russell Kirk declaró: “algunos neoconservadores prominentes tomaron a Tel Aviv como la capital de los Estados Unidos”, un cargo que Midge Decter etiquetó como “una mentada opinión antisemita” (véase Judis 1990, 33). Véanse también los comentarios de Norman Podhoretz (1986) sobre los cargos de Joseph Sobran de que la política estadounidense exterior está determinada por un poderoso grupo de presión que coloca los intereses de Israel arriba de los estadounidenses, y que utiliza al ejército de Estados Unidos para perseguir intereses militares israelíes.

Por otra parte, algunas veces los neoconservadores le han pedido a los judíos que no condenen a la derecha religiosa americana en tanto que ésta apoya a Israel (p. ej., Kristol 1984). Esto ha ocurrido a pesar de los indicios de antisemitismo en la derecha religiosa. Así, Lind (1995a) llama nuestra atención al apoyo neoconservador a Pat Robertson (p. ej., Decter 1994). Robertson ha denunciado públicamente el papel de las organizaciones judías en socavar la visibilidad pública del cristianismo; el dar sus votos a candidatos liberales, y sobre su papel en los medios al atacar al cristianismo (véase Lind 1994a, 22). Robertson (1991) también ha presentado una teoría conspirativa internacional en donde los judíos ricos (p. ej., los Rothschilds, Paul Warburg) jugaron un prominente papel en la situación. Citando material anecdótico, Lind (1995b, 67) sugiere que la tolerancia neoconservadora a tales manifestaciones de antisemitismo en el movimiento religioso americano está motivado por el hecho de que ese movimiento ha apoyado a la derecha israelí.

176. La caracterización de Ryan sobre Herrnstein es reminiscente de la caracterización de Gal (1989, 138) sobre Louis Brandeis: “Brandeis se preocupaba acerca de las oportunidades; de preservar un tipo de sociedad en donde las personas ambicionas y talentosas pudieran, a través del trabajo duro y de sus capacidades, hacer fama y fortuna”. Brandeis, un líder sionista, jugó un papel decisivo en usar la investigación de las ciencias sociales para litigar cuestiones sociales: una tendencia que culminó en la decisión Brown v. Board of Education (Urofsky 1989, 144). Roberts y Stratton (1995) detallan la conducta poco ética del juez de la Suprema Corte, Felix Frankfurter (un protegido de Brandeis), y de Philip Elman (abogado del Departamento de Justicia) al arribar a tal decisión.

177. Aunque sin lugar a dudas había brechas entre teoría y realidad en la societas Christiana medieval, creo que es completamente inadecuado concebir los logros sociales de la Edad Media en estos términos. Una vez más, mantengo el ejemplo medieval de la sociedad francesa durante el reinado de San Louis (1226-1270) (véase SAID, apéndice al cap. 5). Louis tenía una fuerte preocupación en desarrollar una sociedad justa que preservara las relaciones jerárquicas aunque a la vez intentó asegurar que las relaciones económicas y políticas fueran armoniosas entre su pueblo, y hay pocas dudas de que fue básicamente exitoso en sus esfuerzos (p. ej., Richard 1992). En contrapunto, George Mosse representa una perspectiva de la ideología dominante cuando contrasta lo que describe como irracional y místico en los intelectuales del Volkische en los movimientos dominados por judíos de izquierdas del período. Estos últimos son descritos como racionales, científicos y que basan sus posturas en altos valores (véase Mosse 1970, 171ss).

178. Tales políticas sociales representan lo opuesto para el judaísmo histórico y sólo podrían conducir a que la sociedad entera decline a largo plazo. He notado que un componente crítico del judaísmo como estrategia evolutiva de grupo ha sido la práctica eugenésica dirigida a la inteligencia, la diligencia y la buena parentela. Esta prácticas han resultado en que los judíos estén altamente calificados para participar en las sociedades cada vez más tecnológicas e instruidas del mundo contemporáneo. Similares propuestas eugenésicas dirigidas a fortalecer la habilidad competitiva del grupo también fueron comunes entre los gentiles del siglo XIX e inicios del XX, y tales propuestas han sido recientemente revividas por Seymour Itzkoff (1991) y Richard Lynn (1996).

La teoría e información disponible en la actualidad sustenta la idea de que los procedimientos eugenésicos no sólo no resultarían en un grupo más competitivo, sino en una sociedad mucho más armoniosa por el declive en criminalidad y trastornos mentales. Las prácticas eugenésicas pueden verse que encajan en la tradición occidental, en tanto que las sociedades occidentales tradicionales, si bien son mucho más igualitarias que otra sociedad humana estratificada, también se han caracterizado–hasta recientemente–por una asociación moderada entre el éxito social y el éxito reproductivo (MacDonald 1995c).

179. El problema fundamental, como lo documentan extensivamente Herrnstein y Murray (1994) y Rushton (1995), es que hay 15 puntos de diferencia de coeficiente intelectual (CI) entre el típico caucásico y los afroamericanos, combinado con la brecha en que estos últimos se caracterizan desproporcional-mente por parentela pobre y alta fertilidad. Hay evidencia de que estas grandes diferencias grupales en CI y estrategia reproductiva son genéticamente influenciados. En todo caso, no pueden ser cambiados significativamente con cualquier tipo de tecnología conductual conocida.

Estas diferencias grupales han resultado en una fuerte tendencia de los afroamericanos a adoptar una estrategia política de promover programas que efectivamente expandan la clase baja al mismo tiempo de favorecer ayudas sociales para asegurar que su grupo estará proporcionalmente representado en ocupaciones de las clases altas. El resultado ha sido una escalada de competencia de recursos grupales en los Estados Unidos, análoga a las consecuencias del judaísmo histórico en Occidente pero que surge de una estrategia evolutiva muy distinta. Es una situación que en el presente representa la amenaza más peligrosa e irradicable al ideal occidental de una jerarquía armoniosa.

180. Mosse (1970, 174) describe los movimientos dominados por judíos del período de Weimar como buscando “activamente que la sociedad correspondiera a la imagen preconcebida de los hombres y del mundo”. Y Horowitz (1993, 62) señala sobre T. W. Adorno que “mientras más distante estaba la gente de sus sueños políticos, menos consideración mostraba por las masas… [Adorno] planeta el escenario para una cultura fascista de izquierdas… que suponga que lo que la gente cree está mal; y que lo que debieran creer, como diseñado por un estrecho estrato de una elite y su aparato cultural, es lo esencialmente correcto”. Por su parte, el Volkische y los intelectuales conservadores que propugnan por una sociedad basada en una jerarquía armoniosa hablan de un retorno a lo que quizá es una versión idealizada de las sociedades que existieron, particularmente la medieval.

181. Un muy interesante análisis de los apegos humanos en las mascotas de las sociedades modernas es que este fenómeno representa sistemas que se han desarrollado para subyacer estrechas relaciones humanas (Archer 1997). Mucha gente forma apegos extremadamente estrechos hacia las mascotas, tomándoles fotos y llorando por sus muertes; celebrando cumpleaños, etcétera, y gastando considerables recursos económicos en ello.

Desde una perspectiva evolutiva, esa conducta presumiblemente es mal adaptativa (al menos en ausencia de los primordiales beneficios sicológicos). De cualquier modo, representa explotación de los animales, y es razonable suponer que quienes lo hacen podrían a su vez ser explotadores en otros aspectos de la vida. El fenómeno es mucho más característico en Occidente comparado con otras sociedades (Archer 1997). Esto encaja bien con la visión de que el amor romántico y los apegos son más típicos en las sociedades occidentales, e ilustra cómo un sistema altamente adaptativo en ámbitos ancestrales puede resultar en mal adaptativo en ámbitos lejanos a como los occidentales se desarrollaron.

Acerca del autor

Kevin MacDonald es profesor de sicología en la Universidad del Estado de California en Long Beach, Long Beach, CA 90840-0901, USA. Su investigación se ha enfocado en las perspectivas evolutivas de la historia y en la sicología del desarrollo. Después de su maestría en biología evolutiva obtuvo su doctorado en ciencias bioconductuales en la Universidad de Connecticut, trabajando en el desarrollo conductual en los lobos. Continuó su investigación del desarrollo en un postdoctorado en la Universidad de Illinois, investigando el juego entre padres e hijos. Su investigación se ha enfocado en el desarrollo de las perspectivas evolutivas en el área de la sicología del desarrollo. También ha escrito cuatro libros, Social and Personality Development: An Evolutionary Synthesis (NY: Plenum, 1988) y A People that Shall Dwell Alone: Judaism as a Group Evolutionary Strategy (Westport, CT: Praeger, 1994), Separation and Its Discontents: Toward an Evolutionary Theory of Anti-Semitism (Westport, CT, 1998), y The Culture of Critique: An Evolutionary Analysis of Jewish Involvement in Twentieth-Century Intellectual and Political Movements (Westport, CT, 1998).

Published in: Uncategorized on April 27, 2011 at 3:40 am  Leave a Comment  
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Hace poco…

me enteré que, usando cientos de firmas, a finales de 2008 la comunidad judía en México hizo un escándalo contra el periodista mexicano Alfredo Jalife por haber roto un tabú social, nombrar al judío, aunque Jalife se concretó únicamente a hablar del rol que jugaron sus coétnicos semitas en la recesión financiera que inició ese año.

Me sorprendió ver a la crema y nata de la intelectualidad mexicana, incluyendo a Enrique Krauze, avalando la recolección de firmas. Tanto así que me siento tentado a traducir la trilogía del Prof. Kevin MacDonald (foto abajo) sobre la cuestión judía a fin de proveer cierta munición intelectual a los hispanohablantes.

Nota de agosto de 2012:

He cortado y pegado el resto de esta entrada acá.

Published in: Uncategorized on April 17, 2011 at 9:09 pm  Comments (10)  
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